lunes, 24 de diciembre de 2018

El riesgo de la ultraderecha


Otto Dix. Memoria del salón de los espejos en Bruselas . 1920



Tal como pasó el 2011 en su primer mandato, Piñera se tiene que hacer cargo nuevamente del malestar social que provocan las políticas neoliberales en todo orden de cosas. 

El 2011, luego de un año de pujos y un largo paréntesis impuesto por el terremoto de febrero, dicho malestar empezó a expresarse en Magallanes por el alza del precio del gas. Luego, por la construcción de las centrales hidroeléctricas en Aysen y finalmente por la movilización estudiantil que se extendió prácticamente por todo el año.

Si algo ha caracterizado el 2018, en cambio, ha sido el protagonismo adquirido por el Tribunal Constitucional para conseguir aquello para lo que la derecha en el Parlamento fue incapaz en el período presidencial anterior. También, por los escándalos de corrupción en que se han visto involucradas las FFAA y carabineros y en menor medida por los enredos en la Contraloría General de la República.

Es decir, por las contradicciones que cruzan a nuestra institucionalidad y sus protagonistas; por la oscura trama de acuerdos y desacuerdos entre civiles y militares, entre políticos de derecha y de centro que le dieron origen hace casi treinta años y sus límites para contener y procesar ese malestar.

El alevoso crimen del comunero mapuche Camilo Catrillanca y la desenfrenada sucesión de intrigas, manipulación mediática y mentiras de la derecha y el Gobierno para explicarlo primero, justificarlo y posteriormente eludir sus responsabilidades políticas, fue el detonante de una crisis que todavía no concluye.

Los primeros chivos expiatorios, fueron los mandos de Carabineros de la zona del crimen y luego el tozudo y tristemente célebre intendente Luis Mayol, primer difusor de la torpe teoría del robo de autos.

Luego el General Director de Carabineros, Hermes Soto, quien había sido ungido como tal luego de los escándalos de dineros malversados por otros oficiales de su institución.

Le pasó como al Chavo del Ocho. Cuando todas las autoridades –no sólo él- habían participado de esta sórdida trama y en medio del cotilleo  de recriminaciones mutuas; explicaciones inconsistentes y estridentes declaraciones, el primero a quien se sindica como incapaz y responsable de tanto abuso, es él y sin más trámite, se le pide la renuncia a meses de su nombramiento.

Sin embargo, nada parece detener el aluvión. Después de la interpelación al ministro Chadwik, y del conocimiento público de los videos del asesinato -los que habían sido negados sistemáticamente por Carabineros y el Gobierno-, es posible que haya una acusación constitucional. Si no es así pese a lo contundente de las pruebas, es solamente porque la oposición no logra ponerse de acuerdo en ello. 

Probablemente, pues la crisis desatada por el asesinato de Camilo Catrillanca, ha dejado en evidencia lo mismo que los fallos del Tribunal Constitucional. El carácter de la institucionalidad y del Estado; la corrupción y la trama de negociaciones y acuerdos en que se funda, y que a estas alturas, resultan para muchos difíciles de explicar, sin que ello implique necesariamente realizar profundas transformaciones de las que tal vez no están convencidos. 

En el caso de la derecha, la razón es evidente. Pero eso no obsta también a que comiencen a manifestarse con fuerza los efectos de esta crisis. El entuerto de la UDI después de sus elecciones internas, es una expresión y evidentemente, ante el riesgo de una reforma demasiado profunda e inmanejable, buscar un punto de reagrupamiento en torno a los dogmas más retrógrados que le otorgan identidad, resulta una opción razonable. 

La bolsonarización del sector, en todo caso, no es un atributo exclusivo de la UDI. De hecho el Presidente de RN Mario Desbrdes se ha manifestado muy bien dispuesto a apoyar a José A. Kast si este llegara a ser candidato de la derecha en las próximas elecciones presidenciales y en una actitud realmente bochornosa que lo retrata de cuerpo entero a él y su partido, Felipe Kast reconoce haber mentido en el caso Catrillanca, disimulando su solidaridad de clase con el crimen, diciendo que fue engañado. Esa explicación obviamente no se la cree nadie. 

La crisis que se manifiesta en los acontecimientos de las últimas semanas, demuestra solamente lo antidemocrático de nuestra institucionalidad política; la corrupción en que se funda y que ha penetrado todos sus espacios; el copamiento de sus instituciones por lo más granado del pensamiento conservador. El escamoteo de la soberanía popular y la disposición servil del sistema a intereses de clase que son los mismos contra se rebelaba la sociedad el 2011. 

La connivencia de autoritarismo y liberalismo en que se funda el sistema es indisimulable. Es lo que hace posible precisamente esta regresión autoritaria y que la irrupción del malestar en lugar de abrir paso a la democratización de la sociedad, lo haga a personajes como Kast o que alguien tan intrascendente y de pocas luces como la diputada Flores de RN o el UDI Ignacio Urrutia, tengan tribuna en la prensa y las redes sociales. 

A falta de argumentos e incluso fundamentos racionales que la sostengan, esta  regresión autoritaria se funda en el prejuicio, la descalificación; la tergiversación y el miedo. Precisamente lo que define al fascismo. 

Pero también en la ausencia de ideas y proyectos de sociedad; la naturalización de los fenómenos sociales y la estetización de la diferencia, todas concepciones que terminan transformándose en conductas de la oposición y de la centroizquierda que facilitan las cosas a la ultraderecha. 






jueves, 15 de noviembre de 2018

La irrupciòn del fascismo

Georg Grosz. Daum marries Her pedantic automaton


El triunfo de Bolsonaro en Brasil  ha provocado una justa ola de inquietud e indignación en toda América Latina y el  resto del mundo. Lo que todos se preguntan es cómo fue posible semejante resultado de la elección presidencial en ese país.

