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| Carlos Hermosilla. Construcción. Linóleo, 1959 |
En marzo de 1898, Luis Emilio
Rcabarren escribe una carta al diario La tarde de Santiago en la que sostiene
"Yo, señor Director, y junto conmigo hay muchos que simpatizamos con el
socialismo (...) Pensamos en que pueden hacerse transformaciones sociales, en
la igualdad humana, en la desaparición de la injusticias, en el alivio de las
clases proletarias, en la nivelación relativa de las fortunas, en la
disminución de las grandes riquezas que deben contraerse al desarrollo
industrial, y en fin, de tantos otros medios que hay para igualar las
condiciones sociales."
Es el primer documento escrito
que lleva su firma de los que han logrado reunirse gracias al trabajo de
archivo e investigación sobre su obra que se ha realizado en el país, a lo
menos desde mediados del siglo pasado y al que han contribuido diversas generaciones
de historiadores e investigadores comprometidos con el cambio social.
Resulta altamente relevante que
Recabarren asociara ya las ideas de construcción de una nueva sociedad, a la
superación de las desigualdades. Esta a la distribución de la riqueza y
esta a su vez, al desarrollo de la industria. Un concepto político que proviene
de las necesidades de la sociedad y de las contradicciones que la
caracterizarían y las posibilidades que contiene, no de consideraciones
técnicas elevadas a la categoría de dogma o ley inmutable de la economía
política.
Desde entonces, se podría
decir, por lo tanto, que el movimiento obrero y popular ha sostenido este
principio de desarrollo de la industria no sólo como una condición para el
crecimiento económico. Además lo es de aseguramiento de la soberanía e independencia
nacional porque aquella está también íntimamente asociada a la auténtica
integración de todos y todas y a la igualdad social a través del trabajo,
fuente de toda riqueza y realización humana para Racabarren.
En este sentido fustiga en sus
escritos, a todo lo largo de su vida, el carácter especulador de las
clases dominantes y cómo éste se manifestaba en un estilo de vida y cultura
superfluo, frívolo y aparentador, denunciado por los escritores de su época
como el reverso de la miseria y exclusión de las familias y la gente
trabajadora, desde Augusto D'halmar hasta Nicomedes Guzmán. Usa la palabra
orgía para referirse a éste en numerosas ocasiones. Dice "El capital
exige lujo, vanidades. Vive en la orgía y pernocta en el tapete".
Mientras el trabajo "pide justicia. Pide aire, alimento sano, higiene
por medio de la decencia para poder vivir."
El Estado oligárquico, tal como
se había constituido la República desde mediados del siglo XIX, se le
aparece como un instrumento a su servicio que garantizaba y legitimaba,
precisamente, esta característica económico social y cultural de la sociedad de
su época. Dice al respecto, "Hoy mismo, el llamado Estado chileno, se
dice dueño de muchas de esas dilatadas e inmensas extensiones de terrenos que
están sin producir y las regala a sus favoritos para proseguir la obra
especuladora en beneficio único de los ricos, que mientras más grandes hacen
sus fortunas, más grandes son las miserias de los pueblos que soportan aún ese
despojo". En la actualidad no para el usufructo del
latifundio y la oligarquía terrateniente que obstaculizó la modernización de la
sociedad chilena a todo lo largo del siglo XX, sino de la industria
inmobiliaria que especula con el suelo mientras hay miles que no tienen casa
siquiera donde formar un hogar.
Resulta llamativo que
Recabarren escriba que el Estado chileno "se dice dueño de esas
dilatadas extensiones de terrenos". En efecto, para Racabarren esto es
el resultado del despojo del que son víctima los pueblos originarios durante la
conquista y sostiene, en consecuencia, que la propiedad es producto de un robo,
en un conjunto de artículos titulados "La tierra y el hombre"
publicados en Tocopilla en 1904. De manera además que en el desarrollo de
sus escritos el carácter especulador de la clase dominante es recreado por la
institucionalidad política y esta a su vez actúa como un instrumento a su
servicio que viene a generar las condiciones materiales de su
realización.
A este respecto, Recabarren
en sus esritos de 1924, y a propósito de la posibilidad de una Asamblea
Constituyente, siempre concibió la transformación del Estado y abogó por la
descentralización e incluso un sistema federal, "que entregue a
los ciudadanos de las distintas regiones el derecho a trabajar por la grandeza
de cada región" y pone como ejemplo "la región
maderera, esclavizada al capricho de especuladores criminales que dañan a todos
los habitantes". En este caso, también la democratización del sistema
político aparece en sus escritos siempre asociada con el combate a la
especulación, la reivindicación del trabajo y la justicia social.
Aboga por el cooperativismo,
experiencia que conoció en Europa y que especialmente los socialistas belgas
habían desarrollado, como una forma de "combatir el lucro y la
usura y poner en manos de los trabajadores la mayor suma de bienestar
posible" en el período previo a la fundación del POS. Lo
mismo el municipio, al que ve como un instrumento útil en las luchas de los
trabajadores y trabajadoras en la lucha por su emancipación. No dejó ámbito en
el que experimentar nuevas formas de asociatividad; formas de lucha por la
emancipación de la clase trabajadora -en la que siempre incluyó a "todos
los que viven de un salario" incluidos empleados y pequeños
propietarios-.
De no ser por las luchas
obreras y populares del siglo XX continuadoras de las ideas y práctica de
Recabarren, que junto a la iniciativa de gobiernos progresistas de diverso
signo crearon, entre otras, la CORFO y la red de empresas estatales que construyeron
infraestructura y conectividad; que lucharon y conquistaron la reforma agraria
que transformó el campo además de derrotar a la oligarquía terrateniente; la
reforma educacional que universalizó la cobertura de la matrícula y creó un
sistema escolar y universitario que fueron orgullo del país; y la más
importante de todas sus realizaciones, la nacionalización del cobre, que es la
que lo ha resguardado de todas las crisis económicas internacionales de los
últimos cincuenta años. De no ser por ello, la vergonzante obra de la dictadura
que vino a interrumpir esta línea de progreso y democratización no sería sino
un pie de página en los libros de historia.
En efecto, su obsesión por las
"ventajas comparativas" que sirvieron de argumento ideológico para
destruir la industria nacional y de paso aniquilar al movimiento sindical, o
debilitarlo al menos, convirtieron a Chile en el paraíso de los capitales
rentistas y la especulación financiera, que siempre van de la mano y que en la
actual coyuntura pretenden restaurar en su máxima pureza doctrinaria las bases
de un neoliberalismo recargado que le entregue y asegure el poder. Lo mismo que
ha hecho Milei en Argentina y pretenden el resto de las oligarquías
latinoamericanas subordinadas a la dirección de la ultraderecha
norteamericana.
Lo que Recabarren escribe en El
socialista de Antofagasta en1919, en ese sentido, podría haberlo escrito hoy de
haber estado vivo: "La Asamblea de delegados de la Federación Obrera
declara que la llamada crisis, es un acto de especulación destinado a reducir
todavía más la ración de hambre que se le da al productor del salitre, y del
cobre, para dejar más libre la ganancia de los agiotistas que se hacen llamar
propietarios de las industrias, al amparo de la fuerza."

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