martes, 6 de febrero de 2024

El pensamiento de Lenin en la actualidad

 

Rembrandt Van Rijn. Moisés rompiendo las tablas de la ley. 1659

En el centenario de Lenin es bueno volver sobre su legado y la actualidad de su pensamiento, no como una respetable pieza del museo de la izquierda sino por lo que fue; un pensamiento político acerca del cambio y la transformación. Precisamente lo que autores como Gramsci y Korsch relevaron como su peculiaridad y su importancia para la actualidad, entendida como lo concreto, lo determinado.

 

Para Lenin lo político consistía en la confrontación de fuerzas de clase contrapuestas, siempre en forma actual, contingente. Entendía lo político como singularidad del fenómeno histórico.

 

Dicha confrontación puede estar motivada por razones de distinta índole, como unas diversas concepciones del régimen político; también por la repartición de los beneficios de la producción y el crecimiento económico así como su relación con el medioambiente y la tecnología. También por motivaciones doctrinarias e ideológicas o morales como las que explican en parte las políticas educacionales o las de salud reproductiva.

 

Lo político es un fenómeno que cruza a toda la sociedad, que es complejo y permanente.

 

En este sentido, prácticamente todo es un problema político porque afecta a las relaciones que las clases establecen entre sí. Y la lucha de clases por esta razón no es el enfrentamiento de dos clases puras, sino una contradicción que va generando, a su vez, contradicciones más complejas, que dan origen más a nuevas fracturas que a una nueva identidad y que explican que esté cambiando permanentemente.


En este sentido, resulta evidente que la red de conflictos y contradicciones que cruzan a cualquier sociedad es muy diversa. Las visiones maniqueas de ésta y de la política, tienden a borrar esta complejidad y a convertirla en un asunto doctrinario, inspirado más bien en una suerte de máxima guiada por el “deber ser”.

 

Tal como Lenin recuerda la frase de Goethe, “gris es el árbol de toda teoría y verde el árbol de oro de la vida”, la política es precisamente un asunto que aún  encontrando explicaciones y fundamento en ciertos principios de orden general, es siempre concreta, contingente, actual y sobre todo compleja.

 

No es la confirmación de normas de carácter general, sino por el contrario, la manifestación de la excepción, el momento de quiebre de la regularidad. Es lo que sostiene el Che en su artículo “Cuba, excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista”. También lo que le reprocha Marcuse a Karl Popper sobre su noción del historicismo y lo que, contrariamente a lo que sostienen las versiones vulgares, afirma el leninismo.

 

El cambio no es el producto de la confirmación de la norma sino, al contrario, de su excepción. Ésta además es producto de la acción consciente, intencionada, de una voluntad histórica, de una “subjetividad”. Se proyecta más allá de lo inmediatamente dado y apela precisamente a una sociedad que trasciende lo actualmente existente.

 

Entonces, además de un concepto de lo complejo, es también una teoría del cambio político entendido como el resultado de la acción de una voluntad consciente, de una subjetividad que actúa y es capaz de incidir de manera determinante en las condiciones comúnmente denominadas “objetivas”, ello suponiendo que la acción política no fuera también “objetiva” ni tuviera una existencia real y fuera tan sólo expresión de unos valores y principios sustanciales del desarrollo.

 

No. Sólo para el evolucionismo, las concepciones positivistas, naturalistas e “ingenuas”, los acontecimientos son el resultado de condiciones inmodificables, “estructurales”, “ya dadas”, anteriores a la acción teórica y práctica de los seres humanos.

 

De ser así, no es concebible el cambio histórico y hasta la democracia misma sería innecesaria en tanto la sociedad se va acomodando naturalmente en función de esas leyes históricas inmodificables, objetivas y permanentes.

 

Es, exactamente, el punto de vista que sostuvo Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín en 1989, y que hasta el día de hoy postula un neoliberalismo agónico que se pretende el límite del progreso humano y a los automatismos del mercado, como la “razón”  de los procesos sociales y políticos.

 

De esa manera, la crítica de estas pretensiones de positividad y su“reivindicación de la “utopía”en los proyectos de cambio político y social, para Lenin ocupan un lugar primordial; ciertamente el realismo, la consideración de lo contingente, de lo complejo es uno de los componentes fundamentales del leninismo, pero el utopismo, la apelación a una nueva sociedad, es también uno de sus rasgos esenciales y no uno que esté en contradicción con aquel sino que actúa en la  fractura, en lo complejo, dando origen a lo nuevo, lo inesperado, lo improbable, como explicación del cambio.

 

Éste sería también una característica propia del pensamiento y práctica de Lenin. Su apertura a lo diferente. Su audacia en la apertura de territorios desconocidos para la teoría y la práctica política. No es casual en este sentido que sus ideas se formen en coyunturas críticas para la cultura y la civilización que le fue contemporánea.

 

Este principio, mezcla de romanticismo y sociología, fue reemplazado por las éticas de la responsabilidad, propias de la renovación de los tiempos de la denominada “transición a la democracia” en sus diferentes versiones y que intentaban acomodar, inúltimente, los idearios de cambio radical de los años setenta al predominio del libremercado y la globalización como si fueran el límite de la historia humana.

 

De esa manera, la política para Lenin comporta un posicionamiento frente a la totalidad: consiste en tener un propósito, actuar motivado por éste y actuar respecto del conjunto de contradicciones que se manifiestan en ella, incluida aquella que existe entre la voluntad y lo real, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la doctrina y la experiencia práctica del movimiento social.

 


 

 

 

 


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