La primera y más fácil explicación –aunque no por ello sea falsa- es el encarcelamiento de Lula, el líder político y social más importante del Brasil en las últimas décadas y el candidato que según las encuestas, marcaba la mayor intención de voto.

En segundo lugar, lo que  es casi una consecuencia de lo anterior, que el tiempo de campaña que tuvo el candidato del PT, Fernando Haddad, fue insuficiente para alcanzar a Bolsonaro, que estaba en campaña desde mucho antes.

Ello no habría sido posible sin contar, eso sí, con la complicidad de un juez venal, quien basado en presunciones y testimonios de empresarios corruptos que, a cambio de rebajas en sus penas, prestaron falsos testimonios incriminando a Lula en delitos que no cometió y en los que ellos sí estaban implicados.

Con ese propósito, los medios de comunicación propalaron profusamente acusaciones de corrupción de políticos brasileños y también del resto de América. Confundieron mañosamente noticias falsas y verdaderas, metiendo a todos en el mismo saco –inocentes y culpables- por el sólo hecho de ser sospechosos de corrupción, cohecho y fraude al fisco.

Esta trama incluso fue descrita por Alvaro Vargas Llosa en una columna en el diario La Tercera con un cinismo que hacía aparecer como una cruzada contra la corrupción, esta cadena de complicidades entre los medios, los tribunales de justicia, los empresarios y políticos de derecha.

Todo esto, como ha sido señalado muchas veces, parte con la destitución de la Presidenta Dilma Roussef y la asunción de su vicepresidente, Michel Temer, quien a través de oscuras maniobras y contando con el apoyo del empresariado, la red O globo y demás medios de comunicación, logra confundir a la opinión pública para así reunir los votos necesarios para aprobar el impeachment con los parlamentarios de la oposición al gobierno de Dilma y dar legitimidad a su golpe de estado institucional.

Vienen entonces, las explicaciones y las autocríticas por el exceso de confianza del PT en la institucionalidad. Por la alianza con sectores poco confiables y de sinuosa trayectoria,  como el partido de Temer. Su distanciamiento  de los movimientos sociales, como los Sin Tierra y la CUT.

Otra explicación que va más al fondo, si se quiere, es la que han propuesto muchos editoriales, analistas y dirigentes de la izquierda latinoamericana, y que señalan una presunta incapacidad de proponer y construir –los gobiernos progresistas, entre ellos los del PT- una agenda de cambios estructurales que transformen las bases del modelo rentista predominante en nuestro continente y por consiguiente, su dependencia de los ciclos de la economía internacional.

Ciertamente todas estas explicaciones son correctas y verdaderas. Pero no demuestran por qué gana la elección presidencial un candidato fascista y no muy inteligente ni carismático. Todo lo contrario. Se trata de un diputado del montón, militante de un partido marginal en la política brasileña, con un discurso tan pero tan agresivo e irracional que el resultado de la elección resulta incomprensible.

Podrìan haber sido electos Ciro Gomes, Aecio Neves o Gerardo Alcknim  -candidatos de la burguesía financiera y el neoliberalismo también- pero es Bolsonaro el nuevo presidente de Brasil. Esa es la pregunta. Cuáles son las condiciones para el surgimiento del fascismo, no por qué pierde el PT.

Esto es harina de otro costal y sus razones mucho más profundas que todas las anteriores. Se trata del cambio producido por la globalizaciòn en los últimos treinta años. Esta ha hecho de todo lo mismo y de la diferencia, precisamente, el fundamento de la igualdad. Gracias a esto, la democracia fue reemplazada por el principio de la mayoría y las decisiones políticas y sociales un problema estadístico.

La política se torna ineficiente y la acción colectiva innecesaria. Las encuestas pasan a ocupar el lugar de árbitro de la opinión pública, de manera que la capacidad de influir en ella, lo que es medido a través de las encuestas, va reemplazando el debate racional y la deliberación democrática de la sociedad.

Estos van cediendo su lugar progresivamente a discursos pseudocientíficos como la economía política neoliberal, una suerte de astrología contemporánea. Un discurso muy lógico y bien entrabado desde el punto de vista de la argumentación aunque no tenga nada que ver con la realidad. 

Todo discurso, doctrina o teoría que no coincide con él, es proscrito o en el mejor de los casos, objeto de una sonrisa entre irónica y benevolente.  

Y todo fenómeno social o político que no confirma sus razonamientos, por delirantes que sean, radicalmente excluido primero y reprimido después.  

La emoción, entonces, se convierte en una explicación mucho mas razonable que la argumentación y la apelación a supuestos valores trascendentes que provienen de una también supuesta posición de superioridad racial, de género, ideológica o hasta religiosa, el fundamento de la legitimidad. 


En este escenario de indiferenciación en el que como dice el tango Cambalache, “todo es igual” y nada tiene una explicación racional, el fascismo ofrece una alternativa facilona que tranquiliza las conciencias de la clase media, dejando intactos los fundamentos del modelo que garantizan la posición de dominio de la burguesía financiera. Ese es precisamente el sentido de que todo sea igual y el propósito final del fascismo.

Su irrupción no sòlo en Brasil y América Latina sino en todo el mundo,  proviene de su capacidad de diferenciarse, aun cuando sea pura estética y la incapacidad de la izquierda y de los sectores progresistas y democráticos de detenerlo, justamente de delimitar una identidad que establezca un límite entre “nosotros” y “ellos”. 

Todos los procesos de constitución de alternativas democratizadoras, como los Frentes Populares en los años cuarenta; la Revolución en Libertad en los sesenta parten de esta premisa de diferenciación. 

