sábado, 28 de febrero de 2026

Recuerdo de Manuel Cabieses Donoso

Antonio Berni. El mundo prometido de Juanito Laguna. 1962

La primera vez que supe de Manuel Cabieses, él estaba en el exilio o clandestinamente en Chile probablemente, colaborando en las tareas de organización de la resistencia a la dictadura. Por entonces, leer la revista Punto Final, para los adolescentes que nos organizábamos en Comités Democráticos en todos los liceos de la Región Metropolitana, y que al mismo tiempo que resistíamos la municipalización de la educación, luchábamos por la caída de Pinochet, por el retorno de la democracia y el conocimiento de la verdad y la aplicación de justicia en los casos de violaciones a los Derechos Humanos, era una manera de formarnos.

Luchábamos, sin tener muchos elementos teóricos, por recuperar los centros de alumnos del control de los rectores delegados por los alcaldes, que a su vez eran delegados por Pinochet, control ejercido a través de la siniestra Secretaría Nacional de la Juventud, de la que provienen varios ilustres dirigentes de la UDI como Chadwick, Melero y Coloma.

Por Punto Final, recuperadas de bibliotecas escondidas o guardadas por nuestros padres y abuelos en entretechos o piezas donde se guardan los cachureos, pudimos leer el diario del Che en Bolivia; el Minimanual del guerrillero urbano de Carlos Marighela; las conclusiones del Encuentro del Arrayán; los discursos de la gira de Fidel en Chile. La histórica entrevista de Regis Debray al presidente Allende. Pudimos saber de las acciones de los Tupamaros, como el secuestro del embajador norteamericano y agente del FBI Dan Mitrione; la primera entrevista a Miguel Enríquez; los debates de la izquierda durante la década del sesenta en Chile y América Latina. Conocer la experiencia de la toma de terrenos Nueva La habana y los cordones industriales y su concepción de la autogestión y el poder popular, nos inspiraban aun incluso a costa de la sobreideologización.

Buscábamos respuestas a inquietudes que nacían del ambiente de terror y represión en el que crecimos; especialmente las razones para vivir en un entorno social y cultural, marcado por el miedo, la precariedad; la injusticia y la violencia impune.

Al terminar la dictadura, volví a saber de Manuel Cabieses cuando en 1989, vuelve a publicar Punto Final, legalmente. Era una época de confusión y desconcierto en la izquierda. La caída del socialismo y la derrota del FSLN; los asesinatos postreros primero, de Jecar Neghme y después, de Raúl Pellegrin, Cecilia Magni, Pablo Vergara y Araceli Romo, y el velo de silencio con el que son cubiertos para facilitar la transición pactada, colocan a la izquierda fuera de los márgenes de lo admitido.

El pensamiento de izquierda y revolucionario era relegado a una posición de retaguardia, mientras la euforia liberal afectaba incluso a una parte importante de ésta, la que abraza las ideas de la gobernabilidad, el crecimiento y los consensos, presuntamente como una posibilidad de reinstalar ideas de justicia, igualdad, democracia y participación sin tener que entrar en contradicción con los poderes económicos, morales, políticos y culturales constituidos. Las ideas del libre comercio, la privatización, una engañosa idea de la libertad individual como posibilidad de escoger, se ponen a la vanguardia de nuestra sociedad y todo lo que no se ajuste a dichas concepciones, es arrojado al desván de los cachivaches viejos.

En ese contexto de confusiones, también de apostasías y profesiones de fe, Manuel Cabieses participa motivando el debate. promoviendo la crítica; señalando las grietas de desigualdad y exclusión sobre las que descansaron los consensos de los noventa. También colaboró en los esfuerzos por reagrupar la izquierda desde el MIDA hasta el Frente Amplio por un Chile Democrático.

Fue precisamente en esa coyuntura que lo conocí personalmente siendo dirigente de los estudiantes del Pedagógico. Manuel me planteó en esa época la idea de constituir un partido político, me dijo, usando la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como declaración de Principios.

Por cierto, ese proceso no estuvo exento de diferencias, por ejemplo con motivo de las elecciones presidenciales de 1999. Pero justamente porque Cabieses no ocupó nunca el cómodo lugar del comentarista de los acontecimientos ni el del espectador que se dedica a pontificar acerca de las consecuencias de hechos en los que ni siquiera se involucra, posición en la que tras el grueso e impreciso concepto de”autonomía”, muchos se escudaron hasta bien entrado el siglo XXI para no comprometerse sin quedar mal con nadie.

Manuel Cabieses, defendió hasta su muerte las ideas de izquierda. No fue un librepensador. Defendió desde Punto Final, las ideas de la Revolución y el Socialismo sin pedir disculpas. Un latinoamericanismo que les da sentido y significado, pues no se puede realizar auténticamente sino como el resultado de una transformación profunda de toda la región. Cabieses siempre defendió, colaboró, incentivó a los movimientos sociales, sus luchas y organización independientes. Fue hombre de partido, militó, fundó partidos y organizaciones políticas. Fue un militante unitario y aun teniendo diferencias políticas, estratégicas y tácticas, siempre las subordinó al interés del conjunto, como lo demostró desde las páginas de PF durante la UP y durante los más de treinta años que nos separan de la dictadura militar.

