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| Gonzalo Diaz. De la chilena pintura historia. 1982 |
Escribía Recabarren en
1903 “Luchamos como se dice,
aguas arriba, contra toda una corriente poderosa que pretende detener la marcha
que hemos emprendido en busca de la felicidad humana”. Este fragmento sintetiza una moral y una actitud
política. Implica en una sola afirmación la posición que ocupa la izquierda en
la historia. Caracterizada no precisamente por sus rutilantes triunfos sino por
un constante, incluso cotidiano, empeño por sobreponerse a la resistencia de
quienes detentan el poder a dicha felicidad a la que hace referencia.
La derrota sufrida por la
izquierda en las últimas elecciones en este sentido no es la primera ni la
última que enfrente en su aporreada experiencia. Sin embargo, como suele
suceder, ha dado lugar a autocríticas y profesiones de fe de una profundidad
doctrinaria y académica singulares, por decir lo menos. Unas que aseguran haber
encontrado “el meollo del asunto” o al menos un camino para encontrarlo y no
volver a cometer los mismos errores que la habrían ocasionado.
Un punto de vista que hace
de éste la generalidad, de modo que se queda atrapado en el fragmento y deja de
apreciar el conjunto, que es la transformación. La sociedad es una totalidad
hecha de conflictos, contradicciones sociales y culturales que se expresan
después en triunfos y derrotas. Y no es la izquierda la que las resiente sino
el pueblo, que debe soportar –en silencio por ahora- desigualdad, represión,
exclusión social y violencia que no desaparecen por muchas que se realicen.
En la actualidad, por el
peso del ajuste que con inusitado sadismo promueven las derechas en toda
América Latina. Aumento del costo de la vida; recorte de programas sociales;
encarecimiento del crédito; aumento del desempleo y bajos salarios. También
flexibilización de las normas laborales que facilitan el despido y destruyen
incluso el concepto de jornada laboral, sometiéndola a las puras necesidades de
empleadores y empresas, sin considerar al trabajador o trabajadora.
Sobreexplotación de la naturaleza que genera contaminación y deterioro
progresivo para la sostenibilidad de la vida en la tierra, excepto la de los
billonarios. Y pérdida de soberanía que se expresa en sometimiento de nuestros
pueblos a las imposiciones del gobierno utraderechista de los EEUU mediatizado
por el bonapartismo de plástico de personajes como Kast, Noboa o MIlei.
Ser de izquierda es asumir
una posición frente al conjunto de dichas contradicciones. Es -siempre lo ha
sido- estar con el que pierde mientras haya capitalismo. No ser el que le
“achunta” o pretende estar listo para hacerlo en el futuro y ofrecerle con
gesto altruista su triunfo al pueblo. No es únicamente, como se ha dicho
majaderamente, “estar con los movimientos sociales”, o no exclusivamente,
porque además es parte de ellos. Es asumir a quienes oponen a la satisfacción
de los derechos de aquellos su propio beneficio, el adversario que hay que
derrotar para darles cumplimiento y dar significado y un sentido a su
experiencia.
A casi seis meses de
asumido el gobierno de Kast, éste no solo no ha cumplido ninguna de sus
promesas de campaña sino que ha profundizado las condiciones de desigualdad,
inseguridad y exclusión que el neoliberalismo genera cotidianamente.
Demuestra impúdicamente su sometimiento a los intereses del capital y los
empresarios; la contingencia del cambio y la necesidad de actualizar lo que
significa ser oposición cuando es la propia derecha la que hace rato reventó la
burbuja del consenso.

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