El proceso que lleva a la constitución de la Unidad Popular en Chile, comienza en 1952 con la primera candidatura del doctor Salvador Allende Gossens que se plantea un programa de reformas antiimperalistas, antioligárquicas, democráticas y a partir de los años sesenta, con perspectiva socialista, que es finalmente uno de diferenciación. 




sábado, 27 de octubre de 2018

El fascismo

Pedro Luna. El baile de las enanas



El próximo domingo es la segunda vuelta de la elección presidencial en Brasil. Como todo el mundo lo ha señalado, quizás la más importante de todas las que se hayan realizado en los últimos treinta años.

Trascendentales porque lo que en ella se juega es nada menos que la posibilidad de que la ultraderecha se haga de la presidencia de la nación más grande y poderosa de Sudamérica.

Lo que entonces se defina, marcará inevitablemente una tendencia en el resto del subcontinente.

En efecto va a ser determinante en la conformación de una correlación de fuerzas y por tanto, las condiciones en que nuestros pueblos continuarán –como siempre lo han hecho- luchando por sus derechos y por la ampliación de la democracia.

La esperanza que representó Macri para las burguesías criollas se ha ido desvaneciendo y su condición de títere del FMI, el imperialismo norteamericano y los especuladores financieros -que se siguen enriqueciendo a costa de la soberanía del país-, es indisimulable.

Los límites racionales y materiales de las recetas neoliberales son evidentes para cualquiera al ver cómo una y otra vez, su gobierno pide créditos para pagar otros anteriores y garantizar las ganancias de prestamistas y banqueros, así como la oleada de protesta social e inestabilidad política que ello genera.

En el resto de América hay procesos políticos en desarrollo todavía. Hay movimientos sociales y organizaciones dispuestas a movilizarse aunque momentáneamente dispersas. Fuerzas de izquierda con capacidad de articular oposición política parlamentaria, conducir organizaciones de masas y disputar gobiernos locales. 

Asimismo, la posibilidad de una nueva recesión, aún más grave que la del 2008, augura escenarios de conflictividad social y de contradicciones interburguesas en todo el continente.

La incapacidad de derrocar –pese al sabotaje político, diplomático, económico y las amenazas de intervención militar sistemáticas- al gobierno bolivariano del Presidente Nicolás Maduro, aumentan la agresividad de las burguesías latinoamericanas y el gobierno norteamericano.

El surgimiento de la amenaza fascista en el Brasil, entonces, no es un hecho fortuito y aislado. Tampoco –como muchos representantes de la izquierda “librepensadora” han divulgado profusamente- producto de la inconsecuencia de los gobiernos “progresistas” de las últimas dos décadas.

Es una manifestación de la lucha de clases. De la ofensiva de la burguesía para hacerse del poder en todo el continente y asegurar sus pingües ganancias en un escenario de crisis.

Gobiernos títeres como el de Temer, Macri o Kuczinsky no han sido capaces. Esa es la razón para que un ultraderechista con discurso misógino, racista, homofóbico y militarista como Bolsonaro, pueda disputar con reales posibilidades la presidencia de Brasil.  

En efecto, cuando las clases y grupos hegemónicos son incapaces de organizar racionalmente la convivencia humana, pues la política que aplican y sus resultados van dejando de manifiesto lo absurdo del capitalismo, no hay más posibilidad para estas que el recurso a la irracionalidad y a la fuerza bruta.

Recurrir al miedo, la desconfianza; apelar a supuestos valores provenientes de una posición de supremacía racial, de género o a creencias religiosas, prejuicios morales y culturales o al discurso facilón del “jefe” o del “líder”.

Esa es la política cultural de la derecha y la última barricada del modelo. No son exhabruptos de un personaje grotesco como lo es Bolsonaro en Brasil o Trump en los Estados Unidos. Es el resultado de la aplicación del modelo y su naturalización como límite de todo progreso humano posible.

Ello lleva a nuestras sociedades a que no se cuestionen acerca de los fines, los principios de la convivencia social y política ya que todo ha sido entregado a los automatismos del mercado. 

Esta supuesta “desideologización” de la sociedad –que es en realidad la realización práctica de la ideología de las clases dominantes- se manifiesta con singular fuerza en lo que suele llamarse “la clase media". 

El resultado de la primera vuelta en Brasil y antes, de las elecciones parlamentarias en Argentina, demuestran el peso político que pueden llegar a tener y el riesgo que implica su desideologización.

Para ello, las clases dominantes han contado eso sí con una maquinaria de medios de comunicación impresionante. Probablemente la más grande y sofisticada de toda la historia. Igual que en el siglo XX, cumple el papel de vaciar las conciencias, de embrutecerlas, transformándolas en meros repositorios de información carentes de contenido o cuyo contenido no es más que la confirmación de su valor de verdad.  

El fascismo en Brasil, y en cualquier parte del mundo, no es un fenómeno simple y la manera de enfrentarlo tampoco. No se puede ser neutral pues su naturaleza es esencialmente clasista. Su sentido es garantizar la posición de dominio de ciertas clases y sostener la exclusión de todo aquello que sea diferente o peligroso; de aquello que  lo ponga en cuestión. 

Se apoya, como se ha señalado anteriormente, en capas sociales extraordinariamente difusas que se definen más por lo que no quieren ser o por lo que aspiran que por su situación objetiva. Grupos sociales seducidos por la posibilidad de ser algún día lo que no son y con un terror supino a no ser excluidos nuevamente. 

Es necesario, entonces, doblar los esfuerzos por desarrollar una crítica cultural al modelo; por oponerle otros valores, otras prácticas pero especialmente otros fines. Señalar que otro tipo de sociedad es posible. Criticar los valores dominantes con un sentido de reforma material que señale objetivos y adversarios.

