martes, 13 de agosto de 2019

CAMBALACHE


Juan Dávila. Histerical tears, 1979

La política, en la actualidad, esta enredada y viscosa. Es como una sopa en que todo es mas o menos lo mismo.

El medio mas propicio para el surgimiento de las provocaciones, los discursos de odio y los comportamientos violentos que caracterizan a la ultraderecha. Ciertamente, en este medio tan pegajoso la pura estética se transforma en una razón mucho más poderosa para diferenciarse y tomar partido.

Y lo peor de todo es no solamente que un personaje tan bizarro como Kast haga gala de esa manera irracional y básica de concebir la política.

Lo realmente preocupante, es que dirigentes políticos que se autodefinen de centroizquierda, comiencen a cimentar su discurso y propuestas con los mismos tópicos de la derecha: la seguridad, la inmigración, el crecimiento económico, todo ello embellecido con retórica progre. 

O en versiones más sofisticadas, insistir majaderamente en todos los buenismos pasados por la juguera: ambientalismo, animalismo, feminismo, veganismo, etcétera, etcétera, etcétera. 

¿Es que la izquierda no tiene principios, historia ni tradición que la legitimen? 

Ante un gobierno que naufraga prematuramente, en el fracaso y la indigencia política, aparentemente algunos suponen que lo único que se necesita es ingeniería electoral para disputar la dirección del gobierno en las próximas elecciones y un par de buenos publicistas.

Y en el extravío de su nulidad doctrinaria y política, varios salvavidas le han lanzado para auxiliar su agenda legislativa, haciendo uso de un lenguaje muy poco creativo, lleno de clichés y frases noventeras, que apenas logran ocultar la abdicación y el reconocimiento de su derrota. 

Y en las materias donde realmente ha habido una abierta contradicción con la derecha, y que han generado la más amplia unidad de la oposoción, que son el proyecto de rebaja de la jornada laboral a cuarenta horas; la nacionalización del litio y la anulación de la ley de pesca, proyectos por lo demás que cuentan con un amplio respaldo y legitimidad social, excepto un par de conferencias de prensa, nada. 

La derecha lo ha comprendido muy bien por cierto. Y por esa razón ha anunciado requerimientos ante el TC. Y difama y enreda, censura, miente sin pudor y si las cosas se ponen difíciles reprime violentamente y sin complejos. 

Que la derecha pretenda resolverla en la institución más retrógrada y antidemocrática del sistema político, hecha precisamente para resguardar los intereses de clase de los empresarios no tiene nada de extraño. Hasta ahora le ha funcionado bastante bien.

Lo insólito es que alguien crea, después de treinta años del fin de la dictadura militar, que esto se pueda resolver en el Congreso, aún sin designados, vitalicios, y sin binominal. Incluso si se rebajaran los megaquorums acordados por Aylwin y Cáceres el 89, seguiría siendo imposible. 

Ciertamente todas las reformas políticas que se han hecho al Congreso eran necesarias y sólo algún adolescente de cincuenta años -porque los de ahora son bastante más indiferentes- podría negarlo. 

Pero si no van acompañadas de la más intensa, permanente y multiforme expresión de movilización, efectivamente, ni el mejor congreso será capaz de cambiar esta situación tan amorfa y estática. Pero ojo, no bastan un par de buenas consignas y conocer los desencantos del sufrido pueblo chileno. 

No se trata de identificar las reivindicaciones más sentidas -las que son archiconocidas a estas alturas y manoseadas hasta lo pornográfico- ni de ponerse a tono con la novedad del año, búsqueda en la que han surgido y fenecido decenas de proyectos políticos del noventa a esta parte.

Se trata de mostrar caminos, sin avengorzarse por la opinión de la academia. De señalar que otra sociedad es posible, sin sentarse a esperarla o a prepararse para ella en pequeñas luchas locales. 

Se trata de unir, de coordinar, de legitimar a las organizaciones sociales y los partidos. De trabajar por la unidad más amplia mientras no seamos mayoría.

