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| Karel Apel. Grito de libertad. 1954 |
Llegaron las Fiestas Patrias y se suma una nueva semana, durante el mes de septiembre, de sufrimiento para el aporreado pueblo chileno. Las alzas las van a hacer tal vez menos opíparas y por esa razón su efecto adormecedor no sólo no dure demasiado sino más bien lo agudice aún más.
Sobre los estropicios ya consumados y los chascarros del gabinete y sus sucesivas bajas, no vale la pena insistir, sino solamente señalar que en una auténtica democracia, ya habrían sido motivo suficiente de juicio político. A un Ministro de Hacienda que con sus decisiones -contando eso sí con el respaldo del jefe y la aprobación de una mayoría formal en el Congreso- arrastró al país a la recesión o a lo menos, la aceleró en lugar de contenerla y proteger a la sociedad de sus efectos (alza del costo de la vida, aumento del desempleo y caída de la productividad y el consumo, de por medio) hay que sumar un canciller fantasmagórico y un Ministro de Seguridad que ya ha tenido que retroceder varias veces en su agenda por la desprolijidad de su gestión legislativa por decirlo suavemente, cuando no por su desprecio de las normas elementales de la democracia.
Siguiendo el modelo de Trump, el convicto Bolsonaro y el loco Milei, pareciera que para la derecha actual en eso consiste, justamente, gobernar. Distraer a la sociedad y a todo el espectro político, incluidos los propios, entre un enjambre de fuegos de artificio a través de los que, a las perdidas, pueda colarse más de alguna privatización, recorte de gasto, racionalización, restricción de las libertades y derechos individuales y colectivos o despidos tanto en el sector público como el privado.
Aparentemente, un verdadero desgobierno. Sin embargo, lo realmente sorprendente es que continúe insistiendo en las mismas recetas, mientras la oposición se limita a comentarlo, parafrasearlo y en algunos casos y determinadas ocasiones, deshacerse en gestos de amistad cívica, que rayan en lo bizarro. En efecto, a cada anuncio, cual más fundamentalista y reaccionario que el anterior, la respuesta de la oposición se reduce a críticas de forma, dudas técnicas y cuestionamiento de sus énfasis. La discusión política pareciera haberse reducido, por el momento, a la cuestión de qué tan liberal o no es Kast. Ni una sola propuesta de país en temas tan estratégicos como industria, empleo, educación pública y relaciones internacionales, en el marco de un orden mundial que se cae a pedazos, como si fuera posible sobrevivirlo a punta de parches curita y alambritos.
También en el marco de las conmemoraciones de septiembre, sin embargo, y como un monumento a la historia de luchas del pueblo chileno, está el triunfo de Salvador Allende y la UP en las elecciones de 1970, triunfo posible gracias a una amplia convergencia programática de los sectores progresistas, materializadas en el Congreso Pleno que lo ratifica y aprueba la nacionalización del cobre al año siguiente, e incluía profundización de la reforma agraria, aumento sostenido de los salarios y la productividad de la industria nacional. Dicha convergencia, fue interrumpida por intereses sectarios y vacilaciones alimentadas por el conservadurismo moral y cultural subsistentes en la sociedad chilena del siglo XX. Ello es lo que hizo posible el golpe de estado, no el maximalismo del gobierno popular o la fragilidad del respaldo a su gestión -que en las parlamentarias de marzo de 1973 llegó al 43% del electorado-.
Probablemente, los cambios posteriores, que la generación de revolucionarios y dirigentes políticos que protagonizaron la UP ni siquiera imaginaron, sea una de las razones que explican el retorno de una reacción recargada, que viene a resolver lo mismo que la dictadura pinochetista: el viejo dilema de quién se lleva la tajada del león del producto del trabajo y el crecimiento económico en una sociedad de clase. La oligarquía gobernante ya no necesita golpes de estado a cargo de militares gorilas, como los de las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado; incluso la combinación de lawfare y manipulación de los medios de comunicación de masas, tal como hace tan solo diez años en los casos de Ecuador y Brasil, pasan a un segundo plano gracias a las tecnologías de la información y las redes sociales.
Estas vacían de contenido racional el debate político. La opinión pública es reemplazada por la dictadura del algoritmo actuando con total impunidad en el ciberespacio, en que operadores tan siniestros como Fernando Cerimedo actúan a sus anchas, como mercenarios virtuales, incluso con posibilidades de tratar de eliminar físicamente cualquier amenaza, que es la razón por la que está preso en Bolivia. En eso la reacción sigue siendo la misma capaz de actuar con violencia y total falta de escrúpulos.
La izquierda y el progresismo, en cambio, representan valores opuestos, que son los que inspiraron a Salvador Allende y la Unidad Popular: democracia, soberanía, igualdad, participación popular y cultura. Moral que se expresaba en su acción política, su consecuencia y convicción respecto de las posibilidades de construir otra sociedad. En el encuentro físico; la solidaridad y la verdad. Una sociedad que ponga en el centro al ser humano, que se construya con el aporte y esté al servicio de la gente trabajadora. Que se haga cargo de sus necesidades en vivienda, educación, cultura, salud, transporte y seguridad y las anteponga a las de quienes especulan con ellas y las consideran meras posibilidades.
Asumir al adversario, la posición que ocupa en la sociedad para abrir el camino de una verdadera renovación de nuestra lánguida y desfalleciente democracia.






