jueves, 11 de febrero de 2021

La cultura artística en el Chile que viene


                            Fernand Leger. Los constructores, 1951


En el marco de la discusión de una nueva Constitución para Chile, el Derecho a la Cultura debiera ocupar un lugar fundamental si no el más importante. 

La mercantilización que la ha caracterizado durante los últimos treinta años de predominio del neoliberalismo, es el resultado de la aplicación del principio de subsidiariedad del Estado. Ello ha ocasionado verdaderos estragos, como la progresiva pérdida de libertad y autonomía de creadores y creadoras y su sometimiento cada vez más asfixiante a la industria de la entretención masiva; la limitación de la libertad individual y el sometimiento del gusto y la elección de "las audiencias" a lo que imponen medios cada vez más transnacionalizados.

La desaparición de patrimonio y saberes ancestrales, como la artesanía tradicional, barrios enteros arrasados por el negocio inmobiliario, lengua e idiomas de pueblos originarios, la agricultura familiar campesina, etc. son resultado de esta concepción de política cultural que cruza -reformas más, reformas menos- a la Constitución del 80.

Este empobrecimiento de la cultura, contra todas las predicciones y promesas de los liberales de fines del siglo XX, ha corrido parejo al deterioro cada vez más alarmante de la democracia y ha sido caldo de cultivo -no sólo en nuestro país- para el surgimiento de comportamientos discriminatorios, intolerantes y excluyentes, como el chovinismo, la xenofobia, el racismo, la homo y la transfobia, el anticomunismo y todas las expresiones de una ideología que para proteger posiciones de privilegio de las clases poseedoras, intenta construir una sociedad hecha a imagen y semejanza de la idea que tienen de sí mismas para lo cual necesitan presentar a un "otro" que encarne todos aquellos atributos que no coincidan con esta y combatirlas ideológica, cultural y materialmente. 

Las quejas lastimeras del conservadurismo y la reacción moral, no da cuenta de ella ni representa una alternativa razonable a la cultura neoliberal. Es más, forman parte de esta cultura y son, en última instancia, su defensa final, disimulando su conformidad detrás de una rabiosa retórica tradicionalista, conservadora, autoritaria y moralizante.  Por cierto, producto del deterioro de la cultura y el embrutecimiento de masas del neoliberalsimo -típico del fascismo-, no faltan acólitos para posiciones tan prosaicas como las que expone Tere Marinovic, la secta de JAK y que apenas trata de disimular la UDI.

Para haber llegado a este punto, sin embargo, fue necesaria una obra sistemática de negación de la memoria y finalmente de la historia, la que fue reducida durante la transición pactada, a una cuestión de opciones entre "esto y aquello", cuando son obra de un proceso creativo de masas y no de elecciones individuales entre alternativas ya dadas. Nada más opuesto a los conceptos de libertad y autonomía modernos. Pero bueno, suficiente para conversos y fundamentalistas que la hegemonizaron.  

Parte importante de esta concepción de política cultural, consistió en la proscripción de la imagen que está representada por el patrimonio visual y sonoro de un pueblo y finalmente de la humanidad, expresado en la cultura artística que es el conjunto de las creaciones que nos hayan legado, y nos siguen legando todos los días, artistas, escritores, artesanos, artífices, trabajadores de la cultura, las artes y el patrimonio. Dicha proscripción se manifestó principalmente en el curriculum escolar en el que el contenido estético y humanista de la cultura fue cada vez más reducido a un lugar secundario si no prescindible y en la ausencia de una política de medios.  

También forman parte de esa cultura artística, el debate y la reflexión; los significados asociados a esas obras, a ese patrimonio, los valores que los inspiran y que son recreados y resignificados por un público que no es sólo audiencia sino autor en tanto participa de la construcción de esos valores y significados que están presentes y que son también la imagen, plasmada en libros, canciones, pintura, teatro y danza, etc.

La cultura artística debe ser, pues, un componente del Derecho a la Cultura que debe considerar la futura Constitución. Un concepto de la cultura que debe incorporar los derechos a la creación de todos y todas desde la infancia; el acceso a la cultura artística y al patrimonio visual y sonoro y especialmente a la libertad creativa de todes. 

La institucionalidad que surja de la nueva Constitución, sólo hará posible el debate y la crítica cultural generando una institucionalidad estatal para ello y no como ha sido la inspiración del principio de subsidiariedad, tanto en su versión liberal social como abiertamente neoliberal, entregando al mercado y al presunto juego de los millones de elecciones individuales el acceso y el disfrute de la cultura artística. 





 

 


jueves, 4 de febrero de 2021

La cultura en la Nueva Constitución


     Paul Gauguin. Quienes somos, de donde venimos, hacia donde vamos. Detalle

La cultura es una creación de los pueblos, producto de la interacción de hombres y mujeres entre sí y de estos con la naturaleza. 