A los que sigan creyendo que solos, a través de su "fortalecimieno interno" o a través de alianzas electorales circunstanciales y aprobando cualquier bodrio en el congreso, van a ser mayoría algún día para derrotar al modelo, les aguarda un largo camino, camino además que puede terminar en un páramo y no en la gloria. 







viernes, 28 de junio de 2019

Actualidad de la vía chilena al socialismo


Equipo crónica. La rendición de Torrejón, 1970


En pocos días, se celebra la promulgación, hace cuarenta y nueve años, de la ley 17.450 o Nacionalización del Cobre, bajo la presidencia del doctor Salvador Allende Gossens durante el período de la Unidad Popular.

Este solo acontecimiento marca un hito en el proceso de democratización de la sociedad chilena; construcción de soberanía e independencia y de lucha contra el subdesarrollo de nuestro país.

Comparado con la chabacanería de los fraudes del milocagate y del pacogate, y la ofensa que significa que el 75% de los excedentes que produce CODELCO vayan a parar a las FFAA -o sea, a financiar estos mega latrocinios-, este acontecimiento brilla y lo seguirá haciendo como uno de los logros más importantes del pueblo, los trabajadores y de la superioridad política y moral de la izquierda.

Esa reserva moral, sin embargo, representa un frágil punto de apoyo cuando la ultraderecha, el militarismo, las bandas de narcotraficantes y el lumpen cantado por los bardos del trap y reggaetoneros de dudoso talento pero financiados y promovidos por la industria de la entretención masiva, avanzan sin contrapesos en una carrera desbocada a la barbarie.

Ser allendista; reivindicar a la Unidad Popular y la Vía Chilena al Socialismo, como la creación más original del pueblo y especialmente, su actualidad para el pensamiento y la práctica de la izquierda, es hoy por hoy lo más auténticamente revolucionario y progresista, sólo siempre y cuando lo pongamos en la perspectiva de las tareas del momento y no como pura nostalgia o ejercicio intelectual.

La Vía Chilena no fue solamente una valorización instrumental de las relaciones entre democracia y socialismo, sino -tal como sostuvieron Luis Corvalán, el propio Alllende y los demás dirigentes de la UP tanto en sus escritos como en sus actuaciones prácticas- una concepción del tránsito del capitalismo al socialismo de nuevo tipo. 

Una concepción que entiende la independencia nacional, la realización plena de la democracia y del ejercicio del poder por los trabajadores en beneficio de las mayorías-en el marco de una institucionalidad democrática cada vez más profunda producto de las propias luchas populares-, como un proceso continuo de cambio revolucionario y que era el socialismo en pleno desarrollo, es decir con todas sus contradicciones, avances y retrocesos permenentes.

En los años sesenta y setenta, fue objeto de un acalorado debate entre las direcciones del PC y el PS; pero que también involucró posiciones maximalistas como las que sostenían el MIR, el MAPU y el autodenominado Polo Revolucionario -que incluía a sectores socialistas como los "elenos"-.

Este debate ponía permanentemente en tensión sus fuerzas, lamentablemente sin que entonces se comprendiera su significado y alcances, e incluso los peligros que implicaba su dispersión, pese a su riqueza teórica y fecundidad política.

La Revolución "con empanadas y vino tinto", como la llamaba Allende, no fue la conclusión de un congreso ni de un seminario académico. Fue el resultado de la experiencia de lucha de las masas, de explotados, sometidos, discriminados, excluídos y excluídas. 

Trabajadores y trabajadoras, jóvenes, campesinos, pobladores, artistas, profesionales y técnicos que, desde a lo menos la década del treinta del siglo pasado, luchaban por la democracia, la soberanía nacional, la justicia y la igualdad entendida en un sentido concreto: democracia, justicia e igualdad en la política, en el trabajo, en el barrio, en el liceo y la universidad.

Del debate de la izquierda; debate franco, muchas veces fuerte pero que apuntaba siempre a la unidad, nunca a la exclusión. Centrado en las tareas del momento y los intereses del pueblo, no en doctrinarismos pedantes; en la resolución de problemas de dirección política en la que las masas participaban cotidiamente en asambleas de vecinos, sindicales, de campesinos, centros de estudiantes, reuniones de partidos de masas en que militaban cientos de miles. 


lunes, 10 de junio de 2019

¿Qué es ser un partido de oposición?