Entre ellos, quizás uno de los más importantes, el de "la seguridad", que ha sido una excusa para el control en escuelas y lugares de trabajo, y no solamente en barrios.

En segundo lugar, ir a la disputa del sentido común, que expresa la llamada "clase media". Disputarla al fascismo. Las luchas por el derecho a la educación, la cultura; los derechos de la infancia y los ancianos, asediados por el miedo a la indigencia. Trabajadores temerosos hoy en día, dispuestos a dejarse seducir por cualquier promesa tranquilizadora en el futuro. 

Politizar todas las luchas y sacarlas de los microespacios de la resistencia a nivel local para darles un sentido de transformación global. Legitimar la política, la participación y la acción del Estado, precisamente lo contrario de lo que hace el fascismo con su prédica beata sobre la corrupción que mete a todos en el mismo saco. 

Finalmente, sea cual fuere el resultado de la elección del domingo, es necesario superar el estado actual de dispersión de las fuerzas políticas y sociales del pueblo para enfrentarlo y continuar la lucha por la democracia y sus derechos en América. Dispersión en pequeñas luchas; en reivindicaciones que no confluyen en programas nacionales.

De organizaciones y referentes políticos que expresan a diferentes movimientos, clases y grupos sociales que aún compartiendo su situación de excluidos, discriminados o explotados, provienen de diversas experiencias históricas, generacionales, tradiciones doctrinarias, estéticas y culturales.

martes, 2 de octubre de 2018

Continuidad de la lucha por la democarcia



Equipo Crónica. El intruso

Este mes se conmemoran treinta años desde el triunfo del NO en el plebiscito. Ha sido una conmemoración no exenta de polémicas originadas por la pretensión del presidente de la DC Fuad Chaín y de su par del PR, Carlos Maldonado, de realizarla solamente con los partidos de la extinta Concertación de Partidos por la Democracia.

Lo que entonces sucedió, aunque todavía es objeto de interpretaciones, es que los militares se retiraron de las funciones de dirección del gobierno y comenzó el proceso de traspaso de éstas a los civiles, lo que se conoció como "transición a la democracia".

Lo cierto es que, pese a lo anterior, la Constitución que nos rige sigue siendo la misma aprobada por la dictadura mediante un plebiscito fraudulento; el modelo económico de libre mercado o neoliberalismo, constituye aún la base sobre la que descansa nuestra cultura -caracterizada por el individualismo, la competencia, el emprendimiento privado y la mercantilización de las relaciones sociales- así como la impunidad de los más connotados criminales de nuestra historia como país.

El año 2011, sin embargo, explotaron las movilizaciones de masas más importantes desde el retorno a la democracia. Estas, por cierto, no surgieron de la nada. Fueron expresión de las contradicciones propias de la transición y que se manifiestaban ya desde los años noventa del siglo pasado en todos los ámbitos de la vida nacional y de muy variadas maneras.

El pueblo se movilizó masivamente -aún con una buena dosis de espontaneismo- en contra de la mercantilización de la vida social y el lucro; por el derecho a la educación; la defensa de nuestros recursos y las empresas estatales -como ENAP y CODELCO-; en contra de proyectos energéticos que destruyen el mediomabiente y deterioran la calidad de vida de poblaciones enteras. En contra del centralismo y el abandono de vastas zonas del territorio nacional en beneficio de los ámbitos más rentables de la actividad económica.

De la misma manera por más democracia y participación, lo que se expresaba en todas las movilizaciones en la exigencia de una nueva Constitución.

Lo que entonces sucedió no fue un paréntesis en nuestra somnífera transición,si bien tampoco fue "el derrumbe del modelo", frase mediática y efectista aunque confusa y desmovilizadora .

Fue expresión de sus grietas, de sus efectos excluyentes, y de los límites de la institucionalidad política vigente para procesarlas y resolverlas, así como de la estrechez de la "democracia de los acuerdos" para incluirlas y representarlas.

A comienzos de la transición, sólo por poner un ejemplo, el gobierno de Patricio Aylwin prohíbe el ingreso del grupo de rock inglés Iron Maiden; la iglesia impide la difusión e implementación de las JOCAS, iniciativa de educación sexual del ministerio de educación; se aprueba el co-pago o financiamiento compartido en educación escolar. Más tarde, la libreta de ahorros para la educación superior, los créditos CORFO y el CAE; los multifondos de las AFP's y la autorización para invertirlos en acciones en el exterior; la evaluación docente y después, la ley 20501, que rigen el desempeño laboral de los docentes en la educación pública.

Lo del 2011, es como un acto de control social con efecto retardado; un abrupto despertar de la sociedad al comprobar que las promesas de la transición no solamente no se cumplieron sino que se convirtieron en su contrario: autoritarismo, conservadurismo moral, encarecimiento del costo de la vida -producto de la privatización de los servicios,incluidas las carreteras-, endeudamiento, pérdida de poder de negociación de los sindicatos y las organizaciones sociales; deterioro del medioambiente y contaminación.

Por esa razón cambia la situación política del país. Lo que hasta entonces eran posiciones y banderas sostenidas por la izquierda -el PC, pequeños colectivos universitarios, algunos parlamentarios y dirigentes sociales de la Concertación,y dirigentes sindicales de diversos sectores políticos-, se transforma en demanda de la sociedad; cambio al sistema electoral, plebiscito por una nueva constitución; reforma tributaria, recuperación del derecho a la educación. Más tarde cambios al sistema previsional y la legislación laboral. 

El sistema de partidos y las alianzas que lo sustentan hace crisis y surgen la Nueva Mayoría y el Frente Amplio, precisamente como expresiones de esta crisis que le impone el binominalismo y la política de los consensos a los sectores democráticos en tanto camisa de fuerza que les impide desplegar una agenda auténticamente democratizadora y reformista y en la derecha, comienza el declive de la hegemonía conservadora del catolicismo y la UDI.

