viernes, 30 de julio de 2021
La izquierda, la doctrina y lo social
martes, 13 de julio de 2021
El valor de la unidad de la izquierda
martes, 6 de julio de 2021
Convención Constitucional
viernes, 2 de julio de 2021
Al otro día del triunfo
martes, 15 de junio de 2021
Desafíos del movimiento sindical
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| Ben Shahn. Demonstration. 1933 |
Todos los procesos históricos de cambio social y político, en
el último siglo, han sido protagonizados por las luchas obreras y el movimiento
sindical. El siglo XXI no será diferente.
Las primeras manifestaciones de resistencia al neoliberalismo
global, de hecho, fueron convocadas por los sindicatos en Seattle en 1999 en
contra de la OMC. El rol de los trabajadores en el resurgimiento de la
izquierda en Brasil, del vasto y diverso movimiento que lleva al triunfo del
MAS en Bolivia, la derrota del menemismo en la Argentina y posteriormente de
Macri, son protagonizados en gran parte también por los trabajadores y el
movimiento sindical.
El 2011 en Chile, si bien el movimiento estudiantil y juvenil
juega un rol protagónico, los trabajadores y las organizaciones sindicales
fueron fundamentales en la defensa de las empresas del Estado, de la educación
y la salud públicas; en las articulaciones territoriales que oponen resistencia
a los megaproyectos energéticos que impulsa Piñera en su primer período.
Las movilizaciones contra el sistema de AFP’s, impulsadas por
sindicatos y organizaciones de trabajadores, antecedieron también las
movilizaciones feministas que encuentran en la conmemoración del 8 de marzo del
año 2019 una de sus máximas expresiones y que es, sin duda, el preámbulo de las
masivas movilizaciones que le han sucedido.
El ciclo histórico inaugurado por las protestas de los
secundarios evadiendo el metro, es la continuidad de este proceso, no un
trueno que irrumpe inesperadamente en un cielo despejado, y se va a
prolongar por varias décadas además.
Mientras las cifras de crecimiento económico expresaban el enriquecimiento de unos pocos, llegó un punto en que los bajos salarios no resistieron más endeudamiento como paliativo; el fracaso de las promesas de movilidad social a través de la educación expresado en la cesantía de miles de profesionales jóvenes –además, endeudados de por vida-, tiraron al tacho de la basura el relato de la meritocracia.
Finalmente, la miseria de los ancianos se le apareció a
millones, como una escalofriante amenaza del porvenir que depara a todos
el sistema de pensiones basado en la capitalización individual.
En pocas palabras, la desigualdad que reproduce y profundiza el
neoliberalismo, quedó en evidencia y ni toda la manipulación mediática, ni los
mares de tinta gastados por columnistas y periodistas del sistema pudieron
seguir ocultándola o explicarla sin caer en los galimatías más absurdos e
incomprensibles.
Ello pues dicha desigualdad es la expresión más radical de la
división de la sociedad en clases sociales, clases poseedoras y clases que sólo
tienen para sobrevivir su fuerza de trabajo -incluyendo a amplias capas de los
llamados "sectores medios", compuestas por profesionales, técnicos y
pequeños propietarios cada vez más dependientes del capital o simplemente
barridos por éste.
La desigualdad no es, pues, un resultado inesperado de malas
decisiones o de políticas incorrectas. Es precisamente la expresión de una
sociedad basada en la apropiación privada del producto del trabajo de todes en
beneficio de unos pocos.
La superación del neoliberalismo es ,pues, la superación del
carácter clasista de la sociedad actual y no solamente la corrección de ciertos
"excesos" o externalidades negativas del mercado.
La votación del plebiscito constitucional del 25 de octubre del
año pasado, marca el fin de la Constitución de Pinochet y representa la derrota
más profunda que haya sufrido la derecha chilena en décadas, es cierto. Pero
además, es expresión del desbordamiento social del pacto que en 1989 definió
los contornos del neoliberalismo criollo.
En efecto, el hecho de que se identifique la desigualdad, el
abuso, la exclusión y la discriminación; el autoritarismo y la burocracia con
la Constitución y no con una falla accidental o una condición contingente,
demuestra que chilenos y chilenas ven mucho más que su condición individual y de
que la interpretan correctamente como el resultado de sus relaciones con otros
y otras y que se ven a sí mismos como parte de una totalidad mayor.
Es precisamente a esta necesidad a la que debe responder el sindicalismo en la actualidad. Un sindicalismo que sólo se ve a sí mismo como una línea de defensa de los derechos de trabajadores y trabajadoras, incluso en todos los ámbitos de la vida social y política, pero que pierde de vista que estos se dan en el contexto de unas relaciones sociales y que generalmente están en la relación inversamente proporcional al beneficio y acumulación de riqueza y poder de las clases dominantes de la sociedad, está condenado a la irrelevancia.
