lunes, 24 de marzo de 2014

La situación política y el debate actual



¡El rey está desnudo!

                      Hyacinthe Rigaud. Luis XIV
  


Este conocido cuento de Hans Christian Andersen podría servir de parábola a la situación política del país y las discusiones que se dan en torno a ella. Cuenta que en un lejano país, su monarca se entera que unos famosísimos sastres están de paso por su reino y les encarga le confeccionen un traje. Dichos sastres, luego de disfrutar un buen tiempo los beneficios que les brinda la vida en la corte, anuncian que han confeccionado para el Rey el traje invisible más hermoso del mundo, tan hermoso que “sólo los tontos no pueden verlo”.
Le quitan la ropa al Rey y le colocan el nuevo traje invisible. Por supuesto que el Rey se ve desnudo, pero no lo reconoce porque no quiere aparecer como un tonto.
Convoca entonces a sus colaboradores, a quienes les pregunta por la belleza de su traje. Superada la sorpresa de ver al Rey desnudo –cuenta Andersen- y enterados que semejante traje es tan hermoso que “sólo los tontos no pueden verlo”, toda la corte afirma que el traje es el “más hermoso del mundo”, convenciendo definitivamente al Rey y los sastres siguen su viaje con un suculento pago por su trabajo.
Un día decidió que su pueblo merecía también disfrutar la hermosura de su traje y sale del palacio para recorrer su reino. El pueblo lo ve desnudo, pero por temor a contradecirlo, no dice nada. Hasta que un inocente niño lo descubre y grita:
¡El Rey está desnudo!”
Hasta ahí Andersen. De manera similar, después de las protestas y la agitación social que vivió el país en los últimos años, la riqueza y prosperidad del Chile neoliberal y globalizado, que por cierto sólo los tontos no podían ver, quedó en evidencia era inexistente. La desigualdad y la exclusión que genera, en cambio, se hizo evidente, como la desnudez del rey.
Sin embargo, el liberal insiste en las bondades del sistema y declara que sólo se trata de un malestar transitorio que tiene su origen en “asimetrías de información…en ningún caso, desigualdad”, probablemente para no parecer tonto.
El problema, en el peor de los casos, sería que las oportunidades están mal repartidas por causas accidentales que podrían enfrentarse eficientemente sin tocar la esencia del modelo.
Puesto que para el liberal –como para los aduladores, la desnudez del rey- no existe desigualdad excepto, por cierto, en otros contextos históricos y políticos, especialmente en los que antecedieron a la embriaguez neoliberal de los años noventa. En el peor de los casos, ésta existe como un resabio de concepciones desarrollistas o del Estado de Bienestar que subsisten aún y que se superarían sólo con más libertad o dicho de otra manera, con más información, la que brindaría más y mejores oportunidades.
Es la tendencia dominante en las políticas públicas de los últimos veinte años, las que, sin embargo, no hicieron posible la superación de la desigualdad ni ocultarla, así como las suposiciones del rey y de la corte no fueron suficientes para ocultar su desnudez y comprobar la existencia de su hermoso traje a los ojos del pueblo.
Quienes no pueden ver las bondades del sistema –como en el cuento de Andersen, la hermosura del traje del rey-, serían víctimas sólo de “asimetrías de información”.
Curioso razonamiento el de nuestros liberales. Unos poseen información y otros no la poseen. ¿De dónde proviene la diferencia, en este caso, respecto de la propiedad de la información? Es algo que no se toman la molestia de explicar y su suposición es tan ideologizada como la de la corte, para ocultar la desnudez del rey. Pareciera pasarles inadvertido, en este caso, que el que unos posean la información y otros no, es expresión precisamente de una desigualdad.
Entonces, la supuesta prosperidad del sistema y la multiplicación de las oportunidades que ofrece a todos y todas por igual, se cae ante la evidencia histórica de que hay desigualdad.
Las movilizaciones de la comunidad educativa el 2011, los levantamientos regionales, las protestas de los damnificados por el terremoto del 27-F, los dos paros nacionales convocados por la CUT en menos de tres años, solamente dan cuenta de esto; son como el cuento del Rey Desnudo de Andersen. Después de todo, existía la desigualdad y el liberal no podría entenderlo y aceptarlo sin entrar en contradicción consigo mismo, como el rey  y su corte.
El liberal, entonces, elabora una teoría que explicaría no la desigualdad sino la protesta social, operación teórica que le permitiría no caer en esa contradicción.
Pero esta no es solamente una explicación teórica. Es además una posición política que, sin decirlo abiertamente, se opone a que se realicen cambios y defiende privilegios y posiciones de dominio de ciertos grupos de interés como los banqueros, los empresarios de la educación o del sistema de pensiones que han hecho de "sus" intereses en los últimos años los supuestos intereses de toda la sociedad.
Esta apelación a la totalidad de la sociedad es lo que hace de estos grupos de interés “clases sociales” que están en contradicción con otras clases.
De esa manera, el liberal, que en los años noventa del siglo pasado y posteriores, aparentemente, estaba a la vanguardia del pensamiento y del progreso, aparece hoy en día como lo que realmente es, un defensor del orden de cosas, un ideólogo al servicio de intereses de clase, un conservador o en el mejor de los casos, un adulador.
Enarbola entonces un segundo argumento para hacer aparecer su posición menos reaccionaria de lo que realmente es; la de que en realidad el Gobierno no tiene claridad de propósitos. Una frase célebre en este sentido la acuñó el ex director del CEP Arturo Fontaine Talavera: “el diablo está en los detalles”.
La técnica consiste en no pronunciarse acerca de los objetivos del programa sino en señalar sus omisiones y las dificultades de su implementación.
Algo parecido es lo que sostiene el rector de la UDP y columnista del diario El Mercurio Carlos Peña, respecto del programa de la Nueva Mayoría en educación, tildando de tonteras aquellas ideas que no comparte, haciéndolas aparecer como omisiones cuando en realidad están planteadas explícitamente: desmunicipalización de la educación escolar y creación de un Servicio Nacional de Educación; fin al copago. Aumento de los aportes basales del Estado a las universidades de su propiedad; gratuidad para el setenta por ciento de los estudiantes de las familias de más bajos ingresos en los próximos cuatro años para avanzar a la gratuidad universal e introducción de más regulaciones al sistema privado, entre ellas no lucrar.
Posiblemente esto se deba a que en su concepto una reforma total no solamente es innecesaria sino que ni siquiera es posible, porque la totalidad no existe pues no es más que una reunión de todas las partes.  Por consiguiente, no es necesario pronunciarse sobre los fines últimos de un programa de reforma.
Bastaría con continuar introduciendo reformas incrementales al modelo que en realidad hoy es objeto de una demanda social por su transformación estructural. 
De acuerdo a los argumentos sostenidos por liberales como Peña y Fontaine, la discusión debiera centrarse en el acoplamiento o ensamblaje de las partes, precisamente los detalles entre los cuales se escondería supuestamente el diablo, que no puede interpretarse sino como los efectos supuestamente contraproducentes e indeseados en la implementación de las reformas que se propone el programa de la Nueva Mayoría.
Por supuesto, efectos indeseados para los dueños y burócratas de escuelas, institutos y universidades privadas, quienes como los sastres han disfrutado en los últimos veinte años de los beneficios que les brindó la corte y se van con su suculento pago por el trabajo realizado.


No hay comentarios:

Publicar un comentario