viernes, 4 de enero de 2019

De la democracia de los acuerdos al punto de no retorno

Antonio Berni. Manifestación, 1934



El año 2011 representa el inicio de algo distinto en la política chilena. Se habló a partir de entonces de "el nuevo ciclo".

La protesta social de ese año, abrió una grieta en el opaco paisaje de la democracia de los acuerdos, para producir las reformas por largos años postergadas -en la educación, en legislación laboral, la previsión, en el sistema político- . 

El gobierno de la Presidenta Bachelet, entonces, comenzó una obra reformista que se propuso realizar ciertas regulaciones que morigeraran la desigualdad y generaran las bases para comenzar a desentrabar la transformación definitiva de un modelo neoliberal enchulado durante el período conocido como de "transición". 

Esto sin embargo, no era compartido ni siquiera por toda la alianza de gobierno y ello se expresó en la coalición, tanto como en su gabinete, en el Parlamento y finalmente, en el variado repertorio de candidaturas del sector en las elecciones presidenciales y parlamentarias del 2017. 

La derecha, en cambio, actuó desde el inicio de este nuevo ciclo con una claridad de propósito y una disciplina notables, usando su poderosa batería de medios de comunicación con objeto de confundir, tergiversar y desinformar acerca del programa de gobierno y sus reales alcances.

Esto con el propósito de exacerbar las diferencias -y no solamente las del ala derecha de la NM sino también las que sostenían sus "insuficiencias" y conservadurismo-. 

También usó las encuestas y la difusión de sus resultados, como una herramienta de lucha política sumamente eficaz. 

Ello terminó por provocar una sensación de incertidumbre; sembrar el desaliento, la confusión y el miedo generando una opinión pública voluble y temerosa, muy receptiva a los discursos facilones y las explicaciones emocionales.

Las permanentes salidas de madre del pinochetismo; de la beatería pentecostal y el militarismo involucrado en los crímenes de la dictadura -todo ello matizado con la opinología liberal adulada por el periodismo bienpensante- nunca fueron exhabruptos o reacciones destempladas. 

Su objetivo era golpear a la temerosa clase media hasta convertirla en una corriente de opinión dúctil.

El uso majadero de la entusiasta y lamentable metáfora de la retroexcavadora, seguida de todo el repertorio de mentiras, frases grandilocuentes, anticomunismo y pechoñería decimonónica de la derecha fueron a su vez logrando señalar claramente un límite entre "ellos" y "nosotros".

Un poco burdo tal vez pero con los resultados a la vista, se podría decir que muy efectivo. La política de la derecha, se basó en la defensa -sin complejos- del repertorio más retrógrado de temores, prejuicios raciales, de clase, religiosos y sexistas de nuestra sociedad. 

En la afirmación dogmática de las virtudes del mercado y la competencia como fuentes de satisfacción y bienestar; en el conservadurismo político y la defensa del statu quo a todo evento. En la legitimación de la sobreexplotación del trabajo disfrazada como esfuerzo y espíritu de superación.

Es el resultado de casi treinta años de asimilación de las conciencias con el orden de cosas vigente, expresado en la conocida frase "...si total, mañana tengo que ir a trabajar igual...", usada para expresar la indiferencia ciudadana frente a los asuntos políticos. 

Es el sentido común que explota la ultraderecha y que en el siglo XX explica las condiciones culturales e ideológicas de surgimiento del fascismo. 

En la actualidad, la incapacidad de reflexionar heredada de una democracia donde el consenso reemplazó el debate. Donde el derecho y la ideología jurídica ocupan el lugar de la justicia y la política; la posibilidad, el de la libertad y la economía neoliberal, el de todas las anteriores o a lo menos, el de su último fundamento. 

Se podría señalar al TC como una síntesis de todas estas taras y sus fallos frente a cada requerimiento de la derecha para corregir cualquier ley aprobada en el Parlamento y que confirma su incapacidad política, como un refuerzo de este "sentido común", que no es otra cosa que la ideología dominante. 

Inevitablemente, esta asimilación -esta "detención del pensar"-  ha ido abriendo paso a la ultraderecha. El liberalismo en sus diferentes versiones abre paso a la "locura política" provocando, pese a eso, el escándalo de sus más entusiastas promotores. 

El problema es que ya no hay consenso posible que lo pueda evitar. Eso, excepto que se construya en torno a una democratización efectiva del sistema político y de la sociedad. 

En una revalorización del trabajo y los derechos de los trabajadores en su más amplio sentido, precisamente porque el uso y abuso del resbaloso concepto "clase media" da cuenta de su desaparición en el mercado y su proscripción en el lenguaje, ambos características de la ideología dominante.  

Es el esfuerzo que realiza actualmente la izquierda en todo el mundo. Esfuerzo que pasa por recuperar la capacidad de proponer otros mundos posibles frente a la catástrofe humanitaria a la que ha llevado el planeta el neoliberalismo y ante la cual su única respuesta es profundizar todavía más sus fundamentos. 

También por la unidad de todas las fuerzas progresistas y de la izquierda, en particular. 

Pero esa unidad no es solamente comunidad de propósito en la coyuntura. Pasa también por la definición de una vocación de cambio estructural, de compromiso con el socialismo y las luchas de liberación, contra la guerra y el armamentismo en todo el mundo.

También es disciplina y compromiso con el cumplimiento de los acuerdos. Consecuencia política; capacidad de renunciar a parte de la propia libertad o interés particular, en función de un objetivo histórico de masas.