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| Henri de Toulouse Lautrec. La payasa Chau-u-Kao. 1895 |
A sólo semanas de que el nuevo gobierno asuma sus funciones, el Presidente electo y sus ministros ya hacen noticia. Desarrollando el mismo estilo de Trump -príncipe de la farsa y las estupideces convertidas en iniciativas políticas para masas de usuarios de redes sociales cada vez más vacías de contenido humano y racional- enarbola eslóganes que dan para un barrido y un fregado y que dejan satisfechos a los nostálgicos de la democracia de los acuerdos y un empresariado ávido de recuperar las tasas de ganancia que les garantizó en el pasado, tanto como a su base siempre deseosa de dislates y gestos grandilocuentes.
Desde el "estadista" de Panamá al carcelero de El Salvador, es evidente que su único propósito predecible es hacer un gobierno reaccionario. Igual que Trump y Milei, adelantado aprendiz de clown. No faltan los despistados, sin embargo, que se dedican a comentar cada uno de los fuegos artificiales que lanza en el norte de Chile, en Centroamérica o sus reuniones con los empresarios, como si en ellos estuviera el contenido de su futuro gobierno, al tiempo que, inadvertidamente, ocultan sus impronunciables intenciones en un lenguaje democrático. De ahí su insistencia majadera y la de sus futuros ministros, en el uso de la palabra "emergencia".
Nombró en su gabinete, por esa razón precisamente, a un grupo de incondicionales que repiten las mismas fórmulas simplistas en las que basó su campaña y que tan buen rédito le dieron. Que el país está en una emergencia económica y de seguridad; que no hay plata y le entregan una economía con un déficit fiscal ¡enorme! de un 3% que comparado con el 6,7% de los Estados Unidos es una bicoca que ningún medio ni analista de la plaza se molesta en comparar.
Esa prepotencia, unida a la astenia progresista, incluido el movimiento sindical, generan condiciones para la instalación de un tipo de gobierno autoritario que va por los derechos y libertades sociales, civiles e individuales que puedan ser un obstáculo para la implementación de sus planes para proyectos de inversión y retornos jugosos y rápidos a sus propietarios. El despliegue teatral, los anuncios pomposos, las declaraciones absurdas, incluidas sus mentiras y distorsiones de la realidad, son parte también de su contenido.
En este sentido, resulta un tanto bizantina la discusión acerca del carácter que vaya a tener la oposición en el futuro. Decir que se va a respaldar lo que vaya en beneficio del pueblo y rechazar todo lo que implique retroceder en derechos y libertades, es un pleonasmo. Algo que no requiere fundamentación. El punto es que lo que la diferencia del futuro gobierno no es, ciertamente, un problema de formas. Todo el ruido generado en días recientes a propósito de las reuniones, las declaraciones, convergencias y separaciones entre quienes van a ser gobierno hasta el 11 de marzo y oposición a partir de entonces se resuelven en este punto, no en otro.
El rol de la izquierda y la forma que vaya a adoptar en el futuro, también con el addendum de que lo que la define no es el hecho formal de no ser parte del gobierno sino el proyecto de sociedad que enarbola y que la hace, precisamente, no ser parte de éste. Para algunos, como si esto fuera un problema reciente, ignorando de manera olímpica, ya sea por oportunismo o por incapacidad, lo avanzado en los últimos cinco años en materia de propuestas en materia de medioambiente, económica y laboral, constitucional y cultural.
La tentación de nacer de nuevo después de cada derrota es mucha y garantía cierta de intrascendencia o de una indigna sobrevida -como lo demuestran amarillos y demócratas- o bien de un prolongado e incierto deambular por el ancho camino de en medio. Por esa razón no se pueden separar el contenido de su programa de la posición política y la conducta que en el futuro gobierno vaya a tener el progresismo. Tampoco el contenido del programa de gobierno de Kast con la agresividad, la pantomima y el charlatanismo de su implementación.
Para la izquierda y el movimiento social y sindical enfrentar este tipo de gobierno clasista y autoritario un desafío histórico que puede significar no solamente su capacidad de defender los escuálidos derechos que no le han sido arrebatados o los que ha conseguido arrancar a la avaricia de la sociedad neoliberal, sino de plantearse siquiera en el mediano plazo la posibilidad de volver a ser gobierno.
