domingo, 12 de julio de 2026

Esclavitud servil

Arturo Gordon. La huelga. Oleo sobre cartón. 1915

"Esclavitud servil" es la expresión que usaba Recabarren, entre otras similares, para referirse a las formas en que se manifestaba el trabajo asalariado en el Chile de comienzos del siglo XX. Sus locuciones para referirse al respecto son de un dramatismo e intensidad conmovedoras. Manifiestan un trasfondo de carácter moral en su denuncia que claramente tiene una función política porque mueven a la indignación y actúan como un llamamiento a la acción. No se trata de comentarios o descripción de la situación de los trabajadores y trabajadoras ("trabajadores de ambos sexos" decía Recabarren) con pretensiones de objetividad científica. 

Más bien, tiene el propósito de señalar el significado moral de la explotación. 

Además de la pobreza y la exclusión, el vicio y la ignorancia, la explotación determina la ausencia de libertad y autonomía del hombre trabajador. Es precisamente esta característica de la explotación la que define su "universalidad", palabra que usa en reiteradas ocasiones para referirse a la situación de los trabajadores (por ejemplo "esclavitud universal". También a la de la mujer de la que dice "mujer, tu esclavitud es la esclavitud universal" y los inquilinos en el campo declarando por ejemplo que "Los trabajadores de las haciendas son verdaderos esclavos a quienes hay que libertar y educar"). 

En este sentido, la histórica lucha por la jornada laboral y la jornada de 8 horas, no tiene el sentido solamente de disminuir su duración y por lo tanto, aliviar el peso de la explotación patronal o recuperar algo de la plusvalía con la que se enriquece a costa del trabajador y la trabajadora. Además, es una forma de introducir una racionalidad en la organización del tiempo que les permita la organización de la existencia y por lo tanto una manera de ganar autonomía en la realización de sus proyectos de vida. 

Por lo demás, Recabarren insiste permanentemente en las formas diversas que adopta el dominio de clase y la explotación, a la que ve como una totalidad opresiva que se manifiesta por esa razón en la vida cotidiana precisamente. No se vive sólo en la faena; en la mina o la obra. 

La explotación para Recabarren se expresa, por cierto, en el salario. Usa de hecho, la expresión "esclavitud del salario" repetidamente. Hay que considerar el sistema de pago en fichas que se usaba en salitreras y minas de carbón, además. Pero este luego es recuperado por el patrón en las pulperías donde están obligados los trabajadores a usarlas para proveerse, es decir, como otro mecanismo de explotación del obrero en el comercio. Su situación, entonces, es dramática y sin salida. Porque tampoco hay leyes que lo protejan. Por el contrario, son una forma de "tiranía" (la "tiranía del gobierno y las leyes", dice Recabarren) que proviene del hecho de que son los mismos patrones de las minas y las haciendas quienes lo conforman y las elaboran. 

"Ni gobierno, ni patrón, ni fraile -escribe- alivian su situación". El trabajador y la trabajadora para él, viven en la más completa indefensión, librados a su suerte y condenados a trabajar "como bestias de carga". Una expresión que parece cumplir el papel de una ilustración de las condiciones materiales de trabajo en minas y haciendas de esa época pero que por la forma en que las modula y describe como ausencia de libertad y limitación de su autonomía, parecen estar haciendo alusión, más bien, a su deshumanización. En efecto, para Recabarren el mundo es un mundo humano porque todo lo que existe es obra del trabajo, pero por la forma que adopta en el capitalismo y específicamente en el del Chile del centenario, dicha forma caracterizada por él como "esclavitud", resulta su negación porque en lugar de hacerlo libre, lo somete a las más crueles y despreciables formas de sometimiento. 

En efecto, todo lo existente es obra del trabajo. Excepto la naturaleza. Ésta, sin embargo, precisamente por haber sido objeto de apropiación por parte de grupos específicos durante la conquista, deja de estar en una relación armoniosa con el hombre y es víctima también de esta forma histórica de enajenación que viene a producir dicha deshumanización del mundo en tanto se convierte en fuente de desigualdad y servidumbre. 

El trabajo, por lo tanto -no la propiedad ni menos las "cosas"-, es el que produce el "bien social" y es la fuente de realización de hombres y mujeres libres. El que representa "el interés nacional", opuesto al de las clases dominantes, porque incluye las ideas y también su realización práctica, de justicia, progreso, comodidad e higiene, cultura y bienestar para todos y todas. Sin embargo, en la sociedad de su época el trabajo se le aparece, paradójicamente, como carga. Se pregunta entonces "cómo es posible que siendo el trabajador el que produce todo viva en tan triste condición". Ello por las formas de organización que adopta que se oponen a su propia vida y tienen en cambio un aspecto embrutecedor y abyecto, a los que se refiere como "abismo de miserias" o "sangrienta explotación". 

Incorpora cada vez más frecuentemente a la clase media y los empleados también en sus reflexiones sobre el trabajo y especialmente, para referirse a su insatisfacción con el orden de cosas imperante. Dice, de hecho, que "es en esta clase, la clase media, donde se recluta actualmente a la mayoría de los descontentos" al mismo tiempo que denuncia su sometimiento a las formas culturalmente imperantes, pues vive esclavizada "al brillo falso" y "al qué dirán".

El trabajo, entonces, además no es, ni debe serlo, sólo un mecanismo de adaptación del hombre y la mujer a formas culturales que asumen el carácter de modas, hábitos y usos que no le son propios, sino que le han sido impuestos. De hecho, denuncia justamente aquellas formas culturales originadas en la acumulación de riquezas que tienen su origen en la especulación y las rentas provenientes del salitre y de la hacienda, no del trabajo, y que después serán reproducidas o intentado al menos, por sectores socialmente subalternos, como una forma más de dominación.

No es la producción de cosas ni una manera de obtenerlas; tampoco de adaptarse a unas formas culturales que le son ajenas ni de dominar la naturaleza como si fuera un obstáculo a vencer para alcanzar su bienestar lo que el hombre produce por el trabajo. Se hace libre; construye el bien social y es la garantía del interés nacional. Asimismo, se relaciona con otros hombres y mujeres y realiza su autonomía. Reclama la protección de todos y todas pues es un bien social, no una  capacidad individual que corre tras los objetos, sino una potencia social que debiera producir la felicidad humana.  

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