Arte, ciencia, tecnología, son obra del trabajo, de la creatividad y el esfuerzo humanos y pueden ser tanto para hacer más armónica y coherente su relación y la que establecen con su entorno natural como para hacerlo más injusto, opresivo e inhóspito, incluso para hacerlo inhabitable para todos los seres vivos.

La fe ingenua en que la cultura por sí sola es un factor de progreso y bienestar, es una creencia que el capitalismo ya en el siglo XIX desmintió categóricamente y respecto de la cual, incluso, entonces se discutía y salvo el positivismo más recalcitrante, antecedente del neoliberalismo actual, no ha tenido un solo apóstol más desde entonces. 

En efecto, la apropiación privada de lo que es un producto social del trabajo de todes, para convertirse en capital, en lugar de ser para uso y disfrute de la humanidad, es precisamente lo que puede determinar que la cultura, en lugar de ser una herramienta de progreso y bienestar; de armonía y desarrollo social y ambientalmente sustentable, se transforme en una fuente de sometimiento, opresión y destrucción de la naturaleza. 

Las zonas de sacrificio; el abuso de las empresas con los consumidores; la sobrexplotación de los recursos naturales y de la tierra; la asimetría en las relaciones entre trabajadores y empleadores, entre hombres y mujeres; entre etnias y culturas diversas; también intergeneracionales. En fin, todas son expresión de una cultura basada en el dominio que proviene de la apropiación privada del trabajo y lo producido por la inteligencia y el esfuerzo humanos, para reducirlos a ser solo un eslabón más de la cadena de valorización del capital, origen del poder de una clase sobre el resto de la sociedad y fuente por lo tanto de su opresión e infelicidad.

El neoliberalismo no ha hecho sino agravar todas estas características propias del capitalismo hasta convertirlo en una caricatura de sí mismo. Las relaciones de clase que se expresan en esta cultura basada en la apropiación privada del trabajo, transforman todo en una cosa y a todas estas "cosas" en seres independientes de sus creadores y creadoras, para adquirir una existencia autónoma que se presenta bajo la forma de mercancías.

En el neoliberalismo, para poder acceder a todas estas "cosas", es necesario acudir al mercado. Su posesión se transforma en la finalidad de sus existencias, como si éstas no fueran obra de su propia creación. Por ello el consumismo, no es un efecto  indeseado de la cultura del sistema sino una consecuencia fundamental de ésta.

La Constitución de 1980, instaura jurídicamente esta concepción de la sociedad. No es sólo un sistema económico lo que garantiza. Es precisamente la expresión jurídica de la sociedad neoliberal.  La legitima política e institucionalmente y la convierte además poco menos que en la fuente natural del orden social expresado en el principio de subsidiariedad del Estado.

Por esa razón, la creencia de que era posible construir otra sociedad y superar el neoliberalismo manteniendo la Constitución del 80 -bajo el supuesto de que eludiendo el problema de su legitimidad sería posible reformarla, tesis sostenida entonces por la Concertación- fue el pecado original de la transición y el origen de la crisis social actual. 

El sistema educacional, fue precisamente el instrumento que presuntamente iba a hacer posible la reforma social post dictadura, sin tocar ni una línea de la Constitución. Sin embargo, dentro de los límites del principio de subsidiariedad del Estado, no hizo más que profundizar y consolidar el tipo de sociedad neoliberal contenido en ésta.

Ya en 1995, el entonces Ministro de Educación, Don Sergio Molina Silva, terminaba su presentación de la reforma educacional de Eduardo Frei R. con las siguientes palabras: "El conjunto de políticas que venimos a presentar a este honorable Senado, representan una política cultural". Increíble pero cierto. 

Por ello es necesario que en la futura Constitución Política, la cultura sea concebida no como uno más de los derechos que debe garantizar el Estado en el futuro, sino como el principio que la inspire. Una cultura de derechos, de la igualdad, la fraternidad, el trabajo, la libertad, el respeto por el medioambiente que se exprese en un sistema educacional radicalmente transformado y que incluya a todes. 

 

 


jueves, 28 de enero de 2021

La hora de la revolución


Albrecht Durer. Los cuatro jinetes del apocalipsis


Una vez que se supo el resultado de la elección primaria realizada por la DC para definir su candidato o candidata presidencial, la senadora Ximena Rincón, quien resultó vencedora de las jornadas, declaró con encomiable entusiasmo que había llegado la hora de "la revolución de la dignidad".

No se había escuchado a un democratacristiano usar la palabra "revolución" desde hace a lo menos, cincuenta y cinco años. 

Por esa razón, probablemente, se oye como una de aquellas frases de las que recomiendan los asesores de imagen, publicistas y jefes de propaganda. Suena a retórica muy "desarrollista", muy siglo XX...las alusiones a la Revolución en Libertad del fundador de la DC y ex presidente Eduardo Frei Montalva, suenan un poco extrañas, después del giro de la falange al liberalismo, la economía social de mercado, el gradualismo y las reformas incrementales que caracterizaron sus administraciones de los años 90 y su actuación francamente timorata a lo largo de todo el período de Piñera.

