_-_Google_Art_Project_-_edited.jpg)
Pieter Bruegel el viejo. La Gran Torre de Babel. 1563
Recién asumido, Kast firmó varios decretos, anunció un
acuerdo con el gobierno norteamericano para la explotación de tierras raras y
minerales críticos y apenas dos días después, anuncia un proyecto de Ley de
Reconstrucción Nacional. Siguiendo el formato de Milei y del ideólogo de los
fascistas del siglo XXI, Steve Bannon, apabulla a la sociedad con una batería
de medidas tan agobiante que le resulta difícil discernir cuál es peor para
terminar inmovilizada y a merced de quienes realmente comprenden su sentido y
están esperando hacerse, con mano ajena, de sus resultados.
Rebajas de impuestos, desregulaciones, recortes de gasto
fiscal, despidos, todo junto en solo algunos días. No había que ser muy
perspicaz para darse cuenta de que su discurso, de días antes, acerca de que el
gobierno anterior le heredó un déficit enorme y lo dejó sin caja era una manera
de justificar semejante cogoteo ex ante.
Las por demás académicas explicaciones con las que economistas y ex autoridades
tratan de demostrar la falsedad de los datos esgrimidos por Quiroz y compañía,
apenas logran hacerse cargo de la prepotencia de clase con la que actúan; el
dogmatismo emocional que los inspira y la bofetada que representa para
trabajadores, trabajadoras, empleados, y clase media.
Todos los días, y varias veces además, titulan los medios
con los efectos de semejantes bribonadas. En el sector cultura, donde el
"liberal" Undurraga compite con Pancho Malo para ser más despiadado a
la hora de anunciar los recortes. O en educación escolar, donde ya se anuncian
despidos de docentes y asistentes de la educación. O el cobro a los deudores
del CAE que a los únicos que seguramente alegra es a los bancos. O la guerra a
la "permisología" y el levantamiento de las restricciones
administrativas que se puedan hacer para el emprendimiento de proyectos de construcción
en humedales; la salmonicultura, minería, el sector pesquero y otros que
representan la promesa de presunto crecimiento a costa del medioambiente para
garantizar el enriquecimiento real de un puñado de empresas privadas.
Es probable que la ideologización con la que actúan, sin
embargo, en algún momento choque con la realidad y se transforme en una
pesadilla para sus autores. Le pasó a Piñera en dos ocasiones. La primera, el
2011 después de anuncios bastante similares en modernización del Estado,
privatización de empresas estatales y reformas a la educación superior. O el
2019 tras una seguidilla de actos fallidos de sus ministros y de él mismo,
refiriéndose a un "oasis", "flores" y
"madrugadores" que se estrellaron contra la precariedad de las vidas
de chilenos y chilenas reales, especialmente los primeros pensionados y
pensionadas por el sistema de AFP que no recibían bono de reconocimiento.
La situación, por cierto, no es la misma. Transformaciones
realizadas en los últimos años han modificado no solamente el paisaje material de
nuestras ciudades, sino también las percepciones subjetivas y las
construcciones ideológicas que de él se han hecho chilenos y chilenas. Al
aspecto moderno; al confort, la comodidad producto de la tecnología; y la
flexibilidad en la organización de la vida; la extensión limitada de la
focalización del gasto y la morigeración de los efectos más inhumanos del
neoliberalismo, se opone una percepción de la imposibilidad de disfrutar
plenamente los logros de esa modernización que sólo benefician a unos pocos
excepto al costo de tener que hacer tantos sacrificios.
La desigualdad sigue ofendiendo la dignidad del pueblo,
aunque no sea el hambre ni la exclusión del siglo XX. Aflora por todas partes,
en efecto, la diferencia que es realmente el origen de las contradicciones que
agitan la sociedad. Las formas en que ésta es elaborada, sólo su manifestación
ideológica. Para unos, un costo ineludible; para otros, una externalidad, un accidente
corregible; para el pueblo una bofetada que humilla su existencia en forma
reiterada.
Sin hacerse cargo de este problema, lo más probable es que
la oposición y particularmente la izquierda, no acabe nunca por comprender el
significado de tanta desgracia ni adoptar una posición eficiente ante el abuso
de clase y la violencia con la que el gobierno de Kast trata al pueblo de
manera tal que el despertar de la reacción no sea sino un momento más de su
aporreada existencia y no el final de la pesadilla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario