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| Carlo Carra. El ídolo hermafrodita. 1917 |
Después de semanas de tiras y aflojas, finalmente el
gobierno a través de una cadena nacional del Presidente de la República,
anunció el envío al Parlamento de su anunciada Ley de Reconstrucción
Nacional, versión criolla del Big Beautiful Bill del ídolo
de los republicanos chilenos Donald Trump y de la Ley Omnibus de
Sturzenegger y Milei en Argentina. Parte del plan de liberación de las trabas y
obstáculos que aún tienen los grandes capitales para emprender negocios que les
permitan recuperar las tasas de ganancia que obtenían durante la época de
gloria de la globalización neoliberal y que hoy, en cambio, se han visto
disminuidas por un proceso de ralentización típico de los ciclos económicos,
que llegados a un punto dejan de crecer al mismo ritmo.
Esto para el gran capital no es óbice para su
avaricia.
Hasta algunas horas antes, en Cerro Castillo, los
parlamentarios de su coalición trataban de convencer a Kast y Quiroz, el
Ministro de Hacienda, de introducir algunas medidas que fueran en
"beneficio de la clase media", habida cuenta de las impúdicas
facilidades y regalías para el gran capital que contenía. A la salida, el
compungido diputado de la UDI Gustavo Alessandri, declaraba que quedaban
algunas horas para hacerlo. Lamentablemente para él y el resto de los
suplicantes parlamentarios de derecha, eso no ocurrió y el anuncio de Kast
solamente reafirmó el proyecto original, salvo en lo que se refiere a la
limitación del beneficio de la gratuidad a los mayores de treinta años.
El eje del proyecto sigue siendo el viejo dogma neoliberal
de rebajar impuestos a los más ricos y otorgarles la certeza de que esto se va
a mantener así hasta el fin de los tiempos. En los hechos una transferencia de
miles de millones desde el gasto social a los bolsillos de los mismos que
financiaron su campaña y pusieron a sus operadores en el gabinete.
Las declaraciones de los presidentes de partidos de
derecha, sus parlamentarios y dirigentes, ni siquiera un matiz expresan
respecto a las posibilidades de enchularlo en el trámite parlamentario. Todo lo
contrario. Sin caer en las hipérboles típicas de Trump para referirse a
cualquier estropicio que se le ocurre y ejecuta, solamente se han deshecho en
elogios y repetición de las típicas fórmulas de los economistas neoliberales.
Lo mismo las organizaciones gremiales de los empresarios. Rápidamente se ha ido
conformando un consenso a su alrededor que hace prever una dura lucha en la
defensa de los derechos de chilenos y chilenas; el patrimonio del Estado y todo
lo que le sigue.
Restricciones en el acceso y ejercicio de los derechos
sociales, económicos y culturales; deterioro de los servicios; afectaciones al
medioambiente; despidos y deslegitimación de la función pública, etc.
Espacios para la negociación y reeditar la política de los
consensos no hay muchos. Porque la esencia del plan es esencialmente
excluyente, ello por motivos de clase evidentes reafirmados por el contenido
del discurso presidencial que, torpemente además, endosa la responsabilidad de
su imaginaria emergencia a todos los gobiernos anteriores, la izquierda y las
organizaciones sociales, o sea, prácticamente a todos.
A eso, se suman la forma en que el Ministerio del Trabajo
ha enfrentado la negociación del sueldo mínimo y antes, los retiros del
Proyecto de Negociación Multinivel y el de Sala Cuna Universal del Parlamento,
negación de la voluntad siquiera de discutirlos. Los fallos técnicos y
metodológicos en materia económica o de técnica legislativa, apenas dan cuenta
de una excusa. Su contenido es esencialmente doctrinario y maximalista.
En este sentido, el ambicionado centro se corre hacia la
derecha empujado por las circunstancias y su proyecto se reduce a puro juego de
piernas para tratar de sacar un par de concesiones insignificantes que lucir
para la tribuna que no lo alteren en lo esencial. Es el lugar que cómodamente
ocupa hoy el PDG.
Lo que debiera definir entonces a la oposición, son
definiciones de principio y concepciones de lo social y la democracia que la
ubiquen en el espectro político, del que prácticamente ha desaparecido. Ideas
que movilicen a la sociedad civil, que la motiven y que señalen un futuro
posible en un mundo cada vez más violento, desigual y excluyente. El gobierno
ya puso las cartas sobre la mesa.





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