Max Beckmann. El hijo prodigo


“los mismos partidos socialistas o socialdemócratas se han creído la tesis de que con la caída del comunismo no queda ya lugar para el socialismo en este mundo; y perdieron toda confianza en el movimiento obrero (…) Cuando uno abandona su tradición, se entrega a la nada. (…) Tenemos que ofrecer resistencia al neoliberalismo global. Mientras tanto, los intelectuales se tragan la bronca, y lo único que logran son úlceras estomacales, nada más. Hay que decir las cosas como son. Y dudo que podamos dejarlas libradas exclusivamente a los intelectuales.”

Günther Grass



El retroceso sufrido en las últimas elecciones presidenciales, no ha sido medido en toda su magnitud por quienes fueron derrotados.

El país está sumido en una grave situación que ya nadie niega, aunque le atribuya diferentes causas y significados. 

El Poder Ejecutivo y la derecha -a pesar de toda su torpeza, agresividad y falta de ideas- tienen la iniciativa y la oposición,  no representa, y a ratos pareciera no quererlo, una alternativa de gobierno, al menos por ahora.

En efecto, ha sido probablemente la administración más corrupta, reaccionaria y violenta que hemos tenido después de la dictadura militar y sin embargo, pareciera no existir oposición, excepto por el hecho de que hay partidos y coaliciones cuyos candidatos perdieron la elección anterior aunque a veces parecieran no darse por aludidos o hasta sentirse satisfechos por su votación de entonces, como si eso bastara para ser alternativa política.

El asunto es que partidos y movimientos de centro y de izquierda, considerados en un sentido amplio, han abandonado en los últimos treinta años  -algunos voluntariamente y otros por circunstancias o incapacidad- su vocación de cambio estructural.

No tienen qué ofrecer, excepto algunas reformas –necesarias por cierto aunque no trasciendan los límites de la sociedad actual a no ser por un vago ethos “progresista” que da lo mismo para un fregado que para un barrido-.

¿Qué diferencia en esas circunstancias a un partido, de un sindicato, una junta de vecinos o un centro de estudiantes? Nada. Hay quienes incluso han hecho de esto una virtud y en sentido contrario, de diferenciarse un defecto -la tan mentada traición de la clase política-.

Lo político como el momento de superación y síntesis del conjunto de las contradicciones que agitan a la sociedad, es aparentemente lo que los partidos han abandonado.

De esa manera, su política consiste en reaccionar a situaciones coyunturales -un proyecto de ley, un anuncio presidencial, un escándalo, una intriga-, tomando reivindicaciones, sin darles una dirección que las trascienda, como si eso bastara para disputar el gobierno.

Desde los llamados temas “emergentes”, que ya no lo son, hasta las clásicas reivindicaciones económicas y gremiales, no existe una propuesta de cambio estructural o como últimamente se dice, un “relato” de sociedad.

El mismo concepto -“relato”- da cuenta de lo poco conectado con la realidad que se encuentran. Tras esa pretensión de ser el portavoz de las demandas de la sociedad civil, se oculta en realidad su indigencia doctrinaria y política. 

Y el famoso relato, por consiguiente, no es más que un paramento ideológico para ocultar tanto esa desconexión con lo real como su incapacidad para realizar análisis y propuestas políticas que se hagan cargo de la sociedad actual.

Quizás por esta razón, algunos se proponen reemplazar aparentemente un programa político por una ideología o por un refrito que reúne de todo y conduce a nada. 

Esa ideología es el tan mentado “progresismo”. Es, por lo demás, la única razón que explica su supervivencia y también su incapacidad e intrascendencia.

El desafío del progresismo, que es lo mismo que decir “la oposición”, es en realidad la proposición de una alternativa al neoliberalismo global  representado, hoy por hoy, por Sebastián Piñera y su gobierno plutocrático y no sólo a sus externalidades negativas o sus resultados indeseados.

Evidentemente, como dice Grass, no es un problema de los intelectuales. Es un problema de masas y por lo tanto, para los partidos de oposición, cómo involucrarlas en la política. Empezando por los trabajadores, que son no solamente la mayoría de la población y quienes producen la riqueza de la sociedad sino además, de acuerdo a toda la evidencia empírica disponible, los más explotados.