El malestar social se empieza a manifestar y esa incapacidad de la institucionalidad política contenida en la Constitución del 80 de resolverlo, en el aumento de las contradicciones y desacuerdos entre sus representantes –gobierno, partidos políticos, parlamentarios, jueces, periodistas y comunicadores sociales e instituciones morales y religiosas-.

Es decir, el riesgo para el sistema de que ese malestar explote nuevamente, como el 2011, es todavía mayor. Y el sistema político -tal como lo han señalado Genaro Arriagada y otros representantes políticos e intelectuales del liberalismo concertacionista-  es precisamente el pistón que podría conducir la presión que ejercería ese malestar sobre el modelo, tal como lo fue la salida pactada de la dictadura militar hace treinta años mediante un plebiscito. 

Pero esa solución no habría sido posible a no ser por la exclusión de la izquierda y las organizaciones sociales de la dirección del proceso de recuperación democrática. Es la razón para que importantes dirigentes de partidos de la NM planteen abiertamente la exclusión del PC y del FA de las conmemoraciones del triunfo del NO; no por lo que este acontecimiento significó -lo que sigue siendo objeto de controversias- sino por el significado de la coyuntura actual y el riesgo que implica para los defensores del sistema neoliberal, las grandes empresas y las no tan grandes que se han visto beneficiadas en los últimos treinta años, con los abundantes traspasos de fondos del Estado al sector privado mediante subsidios, fondos concursables y tercerización de sus funciones, sector en el que abundan los nuevos ricos de la transición.














sábado, 28 de julio de 2018

¿Cuál es el problema de una política cultural de izquierda hoy?


Jean Ver Meer. La lección de música


El sistema ha penetrado en las conciencias de los seres humanos hasta naturalizar los valores en que se funda.  Sólo luego de eso adquieren aquel aspecto de universalidad que les otorga esa naturalización. 

Es un fenómeno ampliamente estudiado y descrito por las ciencias sociales.

Lo importante es la posición política que se adopte frente a este fenómeno que las ciencias universitarias se limitan a constatar y describir.

Dichos valores, entre otros, son el individualismo y la competitividad; el afán de lucro y uno de los más importantes, una concepción de la libertad no ya como autonomía sino como posibilidad de escoger. 

Estos valores se expresan en hábitos y formas de relación social como el consumismo, el arribismo, la atomización y mercantilización de la vida social, la motivación a partir de incentivos exteriores, la discriminación de lo considerado "extraño" o "inferior" o "anormal" entendido como aquello que no se adecua a ellos.  

En ese sentido, la naturalización de los valores del sistema indican que la batalla cultural la está ganando el neoliberalismo hace rato o incluso puede que ya la haya ganado definitivamente. 

Sin embargo, esto no significa que la lucha de clases haya dejado de existir y que por tanto, la lucha en el plano de los valores y de la cultura no se siga librando todos los días. 

El punto es que al hacerse los valores del sistema, "sentido común" o naturalizado como la manera "apropiada" de comportarse, todos los otros sistemas de valores y costumbres de grupos y clases subordinadas y dominadas se convierten en inapropiadas o anormales o incultas aunque no por ello hayan dejado de existir.

Lo que sucede es que no se expresan en el plano de la cultura admitida como "válida" y que circula en el medio que la sociedad ha creado precisamente con ese fin: el sistema educacional, las editoriales, museos y galerías, los medios de comunicación masivos, etc. 

Con este propósito, debe separar necesariamente al pueblo de quienes profesionalmente se dedican a la "producción" de objetos culturales. 

Esto tiene, además,  un segundo efecto que es mercantilizar la producción cultural y convertir a quienes se dedican profesionalmente a ella en pequeños empresarios, que viven de la compra y venta de sus productos. 

Ambos sufren la enajenación. Unos -lo que suele denominarse las "audiencias"-pues lo que aprecian, consumen y "disfrutan", no los identifica ni a ellos ni a sus vidas. Es decir, no dialogan con otros por medio de la cultura establecida y se limitan a apreciarla en forma pasiva aun cuando sea una cultura extraña o una imagen distorsionada de su actividad, su entorno y sus valores.

Los otros, porque lo que producen y la manera en la que deben hacerlo, es también una forma de sometimiento a cánones estéticos, y del gusto exteriores o que provienen de grupos culturalmente hegemónicos y no necesariamente de sus propios intereses como creadores. 

Ello plantea el núcleo del problema para un política cultural de izquierda,  lo que está íntimamente ligado a la demanda por participación y democratización. No a lo que corrientemente se denomina "formación de audiencias".

Democratización y participación en lo que dice relación con la producción de bienes culturales. El libro, la información, la música, representaciones escénicas, artes visuales, entretenimiento, etc. 

También en lo que refiere a la posibilidad de acceder, conocer, comprender; de disfrutar, cuestionar y relexionar acerca de los objetos y productos culturales; los contenidos que los animan, sus formas de presentación, etc. 

Finalmente en lo que dice relación con la relación entre los creadores y trabajadores de la cultura con el pueblo; no como "audiencias con artistas talentosos" sino como seres humanos que proviniendo de diversas culturas dialogan y debaten para enriquecer el universo simbólico, material y espiritual de la sociedad. 

La experiencia chilena del siglo XX, incluso del siglo XIX, es que ello está íntimamente ligado a la creación, desarrollo y expansión Sistema Nacional de Educación Pública. 

Primero porque, pese a todo, éste sigue siendo el medio más poderoso del país para hacer política cultural. Pues escuelas y liceos son lugares de encuentro, debate y socialización de grupos, etnias, culturas y hoy en día, nacionalidades diversas.

