domingo, 11 de octubre de 2026

El significado del cambio histórico en Recabarren

 

Juan Davila. Art is homosexual. 1983-85

Las ideologías -término acuñado por un grupo de pensadores franceses posteriores a la Gran Revolución para referirse a sus ideas ligadas a la administración, la educación y la economía- gustaban de las definiciones generales del objeto de sus preocupaciones y teorías y sólo después extraer conclusiones que, usualmente, las confirmarían para ser aplicadas y así transformar finalmente la sociedad y el Estado. Estos pensadores y su manera de proceder tuvieron una gran influencia en Chile, desde Andrés Bello en adelante. 

Esta concepción, fue refundida y combinada, en el transcurso de la formación de la República, con el liberalismo político y otras teorías como las del contrato social que, como se enseña en los textos escolares de historia de Chile, provienen de la Ilustración.

 Todo lo que escribe Recabarren, es una polémica contra este tipo de concepciones.

Su obra escrita y realizaciones son, más bien, una interpelación de las clases dominantes y del poder, y por lo tanto de su incapacidad para contenerla y representarla realmente.

Es justamente su negación, dado el carácter abstracto y desconectado de la sociedad real de todos estos principios y teorías de los pensadores de su época y anteriores, que es aproximadamente la del "centenario".

 Recabarren se refiere a ellos explícitamente en sus escritos. Cita y critica a Barros Borgoño, Matta, Vicuña Mackenna, Orrego Luco, al poeta Víctor Domingo Silva y otros para referirse a su incapacidad para reconocer el carácter histórico de la realidad social de su época, caracterizada por la desigualdad, la exclusión y el sometimiento de las clases trabajadoras, características todas reunidas en el concepto y el debate de la denominada "cuestión social".

En efecto, cuando las teorías de estos "ideólogos" de la República -que generalmente, además, ocupaban puestos importantes en el sistema político, además de la academia y la prensa de su época- entraban en contradicción con lo social o eran incapaces de explicarlo, se encargaban de tratar de hacerlos coincidir con una violencia que parte con la llamada "pacificación de la Araucanía" y luego se expresa en las matanzas de Valparaíso en 1903, Iquique en 1907 y San Gregorio en 1921, por poner sólo algunos ejemplos.

 En sus escritos, Recabarren insiste en la desigualdad como la característica más determinante de su época. Señala más que una identidad definitiva, el "déficit" que la caracterizaría en la realidad; llama la atención sobre aquello que el trabajador y la trabajadora (usa reiteradamente la expresión "trabajadores de ambos sexos") no son y que el discurso oficial de su época, en cambio, afirma. Precisamente, por eso lo que define principalmente el pensamiento de Recabarren, es "la diferencia". Se inserta dentro del amplio y profundo fenómeno social que es la irrupción de la clase trabajadora en la Historia de Chile, como negación de la República oligárquica, la ideología que la sostiene y sus resultados.

 Es su mejor intérprete, no sólo o no exclusivamente por su obra organizativa, propagandística, educativa y cultural sino porque a través de ésta, trata de dar forma a este movimiento, a la clase de la que siente parte, que es la razón para que se definiera como "intelectual obrero". Esto es, trata de otorgar un sentido que vaya más allá de la pura denuncia de las condiciones materiales que le dan origen para otorgarle un significado moral que inserta en el desarrollo general de la humanidad.

 Esta diferencia expresada por el movimiento obrero y la clase trabajadora como negación de la sociedad capitalista, en el pensamiento de Recabarren, solamente alcanzará la plenitud de su significado, por lo tanto, en una nueva sociedad. Es justamente el sentido que colmaría esa diferencia que representa la clase trabajadora y las diversas expresiones políticas que, en ese entonces, trataban de otorgar una forma y significado a su existencia, negadas a su vez por la República, como se había ido conformando desde el triunfo de la Revolución de la Independencia.

La exclusión y explotación de que es víctima, la viven también los trabajadores de otras partes del mundo; pero también las mujeres y "los trabajadores de las haciendas". Todos ellos, todos los que como dice "viven a salario" son objeto de una consideración similar por parte de Recabarren dado el carácter "universal" que asigna a la explotación, que describe como "esclavitud servil", "esclavitud universal", "sangrienta explotación" y otras expresiones que delatan su significado moral y aparentemente cumplirían la función de incitar a la acción. 