Por ello Chile necesita un sindicalismo que incida en el manejo de la pandemia, desafío que sobrepasó política y moralmente al gobierno de Piñera en sus inicios y ante lo cual ya nada le queda por hacer, salvo reconocer su fracaso y entregar la responsabilidad a quienes sí tengan voluntad y política para hacerse cargo de ella en favor de trabajadores y trabajadoras, las familias, los excluidos y no los dueños de fantasilandia.
Un sindicalismo que incida en el proceso constituyente aun sin
representación formal en la Convención. Para eso, sin embargo, se requiere
voluntad, audacia, creatividad, espíritu unitario y menos chovinismo.
La recuperación de la economía después de la pandemia va a determinar el desarrollo de los acontecimientos por décadas. Y esta no será la excepción, va a generar grandes confrontaciones entre quienes van a continuar sosteniendo la prioridad de sus intereses de clase, como los de toda la sociedad. La sentencia majadera de que son los empresarios los que crean riqueza y empleo, repetida hasta el cansancio en los últimos treinta años, se va a expresar ahora además no ya con el tono docto y académico con el que se sostuvo en los noventa.
Es bastante previsible que va a ser la estulticia del fascismo la que la va a sostener y que su falta de argumentos y razones, va a ser reemplazada por violencia física y verbal.
Los desafíos del movimiento de trabajadores; del sindicalismo y las centrales son del tamaño de las necesidades de una sociedad en transformación. Un país nuevo está naciendo y su responsabilidad no es ya solamente la defensa de las fuentes de trabajo y el salario o la seguridad de los trabajadores y trabajadoras, sino la transformación de la sociedad.
jueves, 3 de junio de 2021
La norma de los dos tercios: el potro de la constituyente
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| Richard Hamilton ¿Qué es lo que hace que las casas de hoy sean tan diferentes, tan atractivas? 1958 |
Después del terremoto que significó para la
derecha el resultado de las elecciones del 15 y 16 de mayo, resulta una
incógnita lo que le queda por hacer. Evidentemente, lo que está en juego es
mucho para el sector y sus representados: "las libertades que con tanto
esfuerzo hemos logrado en los últimos veinte años" dijo el 2011 el
entonces presidente de RN, Carlos Larraín.
Libertad para los empresarios -se entiende-
de explotar inmisericordemente a trabajadores, trabajadoras y al medioambiente,
hasta sacarles la última gota de sudor y savia, con tal de acrecentar sus
extraordinarias ganancias
Por lo pronto, se puede avizorar desde ya que
va a hacer lo que históricamente ha hecho en contextos similares y lo que ha
aprendido de la experiencia de resto de las derechas latinoamericanas en el
pasado reciente: conspirar y preparar su retorno al poder y en lo posible,
evitar que los cambios que con toda probabilidad va a sufrir el país, los
perjudiquen.
Con la sangre fría y el aplomo que les da la
experiencia de haber sido el sector político y de clase hegemónico de este país
desde que se formó como República, no se ha amilanado ni lo hará frente al
histórico revés que sufrió hace un par de semanas atrás. Lo concreto es que a
duras penas, alcanzó un veinte por ciento de la Convención Constitucional lo
que no le alcanza para vetar las transformaciones a las que el pueblo
aspira.
Le faltan catorce votos para eso y se ve
difícil que los logre, por mucha política de alianzas que haga y además, porque
los partidarios de la democracia de los acuerdos que sobreviven en la
oposición, también fueron estrepitosamente derrotados. Eso, sin embargo, ¿es
suficiente como para cantar victoria? Hay cierto optimismo -un poco ingenuo tal
vez- que va desde la indiferencia a lo que pueda la derecha hacer en la
Convención, pese a no tener el tercio, hasta una confianza un poco exagerada en
la mayoría electoral abrumadora de la oposición.
Pero lo cierto es que esa mayoría aplastante,
expresión para algunos de la “multitud” de desposeídos, excluidos,
desheredados, discriminados, endeudados, y explotados chilenos y chilenas, se
manifiesta a través de un diverso y abigarrado conjunto de demandas hacia el
Estado y no en un proyecto de sociedad y modelo de desarrollo.
Justamente, la necesidad de que sea el
conjunto de la sociedad quien lo debata y construya, considerando toda su
riqueza y diversidad, es lo que expresa la convención aún con todas las
limitaciones que se le impuso desde un principio, incluidos los dos tercios.
