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| Francisco Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo. 1814 |
El fascismo actual odia la escuela. Al contrario de los
fascismos de mediados del siglo XX, o el de las dictaduras latinoamericanas de
los años setenta y ochenta -el de Pinochet y Videla-, los que hicieron de la
escuela, primero, un instrumento de disciplinamiento y control, y luego de
adoctrinamiento en un ideal de ser humano basado en ideas racistas,
patrioteras, clasistas y machistas, el fascismo del siglo XXI se caracteriza
por su desprecio hacia esta y su escepticismo respecto de su utilidad para
alcanzarlo.
El fascismo clásico contenía ya un elemento de este tipo de
pesimismo sobre las posibilidades de la escuela, en tanto era el producto
político de la aceptación de la realidad no más que como un conjunto de hechos
ante los cuales el pensamiento debía someterse.
Esta renuncia del pensamiento a comprenderlas y después transformarlas,
ha hecho de nuestras sociedades acumulaciones de datos, grupos de palabras y
partículas que, primero, convivían en el mercado o se topaban eventualmente en
él y que hoy -especialmente después de la pandemia de COVID 19- lo hacen cada
vez más en el ciberespacio, donde se condensa esta amalgama de lenguaje,
individuos y cosas presentados como bytes.
La mitología heroica del fascismo clásico, proliferación de
relatos y creencias irracionales acerca de la idea de una "misión
histórica", la procedencia de razas o naciones de un origen excepcional,
cuyo cometido sería el de recuperar y luego, realizar, ha sido reemplazada en
la actualidad por un repertorio de creencias que cumplen una función similar
que es sustituir a la razón en los fundamentos de lo social: el terraplanismo,
los antivacunas, y el culto a los extraterrestres, entre otras.
Para el fascismo actual el mundo está condenado a ser como
es, caótico, violento, excluyente y biológicamente precario, no intenta comprenderlo
ni explicarlo y por eso ya ni siquiera intenta dialogar con la escuela. Ve en
ella y en los profesores y profesoras a sospechosos de propalar ideas
peligrosas y que obstaculizan la adaptación de las personas a esta realidad
apremiante.
Por esa razón la escuela entra en abierta e inevitable
contradicción con esta tendencia de sociedades en proceso de fascistización.
La escuela entendida, primero, como un espacio de debate
cultural. Porque en rigor, para la cultura dominante, y el fascismo que amenaza
a nuestras sociedades en la actualidad, no es mucho lo que es objeto de reflexión.
En el mejor de los casos, lo es de un intercambio de informaciones, medibles y
clasificables, luego expresadas en el resultado de pruebas estandarizadas. En
este sentido, la escuela también ha colaborado en la preparación de nuestras
sociedades a aceptar charlatanería y mistificación para terminar siendo su
víctima sacrificial, en los altares del terraplanismo.
Llegados al punto en que incluso por las posibilidades que
brindan las TICs de acceso a la información y su intercambio, es eludible por
medio de un aparato, que va desde un celular a un Macintosh. Es decir, la
escuela siempre sale sobrando. El avance de las tecnologías de la información y
la irrupción de la IA, en lugar de motivar una perspectiva de mayor autonomía y
libertad del ser humano, ha redundado en nuevas formas de control y
sometimiento que han terminado por reemplazarlo o amenazan al menos con
hacerlo. La automatización de funciones; el trabajo a distancia y la
teleeducación, lo hacen cada vez más prescindible y los procesos de
administración de datos, menos reflexivo.
Además, porque los individuos que, primero, convivían en el
mercado o se topaban eventualmente en él, hoy -especialmente después de la
pandemia de COVID 19- lo hacen cada vez más en el ciberespacio que es una
manifestación ideológica de éste.
Otro factor que conspira contra la escuela es la evolución
demográfica, caracterizada por bajas tasas de natalidad y envejecimiento de la
población. La tendencia de la matrícula a caer a los niveles tan bajos como nunca
antes se había visto, es la coartada perfecta para afectar su sobrevivencia.
Especialmente en Chile, donde el financiamiento está atado a este concepto de
la escuela como mercado de informaciones que se miden en las pruebas
estandarizadas y que son el indicador que, supuestamente, guiaría las
preferencias de las familias -lo que como “la mano invisible”, lo determinaría
en última instancia.
Combinados, todos estos factores hacen que la escuela tal
como la concebimos hasta hace no mucho, sea un obstáculo para los intereses de
ultras de derecha, las empresas tecnológicas, los nuevos chovinismos surgidos
del agotamiento de la globalización neoliberal, el fundamentalismo religioso,
fundaciones conservadoras e industria armamentista.

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