Los pobres son los trabajadores y aunque sea una sentencia tan antigua como el capitalismo, sólo en la medida en que estos participen y en lo posible, incidan en la política esta dejará de ser una actividad que reproduce e incluso profundiza el orden social vigente. 






jueves, 2 de mayo de 2019

Venezuela, la izquierda y la lucha por la paz

David Alfaro Siqueiros. Muerte al invasor




El intento reciente de golpe de estado en Venezuela, es parte de una trama caracterizada por la ofensiva de las fuerzas de derecha del continente y su intento por recuperar posiciones en la región.

No les ha sido fácil y el reloj les juega en contra. La "restauración conservadora" tiene sus días contados de no mediar algún hecho inesperado. 


El que los sucesos del 30 de abril no terminaran en una matanza, en ese sentido, demuestra que no es una historia ya escrita y con la irrupción del fascismo como desenlace fatal.

Sin embargo, eso no significa que no pueda ocurrir. La “operación libertad” y su apariencia de ofensiva final no es sino un evento más de la cadena de provocaciones, aunque haya sido quizás más agresiva que las anteriores, para desencadenar una situación  de descontrol y barbarie que justifique la intervención militar de los Estados Unidos. 

Las declaraciones de Pompeo no dejan lugar a dudas al respecto. Si no fuera por la torpeza de los líderes opositores al gobierno del PSUV; esa postura farandulera de asilados con chef y piscina y lo ridículas que resultan por ello proclamas emancipadoras que terminan cómodamente en la embajada de España, esta reciente comedia podría haber terminado en tragedia.

¿De qué depende que ello no pueda ocurrir en el futuro? Primero y sobre todo, de la agresividad, la codicia y ambición política del gobierno de los Estados Unidos. El desenlace de los acontecimientos del 30 de abril, y la consecuente frustración en que terminan para sus cándidos seguidores, por lo demás, solamente radicalizan sus posiciones.

Las derrotas  del imperialismo norteamericano en el frente político y diplomático, a su vez, no hacen otra cosa que exacerbar sus tendencias fascistoides. Obvio, cuando no hay argumentos racionales, ni fundamentos jurídicos o razones morales, la fuerza se impone como un puro hecho que ni siquiera necesita explicación. 

Ésta es reemplazada por fake news difundidas profusamente a velocidad instantánea y a escala planetaria por su omnipotente red de medios.


Pero además, la posibilidad de que haya una intervención militar en Venezuela, depende de lo que haga el campo de los demócratas, las organizaciones sociales y la izquierda del continente.


Líderes como AMLO, Gustavo Petro o Tabaré Vázquez, los partidos comunistas de América, han puesto una cuota importante de decencia en medio del triste espectáculo que han dado gobiernos como el de Argentina y Chile, gobernados por empresarios indignos y que parecen refocilarse en sus esfuerzos por agradar al FMI o al imperialismo norteamericano.

Si ya con ocasión de la intentona golpista anterior, hace solo meses, se puso a prueba la consistencia y capacidad política de este sector , hoy se hacen mas necesarias. Parafraseando a Melanchon,  la democracia y la paz de América y quizás del mundo entero, se juegan hoy en día en Venezuela.  

No se trata solamente de evitar una guerra y asegurar la paz y la democracia en Venezuela y América Latina. Somos protagonistas de una intensa lucha de clases, en que la guerra es solamente "la continuación de la política por otros medios", como le gustaba recordar a Lenin parafraseando a Claussewitz. 

La derecha, las transnacionales y la burguesía criollas están en una tenaz campaña para defender posiciones políticas, económicas y comerciales que les han garantizado insultantes tasas de ganancia bajo el predominio del neoliberalismo en los últimos treinta años. 

Todo ello en connubio con el imperialismo norteamericano que actúa como su cancerbero. Ciertamente, no es el único interesado y quizás por esa razón, la estabilidad de la paz mundial también dependen de lo que acontezca en Venezuela. 