 La experimentan los trabajadores y trabajadoras en su vida cotidiana y no solamente en el trabajo, a través por ejemplo del comercio -fuente particularmente importante de sometimiento en las descripciones de Recabarren de las condiciones de explotación de la clase trabajadora de su época- y de las leyes que la refuerzan, la legitiman jurídica y políticamente y reproducen las condiciones que la harían posible. Utiliza la palabra "tiranía" para referirse a este aspecto de su vida y a la República oligárquica, que para él es la negación de los principios de democracia y soberanía que habían inspirado la revolución emancipadora. 

 La tarea histórica de la clase trabajadora sería, pues, superar la sociedad actual y construir una que define en forma vaga como una sociedad de "hombres libres", "trabajadores inteligentes y honestos", etc. Usa las expresiones "porvenir", "nueva sociedad" y especialmente,  "socialismo", cada vez con más frecuencia y más sistemáticamente a partir de la fundación del POS en 1912, su primer congreso en 1915 y 1917, después del triunfo de la revolución rusa.

 De manera que la negación, para Recabarren, no desemboca en un desencanto desesperado sino en un llamado a la acción y la convicción de que solamente la actividad práctica de trabajadores y trabajadoras -con toda la vaguedad que ese concepto tiene en sus escritos- hará posible la construcción de una nueva sociedad. Por esa razón dedica prácticamente treinta años de su vida a la construcción de un partido de los trabajadores. Por ello, además, insiste en la necesidad de disputar el poder político sin desestimar ninguna herramienta, incluida la lucha legal, electoral y parlamentaria.

El esfuerzo de Recabarren, se inserta en el desarrollo de la Historia de Chile y se proyecta a todo lo largo del siglo XX y lo sigue haciendo hoy, o debiera hacerlo, porque se comprende a sí mismo como surgiendo de las mismas condiciones de la sociedad de su época. No para comentarla ni para concebir su desarrollo y evolución como un proceso de perfeccionamiento de unos valores espirituales completos y definitivos, sobre los cuales ir acumulando nuevos logros. Para Recabarren, el cambio proviene, al contrario, de su negación la que a su vez contiene aquellos valores como democracia, igualdad, pueblo y soberanía, que subsisten incompletos, muchas veces ocultos, por condiciones históricas, políticas y sociales, en este caso el predominio de la oligarquía, que impiden su realización y que sólo una nueva sociedad sería capaz de cumplir.

En tiempos en que el fascismo, recurre al "cambio", como consigna y presenta las condiciones de explotación, sometimiento cultural, exclusión y discriminación como si se tratara de lo nuevo, es necesario recuperar estos aspectos del pensamiento y práctica de Recabarren. No conoció y por lo tanto es inconcebible buscar respuestas a fenómenos como el fascismo, las redes sociales o la crisis climática, en sus escritos. Pero hay una ética, una actitud moral y posicionamiento frente a la actualidad que le sirvieron para formar un movimiento nacional popular que incidió en la historia del siglo XX, explican su permanencia y son tan vigentes como entonces, mientras sigan existiendo condiciones de explotación, subordinación cultural y exclusión social que impidan la realización de una humanidad libre como la que él soñó. 

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Recabarren y la democracia

Pedro Luna. Faenas en el puerto, cargadores. 1915



Toda la obra escrita de Recabarren se podría interpretar como una reflexión acerca de las relaciones entre el republicanismo formal de la oligarquía y la democracia entendida como gobierno del pueblo y finalidad de la revolución. 

Una de sus motivaciones, de hecho, es la evidente contradicción entre la República tal como se fue conformando en el transcurso del siglo XIX  y los principios que inspiraron la revolución emancipadora. La reflexión de Recabarren gira en torno a la necesidad de concluir sus tareas negadas por la forma que adoptó con posterioridad. 

Concibe el desarrollo de la República, como la negación de los principios que la habrían inspirado –libertad, igualdad y soberanía- y que habrían beneficiado sólo a los “propietarios”. Un proceso que surge del despojo de los pueblos originarios, el que daría origen a la propiedad y consecuentemente a las clases sociales -con toda la imprecisión e inexactitud científica que se le pueda reprochar a sus impresiones y la manera en que las expresa, sin que ello desmerezca la profundidad de su punto de vista-. El Estado vendría a cumplir después la función de legitimar y dar forma institucional a este proceso histórico. 

Por ello, Recabarren avanza en relación con los progresismos ilustrados de pensadores del siglo XIX como Bilbao, Lastarria y otros, pues reconoce la historicidad de los fenómenos de la desigualdad, la exclusión y el encapsulamiento del sistema político de su época, así como los fundamentos materiales que los sostienen. Permanentemente, por esa razón está haciendo referencia a su carácter de clase y señalando que en ello está precisamente el origen de sus contradicciones e incapacidad de representar efectivamente a la sociedad real, la que recién el naturalismo literario de autores como Baldomero Lillo y Augusto D´halmar, asi como los pintores de la Generación del 13, comienzan a relevar estéticamente mientras el pueblo va experimentando formas de organización social y política que van desde las mutuales y sociedades de artesanos al sindicato, la federación obrera y los partidos políticos de clase. 

Se refiere a los intereses "de los ricos" y de "los caballeros" como los que se oponen al interés nacional que identifica con los de la mayoría, a la que identifica con "los pobres", "los trabajadores de ambos sexos", "los que viven del salario", entre los que incluye a empleados, artesanos, pequeños propietarios y "trabajadores de las haciendas".  Su consideración de "la mayoría" no se agota, entonces, en una estimación estadística, sino que está determinada por el contenido del que es portadora. “Progreso”, "higiene", "instrucción", "recreo", "cultura", "bienestar", son los que asimila a una "verdadera civilización" y que considera bienes sociales producidos por el trabajo humano. Son estos, precisamente, su verdadero significado porque representan el interés general y son producidos gracias al trabajo de todos y todas. 

De esa manera, Recabarren aborda su reflexión sobre la democracia entendida como gobierno de la mayoría y realización histórico-concreta de los valores que el hombre ha ido conformando en la vida social a lo largo de la historia de Chile después de la Independencia, como surgiendo de la vida cotidiana y como una forma de convivencia en que el ser humano desarrolla unos valores, hábitos, formas de relacionarse, opuestas a los de la oligarquía que vive de las rentas del salitre y la propiedad de la tierra. Su carácter especulador y la codicia que la mueven, de hecho, están para Recabarren en el origen del atraso y la pobreza; por lo tanto, de la desigualdad y profundizan por esa razón el modo elitista y burocrático del sistema político.

No hay verdadera democracia sin considerar las necesidades cotidianas de la gente trabajadora -entre las que incluye, vivienda, educación, asistencia frente a la enfermedad y los accidentes del trabajo o durante la vejez-. También de sus formas de relacionarse en ésta y no de unos valores surgidos en un mundo trascendente que le es extraño y de los que se deducen principios como una falsa noción de la patria, obediencia, eficiencia y sumisión que después reproduce el sistema escolar y la Iglesia. Concibe la explotación, por lo tanto, como lo opuesto a la democracia y la ve manifestándose en todas las esferas de la vida social. En el trabajo, pero también en las leyes y el comercio, que son diversas formas de servidumbre que lo condenan.  

La lucha social, la educación y la cultura son para Recabarren, en consecuencia, parte de la democracia.

También la libertad de comercio porque es una forma de escapar del control que ejercen los capitalistas de los trabajadores en la vida cotidiana, a través de las pulperías y el sistema de pago en fichas. Por esa razón para él, el cooperativismo ocupa un lugar importante en la política de las clases subalternas. Es una forma de escapar a su situación de subordinación y explotación, a la que asimila con la "falta de libertad". 

Precisamente la manera en que concibe la explotación y lo que le confiere su "universalidad", como la denomina. La explotación la viven cotidianamente, en efecto, los trabajadores; pero también, y doblemente, la mujer tanto en la fábrica y el taller como en el hogar. Los trabajadores del campo que sufren la explotación así entendida por parte de los hacendados que a su vez son "autoridades" en el sistema político. Explotación y sometimiento son dos caras de una misma moneda. Libertad y democracia su opuesto.

Ese carácter burocrático y elitista, Recabarren lo identifica además con el centralismo asfixiante que lo caracterizaba desde las guerras civiles del siglo XIX, en que se había impuesto una oligarquía rancia de la capital que vivía de las rentas que extraía de la actividad de las regiones. Recabarren en muchos de sus escritos se refiere a las enormes riquezas que el salitre en el norte y la actividad maderera en el sur de Chile, por ejemplo, aumentan las de una pequeña minoría beneficiándola mientras aquellas se empobrecen y son condenadas al atraso. 

Libertad, igualdad, justicia, pueblo y soberanía, sintetizados en la Democracia como forma de gobierno y convivencia política y social, entonces, no son valores abstractos sino realidades concretas que se manifiestan históricamente en la práctica política y el pensamiento de Recabarren que lo diferencian de otras formas de progresismo ilustrado y que por el hecho de ser la negación de sus formas excluyentes e inacabamiento, anuncian el inicio de una nueva época o debería hacerlo. 

Recabarren lo aborda en su reflexión sobre la democracia entendida como gobierno de la mayoría y realización histórico-concreta de los valores que el hombre ha ido conformando en la vida social a lo largo de la historia de Chile después de la Independencia, entendida como unidad de cotidianidad e historia.

El mundo y el país han cambiado desde entonces. Pero las tareas que se propuso y que dieron origen a la izquierda chilena -a toda la izquierda- se mantienen vigentes. Incluso con más urgencia todavía en la medida que las formas de control, explotación y sometimiento a que son sometidos trabajadores y trabajadoras; y en la misma proporción en que su transformación en “clase media” vuelve más sofisticadas y absorbentes sus mecanismos.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Otra semana de sufrimiento

Karel Apel. Grito de libertad. 1954



Llegaron las Fiestas Patrias y se suma una nueva semana, durante el mes de septiembre, de sufrimiento para el aporreado pueblo chileno. Las alzas las van a hacer tal vez menos opíparas y por esa razón su efecto adormecedor no sólo no dure demasiado sino más bien lo agudice aún más. 

Sobre los estropicios ya consumados y los chascarros del gabinete y sus sucesivas bajas, no vale la pena insistir, sino solamente señalar que en una auténtica democracia, ya habrían sido motivo suficiente de juicio político. A un Ministro de Hacienda que con sus decisiones -contando eso sí con el respaldo del jefe y la aprobación de una mayoría formal en el Congreso- arrastró al país a la recesión o a lo menos, la aceleró en lugar de contenerla y proteger a la sociedad de sus efectos (alza del costo de la vida, aumento del desempleo y caída de la productividad y el consumo, de por medio) hay que sumar un canciller fantasmagórico y un Ministro de Seguridad que ya ha tenido que retroceder varias veces en su agenda por la desprolijidad de su gestión legislativa por decirlo suavemente, cuando no por su desprecio de las normas elementales de la democracia. 

Siguiendo el modelo de Trump, el convicto Bolsonaro y el loco Milei, pareciera que para la derecha actual en eso consiste, justamente, gobernar. Distraer a la sociedad  y a todo el espectro político, incluidos los propios, entre un enjambre de fuegos de artificio a través de los que, a las perdidas, pueda colarse más de alguna privatización, recorte de gasto, racionalización, restricción de las libertades y derechos individuales y colectivos o despidos tanto en el sector público como el privado.  

Aparentemente, un verdadero desgobierno. Sin embargo, lo realmente sorprendente es que continúe insistiendo en las mismas recetas, mientras la oposición se limita a comentarlo, parafrasearlo y en algunos casos y determinadas ocasiones, deshacerse en gestos de amistad cívica, que rayan en lo bizarro. En efecto, a cada anuncio, cual más fundamentalista y reaccionario que el anterior, la respuesta de la oposición se reduce a críticas de forma, dudas técnicas y cuestionamiento de sus énfasis. La discusión política pareciera haberse reducido, por el momento, a la cuestión de qué tan liberal o no es Kast. Ni una sola propuesta de país en temas tan estratégicos como industria, empleo, educación pública y relaciones internacionales, en el marco de un orden mundial que se cae a pedazos, como si fuera posible sobrevivirlo a punta de parches curita y alambritos. 

También en el marco de las conmemoraciones de septiembre, sin embargo, y como un monumento a la historia de luchas del pueblo chileno, está el triunfo de Salvador Allende y la UP en las elecciones de 1970, triunfo posible gracias a una amplia convergencia programática de los sectores progresistas, materializadas en el Congreso Pleno que lo ratifica y aprueba la nacionalización del cobre al año siguiente, e incluía profundización de la reforma agraria, aumento sostenido de los salarios y la productividad de la industria nacional. Dicha convergencia, fue interrumpida por intereses sectarios y vacilaciones alimentadas por el conservadurismo moral y cultural subsistentes en la sociedad chilena del siglo XX. Ello es lo que hizo posible el golpe de estado, no el maximalismo del gobierno popular o la fragilidad del respaldo a su gestión -que en las parlamentarias de marzo de 1973 llegó al 43% del electorado-.

Probablemente, los cambios posteriores, que la generación de revolucionarios y dirigentes políticos que protagonizaron la UP ni siquiera imaginaron, sea una de las razones que explican el retorno de una reacción recargada, que viene a resolver lo mismo que la dictadura pinochetista: el viejo dilema de quién se lleva la tajada del león del producto del trabajo y el crecimiento económico en una sociedad de clase. La oligarquía gobernante ya no necesita golpes de estado a cargo de militares gorilas, como los de las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado; incluso la combinación de lawfare y manipulación de los medios de comunicación de masas, tal como hace tan solo diez años en los casos de Ecuador y Brasil, pasan a un segundo plano gracias a las tecnologías de la información y las redes sociales. 

Estas vacían de contenido racional el debate político. La opinión pública es reemplazada por la dictadura del algoritmo actuando con total impunidad en el ciberespacio, en que operadores tan siniestros como Fernando Cerimedo actúan a sus anchas, como mercenarios virtuales, incluso con posibilidades de tratar de eliminar físicamente cualquier amenaza, que es la razón por la que está preso en Bolivia. En eso la reacción sigue siendo la misma capaz de actuar con violencia y total falta de escrúpulos. 

La izquierda y el progresismo, en cambio, representan valores opuestos, que son los que inspiraron a Salvador Allende y la Unidad Popular: democracia, soberanía, igualdad, participación popular y cultura. Moral que se expresaba en su acción política, su consecuencia y convicción respecto de las posibilidades de construir otra sociedad. En el encuentro físico; la solidaridad y la verdad. Una sociedad que ponga en el centro al ser humano, que se construya con el aporte y esté al servicio de la gente trabajadora. Que se haga cargo de sus necesidades en vivienda, educación, cultura, salud, transporte y seguridad y las anteponga a las de quienes especulan con ellas y las consideran meras posibilidades. 

Asumir al adversario, la posición que ocupa en la sociedad para abrir el camino de una verdadera renovación de nuestra lánguida y desfalleciente democracia. 


martes, 8 de septiembre de 2026

Una crisis grande

Georg Grosz. Alemania, un cuento de invierno. 1917-1919



El ítem que se supone era en el que el actual gobierno iba a destacar -a lo menos eso decía la derecha durante la campaña- ha sido un completo fiasco.  El crecimiento económico es solamente una vaga promesa que se diluye entre el alza de la inflación y el desempleo. Los números indican, más bien, que la economía se hunde en la recesión y las únicas cosas que se le ocurren al ministro de hacienda y sus asesores, sólo la profundizan. Es más, casi todos los economistas consultados, excepto sus amigos, coinciden en señalar su responsabilidad en este resultado. 

Y el problema no es técnico. Es político. Se trata de una serie de decisiones que en el summum de su ideologismo suponen que, beneficiando a los ricos, el chorreo se va a hacer cargo del resto. Pasa por alto todas las mediaciones, intercambios y articulaciones que la mueven hasta dejarlo preso de sus resultados sin saber qué hacer excepto repetir el manual. En efecto, la posibilidad de que el Banco Central baje la tasa de interés para incentivar la actividad, es prácticamente una quimera con la inflación que él mismo provocó con su fundamentalista decisión de no intervenir el mercado, específicamente con el bencinazo de marzo, profundizado por las pésimas perspectivas de la aventura guerrerista y especuladora de su "socio estratégico", Donald Trump, en el Golfo Pérsico. 

Imposible para Quiroz y compañía, entonces, concebir otras soluciones que no sean privatizar, eliminar regulaciones y controles estatales. Dejando a un lado que reducir el gasto fiscal significa paralizar obras públicas, investigación, capacitación y prospección de futuras industrias y negocios –lo que conlleva además despidos y eliminación de fuentes de trabajo- solamente le quedan las viejas recetas de los subsidios a la contratación y los planes de empleo de emergencia, del tipo PEM y POHJ. Un desempleo que se empina al 9,5%, al que se suma el desempleo de larga duración, que pasó de un 10 a un 20% este año, ya son un problema político; como dijo el presidente de la Cámara de Diputados Jorge Alessandri "es una crisis grande". 

Muy mala suerte para ellos. La popularidad de Kast se hunde irremediablemente y la confianza en el gobierno, así como su respaldo, se desploman, mientras los chascarros que protagoniza profundizan la tendencia, cambios de gabinete de por medio, descoordinaciones en temas tan delicados como las relaciones internacionales y la improvisación en materia de seguridad. Lo más curioso en todo caso es que ante un gobierno que por su clasismo y chapucería, sólo mete las patas con un alto costo para el pueblo, el malestar social no se exprese más que en las encuestas y la oposición registre niveles de respaldo casi tan ridículos como los del gobierno. 

El malestar, y la protesta social, no son solamente, nunca lo han sido, el resultado de la pura insatisfacción. Esta de hecho ha podido ser resuelta de las más diversas maneras que, aunque la profundizan –por ejemplo, el endeudamiento- le permiten soportarlo momentáneamente. Lo mismo la manipulación emocional e ideológica a través de los medios y hoy por hoy, las redes sociales.

