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| Ben Shan. Demonstration. 1933 |
Casi dos meses de
administración derechista en el gobierno, y ya se empieza a aclarar el tipo de
neoliberalismo que Quiroz y compañía venían a implementar.
Se trata de la versión
original. Similar a la de Sergio de Castro y Jorge Cauas, la que se yergue
sobre la obra del glamoroso aspecto que le dió la globalización y que sobrevive
sobre la misma exclusión, contaminación y desigualdad -incluso como si fuera el
costo que nuestra sociedad tuvo que pagar por ella, como un Fausto
tercermundista. No hay compensaciones posibles para enfrentar el schock o
dejaría de serlo. Lo han declarado de todos los modos posibles, no vienen a
administrar lo que ya existía sino a modificarlo desde sus cimientos para
recuperar su pujanza.
Las plañideras declaraciones
sobre la inconsistencia del plan pasan por alto, precisamente, su naturaleza y
parten de una suposición errada. Creer que se está frente a la misma derecha y
el mismo empresariado de la "democracia de los acuerdos". Claramente
el Proyecto de Reconstrucción Nacional y su megajuste que en los hechos es la
transferencia de al menos cuatro mil millones de dólares del gasto público a
los bolsillos de los grandes grupos económicos y sus millonarios controladores,
no tolera compensaciones que no sean la archiconocida receta del regateo de las
migajas. Sólo que esta vez, son mucho más escuálidas y mezquinas de lo que
fueron en el pasado, por mucho que este fluyera con gotario y no por
chorreo.
Justamente el origen de la
desigualdad actual.
El límite entre gobierno y
oposición, entonces, se vuelve mucho más nítido y la batalla por la defensa de
los derechos económicos, sociales y culturales de chilenos y chilenas, menos
formal que el de los compuestos centros de pensamiento, la academia y los
salones del congreso. Sobrepasa -debiera hacerlo- sus estrictos límites y va a
terminar siendo la sociedad entera, no sólo sus representantes, la que se vea
involucrada por mucho que la Constitución actual lo ignore, cual si fuera una
pura entelequia y no la expresión de intereses materiales que surgen de sus
entrañas.
La derecha cuenta con los
votos en el Congreso. Sin embargo, estos no son tampoco la pura expresión
sublime de las ideas políticas. Son expresiones transfiguradas de ciudadanos a
los que se ha escamoteado su derecho a deliberar para ser convertidos en meros
electores de representantes que no se sienten obligados a rendir cuenta de sus
actuaciones, excepto cuando los primeros empiezan a sospechar que algo no
coincide entre sus vidas cotidianas y las refinadas disquisiciones de
economistas neoliberales y los discursos de aquellos.
Esta desconexión entre la
sociedad real y la institucionalidad política es profundizada por el plan de
Kast y Quiroz, los que estiran el elástico sin preocuparse, aparentemente, de
su costo social y la deslegitimación de la institucionalidad política.
Pero la democracia no se
realiza solamente en una institucionalidad acartonada y ajena a la
sociedad real. Las formas de participación social a través de la movilización,
diversas formas de deliberación en asambleas sindicales, del movimiento
estudiantil; la autoconvocatoria y organización autónoma en barrios y comunas;
de usuarios de servicios públicos y consumidores, son también parte de ésta,
mal que le pese a los conservadores y a los nostálgicos de nuestra somnífera
transición.
La derecha, como era de
esperar, ya se cuadró y por mucho que el Presidente de la Cámara de
Diputados, el diputado Jorge Alessandri, haya rogado hasta el último minuto y
las viejas glorias de la transición como Longueira y Matthei advirtieran el
riesgo que implica, los gremios empresariales y paulatinamente toda la derecha,
incluidos duchos cuadros del “liberalismo”, se cuadra tras el Proyecto de
Reconstrucción Nacional. Ahora le toca a la oposición actuar conforme a
este nuevo escenario histórico.

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