La fragilidad de su hegemonía, sin embargo, queda en evidencia y es precisamente, la que lo arrastra a posiciones fundamentalistas; a conductas políticas radicalizadas y matonescas. El pueblo venezolano y la dirección de la Revolución Bolivariana en ese sentido han dado sobradas muestras de una madurez y responsabilidad política dignas de imitar por todas las fuerzas de izquierda del continente.

La lucha por la Paz  y la Democracia en América Latina y Venezuela es, entonces, un componente esencial de la lucha contra el neoliberalismo, la concentración de la riqueza; la exclusión social; y la violencia. No habrá paz neoliberal. 

La guerra es la expresión más elevada de las formas irracionales de convivencia social que implica y al mismo tiempo, demuestra su fracaso. De manera que la lucha por la Paz, es además por una lucha por formas de convivencia política y social más democráticas, humanas y justas. 



miércoles, 27 de marzo de 2019

El problema son los salarios

Honore Daumier. El carro de tercera clase

Una tendencia global indesmentible de los últimos treinta años , es la caída sostenida de la participación de los salarios en el PIB.  Según los estudios disponibles, se produce desde al menos la década de los 80 del siglo pasado.

Las causas, según estos, son el repliegue del Estado en la economía, la concentración empresarial, la financiarización, el cambio tecnológico y la pérdida de poder de negociación de los sindicatos y en los últimos veinte años, la globalización que motiva el movimiento global de los capitales, buscando mejores condiciones para la inversión -entre ellas, mano de obra barata-.

Esto significa que en las últimas décadas el salario real medio ha crecido sistemáticamente por debajo de la productividad y ello en todas las ramas de la actividad económica.

Esta situación ha sido compensada a través del crédito y el crecimiento de los empleos informales, que es la estrategia a la que recurren los trabajadores para enfrentar la pérdida de puestos de trabajo pero que son consideradas como tales por las encuestas que lo miden.

En el marco de un tipo de capitalismo que transforma todo -incluidos derechos sociales como la educaciòn, la salud y la previsiòn social, incluso el agua- en bienes de consumo, la caída de los salarios se acentúa por la  falta de políticas sociales universales del Estado.

Ello, pues los salarios, ya de por si bajos, se hacen todavía mas insuficientes para adquirirlos, transformándose en una de las fuentes principales de la exclusión y la pobreza.

Resulta aparentemente paradójico cuando la ideología dominante sostiene que es el esfuerzo individual la clave para superar la pobreza y acceder a mejores condiciones de desarrollo social y personal.

Esta apariencia de paradoja solamente expresa una de las "aporías" del sistema, que consiste en concebir el desarrollo y el progreso como el resultado de la competencia aunque la desigualdad sea precisamente una de sus condiciones necesarias.

El problema es que además de ser el causante de la pobreza y la exclusión de amplias capas de la población del consumo de bienes y servicios de calidad, esta precariedad de los salarios que obliga a los trabajadores a recurrir al crédito, genera además dependencia y sometimiento de quienes detentan el poder de otorgarlo.

También de los patrones para imponer condiciones aún más precarias, como nuevas rebajas de salarios; jornadas extralargas; flexibilidad en la asignación de funciones, horarios, vacaciones, etc.

Esta tendencia inherente del sistema al emprobrecimiento de los trabajadores y a la precarización de las condiciones laborales, es adocenado por la reivindicación del "espíritu emprendedor" que se expresa en un crecimiento hipertrofiado de la "informalidad", esto es del empleo sin contrato ni leyes sociales que protejan al trabajador en la vejez o en la enfermedad.

Todo ello, por lo general, es embellecido por  la retórica del "esfuerzo" y el "espíritu de superación". Plataformas del tipo Uber, entrega de comida delivery y otros, sólo ocultan esta pobreza, pérdida de derechos y restricciones a la libertad individual y colectiva.

De hecho, es tan así que los mismos defensores del sistema sostienen, por ejemplo, que el problema del sistema previsional -una de las fuentes principales de generación de pobreza- es la informalidad y los largos períodos de cesantía que le impiden a los trabajadores cotizar regularmente en el sistema de capitalización individual.