En segundo lugar las universidades estatales como centros de creación, investigación, experimentación y producción cultural en los más diversos ámbitos. También por las labores de extensión cultural que realizan.

La forma de hacer retroceder al mercado en cultura y rescatarla como un derecho social es fortalecer la educación pública, que es el brazo más poderoso con que cuenta el Estado para democratizarla y hacer de ella una herramienta de progreso social y no una forma de sometimiento y expresión de la dominación de clase. 














viernes, 6 de julio de 2018

Allende y la izquierda en la actualidad




El 26 de junio se celebró el natalicio número ciento diez de Salvador Allende. Si no fuera por su obra, el Chile actual no sería el que es y eso no lo podrían negar ni sus más enconados adversarios.

Seguramente por esa razón, El Mercurio, la DC y los antiguos izquierdistas convertidos al liberalismo más vergonzante, citan el Gobierno de Allende y la Unidad Popular como el punto de inflexión en la historia chilena del siglo XX.

En su caso, para legitimar su pretensión de que nunca más en la historia se vuelva a repetir un gobierno de izquierda, de base popular y obrera que se plantee la construcción del socialismo y que el poder lo ejerzan los trabajadores para beneficio de las mayorías.

Es precisamente por esa razón que la derecha, el gobierno norteamericano –lo que está sobradamente documentado en sendas investigaciones del senado de ese país-, conspicuos empresarios criollos y los sectores más conservadores de la DC provocaran a las FF.AA para dar un golpe de Estado.

La cantinela que han repetido como un mantra por más de cuarenta años, permeando las conciencias de varias generaciones de chilenos, es que precisamente haberse planteado construir el socialismo en Chile y entregar el poder a las clases históricamente sometidas y explotadas –materialmente- excluidas y discriminadas –cultural, social y moralmente- es el problema y el gran “error” o incluso el “pecado” de la UP.

Curioso argumento para justificar las violaciones más atroces a los DDHH de que tenga memoria nuestra historia republicana.

El razonamiento que está a la base de esta paparruchada es que vivimos en una sociedad perfecta o a lo menos, la mejor posible y que proponerse cambios  “radicales” o “estructurales” es algo espurio y por lo tanto, razón suficiente para derrocar un gobierno legítimamente constituido, asesinar al Presidente de la República, encarcelar a sus ministros o expulsarlos de Chile.

Disolver el Parlamento; proscribir a los partidos políticos, a los sindicatos. Realizar detenciones arbitarias, someter a atroces tormentos a opositores, ejecutarlos y en miles de casos, hacerlos desaparecer.

Lo que ocultan o niegan estas teorías del “quiebre institucional”, de la “guerra fraticida” -cuyas expresiones más torpes y exageradas son el Plan Z y otras por el estilo, y que en otras más sofisticadas citan un fallido intento de acusación constitucional- es que los objetivos de entregar el poder a los trabajadores y construir el socialismo en Chile, estaban indisolublemente unidos a la realización plena de la democracia.

No se trata solamente que la vía chilena o “vía pacífica” al socialismo se realizara por los medios de la democracia y el respeto por el Estado de Derecho, como de hecho fueron todas las actuaciones de su gobierno, incluidas la reforma agraria, las nacionalizaciones del cobre, la banca y las grandes industrias.

Se trata de que el planteamiento de la UP, producto de un proceso de elaboración política y doctrinaria que tomó varias décadas de debate de los partidos populares, el movimiento sindical, la intelectualidad progresista -desde la efímera República Socialista de 1931 hasta culminar con la elección de Allende- tenía como fin último la realización de la democracia.

Para esta concepción, el socialismo y la democracia no solamente no son contradictorios sino que son precisamente expresiones de un mismo movimiento de progreso social que, en su versión chilena -versión muy ortodoxa pero profundamente creativa- proceden por sucesivos momentos de superación, contradicción y síntesis permanentes, como manifestaciones de movimientos de masas que expresan las contradicciones de clase de la sociedad y que se realizan en la producción, tanto como a nivel institucional, estético, cultural y social.

Las versiones del asalto al poder; aquellas que postulaban con una candidez extraordinaria la vía insurreccional –en sus versiones guerrilleras fundamentalmente- son las que niegan primero todo el acerbo teórico y cultural de la izquierda y dan paso después, a elaboraciones políticas y doctrinarias que lo ignoran .

Son las que dan paso, por lo tanto, al liberalismo socialdemócrata, ese salto al vacío de la izquierda en las postrimerías del siglo XX y que explican en gran parte el estado actual del sector y su indigencia de propuestas y su dificultad para converger, para dialogar con la sociedad y proponerle objetivos que la movilicen a horizontes de superación de la sociedad actual.

Sociedad sumida en la peor crisis de su historia –estancamiento económico, proliferación del narcotráfico, desigualdad, destrucción del medioambiente, apatía y desafección de la política y la democracia, agotamiento de las materias primas pese a su dependencia de ellas, discriminación y violencia-.

La figura, el ejemplo de Allende, es inspiración y modelo para las actuales generaciones de chilenos de izquierda y progresistas, tal como él dijo en su último discurso: “otros hombres superarán este momento gris y amargo en que la traición y la felonía pretenden imponerse”.

Allende el demócrata republicano y el Allende resistiendo metralleta en mano en la Moneda, el 11 de Septiembre de 1973, no son contradictorios sino expresión de lo mismo. El ideario de la izquierda chilena, socialismo y democracia, defensa y promoción de los derechos humanos desde la infancia.