No se pueden comparar, ciertamente, las reformas inspiradas en la estrategia de la Revolución en Libertad de los años sesenta, con las medidas que caracterizaron a los gobiernos de la Concertación y para las que amistosamente, la DC ha prestado sus votos también durante la segunda administración derechista post dictadura, en materia de pensiones, salarios, etc.

Por cierto, no faltan las explicaciones que insisten en las recetas "responsables", "gradualistas", "consensuadas", atavismo nostálgico de la política noventera, de los "buenos" viejos tiempos de la globalización neoliberal. Ello es expresión de una inexplicable perseverancia,  considerando especialmente que todos quienes sostienen o han sostenido posiciones como esa, de un tiempo a esta parte, son verdaderos cadáveres políticos.

Partidos, dirigentes, ex ministros, instituciones que se niegan a ver lo evidente ya han caído en la intrascendencia -de lo que incluso dan cuenta las encuestas del sistema- aunque parecen no darse por enterados o esperar pacientemente una nueva oportunidad. 

Es como intentar la cuadratura del círculo. Una Nueva Constitución, es todo lo contrario del gradualismo y la reforma dentro de lo posible. Es establecer nuevas reglas, un nuevo orden. Ello, con independencia de que el conservadurismo político y cultural de nuestra sociedad intentará escamotear -y lo viene haciendo desde el 15 de noviembre del 2019- este anhelo popular ratificado en el plebiscito del 25 de noviembre pasado.  Lo cierto es que la sociedad se ha pronunciado clarísimamente -en las calles y en las urnas- por un cambio estructural, le pese a quien le pese y respecto de lo que ni el gradualismo ni la paciencia tienen explicación ni receta.

Esa es la razón para que pese a su celebrada unidad en la confección de la lista para convencionales, la derecha esté, cuchillo en mano, viviendo una verdadera guerra civil interna. Ya la confección de la propia lista a la Constituyente, estuvo cruzada por el hedor del sapo de JAK que a varios les costó, y les sigue costando, soportar. Pero como la necesidad tiene cara de hereje, todos los dizque "liberales" de la derecha, aparte de arrugar un poco la nariz, finalmente se lo tragaron, aunque sea difícil pronosticar por cuánto tiempo más podrán seguir soportándolo. 

La definición de su candidato presidencial ha sido también una verdadera telenovela para todos los partidos del sector, la que no se ha caracterizado precisamente por su glamour, sino todo lo contrario, por las prácticas mafiosas, la extorsión, el oportunismo y la deshonestidad, partiendo desde la Moneda para abajo. 

En realidad, lo único que la mantiene unida, es la defensa de lo que se pueda defender todavía del modelo. Pero respecto del futuro, del -como dicen- "nuevo Contrato Social", sólo gruñidos, ni una sola idea. 

Por eso, las alusiones de la candidata DC a la "Revolución", aun siendo superficiales, poco claras y parecer oportunistas, dan cuenta del momento que está viviendo nuestra sociedad. Se trata de una forma ideologizada de decir que -efectivamente- es sólo un cambio estructural lo que podría sacarla del marasmo en que la tiene un neoliberalismo moribundo, sin reemplazante a la vista, en medio de una pandemia que ha golpeado de manera brutal la moral y la voluntad de un pueblo atemorizado pero también indignado por tanta injusticia y  desigualdad. 

Para la izquierda, no se trata sólo de un asunto "ético" como podría serlo para el pensamiento católico; se refiere precisamente a lo que la define: la aspiración de una nueva sociedad. Y aun cuando esto nunca ha sido fácil y considerando que es y ha sido la fuerza política más interesada y que más esfuerzo, creatividad e incluso vidas ha puesto en este empeño, resulta curioso que sea la DC la que usa el término.

Lamentablemente, el giro a nivel mundial, de la socialdemocracia hacia el liberalismo, la caída de los socialismos reales a fines del siglo XX, y un largo etcétera de explicaciones que a los y las jóvenes de hoy debe provocarle bostezos, lo hacen complicado. Así y todo, desde el FA al PCCH, todos o casi todos los partidos y movimientos de izquierda se definen a sí mismos por el socialismo -aun en diferentes variantes- pese a que rara vez utilicen el término para referirse a su objetivo final.

Hoy en día, el concepto del socialismo adquiere todavía más actualidad y relevancia considerando lo que precisamente ha señalado la presidenciable DC, como la tarea que debe emprender la sociedad chilena en la actualidad. La capacidad de resolver las contradicciones que hay entre ésta y las reformas coyunturales que se deben y se pueden abordar en lo inmediato -en salarios, educación y salud públicas, sistema previsional, democratización de los medios, cambios al régimen político, etc.-, es lo que irá aclarando el abigarrado paisaje opositor actual.

Pero además, irá dejando en claro la autenticidad de las declaraciones de varias ovejas con piel de lobos que han abundado en los últimos años, producto del progresivo desgaste del pacto que dio origen a la transición. La conformación de una alternativa o de esa "revolución" que reclama la presidenciable DC, obviamente no será el resultado de la claridad de un grupo de expertos -idea muy propia de los años sesenta precisamente- ni de un liderazgo carismático.