Pero puede ser también el ecúleo que termine por hacerla trizas.
En efecto, el problema ahora no es la
capacidad de veto de la derecha, ni el riesgo de que pirquineando por aquí y
por allá, consiga los catorce votos que le faltan. El problema ahora, dado el
megaquórum establecido en la ley 21200, es la posibilidad de que éste no se
alcance en lo que tiene que ver con importantes materias y la convención
termine en un aborto constitucional.
Evidentemente, el interés de la derecha es
precisamente el fracaso de la Convención, pese a sus farisaicas declaraciones,
y en ese sentido, el quórum, y no su poder de veto, actúa ahora como un
obstáculo para cualquier cambio. Por cierto, las cuatro quintas partes de la
convención son más que suficientes para derrotarla, pero considerando la
especificidad de intereses representados en ella, la posibilidad de concretarla
no es pan comido. Y también, la posibilidad de que esa mayoría sufra escisiones
que terminen actuando también como un factor de contención.
Las clases medias, como se les ha denominado
comúnmente, en este sentido, serán un campo de disputa cultural e ideológico
privilegiado del conservadurismo político, para lo que cuenta con una potente
maquinaria propagandística y cultural que son los medios de comunicación de
masas. Radio, televisión, prensa escrita, industria de la entretención masiva,
indudablemente se pondrán del lado de los perdedores y serán esenciales a la
hora de legitimar a esa minoría reaccionaria.
En toda América Latina ha sido así. Lo mismo
la movilización de esos sectores permeables de la población a los encantos de
la cultura neoliberal, que en este caso van a ser convocados con toda seguridad
por la derecha, como fue en Bolivia y Venezuela, y más recientemente en
la hermana República Argentina tras la bandera anticuarentenas, para
boicotear la Convención.
En el debate del Reglamento entonces, está
parte importante de las posibilidades que le quedan todavía a la derecha y la
reacción, que con el hipócrita argumento de la sostenibilidad de las reformas,
la unidad, representatividad y la amplitud que deben representar, esconde
precisamente su desprecio por las mayorías. La norma de los dos tercios por lo
demás, no es la única que puede entorpecer la construcción de mayorías y
disimular las componendas que en ciertas materias del debate constitucional,
pudieran intentarse.
Las mayorías, perfectamente, si es que no es
el caso que se expresen en la Convención electa, debieran manifiestarse a
través de mecanismos de democracia directa como plebiscitos para resolver
materias en que ésta no llegue a acuerdo. Además, es una forma eficiente de
salir al paso de los intentos de los sectores conservadores de deslegitimarla a
través de una acción desestabilizadora.
La batalla de la Convención no está ganada
pese a los primeros triunfos del plebiscito y la elección de convencionales.
Hay que asegurar su éxito, que debe ser el resultado de la participación
directa del pueblo y que consiste en superar el corset del reglamento. La
unidad de los demócratas será expresión precisamente de esa movilización
popular y la forma que adopte el nuevo consenso que emerge de las ruinas del
modelo neoliberal y la Constitución pinochetista.
miércoles, 26 de mayo de 2021
El consenso de los tartufos
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| Honore Daumier. Crispin & Scapin |
En estos días, se supo por fin lo que la derecha entiende por "mínimo" para que una familia pueda sobrevivir en medio de la catástrofe que ha significado para chilenos y chilenas, la pandemia de coronavirus. En realidad, nada muy novedoso. Mantener a la población de trabajadores y trabajadoras y sus familias en la miseria sin morir, mientras al empresariado se le brindan toda clase de ayudas, subsidios, créditos y facilidades legales.
Algo tan viejo como el hilo negro, presentado como si fuera la novedad del año. Y más encima, como si se tratara de un aporte a la solución de las pellejerías que vienen sufriendo las familias chilenas hace a lo menos un año. Se trata de una descripción edulcorada del lado angosto del embudo. Al empresariado se le brindan todas las facilidades -no digamos, precisamente, al "emprendedor" sino al pez gordo del retail, la construcción, los servicios, la explotación de recursos naturales, con la chiva de que son los que dan empleo-, mientras al pueblo se le ofrecen migajas como los beatos reparten limosnas a la salida de las iglesias.
Lo más indignante en todo caso no es eso, sino el escándalo con el que reaccionan ante las tibias críticas que se le han hecho a su propuesta de "mínimos comunes", como si se tratara de un gran aporte a la solución de las necesidades de la población.
