martes, 21 de abril de 2026

El turno de la oposición

Ben Shan. Demonstration. 1933

 

Casi dos meses de administración derechista en el gobierno, y ya se empieza a aclarar el tipo de neoliberalismo que Quiroz y compañía venían a implementar. 

Se trata de la versión original. Similar a la de Sergio de Castro y Jorge Cauas, la que se yergue sobre la obra del glamoroso aspecto que le dió la globalización y que sobrevive sobre la misma exclusión, contaminación y desigualdad -incluso como si fuera el costo que nuestra sociedad tuvo que pagar por ella, como un Fausto tercermundista. No hay compensaciones posibles para enfrentar el schock o dejaría de serlo. Lo han declarado de todos los modos posibles, no vienen a administrar lo que ya existía sino a modificarlo desde sus cimientos para recuperar su pujanza. 

Las plañideras declaraciones sobre la inconsistencia del plan pasan por alto, precisamente, su naturaleza y parten de una suposición errada. Creer que se está frente a la misma derecha y el mismo empresariado de la "democracia de los acuerdos". Claramente el Proyecto de Reconstrucción Nacional y su megajuste que en los hechos es la transferencia de al menos cuatro mil millones de dólares del gasto público a los bolsillos de los grandes grupos económicos y sus millonarios controladores, no tolera compensaciones que no sean la archiconocida receta del regateo de las migajas. Sólo que esta vez, son mucho más escuálidas y mezquinas de lo que fueron en el pasado, por mucho que este fluyera con gotario y no por chorreo. 

Justamente el origen de la desigualdad actual.

El límite entre gobierno y oposición, entonces, se vuelve mucho más nítido y la batalla por la defensa de los derechos económicos, sociales y culturales de chilenos y chilenas, menos formal que el de los compuestos centros de pensamiento, la academia y los salones del congreso. Sobrepasa -debiera hacerlo- sus estrictos límites y va a terminar siendo la sociedad entera, no sólo sus representantes, la que se vea involucrada por mucho que la Constitución actual lo ignore, cual si fuera una pura entelequia y no la expresión de intereses materiales que surgen de sus entrañas. 

La derecha cuenta con los votos en el Congreso. Sin embargo, estos no son tampoco la pura expresión sublime de las ideas políticas. Son expresiones transfiguradas de ciudadanos a los que se ha escamoteado su derecho a deliberar para ser convertidos en meros electores de representantes que no se sienten obligados a rendir cuenta de sus actuaciones, excepto cuando los primeros empiezan a sospechar que algo no coincide entre sus vidas cotidianas y las refinadas disquisiciones de economistas neoliberales y los discursos de aquellos. 

Esta desconexión entre la sociedad real y la institucionalidad política es profundizada por el plan de Kast y Quiroz, los que estiran el elástico sin preocuparse, aparentemente, de su costo social y la deslegitimación de la institucionalidad política. 

Pero la democracia no se realiza solamente en una institucionalidad acartonada y ajena a la sociedad real. Las formas de participación social a través de la movilización, diversas formas de deliberación en asambleas sindicales, del movimiento estudiantil; la autoconvocatoria y organización autónoma en barrios y comunas; de usuarios de servicios públicos y consumidores, son también parte de ésta, mal que le pese a los conservadores y a los nostálgicos de nuestra somnífera transición.

La derecha, como era de esperar, ya se cuadró y por mucho que el Presidente de la Cámara de Diputados, el diputado Jorge Alessandri, haya rogado hasta el último minuto y las viejas glorias de la transición como Longueira y Matthei advirtieran el riesgo que implica, los gremios empresariales y paulatinamente toda la derecha, incluidos duchos cuadros del “liberalismo”, se cuadra tras el Proyecto de Reconstrucción Nacional. Ahora le toca a la oposición actuar conforme a este nuevo escenario histórico.

 

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