viernes, 19 de febrero de 2021

La escuela chilena y el proceso constituyente


Antonio Berni. Escuelita rural. 1956

El hecho más relevante y que va a marcar la vida de miles de niños y jóvenes en el futuro, es la discusión y aprobación de una nueva Constitución.

Nuestro sistema escolar debiera prepararse para eso y convertirlo en una experiencia significativa, una oportunidad de aprendizaje, que los convierta en el futuro, en buenos ciudadanos, conscientes de sus derechos y deberes; protagonistas de la política y la democracia. Constructores del Chile que viene, le pese a quien le pese. 

Lamentablemente, el actual Ministro de Educación no tiene muchas luces o está tan enceguecido por su dogmatismo y su resistencia a asumir la derrota de su sector político y la de su gobierno en el plebiscito del 25 de octubre pasado, que no se le ha escuchado decir ni media palabra al respecto.

Insiste, haciendo gala de un paternalismo decimonónico, en el retorno a clases para seguir haciendo lo mismo de siempre, como si el país no hubiese cambiado. O peor aún, como si no fuera a cambiar en el futuro. Un conservador de pura cepa.  

Obviamente, la derecha y los liberales de todas las calañas, no podrían considerarlo de otro modo. Durante décadas, han venido afirmando que la Constitución es una preocupación "de los políticos". Han intentado naturalizar esta apropiación de los asuntos del Estado en unas pocas cabezas, presuntamente más “inteligentes” o “sofisticadas” y hasta se han autoimpuesto el título de “clase política”, contando para ello eso sí con la ayuda de un sector de la academia.

En el mejor de los casos, para hacerse unos fariseos mea culpa del tenor “…la clase política no ha estado a la altura….le hemos fallado al país….etc.” Algo puerilmente presuntuoso, pero que oculta un profundo desprecio por el pueblo, una desconfianza que no es sino clasismo.

Efectivamente, así es cuando la Constitución ha establecido una frontera tan infranqueable entre el Estado y la sociedad, resumido en el principio de subsidiariedad . Concepto machacado por el editorial del diario El Mercurio, durante décadas y que consiste en buenas cuentas en que éste se ocupe sólo de la seguridad pública y la administración de justicia, dejando todo lo demás, sujeto a los vaivenes del mercado, como si éste fuera parejo y no hubiera ricos y pobres, poseedores y desposeídos, empleadores y trabajadores, chilenos mapuches e inmigrantes y fuéramos todos iguales para él.

Desde ese punto de vista y la consideración de esa igualdad abstracta intrínseca al principio de subsidiariedad del Estado, no es tan descabellado que el Ministro Figueroa insista en un retorno a clases para seguir haciendo lo mismo de siempre, pasando la materia -como si entre octubre del 2019 y hoy, incluyendo la pandemia de coronavirus, no hubiese pasado nada- pues, justamente, ni él ni a quienes representa están entre los explotados, entre los endeudados, los desprovistos de todo, excepto las tarjetas de crédito.

Eso, para Figueroa y su círculo, no es problema del Estado y él, como autoridad, no tendría ninguna responsabilidad al respecto.

Producto del famoso “retiro del Estado” que no es sino expresión del principio de subsidiariedad, hemos sido testigos en los últimos treinta años de la mercantilización de la vida, la privatización de las relaciones sociales, el individualismo y una competitividad enfermiza que las ha hecho trizas. 

Las escuelas chilenas, van a tener, tienen de hecho una gran responsabilidad a este respecto aunque Figueroa parezca no comprenderlo. Precisamente el retorno a clases debiera tener ese sentido de restitución de lo social, de la pertenencia en un mundo asolado por la muerte y la enfermedad y donde el "sálvese quien pueda" ha tenido como resultado la friolera de unos treinta mil compatriotas muertos. en menos de un año. 

Pero eso significa que el ministerio y todos quienes tienen responsabilidad en la toma de decisiones de política educativa asuman que así como Chile decidió cambiar el 25 de octubre pasado, la escuela también tiene que cambiar para que los niños, niñas y jóvenes, protagonistas del levantamiento popular que lo hizo posible y ciudadanos y ciudadanas, trabajadores y constructores del Chile del futuro tengan en la escuela un punto de apoyo y no un obstáculo para esa hermosa tarea. 

jueves, 11 de febrero de 2021

La cultura artística en el Chile que viene


                            Fernand Leger. Los constructores, 1951


En el marco de la discusión de una nueva Constitución para Chile, el Derecho a la Cultura debiera ocupar un lugar fundamental si no el más importante. 