Será, como siempre lo ha sido, el resultado de la experiencia, la movilización y los anhelos de millones; también de la unidad del pueblo y como lo ha señalado la senadora Rincón , incluso con toda la imprecisión e ideologismo que se le pueda reprochar, de una voluntad explícita por realizar cambios de fondo a nuestra sociedad. 


miércoles, 6 de enero de 2021

La unidad opositiora y el corset de los 2/3




El tiempo se acaba para llegar a un acuerdo opositor para la conformación de una lista única de candidatos a la Convención Constitucional. Así por lo menos, lo plantea majaderamente la prensa del sistema. 

Los dirigentes de la Concertación han insistido en responsabilizar al Partido Comunista y a los del FA que no concurrieron -porque no quisieron asistir o porque no los invitaron a las tratativas para alcanzar tan altruista propósito- de este resultado. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que tanta preocupación de La Tercera por la unidad opositora, no es inocente. Ni tampoco de que el sentido que destacadas personalidades independientes de la izquierda llamando a la unidad le asignan, no está representado ni lejanamente por las declaraciones del Fuad Cahín o Carlos Maldonado, quienes  -convengamos- no se han caracterizado por su interés en la unidad opositora y sí más en los "matices".

Todo lo contrario. Pareciera a veces que para los dirigentes de los partidos de la Concertación, de los años gloriosos en que fueron gobierno, en que eran una fuerza hegemónica de la sociedad y del sistema político, no hubieran pasado siquiera un par de semanas. Tampoco que hubiese habido un levantamiento popular que le planteó a la sociedad y el sistema político tareas de reforma estructural, no cambios graduales como lo que ellos impulsaron en los noventa. Es más, sus declaraciones parecen repartir indulgencias y condenas como si siguieran siendo esa fuerza hegemónica-lo que ya entonces, era manifestación de un espíritu chovinista y sectario-.

A duras penas, por lo demás, han logrado convocar a su  mentada "amplia" unidad a pequeños grupos y personalidades cuya sinuosa trayectoria y escasa representatividad, la ponen en cuestión. 

El problema en todo caso no es ese. Como dice el viejo y conocido refrán "no falta un roto para un descosido" y cada quien es libre de llegar a acuerdos con quien quiera. El problema es que, lamentablemente, en este caso, la libertad para construir esos acuerdos está fuertemente constreñida por el marco resuelto por los mismos que hoy claman por la unidad. 

Este límite lo pone el quórum acordado la madrugada del 15 de noviembre que va a tener la Convención  para resolver, quien sabe si la totalidad del nuevo texto constitucional, algunas materias o el plebiscito de salida. 

También es un límite, por cierto, la cantidad de convencionales, número tan "mínimo" que restringe la representatividad de la Convención, considerando que es nada menos que la Nueva Constitución lo que deberá resolver. Número además que, en función de la justa y legítima representación de pueblos originarios -excluídos en el acuerdo del 15 de noviembre y arrancado con forceps a un Parlamento también encorsetado por los mega quórums de la Constitución que se pretende cambiar-, volvió a sufrir una poda. 

De esa manera, y considerando todo lo dicho hasta aquí, lo que resulta obvio es que la unidad opositora sólo será posible, y esa va a ser su  prueba de fuego, no en la conformación de las listas sino en la discusión del reglamento de funcionamiento de la Convención.

En ese sentido, un primer escollo va a ser el quórum. Por esa razón, sería muy útil que Fuad Chaín, Alvaro Elizalde, Marco Enríquez, Carlos Maldonado y los demás dirigentes de la Concertación dijeran si están dispuestos a modificar dicho quórum, pues resulta obvio que quórums de 3/5 o mayorías absolutas de 50 mas 1, facilitarían bastante los acuerdos de los delegados opositores a la convención en varias materias, aun cuando hayan sido electos en diferentes pactos. 

De la misma manera, en la -lamentablemente- lejana posibilidad de que salgan electos convencionales de oposición sin partido -la gran mayoría del país- esto haría mucho más fácil y natural su incorporación al debate y las resoluciones de la Convención, con un nivel de autonomía mucho mayor que el impone el mega quórum actual. 

Otra materia en la que probablemente el debate de la oposición sería más útil si de conseguir la unidad se trata, es en lo que tiene que ver con el rol del movimiento social y las organizaciones sindicales y gremiales en el desarrollo de la convención. Resulta curioso, por decir lo menos, que a los mismos que han aceptado graciosamente, la presión permanente y a ratos asfixiante de los gremios empresariales y sus centros de estudio en la discusión de todas las leyes aprobadas desde 1990 en adelante, les parezca ilegítimo decir que la convención debe ser rodeada y fiscalizada por la movilización de las organizaciones sociales, que son precisamente las que representan más directamente a una "ciudadanía" que en la concepción de los liberales equivale a una masa amorfa de consumidores. 

