sábado, 11 de abril de 2026

¡Qué tiene que ver Kant!

Jean Ver Meer. El astrólogo. 1668



En semanas recientes, varios intelectuales de la derecha, miembros de sus centros de pensamiento, profesores de sus universidades y asiduos columnistas de los medios escritos, se trenzaron en una discusión aparentemente teórica sobre un autor alemán del siglo XVIII. Y cual de todos ha tratado de demostrar un mejor conocimiento sobre éste y una interpretación más fiel de su pensamiento. ¿Y qué tiene que ver con nosotros y nosotras en pleno siglo XXI?

La verdad es que no tiene tanta importancia como podría parecer por las contradicciones y malosentendidos sobre Kant que entre ellos mismos se reprochan y la "profundidad" de sus columnas. La discusión es eminentemente política, como siempre. En el lapso de unas tres semanas, estos escritores han puesto en el debate de su sector cuestiones fundamentales. Primero, la relación que debe haber entre nacionalismo y cosmopolitismo en su doctrina y propuesta. En general, ésta se ha resuelto en formas más bien pragmáticas. Nacionalismo para enfrentar la disidencia y la oposición, especialmente cuando se trata de la que proviene de sectores excluidos por motivos de clase, raza u orientación sexual o género a lo que se suma ahora la nacionalidad producto de la inmigración aunque siempre estuvo presente respecto de la Nación  Mapuche y los pueblos origiarios. 

Un verdadero dolor de cabeza considerando que no se trata de un problema teórico sino sumamente práctico que se manifiesta en la construcción de zanjas y la imposición de prohibiciones y límites, que niegan justamente su contenido, razón por la cual lo dejan en el plano de la pureza sublime de la filosofía. 

Y bueno, cosmopolitismo para subordinarse a algún imperialismo, sea éste cultural, económico o político o los tres, conducta que ha sido constante en el comportamiento de las elites chilenas a todo lo largo de su historia. Afrancesados, germanófilos, anglófilos o asiduos de Miami, Chicago y Harvard, nuestras elites han demostrado poca originalidad, salvo honrosas excepciones que no viene al caso mencionar.

La globalización del neoliberalismo que siguió a la caída de los socialismos reales, lo resolvió para algunos optimistas de manera definitiva a favor de una sociedad global, que en sus simplificaciones equivalía a la "mundialización" del mercado y las democracias "representativas". Estados de derecho, semejantes a una "República" con la sola salvedad de que su origen no estuvo en el empoderamiento de la sociedad civil que limitaba el poder de clases o gobiernos despóticos o autoritarios, sino del mercado. Éste además fue el producto de la acción de los Estados, invasiones territoriales, asonadas militares y golpes de estado  mediante. Ejemplos abundan en América Latina, a lo que suma en los noventa la experiencia de las antiguas repúblicas socialistas de Europa del Este. 

Ahora que la globalización pierde dinamismo; los mercados flaquean; y la expansión de las crisis económicas arrastran a la humanidad entera desatando guerras tan o más cruentas que las de fines del siglo XIX y el siglo XX, profundizando sus crisis, y en la medida que su producto no garantiza siquiera las gananacias de todos los sectores de clase dominante en el mundo, su repliegue sobre el Estado Nacional, proteger sus zonas de influencia y dinamitar la hipócrita idea de un "orden internacional basado en reglas", los obliga a repensar esta relación. El botonazo de Trump habla por sí solo, aunque la filosofía no sea lo suyo.

Esto, por cierto, es el resultado de la indigencia del pensamiento neoliberal en su versión original de ofrecer un conjunto de conceptos, ideas y teorías para hacerlo. 

El predominio de la economía política, efectivamente, está en retirada o debiera estarlo para la derecha. Una demostración de esto mismo, es que todos los protagonistas del debate en cuestión provienen de las ciencias sociales y la filosofía. Ni un solo ingeniero comercial de la Católica o Chicago. Porque la economía expresa, sin saberlo ni panteárselo siquiera, una concepción de mundo y del ser humano, que es precisamente donde estos intelectuales de derecha creen debería estar puesto el acento de su debate. Por ello, un segundo punto en torno al cual gira la discusión es precisamente el del lugar de la filosofía o de las relaciones entre ésta y la economía, aunque ellos mismos no atinen a encontrar la manera de planteárselo sin caer en contradicciones que negarían su posición política. 

En efecto, la apelación a la "interioridad", la "persona", "universalidad de los derechos", la "libertad" etc. da cuenta de este giro reflexivo de la derecha. Porque aparentemente los automatismos del mercado no darían cuenta de sus necesidades actuales. Hay una crítica implícita a la ausencia pertinaz de una reflexión seria sobre la desigualdad y la exclusión de nuestra sociedad, sobre la base de una concepción del ser humano que vaya más allá, mucho mas allá, de lo exclusivamente material. Que, primero, no es resuelta por el pensamiento economicista que predomina en sus filas, lo que ha sido abordado antes por la vía de un pensamiento racialista y reaccionario que pretende resolverlo mediante una homogeneización cultural autoritaria o un espiritualismo cristiano en el que todos somos "hijos de Dios", aunque unos lo sean más que otros. 

Lo que este debate entre "intelectuales orgánicos" de la derecha expresa -concepto que en este caso aplica a a la perfección-, es la tosquedad del repertorio no sólo teórico sino también politico de su sector. Son como unos pepito grillo alertando acerca del riesgo de esta ausencia de mediaciones entre sus axiomas doctrinarios y la sociedad real. Por eso, llaman la atención en la importancia del "derecho" y las "formas históricas concretas" más que de los "universales irrealizables". La ausencia de mediaciones entre sus concepciones de principio, sus fundamentos doctrinarios, y su acción política es acerca de lo que llaman la atención revelando un cierto temor a los resultados socialmente explosivos que semejante omisión puede generar.  

Es interesante que un grupo de intelectuales de derecha trate de instalar un debate como éste en su sector. Lamentablemente, como lo han comentado algunos columnistas, sus exelsos asertos filosóficos contradicen de manera flagrante sus actuaciones políticas. Sin ánimo de justificarlos, es de suponer que en el fondo enfrentar un debate político como si fuera filosófico sería la única manera de hacerse cargo por el momento, para -quién sabe- algún día encontrar el modo de superar las formas autoritarias y violentas con que en el pasado las ha resuelto. Su actuación en el golpe de estado de 1973 es demasiado elocuente como para disculparla. Ello porque da cuenta del agotamiento prematuro del pensamiento reaccionario que ha surgido de las entrañas de la globalización. Pero especialmente porque llaman la atención sobre las posibilidades que esta coyuntura histórica representa para el surgimiento de nuevas síntesis del pensamiento de izquierda, tal como a fines del siglo XVIII lo fue el agotamiento de las del viejo pensador que les sirvió de punto de partida. 

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