martes, 23 de junio de 2020

No hay peor sordo ni peor ciego

Pieter Brueghel. El Triunfo de la muerte



Otra vez un grupo de científicos escribe una carta a Piñera para advertirle de las devastadoras consecuencias que puede tener la epidemia de coronavirus en el país. Proyectan, en sus cálculos más conservadores, que las muertes podrían elevarse a setenta mil.

El gobierno, hay que reconocerlo, ha sido estrictamente consecuente en hacer caso omiso de las recomendaciones de científicos, salubristas, gremios profesionales y de trabajadores de la salud, en lo que se refiere a su política para enfrrentarla. Resulta asombrosa, por decir lo menos, su tozudez para no hacerlo considerando la indesmentible evidencia de su fracaso para hacerle frente en todos estos meses.

Es como hablar con un muro. Lo único nuevo en su estrategia para enfrentar la peor crisis sanitaria de los últimos setenta años, es haber incrementado el IFE, sus montos, cobertura y extensión, aún con una serie de condiciones y cláusulas que lo mantienen en los límites de una estricta focalización -como recomiendan sus economistas- luego de haberle entregado un machete a los empresarios con su ley de "protección del empleo" por la que ya lo han perdido miles de trabajadores.

Su discurso y también sus esfuerzos se orientan, más bien, a la recuperación del dinamismo de la actividad económica cuando la gente está muriendo o en el mejor de los casos, se ve conminada, literalmente, a escoger entre la bolsa o la vida. 

¿Ceguera? ¿Estulticia? ¿Ignorancia? ¿Arrogancia? De todo un poco quizás, aunque ciertamente, lo más importante en la determinación de sus decisiones sanitarias y en su sordera para escuchar las advertencias de la comunidad científica, las organizaciones sindicales de la salud y partidos de oposición, sea su adhesión dogmática a una radicalizada ideología de clase.

El único sentido posible que ésta le puede dar a la epidemia de coronavirus y las devastadoras consecuencias advertidas por la comunidad científica, es el de una circunstancia desafortunada que no tiene ninguna relación con la totalidad. Como para cualquier ideología, es una especie de maldición inexplicable. 

Prueba de ello son las insólitas declaraciones de Mañalich poco antes de ser defenestrado, diciendo que no sabía de los niveles de hacinamiento y pobreza de algunos sectores de la RM.

Ello, pues esta ideología interpreta la epidemia como una condición ajena a la vida y a lo social y de pasada, le permite a los sectores dominantes de la sociedad, a empresarios, industria de la entretención masiva y magnates tercermunidtas, tranquilizar sus pequeñas buenas conciencias con acciones de caridad y tratando de transformarla en espectáculo televisivo, mientras sea posible. 

Cuando lo que se ha hecho evidente es la desigualdad, la pobreza, la exclusión o en el mejor de los casos, la fragilidad de la vida bajo el sistema neoliberal, lo único que le queda para no alejarse definitivamente de ella es la caridad o apelar a pleonasmos como los que frecuentemente recita el ministro de hacienda para "descubrir" lo evidente y explicarlo sin comprenderlo en realidad. 

La Imposibilidad de convivir en esta sociedad desigual y excluyente que ya se había manifestado en octubre del año pasado como protesta social, hoy en día lo hace como bancarrota total de los valores que organizaron la vida social hasta entonces. Individualismo, competitividad, emprendimiento privado, se han tornado incompatibles no ya sólo con una convivencia democrática sino con la sobrevivencia misma.

Y una vez más, quienes han sostenido el peso de esta crisis, mantenido cierta  consistencia de lo social con los famélicos recursos con que el Estado subsidiario los dota, son los servicios públicos. El sistema sanitario de atención primaria y las escuelas públicas en barrios azotados por la pobreza, el hacinamiento, las necesidades materiales y la violencia, prácticamente abandonados a su suerte. 