La sociedad parece paralizada ante la ausencia de alternativas y de planes por los cuales valga la pena movilizarse. Así las cosas, el malestar -lo más probable- va a terminar siendo el instrumento de algún tipo de populismo que, en los hechos, no va a modificar gran cosa las condiciones materiales que lo explican. Hasta algunos parlamentarios de derecha hacen propuestas de este tipo. En este sentido, no va a haber manifestaciones políticas de descontento ni movilización de la opinión pública y las organizaciones sociales mientras no haya contrapartes dispuestas a disputar con el gobierno y la derecha, un proyecto de sociedad distinto.

Solamente, oponiendo un concepto distinto de sociedad y de la economía es posible superar este estado de marasmo; la izquierda tiene un capital acumulado de propuestas que se expresaron en el debate constitucional; y antes, en las propuestas de las organizaciones sociales, sindicales, ambientalistas, de género y pueblos originarios que son la base para reconstruirlo. Quienes hoy en día abjuran de ellas solamente demuestran no sólo oportunismo político sino deshonestidad intelectual e incapacidad política. Precisamente la que le permite a la derecha gobernar contra los intereses del pueblo y posiblemente, seguir haciéndolo en el futuro.

 


martes, 1 de septiembre de 2026

Ciclo reaccionario a la vista



Francisco Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo. 1808

Los acontecimientos de los últimos días son el comienzo de un nuevo ciclo reaccionario. 

Kast mandó al Congreso una reforma constitucional que prácticamente lo notifica de que, llegado el momento, debe autorizarlo para ejercer un poder sin contrapesos. En el summum de sus delirios bonapartistas al presidente del partido en el que milita, se le ocurrió la peregrina idea de llevar la dichosa reforma constitucional a plebiscito, considerando la imposibilidad de que, así como está, sea aprobada por éste. El resto de la derecha apenas logró eliminar la urgencia que tenía la reforma y ampliar el plazo para discutirla. 

La sangre no llegó al río, pero quedó instalada la posibilidad, tal como antes el mismo personaje dejó instalada la idea de privatizar CODELCO. No se andan con chicas por cierto. 

El otro ministro que lleva la batuta, aparte de Arrau, anuncia una reforma al mercado de capitales que lo único nuevo que hace es confirmar el carácter especulador de nuestra elite económica y su postración servil ante el capital financiero. Y su fe de carbonero en que el dinero produce más dinero.

Una especie de remake de la dictadura militar y de neoliberalismo ochentero, que para más mala suerte del ministro y el gobierno, no ha producido por ahora las prometidas cascadas de inversiones y emprendimientos. Todo lo contrario, la economía se hunde irremediablemente en la recesión, tras un efímero paréntesis en junio, y el desempleo no afloja sino que aumenta. Imposible que sea de otro modo, si el sector privado y los empresarios de lo único que se ocupan es de salvar sus ganancias guardándolas debajo del colchón, como se dice vulgarmente, y las políticas de Quiroz les dan todas las garantías de que así sea. No hay fomento de la industria, ni de las obras públicas porque si no lo hacen los primeros, para éste, que lo haga el Estado es casi una herejía.  

Mientras tanto, él y el resto del gabinete, lo único que pueden hacer son promesas de que las reformas que están hundiendo la economía, la van a salvar en el futuro. Para ellos, dada su forma de pensar que proviene de las finanzas y no de la economía real, la categoría fundamental es la "posibilidad". 

Pero el pueblo no vive de posibilidades y todos los días tiene que parar la olla y a fin de mes pagar las cuentas. Y como los salarios no alcanzan, el endeudamiento aumenta profundizando la espiral de pobreza y sometimiento de trabajadores y empleados al gran capital. Y al que no le guste, y se atreva a manifestarlo, solamente le espera el castigo y la represión. Las leyes de seguridad que promueve Arrau, solamente afectan a los pobres incluso con la restricción de sus derechos, mientras a los ricos se les da manga ancha para eludirlos. Nunca la naturaleza de clase del sistema y de un gobierno había sido, pues, más evidente. 

Este nuevo ciclo, abre un debate académico que apenas disimula la incapacidad de sus protagonistas de adoptar una posición política frente al giro reaccionario del gobierno y la complicidad cínica de la derecha tradicional. Se entretiene en disquicisiones sobre qué tan liberal o qué tan poco lo es. De esa manera, los renuncios y volteretas de antiguos "progresistas", pasan desapercibidos o son sublimados por la academia como demostraciones de "tolerancia" o "librepensamiento" expresados en un debate aparentemente teórico aunque sus efectos sean sumamente prácticos. En realidad, lo único que demuestran es la autonomía con que actúan respecto de la sociedad que debe soportarlo o lo hace hasta ahora con resignación. 