El golpe no era inevitable. Esa es la explicación que Altamirano ha difundido con la colaboración de Salazar para justificar no sus actuaciones durante el Gobierno de la UP sino su conversión posterior y su entreguismo a las posiciones que conciliaron con los golpistas, los violadores de los DDHH y sus exégetas. Para la versión de la inevitabilidad del golpe, no había más opción que renunciar al programa. 

Es lo que él hizo con posterioridad aunque en su extensa conversación con Salazar no lo dijera ni lo recordara en una sola de sus respuestas.

Allende se hace cada día más grande, en América Latina. Fue inspiración y ejemplo para una generación entera de combatientes de la resistencia antidictatorial y que luchaban por la democracia. Jóvenes del MIR, del PC, del FPMR, de la JS y la IC precisamente por esta característica de su pensamiento y su práctica. Unir democracia y socialismo. Es precisamente la tarea actual en Chile y América Latina. 





jueves, 17 de mayo de 2018

¿Qué aporta la izquierda hoy en día?



 
Juan Dávila. El libertador Simón Bolívar. 1994


Actualmente, en la oposición al Gobierno de Piñera, conviven partidos que quedan de lo que fue la NM y los que conforman el FA. No hay un propósito compartido –ni siquiera coordinación, entre ellos-, excepto ocasionalmente, a nivel parlamentario y para ciertas acciones específicas.

Hay liberales y socialdemócratas; marxistas –más o menos ortodoxos- tanto en el FA como entre los partidos de la NM; autonomistas, cristianos, representantes de movimientos sociales y “ciudadanos”, partidos y movimientos políticos.

Lo único que tienen en común es haber perdido la elección presidencial frente a la derecha y algunas vagas consignas y reivindicaciones como el cambio de la Constitución y del sistema previsional.

Lo que las diferencia, en principio, es la radicalidad de las medidas con las que enfrentar y resolver esas reivindicaciones; métodos de trabajo y formas de organización; una diversa concepción de las alianzas para alcanzarlas; etc. aunque no diferencias -al menos no explícitas- respecto de los fines.

¿Cómo hacerlo? En realidad, no hay un plan, como –por ejemplo- sí lo hubo para derrotar a la dictadura. Por eso no hay oposición. Lo que hay es mucha dispersión. En ella, conviven posturas que suelen denominarse de centro; algunas que se autodefinen, como de centroizquierda y otras de izquierda.

Lo que caracteriza a la oposición es, pues, su opacidad e indeterminación, a no ser por símbolos, historia, tradiciones y formas de expresar su pensamiento cada organización.

En este contexto, ¿qué diferencia a la izquierda en el concierto de la oposición? ¿quién es la izquierda? Difícil determinarlo. Algunas ideas:

La lucha por la democracia en  esta nueva etapa que se abrió después del gobierno de la NM, no es ya la lucha contra los enclaves autoritarios, como se decía en los noventa o completar la transición, como se hizo del ’99 en adelante.

Es urgente llenar de contenido ese concepto de “democracia”.y oponerlo al sistema e institucionalidad vigente hoy en día. Pues la derecha, el militarismo, los violadores de DDHH, y los neoliberales de diversas denominaciones sostienen que la contenida en la Constitiución del 80 lo es, aunque sea -como ellos sostienen- “perfectible”.

La lucha por la recuperación y ampliación de los derechos económicos, sociales y culturales del pueblo, es parte de la lucha por la democracia, Se trata de un asunto que encuentra una última barrera en la Constitución y su concepción de dichos derechos y en el carácter subsidiario del Estado consagrado en ella.

La defensa de la Paz mundial, el principio de autodeterminación de los pueblos y de no injerencia de las potencias imperialistas, debiera ser uno de los elementos centrales de una política de izquierda, especialmente en un contexto en el que las invasiones, los bombardeos y las amenazas golpistas propiciadas por el imperialismo están a la orden del día nuevamente. 

Por el respeto y reivindicación de la diversidad cultural de nuestras sociedades. Lo que se encuentra amenazado por el resurgimiento de la xenofobia, el racismo, la homo y transfobia y otras formas de discriminación de tipo fascista, asociadas a los estereotipos culturales promovidos por el capitalismo y la globalización neoliberal, que entre otros motivos, justifican precisamente este tipo de prejuicios y actitudes políticas. 

Mientras existió el campo socialista, la izquierda -incluida aquella que era crítica de los estados socialistas de Europa del este- tuvo una referencia material a la cual apelar como alternativa de sociedad posible. 

Hoy en día, eso ya no es así y por esa razón, la lucha por el socialismo también adquiere un nuevo significado, en el que la profundización de la democracia es, como lo fue en el siglo XX, parte de la estrategia de construcción de una nueva sociedad. Será el pueblo el que dote de contenido esta idea de una nueva sociedad, en base a su propia experiencia de lucha por la conquista de sus derechos y los de futuras generaciones.

La profundidad de las modernizaciones neoliberales en el país es tanta; la dependencia del neoliberalismo criollo al capitalismo y a las empresas transnacionales; la concentración de la riqueza en unos pocos tan radical, que las contradicciones entre una ínfima minoría privilegiada y la inmensa mayoría de excluídos, explotados y discriminados se ha hecho cada vez más evidente y violenta, generando enormes movimientos de protesta social.

Pero precisamente por esa razón, la heterogeneidad, la riqueza de determinaciones y diferencias de este sujeto, que es el Movimiento Popular en la actualidad, es enorme y un desafío para la izquierda. Su composición,  el contenido de sus propuestas, su estrategia será tan amplia y diversa como éste y la envergadura de sus objetivos, tan grande como las injusticias del modelo.

jueves, 3 de mayo de 2018

¿Qué es ser de oposición al gobierno de Piñera?