La unidad opositora debiera también considerar la consulta permanente a organizaciones sociales, sindicales, estudiantiles, de pueblos originarios, de consumidores, en cabildos territoriales, plebiscitos intermedios, publicación de las discusiones de la Convención, audiencias públicas, etc. para hacer efectiva dicha participación directa de -como le gusta decir a los librepensadores- "la ciudadania". 

Un último punto, en que la unidad opositora es materia obligada, es en los contenidos de la nueva Constitución. A estas alturas del partido, y considerando todas las dificultades que ha tenido la oposición en el transcurso del peor gobierno de la historia después de Pinochet, resulta evidente que a este respecto, la unidad tampoco es cosa de "tirar y abrazarse". Las diferencias son muchas y muy profundas. Nuevamente, el corset del quórum es el verdadero obstáculo para la unidad opositora. Pues la convención para la oposición no puede ser un juego de "todo o nada". Son posibles y necesarios, acuerdos en muchos contenidos de la nueva Constitución pero tampoco una obligación en aquellas materias en las que entre liberales, socialdemócratas, cristianos y marxistas, difícilmente se llegará a acuerdos. 

Es finalmente el pueblo el que resolverá. La época de los expertos terminó hace mucho, probablemente como dijo un canapé de la transición -Eugenio Tironi- con la crisis del Transantiago. La unidad opositora debe dar cuenta precisamente de este cambio político y cultural. Quienes se resistan a reconocerlo y a facililtar las condiciones más amplias de participación y de expresión de la soberanía popular, van a ser barridos por la historia. 


 


sábado, 2 de enero de 2021

El anticomunismo y la unidad de la oposición


                   Francisco Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo


En las últimas semanas, se viene desarrollando un fuerte debate acerca del rol de los comunistas en la sociedad y la política.

La presencia permanente en las encuestas del alcalde comunista de Recoleta, Daniel Jadue, como un posible candidato presidencial de la oposición, se ha transformado en un tema molesto, aunque obligado, para los dirigentes de los partidos de derecha y la ex Concertación, actual Unidad Constituyente.

Las encuestas, en todo caso, sólo son el reflejo superficial de fenómenos más profundos, fenómenos que las susodichas encuestas no explican por sí mismas y que tienden incluso a ocultar o reflejar de modo distorsionado. De ahí que se las cuestione y sean generalmente objeto de interpretaciones, a veces razonables, otras -en cambio- abiertamente descabelladas, como las que se hacen de las mediciones que realiza el INE en materia de empleo y que presentan el desempleo como lo contrario.

Suena absurdo y sólo es posible en el  “oasis” de la ideología neoliberal que a punta de silogismos ha construido este espejismo.

Ciertamente, en este caso, la irrupción de Jadue en las encuestas es una manifestación elocuente de la aspiración de la sociedad a cambios de fondo, sin gradualismos melifluos ni la estabilidad o la seguridad de un mausoleo, que es lo que ofrecen todos los candidatos conocidos hasta ahora de Unidad Constituyente. Un verdadero retablo de antigüedades que sólo ha sido refrescado por el respaldo público de la Presidenta Bachelet a su ministra Paula Narváez, candidatura que ha obtenido sólo sonrisas comprensivas de sus camaradas cuando no una abierta hostilidad.

La permanente presencia de Jadue en las encuestas, representa, además, y eso es seguramente lo que más preocupa a la elite de la vieja guardia concertacionista, un parteaguas en la fosilizada sociedad construida a punta de consensos, parteaguas que representa una grieta, a través de la cual se empiezan a hacer visibles ideas y propuestas políticas negadas por décadas de política de los consensos y cocinas de dudosa legitimidad.

El fin del sistema de AFP´s, el cobro de impuestos a los ricos, la educación, la salud, la vivienda y la cultura como derechos sociales; la reducción de las extenuantes e injustificadas jornadas de trabajo, la anulación de leyes hechas a la carta para un puñado de empresas que han financiado a parlamentarios y ex ministros de la UDI, entre otros; la recuperación para el Estado de Chile de riquezas esenciales para el desarrollo del país, como el litio y el agua, etc. 

Es como la postal de otro país, opuesto al Chile neoliberal de los últimos treinta años, y que es obra de décadas de denuncia, organización y movilización del pueblo. Una candidatura viable de la izquierda no es un acontecimiento súbito e inesperado; un hecho singular obra de un liderazgo carismático, que es la manera de entender la política de los populismos de derecha y el arribismo clasemediero, incapaces de comprenderla como una creación colectiva de millones.

Ese es el origen de la preocupación derechista y de los liberales que en los noventa cultivaron una profunda y meticulosa relación. Preocupación mística e irracional comúnmente comprendida en el concepto de “anticomunismo”. Los primeros aludidos, por cierto, siempre serán el Partido Comunista y sus militantes, históricamente perseguidos y excluídos a lo largo de todo el siglo XX. Sin embargo, es muy común escuchar el mote de “comunista de mierda” a propósito de cualquiera que postule posiciones de cambio social y político.