La solución que proponen ciertamente no es muy creativa pues generalmente ésta consiste en establecer normas aún más flexibles de trabajo, con el pretexto de no encarecer la contratación y así poder mantener la cesantía a raya y tasas que los entusiastas del sistema se han atrevido a catalogar incluso como "pleno empleo".. 

Absurdo. Se trata de un círculo vicioso o lógico que oculta la resistencia del empresariado criollo a renunciar a las pingües ganancias que el sistema les ha garantizado en los últimos treinta años.

Esta característica singular del neoliberalismo como modo de dominación capitalista ha llevado a la concentración de la riqueza más brutal de la que se tenga registro en la historia. Y es tal que inevitablemente se transforma en capital especulativo. 

El capitalismo ya no genera industria; fuentes de trabajo; desarrollo ni bienestar. Todo lo contrario. El neoliberalismo ha hecho evidente que es el principal obstáculo para lograrlo.

Este círculo lógico es simplemente expresión de la ideología dominante y por muy lógica que ésta sea, no necesariamente tiene que ver con la realidad. Solamente expresa interés de clase y es precisamente una herramienta de lucha con la que las clases dominantes cuentan para defender sus intereses. 

La lucha por mejores salarios por lo tanto no es hoy en día sólo la expresión de un economicismo estrecho y corporativo. Es, debe ser, una centralidad en la lucha contra la desigualdad que está en el corazón del sistema y que es el obstáculo principal para desentrabarlo y comenzar una reforma y democratización efectiva de la sociedad. 



martes, 12 de marzo de 2019

Feminismo y cambio social frente al fascismo

Juan Domingo Dávila,  Stupid as a painter. Melboune 1983


El éxito de la convocatoria a las manifestaciones del 8 de marzo este año, ha sido saludado por todo el mundo, incluido el Presidente de la República que días antes llamaba a no marchar. 

No es para menos. Se trata de la asistencia mas masiva a una manifestación en todo lo que va desde el fin de la dictadura militar hasta el día de hoy.

Unas cuatrocientas mil personas marchando por la Alameda de Santiago y unas ochocientas mil sumando las que lo hicieron en capitales  regionales y ciudades importantes a lo largo de todo el país. 

Se la ve como un hecho extraordinario; como la irrupción de algo inesperado. También -los más autocomplacientes- como una expresión de la modernización de nuestra sociedad o también, como un movimiento de clase media que no cuestiona realmente las bases del modelo. 

Ello, pues efectos del sistema como la discriminación, el abuso y el maltrato; la vulneración de los derechos de la mujer, al respeto, a la autonomía, a la igualdad; a la seguridad para vivir, trabajar y decidir sobre su cuerpo y sus emociones, exacerbados por la mercantilización de la vida social y la cultura, son  invisibles para los liberales y los conservadores que han hegemonizado el régimen político desde el retorno de la democracia.

Por eso su reacción es de perplejidad cuando no de un oportunismo supino.

Pero esa invisibilizaciòn, ese velo ideológico que disimula el malestar social y sus causas más profundas,actúa también sobre los discriminados y discriminadas, los excluidos y explotados del sistema. 

Los hace ver su movilización y sus reivindicaciones como particularidades, como luchas dispersas y pequeñas, independientes unas de otras, en el mejor de los casos coordinables.

El machismo, que es una expresión más del conservadurismo dominante de nuestra cultura y que garantiza el interés particular por sobre el interés social, oculta precisamente esta relación entre la lucha feminista y la lucha por el cambio radical del modelo.

Pero también la relación intrínseca de todas las luchas y reivindicaciones por una vida libre de toda clase de sometimiento, discriminación y explotación. 

Ciertamente también el racismo, la xenofobia, la homo y la transfobia cumplen este papel ideológico de ocultar la relación de los excluidos y su común interés por la transformación social y política.

Son ideologías que transforman la diferencia en una cosa; un conjunto de singularidades, en el mejor de los casos, tolerables u objeto de compasión y en sus versiones más reaccionarias de vigilancia, control y represión. 

Es esa la forma en que los sectores dominantes han resuelto su forma de convivir con la diferencia, tendiendo inevitablemente hacia el fascismo. 

