jueves, 3 de agosto de 2023

¿Quién para a la derecha?

Juan Domingo Dávila. la perla del mercader. 1996



Desde que asumió, el gobierno del Presidente Boric ha sido objeto de la más desfachatada ofensiva por parte de la derecha y el gran empresariado, al mismo tiempo que añora en tono lastimero la "democracia de los acuerdos" y las "reformas responsables". Al coro encabezado por republicanos, se han sumado con tonos no menos chillones, la CPC y la derecha tradicional. 

La ideología que la sostiene se representa a Chile, en efecto, como si fuera una sociedad perfecta, en la que no hay antagonismo ni contradicciones; una sociedad en la que la desigualdad no representa un problema y la pobreza se puede resolver con un par de regulaciones. La pobreza en ningún caso tiene que ver con la desigualdad para sus sostenedores. 

Lo notable es que, pese a toda la evidencia disponible de su iniquidad, esta ideología siga teniendo la capacidad de incidir en los acontecimientos políticos y ejercer una capacidad considerable de persuasión. La realidad, caracterizada por una brutal desigualdad, violencia, exclusiones y abusos de diversa índole, no se expresa en ella y es más, es ocultada tras todos sus silogismos y tautologías, transformándose en el opio de los tecnócratas. 

Tiene el poder de transformar los absurdos más evidentes en verdades casi reveladas y disponer de explicaciones para todo, las que por muy lógicas que sean no tienen nada que ver con la realidad. Difundidos luego por medios de comunicación serviles a los intereses de sus auspiciadores, se transforman en verdaderas máximas del sentido común, que son precisamente las que ocupa luego el Partido Republicano y la UDI para atacar al gobierno, como lo hizo antes con la Convención Constitucional y lo seguirá haciendo ante cualquier intento de reforma social y política efectiva.  

Se trata de una ideología que transforma la realidad, con todo lo que tiene de excluyente, violento e injusto, en su mismo contenido.  

El avance de la derecha y de los grandes empresarios representados por la CPC en los últimos tres años, no se debe pues solamente a su condición hegemónica en los medios de comunicación. Ésta es, precisamente, expresión de su condición culturalmente dominante. Es resultado de su capacidad de hacer de su concepción del mundo, una realidad de hecho sobre la que poco se puede decir que le agregue algo de sentido. 

Por eso, la derecha a lo menos desde el 4 de septiembre pasado ha estado a la ofensiva. 

La capacidad de la reacción ha llegado al punto que la redacción de la Constitución que está realizando la mayoría conservadora del Consejo Constitucional, es prácticamente una profesión de fe difícilmente tolerable para una sociedad laica, democrática y moderna. La opción de permanecer con la Constitución actual no es una alternativa democrática, ni da cuenta de los acontecimientos políticos de los últimos cinco años. Anunciar el rechazo a la opción conservadora en el plebiscito del 7 de diciembre a estas alturas, aparte de un alivio a las buenas consciencias, no aporta en nada a las luchas por más democracia y justicia social si se mantiene dentro de los límites de una declaración de buenas intenciones y en la formalidad de una opción meramente electoral.

La única manera, pues, de enfrentar esta ofensiva reaccionaria es a través de la movilización social, en la que el pueblo ponga la realidad por delante y convierta las necesidades que se deducen de sus vidas reales, en el verdadero contenido de la discusión constitucional. Las clases dominantes agrupadas en la CPC y representadas en el sistema político por los partidos neoliberales de diversa denominación, es lo que han hecho, oponiéndose a la reforma tributaria, a la reforma de las pensiones, al cambio constitucional; calumniando, mintiendo sin pudor y luego victimizándose. 

Pero ¿Quién las detiene? Mejor dicho, ¿Quién se hace cargo del programa de transformaciones que favorecen al pueblo contra la oposición de la derecha y los grandes empresarios? 

Se comienza a apreciar una incipiente reactivación del movimiento social y sindical. Estos síntomas de reactivación de movimiento social; luchas por la memoria, por verdad y justicia en materia de violaciones a los Derechos Humanos; por mejores salarios y redistribución de la riqueza; democratización del sistema educativo, reforma del sistema de pensiones, vivienda digna y solución al problema del acceso a la salud; enfrentamiento a los inminentes efectos del cambio climático, solamente van a tener un sentido en la medida en que enfrenten a quienes se oponen a su realización y defienden un modelo de sociedad basado en el despojo, la sobreexplotación del trabajo y los recursos naturales, la exclusión y la mantención de los privilegios. 

A la ideología que postula al mercado, la competencia y el individualismo como la esencia de lo  humano, y al neoliberalismo como la ciencia que es el principio y final de la historia -el sentido común, lo que resulta familiar- es contra lo que hay que oponer una moral, una cultura basada en una concepción opuesta de la sociedad y el Estado. Solamente así, será posible enfrentar y parar la ofensiva reaccionaria que pretende escamotear la realidad y propinar una derrota definitiva al pueblo el 7 de diciembre. 




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