Es un fenómeno muy antiguo, tan antiguo como la existencia de los comunistas. De hecho, el Manifiesto del Partido Comunista de Carlos Marx, de 1848, parte con la frase “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo…” Marx habla del comunismo como de un espectro frente al que la sociedad establecida de entonces tiene una “actitud” temerosa aunque sea obra de su propia creación. Estamos en presencia entonces de un caso típico de lo que suele denominarse “ideología”.

Probablemente por esta razón, es difícil hacer una generalización del significado del anticomunismo, en la actualidad, que es lo que el senador DC Francisco Huenchumilla identifica como el principal escollo para la unidad opositora. Lo único que se puede decir al respecto es que es un estado de conciencia política muy primario, muy elemental. No propone nada y se funda como actitud política en el rechazo.

En ese sentido puede también dar pie para toda clase de consecuencias políticas. En efecto, le facilita las cosas al irracionalismo y la agresividad del fascismo. Lo hace porque degrada la conciencia política al teñirla de subjetividad y una pseudoestética de connotaciones liberales y republicanas que de pasada legitiman las posiciones reaccionarias.

También porque deslegitima la acción de los partidos –no sólo del Partido Comunista- y finalmente obstaculiza la unidad de las fuerzas interesadas en las reformas al sistema educacional, previsional, al código laboral, el mejoramiento de la salud pública y el cambio constitucional, las que se expresaran en poco tiempo, en la Convención Constitucional que para tal efecto se elegirá en abril.  

Es precisamente en este tipo de ataques anticomunistas -en este caso a la candidatura del compañero Daniel Jadue, verdadero espectro construido por la burguesía, toda vez que ni siquiera ha sido proclamado como tal- en los que se asoma el resultado del neoliberalismo en los últimos treinta años, cuco que ha afectado las capacidades de analizar con objetividad y sentido progresista, la realidad y las tareas del pueblo en la actualidad a connotados líderes de oposición. 

Hoy son los comunistas y todos quienes pacten con él. Mañana quizás el resto de las fuerzas de la izquierda y todos quienes se manifiesten por los cambios y la democratización del país. 


sábado, 26 de diciembre de 2020

La hora del oportunismo


Honoré Daumier. Crispin y Scapin 



Estos días, que el reloj corre en contra respecto de un acuerdo opositor para la inscripción de las listas para la elección de convencionales para la constituyente, abundan los llamados a la unidad.

Un poco tarde. En efecto, los mismos que negociaron condiciones que la hacen prácticamente irrealizable y que han actuado como si no hubiese pasado nada después del 18 de octubre, tratando de reeditar la impopular fórmula de la "democracia de los acuerdos", han sido los más entusiastas después de haberle dado portazos no sólo en esta ocasión. En efecto, son los mismos que lo hicieron en los años noventa, una y otra vez, prefiriendo pactar con la derecha para consolidar una ínsipida democracia "en la medida de lo posible" en vez de hacerlo con la izquierda que estaba fuera de la Concertación.

Mientras el PH y el PC, un diverso y enmarañado conjunto de organizaciones sociales, colectivos territoriales, organizaciones de DDHH, sindicales, de defensa de la diversidad sexual y de género, ambientalistas, del movimiento estudiantil y los pueblos originarios, resistían la tan cacareada "agenda liberal" de la Concertación, ésta impulsaba efectivamente acuerdos de libre comercio, privatizaciones, concesionaba servicios, perfeccionaba el sistema de AFP, o privatizaba los sistemas de financiamiento de la educación escolar y universitaria, favoreciendo el crecimiento estrambótico del sistema privado, escolar y universitario, una de las fuentes principales de endeudamiento de la clase media en la actualidad. . 

Mientras organizaciones y movimientos sociales  trataban de convencer a sus parlamentarios y/o negociaban con sus ministros y jefes de servicio, en torno a la introducción de regulaciones, medidas y acciones que resguardaran mínimamente los derechos de las comunidades afectadas por las privatizaciones, las licitaciones y concesiones con las que el Estado entregó a la empresa privada, recursos y servicios básicos, la Concertación -salvo honrosas excepciones- festejaba la disminución de la pobreza como si fuera sinónimo del aumento del consumo aunque los salarios fueran una porquería y los contratos cada vez más excepcionales.

Es de un fariseismo que resulta irritante, que se publiquen cartas y opiniones que pretendan que es la izquierda la que obstruye la unidad de la oposición para enfrentar la elección de convencionales para la constituyente. Y que con un tono hipócrita, el señor Carlos Ominami por ejemplo pretenda dar lecciones o recomendaciones públicas a la izquierda acerca de lo que debe hacer, cuando él fue ministro, senador de la Concertación y miembro la directiva de uno de los partidos políticos que tiene  responsabilidad en el estado actual de cosas. 