Este ciclo reaccionario, surge desde las entrañas mismas de la sociedad y de las contradicciones que la agitan y que el pensamiento neoliberal, en sus versiones más reaccionarias tanto como las adocenadas, no se puede explicar sin caer en contradicciones consigo mismo. El aumento de la desigualdad; las discriminaciones y restricciones al ejercicio de los derechos y libertades, tanto individuales como colectivas, que van de la mano de la llamada "guerra cultural" que aún con algunos límites -por ahora- logra instalar la familia Kaiser, están en su origen. Sobre ellas se empina el "gobierno de emergencia", que parece estar dispuesto, atendiendo al contenido de su agenda de seguridad, a extenderla indefinidamente. 


martes, 25 de agosto de 2026

Ser de izquierda en tiempos difíciles


Gonzalo Diaz. De la chilena pintura historia. 1982



Escribía Recabarren en 1903 “Luchamos como se dice, aguas arriba, contra toda una corriente poderosa que pretende detener la marcha que hemos emprendido en busca de la felicidad humana”. Este fragmento sintetiza una moral y una actitud política. Implica en una sola afirmación la posición que ocupa la izquierda en la historia. Caracterizada no precisamente por sus rutilantes triunfos sino por un constante, incluso cotidiano, empeño por sobreponerse a la resistencia de quienes detentan el poder a dicha felicidad a la que hace referencia.

La derrota sufrida por la izquierda en las últimas elecciones en este sentido no es la primera ni la última que enfrente en su aporreada experiencia. Sin embargo, como suele suceder, ha dado lugar a autocríticas y profesiones de fe de una profundidad doctrinaria y académica singulares, por decir lo menos. Unas que aseguran haber encontrado “el meollo del asunto” o al menos un camino para encontrarlo y no volver a cometer los mismos errores que la habrían ocasionado.

Un punto de vista que hace de éste la generalidad, de modo que se queda atrapado en el fragmento y deja de apreciar el conjunto, que es la transformación. La sociedad es una totalidad hecha de conflictos, contradicciones sociales y culturales que se expresan después en triunfos y derrotas. Y no es la izquierda la que las resiente sino el pueblo, que debe soportar –en silencio por ahora- desigualdad, represión, exclusión social y violencia que no desaparecen por muchas que se realicen.

En la actualidad, por el peso del ajuste que con inusitado sadismo promueven las derechas en toda América Latina. Aumento del costo de la vida; recorte de programas sociales; encarecimiento del crédito; aumento del desempleo y bajos salarios. También flexibilización de las normas laborales que facilitan el despido y destruyen incluso el concepto de jornada laboral, sometiéndola a las puras necesidades de empleadores y empresas, sin considerar al trabajador o trabajadora. Sobreexplotación de la naturaleza que genera contaminación y deterioro progresivo para la sostenibilidad de la vida en la tierra, excepto la de los billonarios. Y pérdida de soberanía que se expresa en sometimiento de nuestros pueblos a las imposiciones del gobierno utraderechista de los EEUU mediatizado por el bonapartismo de plástico de personajes como Kast, Noboa o MIlei. 

Ser de izquierda es asumir una posición frente al conjunto de dichas contradicciones. Es -siempre lo ha sido- estar con el que pierde mientras haya capitalismo. No ser el que le “achunta” o pretende estar listo para hacerlo en el futuro y ofrecerle con gesto altruista su triunfo al pueblo. No es únicamente, como se ha dicho majaderamente, “estar con los movimientos sociales”, o no exclusivamente, porque además es parte de ellos. Es asumir a quienes oponen a la satisfacción de los derechos de aquellos su propio beneficio, el adversario que hay que derrotar para darles cumplimiento y dar significado y un sentido a su experiencia.

A casi seis meses de asumido el gobierno de Kast, éste no solo no ha cumplido ninguna de sus promesas de campaña sino que ha profundizado las condiciones de desigualdad, inseguridad y exclusión que el neoliberalismo genera cotidianamente. Demuestra impúdicamente su sometimiento a los intereses del capital y los empresarios; la contingencia del cambio y la necesidad de actualizar lo que significa ser oposición cuando es la propia derecha la que hace rato reventó la burbuja del consenso. 


domingo, 16 de agosto de 2026

¿Y después del TC?

Francisco Goya. El coloso, 1808



Hace días ya que el TC falló acerca de los reclamos de la oposición por la Ley Miscelánea o Megareforma. Las reacciones ante el fallo, sin embargo, sólo se han hecho notar por su intrascendencia. Ocultas además por el frenesí comunicacional del gobierno, puesta en escena que confunde con agenda legislativa y hace de sus propios chascarros, otro recurso para copar la preocupación de los medios. 