Rasgan vestiduras, como si a estas alturas a alguien le parecieran sinceros sus gestos de caridad, los que espetan hipócritamente la prepotencia del rico para tratar al pobre. Y acto seguido, denuncian falta de voluntad para lograr un "consenso" que vaya en beneficio de las familias.
¿De cuándo que se necesita un consenso para eso? Evidentemente, lo que por tal entiende la derecha es la concesión, la entrega, la renuncia de la oposición a su calidad de mayoría social, política, cultural y moral, para seguir haciendo lo que viene haciendo hace unos cuarenta años: gobernar para el empresariado y asegurarle así su posición de dominio sobre la sociedad.
Lo que realmente se necesita son políticas estatales -ya que la avaricia y ambición de los empresarios les hacen actuar siempre en sentido contrario- que vayan en beneficio de la población, en empleo, en salud, en salarios, en educación, protección social y participación; cuidado del medioambiente e integración de la diversidad de género.
Resulta por consiguiente, inconcebible, la búsqueda de un consenso que vaya en esa dirección sin antes pasar por un conflicto que se resolverá democráticamente, esto es a través de la determinación de mayorías y minorías en los órganos correspondientes del Estado, diferencia que el binominalismo borró a fuerza de exclusión, manipulación y represión, presentadas como "virtudes republicanas" y que hasta el día de hoy se expresan pese a la reforma del sistema electoral.
La derecha no va a ceder un milímetro ni el pueblo necesita que lo haga, pues la expresión de su voluntad en las urnas fue categórica al respecto. Mas de cuatro quintas partes de quienes participaron en las elecciones del 15 y 16 de mayo, se manifestaron por las listas y candidatos que propugnan un cambio social y político. Es ocioso, pues, continuar pontificando acerca del consenso y los acuerdos con quienes los han negado sistemáticamente en los últimos treinta años a través de una institucionalidad política y social excluyente.
Es innecesaria una norma como la de los dos tercios, en tanto la composición de la Convención es mayoritariamente partidaria de cambios de fondo al orden Constitucional y consecuentemente, político y social. En realidad, el consenso ya existe y es lo que se expresó en las urnas.
Es innecesario un acuerdo con la derecha, existiendo ya en el Parlamento proyectos que cuentan con un respaldo mayoritario como el de renta universal de emergencia, royalty minero, impuesto a los super ricos y otros, que apuntan en la dirección de favorecer a chilenos y chilenas, a las familias trabajadoras en el transcurso de la pandemia de coronavirus. Muchas de ellas, por lo demás, necesarias incluso en contextos de normalidad de una sociedad democrática y no el mamarracho que el neoliberalismo ha presentado los últimos treinta años como paradigma de "modernidad", siendo en realidad todo lo contrario.
Por cierto, la derecha históricamente ha demostrado su desprecio por el consenso promoviendo conspiraciones palaciegas, oponiéndose a la inclusión, sosteniendo posiciones odiosamente clasistas, discriminatorias, excluyentes, xenófobas y de un chovinismo de clase que la ha llevado a promover golpes de estado y asonadas militares cuando ya no tiene ni los votos ni los argumentos para sostenerlas.
Lo que el pueblo ha manifestado en las calles y en las urnas con un costo de miles de encarcelados, mutilados y víctimas de trauma ocular, desapariciones y hasta asesinatos, se debe expresar ahora en un nuevo consenso que no es sino la ampliación de los límites para la participación. En primer lugar, en la distribución de la riqueza producida y que la sigue acumulando groseramente un puñado de familias, por ejemplo a través de los salarios.
Participación en el proceso constituyente, a través de plebiscitos intermedios, revocación de cargos de constituyentes que no den cuenta de su actuación y que pudieren manifestar conflictos de interés en la discusión de materias constitucionales; audiencias públicas, rendición de cuentas de los convencionales en sus respectivos distritos, etc.
Ciertamente, además, el paisaje político del país cambió en la última elección y la participación de los independientes --esto es, de quienes teniendo una posición política, no militan en partidos inscritos legalmente- debiera ser parte de este nuevo consenso y no puede seguir siendo contenida por una institucionalidad cuestionada y que ya no goza de legitimidad social.
Ese es el verdadero consenso. Se trata de un acuerdo que debiera expresar institucionalmente y legitimar políticamente la voluntad mayoritaria del pueblo y no el resultado de camarillas, conspiraciones y cocinas como las llamo el ex senador Democracristiano Andrés Zaldívar, que es en realidad el consenso hipócrita de quienes se resisten a los cambios y que con palabras dulces y gestos grotescos de "amistad cívica", se prepararn para dar un zarpazo al nuevo consenso social que emerge de la movilización popular y que deberá expresarse en a futura Consttución.