Max Beckmann. El infierno de los pájaros. 1937-38





El gobierno de Piñera no tiene oposición, salvo un conjunto de partidos de izquierda y de centro que quedan de lo que fue la NM y los que conforman el FA. No hay una idea política, una estrategia ni un programa compartido por el que se pueda justificar su existencia como tal, excepto de cada uno por separado.

Hay también un conjunto de organizaciones y movimientos sociales que levantan reivindicaciones y demandas que los colocan en una posición contrapuesta a la de la derecha y el gobierno de Chile Vamos, tal como podría haberlo sido, hipotéticamente, en un gobierno de la NM o del FA.

En la historia reciente de nuestro país probablemente -dejando a un lado las experiencias de la UP y la Revolución en Libertad de la DC- sólo la lucha antidictatorial representa la conformación de un sujeto histórico portador de una idea de país.

La lucha por la Democracia fue el elemento aglutinador de ese vasto movimiento social y político.

La transición o lo que se denominó “transición a la democracia”, sin embargo, fue desdibujándolo desde su origen, lenta aunque sostenidamente.

Primero, porque se basó en la exclusión de la izquierda –o siendo más precisos, una parte de la izquierda histórica representada fundamentalmente por el PC y otras agrupaciones menores como el MIR y la IC.

En segundo lugar, por la marginación de las organizaciones sociales –las que habían sido fundamentales en la derrota de la dictadura militar- del círculo de la toma de decisiones o a lo menos de consulta en la elaboración de políticas de Estado y su reemplazo por comisiones técnicas.

También por la caída del socialismo, pues aun cuando no fuera la ideología inspiradora de todo el movimiento democrático y progresista del siglo XX en Chile y Latinoamérica -ni siquiera de toda la izquierda- le abrió el camino a la imposición de la ideología neoliberal como pensamiento único, explicación objetiva y racional del mundo y del progreso humanos.

El resultado está a la vista. El fin de la transición pactada no fue la democracia plena. 

Lo que hay, más bien, es una suerte de Estado de Derecho expresado en la Constitución del 80, que ha actuado permanentemente como obstáculo a cualquier reforma o intento democratizador y lo sigue haciendo -ahí están los recientes fallos del TC para demostrarlo-. 

El reemplazo de la sociedad civil por el mercado o una sociedad de consumidores que no tienen derecho a ninguna cosa sino solamente la posibilidad de "adquirirlos" a través de éste.

Las reformas realizadas por la anterior administración como la reforma al sistema electoral, la ley de inclusión, de educación superior y Nueva Educación Pública; las reformas laboral y tributaria, la ley de aborto en tres causales y de identidad de género, así como la reforma previsional -las que, además, aún duermen en el Parlamento- dadas todas las limitaciones impuestas por dicha institucionalidad, no se podrían considerar, como lo ha declarado la propia presidenta Bachelet, una tarea concluida por completo.

La situación en el mundo no es mucho mejor. El neoliberalismo puede dar paso a una regresión de tipo autoritaria que ponga fin a las libertades públicas e individuales; restrinja aún más los derechos sociales, económicos,  políticos y culturales; y agudice el deterioro del medioambiente, afectando la vida de la mayoría en beneficio de unos pocos privilegiados.

La democracia, en síntesis, está amenazada. La situación en medio oriente; en América Latina; el avance las fuerzas de ultraderecha en Europa y la violencia racial en contra de la población afrodescendiente y la discriminación de los latinos en los Estados Unidos, son algunas de las demostraciones del grave riesgo que se cierne sobre nuestros pueblos.

Nada muy diferente a lo que ocurre en Chile.

La  aplicación de las recetas neoliberales, como remedio a los mismos males que provoca –pobreza, exclusión, discriminación y narcotráfico; proliferación del negocio de las armas, corrupción y autoritarismo-  profundizan la crisis, transformándola en una nueva fuente de negocios –a través de las privatizaciones, transferencia de subsidios estatales a empresas privadas, fundaciones y ONG’s.

O también como fuente de nuevos sometimientos y limitaciones a la soberanía y los derechos del pueblo a través de los planes de ajuste impuestos por el FMI, el Banco Mundial, la Comisión Europea o lisa y llanamente a través de intervenciones militares o golpes de estado, abriendo paso al surgimiento de populismos de ultraderecha.

Ello impone nuevas y más complejas tareas a la izquierda y al pueblo. Tareas similares a las que se planteó en el siglo XX y que explican su necesidad histórica y política. 

Ellas consisten en la ampliación de los límites de la democracia y la participación. De los derechos, económicos, sociales y culturales de los trabajadores y sus familias. Por el acceso garantizado por el Estado a la salud, educación, cultura y entretenimiento. 

También de las libertades individuales seriamente coartadas por el poder de las empresas monopólicas y las cadenas integradas para subir precios, y liquidar al pequeño productor y comerciante, así como por instituciones conservadoras y el control de los medios de comunicación y la manipulación masiva de las conciencias en una escala nunca antes conocida.

Es urgente además, la limitación del poder de las grandes empresas frente a los habitantes de nuestras ciudades y regiones que deterioran la calidad de vida en barrios y ecosistemas por su afán de lucro voraz y descontrolado construyendo ambientes armónicos en que convivan el hombre y la naturaleza, equilibrando su necesidad a acceder a servicios oportunos y de calidad con la preservación del ecosistema.

Para ello, las reformas comenzadas en el período anterior deben ser concluidas aunque las condiciones hoy por hoy sean más complejas, hasta conseguir una democracia plena.

La lucha por la democracia es una lucha por la conquista de las condiciones de progreso moral y cultural de un pueblo; de desarrollo progresivo de la consciencia de sí y de sus derechos hasta el ejercicio pleno y soberano del poder en beneficio de las mayorías y no de unos pocos privilegiados.