lunes, 8 de mayo de 2023

Un proceso rocambolesco

Juan Domingo Dávila. Ratman, 1980



El resultado de la elección de consejeros constitucionales del domingo, trajo algunas sorpresas aunque no tan inesperadas como, a primera vista, podría parecer. Las interpretaciones que se han hecho al respecto, por ahora, son más bien interesadas y no tienen otra finalidad que incidir en lo que resta del proceso constituyente. 

Por ejemplo, que con el resultado del domingo "el gobierno del presidente Boric se acabó". O de que con este resultado su programa es impracticable; o que triunfaron las ideas contenidas en la Constitución del 80, habida cuenta de que el partido más votado de estas elecciones ni siquiera la quiere cambiar.

Todavía queda la deliberación del Consejo Constitucional y aunque la derecha tiene la sartén por el mango en él, considerando que tiene el número suficiente de consejeros para redactar una Constitución a su antojo, queda el plebiscito de salida y la posibilidad de que ésta sea nuevamente rechazada. 

La elección no va a hacer desaparecer las contradicciones ni las grietas enormes de desigualdad, abuso y exclusiones que caracterizan a la sociedad neoliberal. Como decía el histórico Secretario General del MIR, Miguel Enríquez, las elecciones no resuelven los problemas, solamente los plantean. Mientras estas contradicciones existan, mal que le pese a la derecha y los liberales, la política va a seguir siendo necesaria y con mayor razón, una nueva Constitución. 

La paradoja de la elección del domingo es que la Constitución actual, que sobrevive como un zombi que se ha resistido a morir pese a todos los intentos realizados, pretende ser la expresión de una sociedad perfecta en el que la política es innecesaria. Quienes triunfaron el domingo son precisamente los que sostienen semejante paparrucha en medio de uno de los ejercicios de deliberación política más impresionantes de nuestra historia. 

El triunfo mayoritario del Partido Republicano, en ese sentido, podría no ser más que circunstancial y si bien pone cuesta arriba la lucha por una nueva Constitución, no representa ni con mucho la derrota definitiva de quienes queremos cambiarla para siempre. Es muy probable que la derecha tradicional se ponga todavía más reaccionaria y que la caterva de beatos y autoritarios que representa, se envalentonen y griten más fuerte. Pero también que algunos busquen una solución intermedia al impasse constitucional en el que quedó metida nuestra sociedad después del plebiscito del 4 de septiembre, temiendo la posibilidad de un nuevo rechazo. 

Lamentablemente ya no cuenta para ello con una "centroizquierda" moderna con la cual realizar este propósito. El centro, hoy por hoy, lo ocupa la derecha, si es que quiere ocupar ese espacio. El despropósito de ir en listas separadas, responsabilidad del PPD y del laguismo, terminó por sepultar a la Concertación y de pasada, perjudicó las posibilidades de las fuerzas que votaron apruebo en el plebiscito de salida. Un "catapilco" posmoderno.  

El proceso constituyente continúa, y lo seguirá haciendo, mientras siga vigente la Constitución actual y el principio de subsidiariedad que convierte todas las necesidades sociales en un sálvese quien pueda. Es más, las luchas populares y ciudadanas continuarán desarrollándose como si fueran independientes y distintas a las que se librarán en el Consejo Constitucional.

Las luchas por el litio, por el agua; el derecho a la educación y la salud públicas; por la redistribución del ingreso y contra la desigualdad no se detienen ahora ni se detendrán mientras no haya un nuevo pacto social que las considere con un sentido nacional y de soberanía popular. 

La responsabilidad de la izquierda, en este sentido, es estar alerta a lo que sucede en el Consejo Constitucional y más que buscar acuerdos, forma eufemística de referirse a la renuncia, representar los anhelos populares y llevarlos al debate. Involucrar a la sociedad en él a través de las más variadas formas de movilización popular. Los llamados a la unidad son necesarios,  pero ésta se construye en las experiencias de lucha que hacen a socialistas, comunistas, miristas, cristianos de izquierda, ambientalistas, disidencias sexogenéricas, pueblos originarios, sindicalistas, defensores del patrimonio, la educación pública y del derecho a la salud, compañeros y compañeras que comparten el proyecto de una nueva sociedad.


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