La mercantilización que la ha caracterizado durante los últimos treinta años de predominio del neoliberalismo, es el resultado de la aplicación del principio de subsidiariedad del Estado. Ello ha ocasionado verdaderos estragos, como la progresiva pérdida de libertad y autonomía de creadores y creadoras y su sometimiento cada vez más asfixiante a la industria de la entretención masiva; la limitación de la libertad individual y el sometimiento del gusto y la elección de "las audiencias" a lo que imponen medios cada vez más transnacionalizados.

La desaparición de patrimonio y saberes ancestrales, como la artesanía tradicional, barrios enteros arrasados por el negocio inmobiliario, lengua e idiomas de pueblos originarios, la agricultura familiar campesina, etc. son resultado de esta concepción de política cultural que cruza -reformas más, reformas menos- a la Constitución del 80.

Este empobrecimiento de la cultura, contra todas las predicciones y promesas de los liberales de fines del siglo XX, ha corrido parejo al deterioro cada vez más alarmante de la democracia y ha sido caldo de cultivo -no sólo en nuestro país- para el surgimiento de comportamientos discriminatorios, intolerantes y excluyentes, como el chovinismo, la xenofobia, el racismo, la homo y la transfobia, el anticomunismo y todas las expresiones de una ideología que para proteger posiciones de privilegio de las clases poseedoras, intenta construir una sociedad hecha a imagen y semejanza de la idea que tienen de sí mismas para lo cual necesitan presentar a un "otro" que encarne todos aquellos atributos que no coincidan con esta y combatirlas ideológica, cultural y materialmente. 

Las quejas lastimeras del conservadurismo y la reacción moral, no da cuenta de ella ni representa una alternativa razonable a la cultura neoliberal. Es más, forman parte de esta cultura y son, en última instancia, su defensa final, disimulando su conformidad detrás de una rabiosa retórica tradicionalista, conservadora, autoritaria y moralizante.  Por cierto, producto del deterioro de la cultura y el embrutecimiento de masas del neoliberalsimo -típico del fascismo-, no faltan acólitos para posiciones tan prosaicas como las que expone Tere Marinovic, la secta de JAK y que apenas trata de disimular la UDI.

Para haber llegado a este punto, sin embargo, fue necesaria una obra sistemática de negación de la memoria y finalmente de la historia, la que fue reducida durante la transición pactada, a una cuestión de opciones entre "esto y aquello", cuando son obra de un proceso creativo de masas y no de elecciones individuales entre alternativas ya dadas. Nada más opuesto a los conceptos de libertad y autonomía modernos. Pero bueno, suficiente para conversos y fundamentalistas que la hegemonizaron.  

Parte importante de esta concepción de política cultural, consistió en la proscripción de la imagen que está representada por el patrimonio visual y sonoro de un pueblo y finalmente de la humanidad, expresado en la cultura artística que es el conjunto de las creaciones que nos hayan legado, y nos siguen legando todos los días, artistas, escritores, artesanos, artífices, trabajadores de la cultura, las artes y el patrimonio. Dicha proscripción se manifestó principalmente en el curriculum escolar en el que el contenido estético y humanista de la cultura fue cada vez más reducido a un lugar secundario si no prescindible y en la ausencia de una política de medios.  

También forman parte de esa cultura artística, el debate y la reflexión; los significados asociados a esas obras, a ese patrimonio, los valores que los inspiran y que son recreados y resignificados por un público que no es sólo audiencia sino autor en tanto participa de la construcción de esos valores y significados que están presentes y que son también la imagen, plasmada en libros, canciones, pintura, teatro y danza, etc.

La cultura artística debe ser, pues, un componente del Derecho a la Cultura que debe considerar la futura Constitución. Un concepto de la cultura que debe incorporar los derechos a la creación de todos y todas desde la infancia; el acceso a la cultura artística y al patrimonio visual y sonoro y especialmente a la libertad creativa de todes. 

La institucionalidad que surja de la nueva Constitución, sólo hará posible el debate y la crítica cultural generando una institucionalidad estatal para ello y no como ha sido la inspiración del principio de subsidiariedad, tanto en su versión liberal social como abiertamente neoliberal, entregando al mercado y al presunto juego de los millones de elecciones individuales el acceso y el disfrute de la cultura artística. 





 

 


jueves, 4 de febrero de 2021

La cultura en la Nueva Constitución


     Paul Gauguin. Quienes somos, de donde venimos, hacia donde vamos. Detalle

La cultura es una creación de los pueblos, producto de la interacción de hombres y mujeres entre sí y de estos con la naturaleza. 

Arte, ciencia, tecnología, son obra del trabajo, de la creatividad y el esfuerzo humanos y pueden ser tanto para hacer más armónica y coherente su relación y la que establecen con su entorno natural como para hacerlo más injusto, opresivo e inhóspito, incluso para hacerlo inhabitable para todos los seres vivos.

La fe ingenua en que la cultura por sí sola es un factor de progreso y bienestar, es una creencia que el capitalismo ya en el siglo XIX desmintió categóricamente y respecto de la cual, incluso, entonces se discutía y salvo el positivismo más recalcitrante, antecedente del neoliberalismo actual, no ha tenido un solo apóstol más desde entonces. 

En efecto, la apropiación privada de lo que es un producto social del trabajo de todes, para convertirse en capital, en lugar de ser para uso y disfrute de la humanidad, es precisamente lo que puede determinar que la cultura, en lugar de ser una herramienta de progreso y bienestar; de armonía y desarrollo social y ambientalmente sustentable, se transforme en una fuente de sometimiento, opresión y destrucción de la naturaleza. 

Las zonas de sacrificio; el abuso de las empresas con los consumidores; la sobrexplotación de los recursos naturales y de la tierra; la asimetría en las relaciones entre trabajadores y empleadores, entre hombres y mujeres; entre etnias y culturas diversas; también intergeneracionales. En fin, todas son expresión de una cultura basada en el dominio que proviene de la apropiación privada del trabajo y lo producido por la inteligencia y el esfuerzo humanos, para reducirlos a ser solo un eslabón más de la cadena de valorización del capital, origen del poder de una clase sobre el resto de la sociedad y fuente por lo tanto de su opresión e infelicidad.

El neoliberalismo no ha hecho sino agravar todas estas características propias del capitalismo hasta convertirlo en una caricatura de sí mismo. Las relaciones de clase que se expresan en esta cultura basada en la apropiación privada del trabajo, transforman todo en una cosa y a todas estas "cosas" en seres independientes de sus creadores y creadoras, para adquirir una existencia autónoma que se presenta bajo la forma de mercancías.

En el neoliberalismo, para poder acceder a todas estas "cosas", es necesario acudir al mercado. Su posesión se transforma en la finalidad de sus existencias, como si éstas no fueran obra de su propia creación. Por ello el consumismo, no es un efecto  indeseado de la cultura del sistema sino una consecuencia fundamental de ésta.

La Constitución de 1980, instaura jurídicamente esta concepción de la sociedad. No es sólo un sistema económico lo que garantiza. Es precisamente la expresión jurídica de la sociedad neoliberal.  La legitima política e institucionalmente y la convierte además poco menos que en la fuente natural del orden social expresado en el principio de subsidiariedad del Estado.

Por esa razón, la creencia de que era posible construir otra sociedad y superar el neoliberalismo manteniendo la Constitución del 80 -bajo el supuesto de que eludiendo el problema de su legitimidad sería posible reformarla, tesis sostenida entonces por la Concertación- fue el pecado original de la transición y el origen de la crisis social actual. 

El sistema educacional, fue precisamente el instrumento que presuntamente iba a hacer posible la reforma social post dictadura, sin tocar ni una línea de la Constitución. Sin embargo, dentro de los límites del principio de subsidiariedad del Estado, no hizo más que profundizar y consolidar el tipo de sociedad neoliberal contenido en ésta.

Ya en 1995, el entonces Ministro de Educación, Don Sergio Molina Silva, terminaba su presentación de la reforma educacional de Eduardo Frei R. con las siguientes palabras: "El conjunto de políticas que venimos a presentar a este honorable Senado, representan una política cultural". Increíble pero cierto. 

Por ello es necesario que en la futura Constitución Política, la cultura sea concebida no como uno más de los derechos que debe garantizar el Estado en el futuro, sino como el principio que la inspire. Una cultura de derechos, de la igualdad, la fraternidad, el trabajo, la libertad, el respeto por el medioambiente que se exprese en un sistema educacional radicalmente transformado y que incluya a todes.