Claro, para los infrascritos del acuerdo del 15 de noviembre, igual que como para los nostálgicos del plebiscito de hace más de treinta años no existieron protestas nacionales, movimiento de mujeres por la Vida, Paros nacionales impulsados por los sindicatos, lucha contra la municipalización de la educación desde mediados de los ochenta, denuncia y movilización de los familiares de los Detenidos Desaparecidos y las organizaciones de DDHH desde fines de los setenta, el plebiscito y la Convención Constitucional son producto de su inteligencia táctica y todos los que han participado del proceso, unos oportunistas que se suben al carro de la victoria. 

El señor Ignacio Walker, ex presidente de la DC, ex ministro de la Concertación y ex senador de la República, es al menos más franco. En una columna que parece inspirada en algún informe del equipo de inteligencia de su partido, da por cerrada la posibilidad de cualquier entendimiento con la izquierda. No hay más vuelta que darle. Después de un largo, tedioso y por cierto, erróneo análisis de las resoluciones del XXVI Congreso del PC, da a entender que la unidad opositora no es posible. Parece en realidad que la suya, es una respuesta a otra interesante columna del senador de su partido Francisco Huenchumilla, quien en las páginas del mismo medio, días antes defendía la idea de la unidad opositora e incluso, señalaba los acuerdos programáticos que ni Walker, ni Ominami mencionan en sus respectivos escritos, como plausibles para constituir la unidad opositora.

Pero dejando a un lado el hecho de que es aparentemente en Unidad Constituyente donde no hay certeza acerca de la unidad -ni siquiera entre quienes la componen-, el punto es que una vez constituida la Convención, es en ella donde la unidad opositora tendrá que expresarse en la discusión de los contenidos que expliquen la construcción de un Estado Democrático. Con lista única o más de una en la elección de convencionales, el problema será el mismo. La experiencia del gobierno de la NM, tal como plantea el documento de resoluciones del Congreso del PC, demuestra que el acuerdo y la mayoría formal no lo garantizan necesariamente. El comportamiento del PDC y de representantes del sector socialdemócrata de la NM durante la administración de la Presidenta Bachelet lo demuestran. Igualmente, la actuación de la oposición en el transcurso de los tres años del desastroso segundo gobierno de Sebastián Piñera.

La unidad no se construye pontificando. Es la experiencia práctica del pueblo, de sus luchas, de sus aspiraciones la que finalmente la impone a quienes pretenden representarlo en las instituciones o facilitar su participación directa en la toma de decisiones. No es la inteligencia de algún grupo de "iluminados"  sino la experiencia práctica de las masas. Son precisamente los que le temen, los que hacen llamados desesperados a una unidad de última hora y que se basa en la idea de constituir mayorías formales y no expresiones de movimientos y luchas sociales, como sí lo fueron los frentes populares, en el siglo XX por ejemplo.

Lo demás, es oportunismo.


jueves, 17 de diciembre de 2020

¿Cómo se gobierna con el siete por ciento?



                Jacques Louis David. La coronaciòn de Napoleòn



Sebastián Piñera sólo se supera a sí mismo y su segundo gobierno, no ha sido más que la repetición de la archiconocida receta de antiguas modernizaciones del recetario neoliberal. Ni una pizca de novedad, de audacia teórica o renovación del pensamiento derechista. Algo similar a Macri, Bolsonaro, Duque y el resto de la derecha latinoamericana, representante de la oligarquía más ignorante y prosaica de la historia de nuestro continente. De ahí que, ciertamente, sus segundas partes, reedición chusca de la política noventera, no haya tenido ningún glamour, no representara ningún progreso y termine en los fracasos más mediocres, aunque algunos de nuestros derechistas se crean Napoleón o Churchill. 

La caída del breve gobierno peruano surgido tras la destitución de Vizcarra y la vuelta del MAS en Bolivia tras el efímero gobierno de facto de Janine Añez, son demostración de que en el continente la derecha no representa una alternativa sustentable de gobierno para la región. El imperialismo norteamericano, además, no ha podido evitarlo ni responder con la clásica receta de golpes militares e instalación de gobiernos gorilas para suplir esta incapacidad de sus testaferros locales, lo que no significa en todo caso que no lo considere. 

El Lawfare, la invasión de noticias falsas en los medios y la manipulación ideológica de masas que le dieron buenos resultados en Brasil y Argentina hace no mucho, hoy en día no están siendo suficientes al parecer para evitar que la derecha latinoamericana vaya a dar al tarro de la basura de la historia, de donde nunca debió haber salido. 

¿Cómo se explica entonces que el Presidente chileno siga gobernando cuando las encuestas le dan apenas un siete por ciento de respaldo y su impopularidad alcanza cifras desconocidas en nuestra historia republicana? Sólo comparable a Pinochet por su impopularidad, el gobierno de Piñera se hunde en el fiasco mientras él y sus ministros se deshacen en gestos de un republicanismo grotesco,  parecidos a la escena de una sitcom. Pero lo peor, y ahí está el núcleo de la paradoja chilena, es que así y todo ejerce aún una fuerza y capacidad que lo mantienen en pie e incluso impedir mayores avances del campo democrático, social y popular. 