Es cosa de ver los acontecimientos recientes de Brasil, desde el asesinato de Marielle Franco a las primeras medidas de la administración de Bolsonaro; o la situación de la población latina y afrodescendiente en los EEUU tras la asunción de Trump.

La dispersión de las luchas de todos los excluidos y marginados; la naturalización y la atribución de una presunta exclusividad a cada manifestación de la ideología dominante como si fuera la más auténtica, sólo le facilitan la tarea y reproducen las mismas condiciones de exclusión, dominación y abuso que combaten. 












jueves, 7 de marzo de 2019

Lo que deja venezuela


David Alfaro Siqueiros. Muerte al invasor

El intento de golpe de estado en Venezuela y la posibilidad de una intervención militar de los Estados Unidos en ese país, es parte de una trama caracterizada por la ofensiva y la recuperación de las fuerzas de derecha del continente.

El que no se hicieran efectivas, afortunadamente, demuestra que no es una historia ya escrita y con un triunfo de la reacción como desenlace fatal. Sin embargo, eso no significa que no pueda ocurrir.

¿De qué depende? Primero y sobre todo, de la agresividad, la codicia y ambición política del gobierno de los Estados Unidos.

Ya lo han demostrado en todas sus intervenciones militares anteriores. Que todas sus mentiras ni siquiera sean consideradas como una posibilidad razonable por el resto de los gobiernos del mundo –exceptuando a sus títeres y secundones-, y que queden en evidencia después de haber arrasado países y pueblos enteros, como fue en Afganistán e Irak o Siria recientemente, no ha sido obstáculo para realizarlas.

Sus derrotas en el frente político y diplomático no hacen otra cosa que exacerbar sus tendencias fascistoides. Obvio, cuando no hay argumentos racionales, ni fundamentos jurídicos o razones morales, la fuerza se impone como un puro hecho que ni siquiera necesita explicación.

Pero además, la posibilidad de que haya golpes de estado o una intervención militar en América del Sur, depende de lo que haga el campo de los demócratas, las organizaciones sociales y la izquierda del continente.

Lamentablemente, su respuesta –salvo honrosas excepciones- ha sido tibia. Es cosa de leer las declaraciones de importantes dirigentes de  partidos socialdemócratas de Chile, como el PPD, algunos de los que conforman el FA o el PS, para comprobarlo. 

Ni una sola condena a la política belicista ni a la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos latinoamericanos, salvo las que van precedidas de una larga explicación tendiente a comprobar que no por eso se es aliado de la “dictadura” de Maduro o consideraciones acerca de los principios de la diplomacia de una dudosa objetividad.

Afortunadamente, líderes como AMLO, Gustavo Petro o Tabaré Vázquez, han puesto una cuota importante de decencia en el debate y especialmente, han intervenido de una manera que ha aportado a la resistencia a las políticas injerencistas de los “halcones” de Washington.

Precisamente, porque se han involucrado en la contradicción principal que estremece al continente, que es la que hay entre la democracia y el sometimiento de nuestros países a intereses extranjeros, entre la soberanía y el imperialismo, en lugar de entretenerse en juegos de palabras y elucubraciones teóricas. 

Y en ese fárrago doctrinario que combina presuntos principios morales con teorìas sobre la globalizaciòn y el reacomodo del orden mundial, se olvida lo esencial, que es la confrontaciòn entre las clases sociales y el papel principal que el imperialismo -palabra aparentemente pasada de moda pero que en las ùltimas semanas ha recuperado incluso legitimidad acadèmica- tiene en ella. 

Ni siquiera hay que ser de izquierda para comprenderlo y asumirlo. Las tendencias latinoamericanistas, populistas y reformistas de todo el continente durante el siglo XX lo hicieron muy bien. 

Y probablemente, podrìamos decir que el diálogo con el marxismo, expresado en la unidad de fuerzas de izquierda diversas -leninistas, trotskystas, indigenistas, del sindicalismo, el movimiento campesino y en la década del ochenta, incluyendo a cristianos, movimientos barriales y poblacionales en todo el continente, demuestra que es la clave de su comprensión y la realización práctica de una política autènticamente democrática y progresista.