Lo cierto, en todo caso, es que el fallo final del TC deja a las claras cuál es la función que cumple:  cancerbero de los intereses del capital. No podía ser de otro modo considerando que la propia Constitución que debe asegurar de abusos y excesos que pudieran cometer otros poderes del Estado, tiene esa finalidad. Uno de los abogados de la oposición, Jorge Correa Sutil, había planteado anteriormente que uno de los fundamentos de su presentación sería la vulneración de la "democracia republicana" pues la megareforma impediría a cualquier legislatura modificarla en el futuro, lo que sería contrario a una "República Democrática". 

Pues bien, el TC en un fallo que habría dejado muy satisfecha a la Junta, notificó a la oposición y al país, que más importante que el "principio democrático" como lo llamó Correa Sutil, es la estabilidad de las reglas que le aseguran sus ganancias al gran capital. Como en una novela de Balzac, la codicia y la avaricia se sobreponen a cualquier otro rasgo de la cultura dominante, ahora consagradas jurídicamente como bienes superiores incluso a la propia democracia. 

Nuestra desfalleciente República, no considera otras posibilidades que esperar en el futuro una nueva correlación de fuerzas y en ese caso incluso, por ejemplo con la conformación de un nuevo congreso que pudiera derogarla más adelante, no garantiza la corrección y restitución de dicho principio. Es más, ya le brindó los argumentos jurídicos al gran empresariado para defender en el futuro su éxito de hoy, con independencia de la soberanía popular que la letra de la Constitución consagra como un sarcasmo diciendo que "reside en el pueblo" y se realiza "mediante las elecciones y los plebiscitos".

Envalentonado con su logro, el gobierno incluso prepara ya la batería de medidas administrativas por medio de las cuales pudiera hacerse cargo de lo que no pasó la prueba del TC, que son las normas ambientales, en este caso las contenidas en los artículos 12 y 13 que establecían el derecho a indemnización ante la anulación de una Resolución de Calificación Ambiental  (RCA) y  algunas disposiciones sobre microrelocalizaciones de concesiones acuícolas. Todas ellas medidas que interesan a los empresarios del salmón, golpeados ya por el alza de aranceles de Trump. 

El satisfecho Ministro de Hacienda señaló entonces que el fallo "inequívocamente", le sería favorable. ¡Por supuesto! Y a partir de este logro anuncia las próximas linduras, reformar -lo que en su idioma quiere decir "reventar"- el Estatuto Administrativo y "modernizar" el mercado de capitales para hacerlo más competitivo, lo que quiere decir más propicio para la acumulación de ganancias y para la especulación -fuente de la riqueza de la Nación en sus delirantes teorías- mientras caen los ingresos, de las familias trabajadoras y aumenta el endeudamiento. 

La fe de carbonero con que algunos dirigentes opositores pretenden defender al pueblo en el Congreso de esta ofensiva conservadora y a las perdidas, en el TC si esto no resulta, ha sido ampliamente superada por los últimos acontecimientos. Y el problema no es ni siquiera ese. Claramente no se puede pretender cuestionar los contenidos abiertamente reaccionarios, pro empresariales y de un añejo neoliberalismo que contienen las políticas de Kast y Quiroz, ni defender al pueblo de sus más que seguras consecuencias en aumento de la sobreexplotación, de la pobreza, contaminación y pérdida de derechos, sin oponerle otro concepto de la sociedad y la economía. Uno que releve el lugar del trabajo; fomente la industria nacional y releve el lugar del Estado en la regulación del mercado y la provisión de derechos económicos, sociales y culturales. 

La derecha lo sabe. Sin alternativas a la vista, solamente espera el estallido de protesta y prepara la batería de medidas represivas que le permitan enfrentarlo, sin preocuparse siquiera de los argumentos políticos y filosóficos que le permitan sostenerlos -que es la preocupación casi histérica de un grupo de  intelectuales de derecha que avizoran este escenario con gran preocupación. 

El fallo del TC solamente viene a profundizar la grieta que la megarreforma  abrió entre la sociedad y la institucionalidad política. Las posibilidades que esta ofrece son prácticamente nulas excepto esperar pacientemente la próxima elección con resultados inciertos y antes de la cual pueden generarse condiciones todavía más tóxicas para la convivencia social en el país. El momento de actuar es ahora y no será una meticulosa aplicación técnica de las recetas neoliberales -como fue en el pasado- lo que resguarde nuestra democracia de sus propios resultados.