Todo eso hace de su muerte un momento de luto para la izquierda, para toda la izquierda, tanto para quienes fueron sus compañeros, como para quienes militaron o militan en otras organizaciones. Y a su vez, un desafío para recuperar su historia, la historia de la izquierda y el movimiento popular, una tarea política en momentos en que el avance del fascismo parece no tener obstáculos.





 

lunes, 2 de febrero de 2026

Bonapartismo a la chilena



Henri de Toulouse Lautrec. La payasa Chau-u-Kao. 1895

A sólo semanas de que el nuevo gobierno asuma sus funciones, el Presidente electo y sus ministros ya hacen noticia. Desarrollando el mismo estilo de Trump -príncipe de la farsa y las estupideces convertidas en iniciativas políticas para masas de usuarios de redes sociales cada vez más vacías de contenido humano y racional- enarbola eslóganes que dan para un barrido y un fregado y que dejan satisfechos a los nostálgicos de la democracia de los acuerdos y un empresariado ávido de recuperar las tasas de ganancia que les garantizó en el pasado, tanto como a su base siempre deseosa de dislates y gestos grandilocuentes.

Desde el "estadista" de Panamá al carcelero de El Salvador, es evidente que su único propósito predecible es hacer un gobierno reaccionario. Igual que Trump y Milei, adelantado aprendiz de clown. No faltan los despistados, sin embargo, que se dedican a comentar cada uno de los fuegos artificiales que lanza en el norte de Chile, en Centroamérica o sus reuniones con los empresarios, como si en ellos estuviera el contenido de su futuro gobierno, al tiempo que, inadvertidamente, ocultan sus impronunciables intenciones en un lenguaje democrático. De ahí su insistencia majadera y la de sus futuros ministros, en el uso de la palabra "emergencia".

Nombró en su gabinete, por esa razón precisamente, a un grupo de incondicionales que repiten las mismas fórmulas simplistas en las que basó su campaña y que tan buen rédito le dieron. Que el país está en una emergencia económica y de seguridad; que no hay plata y le entregan una economía con un déficit fiscal ¡enorme! de un 3% que comparado con el 6,7% de los Estados Unidos es una bicoca que ningún medio ni analista de la plaza se molesta en comparar.


Esa prepotencia, unida a la astenia progresista, incluido el movimiento sindical, generan condiciones para la instalación de un tipo de gobierno autoritario que va por los derechos y libertades sociales, civiles e individuales que puedan ser un obstáculo para la implementación de sus planes para proyectos de inversión y retornos jugosos y rápidos a sus propietarios. El despliegue teatral, los anuncios pomposos, las declaraciones absurdas, incluidas sus mentiras y distorsiones de la realidad, son parte también de su contenido.

En este sentido, resulta un tanto bizantina la discusión acerca del carácter que vaya a tener la oposición en el futuro. Decir que se va a respaldar lo que vaya en beneficio del pueblo y rechazar todo lo que implique retroceder en derechos y libertades, es un pleonasmo. Algo que no requiere fundamentación. El punto es que lo que la diferencia del futuro gobierno no es, ciertamente, un problema de formas. Todo el ruido generado en días recientes a propósito de las reuniones, las declaraciones, convergencias y separaciones entre quienes van a ser gobierno hasta el 11 de marzo y oposición a partir de entonces se resuelven en este punto, no en otro.

El rol de la izquierda y la forma que vaya a adoptar en el futuro, también con el addendum de que lo que la define no es el hecho formal de no ser parte del gobierno sino el proyecto de sociedad que enarbola y que la hace, precisamente, no ser parte de éste. Para algunos, como si esto fuera un problema reciente, ignorando de manera olímpica, ya sea por oportunismo o por incapacidad, lo avanzado en los últimos cinco años en materia de propuestas en materia de medioambiente, económica y laboral, constitucional y cultural.

La tentación de nacer de nuevo después de cada derrota es mucha y garantía cierta de intrascendencia o de una indigna sobrevida -como lo demuestran amarillos y demócratas- o bien de un prolongado e incierto deambular por el ancho camino de en medio. Por esa razón no se pueden separar el contenido de su programa de la posición política y la conducta que en el futuro gobierno vaya a tener el progresismo. Tampoco el contenido del programa de gobierno de Kast con la agresividad, la pantomima y el charlatanismo de su implementación.

Para la izquierda y el movimiento social y sindical enfrentar este tipo de gobierno clasista y autoritario un desafío histórico que puede significar no solamente su capacidad de defender los escuálidos derechos que no le han sido arrebatados o los que ha conseguido arrancar a la avaricia de la sociedad neoliberal, sino de plantearse siquiera en el mediano plazo la posibilidad de volver a ser gobierno.