En efecto, en materia de negociación con los empleados públicos y determinación del salario mínimo; en lo que se refiere a políticas para enfrentar las consecuencias de la pandemia de coronavirus, caracterizadas por su milimétrica focalización y avaricia; también en cuanto al diseño y determinación de los términos en que se desarrollará el proceso constituyente, arrancado por el pueblo en las calles a una elite política mediocre y autocomplaciente. En fin, en todo orden de cosas, el gobierno pareciera ostentar un poder que no se condice con lo que representa socialmente ni lo que es frente a la oposición. 

Por una parte, sigue pesando lamentablemente la sombra del binominalismo expresado en los mega quórum que requieren ciertas reformas que permitirían avanzar más rápido y más profundamente en la democratización del país. En efecto, cada medida propuesta para hacer de la Convención Constitucional una auténtica expresión de la soberanía popular, ha encontrado en el Parlamento no un facilitador que module e términos legales los anhelos políticos del pueblo, sino una tenaz barrera de contención. Para qué decir en lo que se refiere al enfrentamiento a la crítica situación provocada por la epidemia de coronavirus, que como siempre ha golpeado sin piedad fundamentalmente a los trabajadores y trabajadoras, infancia y juventud popular, a ancianos y sectores excluidos. 

Sin embargo, hay un factor más que le ha permitido a Piñera y la derecha seguir gobernando pese a su estrepitoso fracaso; también pese a los crímenes de lesa humanidad cometidos por agentes del Estado, desde Camilo Catrillanca hasta el día de hoy; pese incluso a su impopularid y a no controlar plenamente la agenda legislativa, lo que ya es mucho decir considerando el hiperpresidencialismo patagruélico consagrado en la Constitución Zombi que todavía nos rige.

Ese factor es el comportamiento mediocre de la oposición que salvo honrosas excepciones, no ha sido una alternativa de gobierno a la administración derechista e incluso a ratos pareciera no querer serlo. 

Sectores de oposición, en más de una ocasión, han votado con la derecha en importantes materias; han salvado a sus ministros de acusaciones constitucionales que más allá de su oportunidad o conveniencia coyuntural, tenían sobradas razones. A este respecto, no han faltado los oportunistas y demagogos que haciendo uso de retorcidos razonamientos "tácticos" y en ocasiones, apelando a principios de un republicanismo abstracto han preferido contener la debacle Piñerista a abrir cauce a un proceso definitivo de democratización de la sociedad, que no es otra cosa que acabar con la Constitución pinochetista, expresión jurídica de la sociedad neoliberal. 

Lo que en el pasado, ideológicamente, argumentaban como "necesidad", graciosamente lo transformaron en "virtud republicana". Así, intentan reeditar la democracia de los acuerdos como sinónimo de progreso mientras ésta no hizo sino profundizar la desigualdad, consagrando el acuerdo de los de arriba a costa de la exclusión de los de abajo, dejando como herencia a las actuales generaciones de chilenos y chilenas que han protagonizado las épicas jornadas de protesta social desde el 18 de octubre pasado, una sociedad cruzada por la más profunda división de clase, similar probablemente sòlo a la descrita por Baldomero Lillo, Augusto D'halmar, Josè Santos Gonzàlez Vera y los pintores de la Generación del Trece, atenuada a través de la ilusión de progreso vendida por la industria de la entretención masiva y el consumo facilitado por el crédito, hasta que esto se hizo insostenible. 

La democracia de los acuerdos que es, pues, la línea de crédito que sostiene todavía a Piñera,  no es otra cosa que la expresión de una concepción clasista de la sociedad. La imposibilidad de llegar a un acuerdo en las primarias a gobernadores y las complicaciones para concretar una lista única de candidatos de oposición a la Convención Constitucional, no son solamente la expresión de una complicada ingeniería electoral, producto del mamarracho del 15 de noviembre -imbunche que ha tenido que sufrir sucesivas reformas en el Parlamento, lamentablemente, no siempre con éxito, como lo demuestran la solución para la participación de independientes y pueblos originarios- sino de unas contradicciones mucho más profundas que se refieren a diferentes modelos de sociedad.

Difícil llegar a acuerdos coyunturales cuando lo que se define va a tener consecuencias mucho más duraderas y fundamentos de clase tan profundos. 

La unidad de la izquierda, por esta razón, no es solamente una necesidad que se refiera a "mínimos programáticos" o a una ingeniera electoral eficiente para enfrentar la elección de la Convención Constitucional sino para hacer de ésta, un combate de masas que se desarrolle en cabildos barriales, en las luchas por el derecho a la salud y la educación públicas, mejores salarios, contra la discriminación, la justicia en los casos de violaciones a los Derechos Humanos y la cultura. La Convención debe ser expresión precisamente de estas, y la unidad de la izquierda  un instrumento al servicio del pueblo que se proyecte en las próximas décadas para construir una nueva sociedad.