Toda la perorata de los ideólogos liberales y conservadores que por estos días abunda en medios escritos y opinología televisiva, es indigente para explicarlo. Es además un ridículo en el que han caído incluso algunos connotados dirigentes de la extinta Concertación de Partidos por la Democracia que hace meses vienen pregonando el "progreso" como si la gente pudiera seguir esperando el prometido chorreo en casuchas, sin ingresos, sin atención oportuna de salud ni alimentación garantizada por varios meses, que es lo que se va a extender la emergencia, de no mediar más chambonadas.  

Este progresismo noventero, no puede pensar ni proponer una solución racional a esta situación pues sus notables razonamientos lógicos no se refieren a la realidad; no dan cuenta de la catástrofe social y humanitaria que azota al país y pospone, como toda ideología, la solución para un porvenir del que muchos tal vez ni siquiera van a ser testigos pues van a estar muertos. 

Así de radical es la situación. La cacareada crisis de confianza de la que habla el periodismo librepensador, es en realidad la crisis de los valores y las promesas liberales que después de treinta años nos colocaron exactamente adonde estamos, no el coronavirus. 

La tozudez, el dogmatismo y la arrogancia del gobierno; su resistencia a escuchar evidencia científica, recomendaciones en materia sanitaria y manejo de la crisis, son en realidad expresión de la defensa de su última línea, de los valores y la cultura que sostienen su concepción de la realidad y fundamentan su política, y que en última instancia, defiende unos intereses de clase evidentes para cualquiera hoy por hoy.

El pueblo va a recuperar la confianza cuando precisamente en esta última línea, la oposición se atreva a dar la batalla definitiva. 




lunes, 15 de junio de 2020

Un acuerdo intrascendente



Pedro Lira, El niño enfermo


Después de dos semanas de tratativas por la prensa, finalmente el gobierno logró un acuerdo con parte de la oposición. Específicamente con los partidos de la extinta Concertación de Partidos por la Democracia. Como todos los acuerdos que entre estos dos bloques presenció nuestra sociedad en los largos y aburridos años noventa, son como el parto de los montes. Mucho escándalo para tan poco y tan tardío.

Si hasta los representantes de RD, quienes habían participado de las negociaciones, comprobaron el escuálido margen que desde un principio tuvo, considerando el monto fijado para financiarlo y que todos los concurrentes y sus auspiciadores habían saludado como demostración de racionalidad y responsabilidad fiscal. Su salida del acuerdo, antes de que se conociera, ya lo demostraba.

Una clásica receta liberal que consiste en la repartición de ayudas extraordinarias. En este caso además llegan con tres meses de retraso, cuando el país ya ostenta el triste record mundial de contagiados y muertos por millón de habitantes. Ciertamente, la foto del acuerdo y el anuncio de incremento de los miserables bonos entregados por el gobierno, lavan sólo un poquito y momentáneamente además, la imagen a su desastrosa gestión.

Los montos destinados a los municipios, quienes han tenido que poner la cara por un Estado fantasmagórico, a todas luces son insuficientes considerando su sideral déficit, el que se ha visto agravado por los gastos en que han debido incurrir para hacer frente a la epidemia, lo mismo que el sistema de salud, situación por lo demás que como hasta el propio Piñera en una de sus típicas alocuciones redundantes e insulsas, reconoce no saber por cuánto tiempo más se extenderá.

Es evidente entonces, aunque muy poco sustentable, que el dichoso acuerdo solamente se hace cargo de paliar en algo el hambre, pero no de garantizar el derecho al trabajo, a la salud ni a una vida digna durante la pandemia. Cuando el hambre golpea tan duro como lo está haciendo ahora, es fácil reivindicar la caridad como si fuera un sucedáneo suficiente de la justicia. Ello, para tranquilizar conciencias y de pasada, salvar momentáneamente cadáveres políticos, como son muchos sin haberse dado por enterados todavía.

El acuerdo, además, agrava las ya de por sí rocambolescas contradicciones y deformidades del pantagruélico sistema neoliberal. Con esa fe de carbonero típica de sus economistas, todavía sostiene como si fuera una idea genial, que a través de las rebajas de impuestos y la ininterrumpida entrega de subsidios estatales, la empresa privada va a ser el motor de una reactivación que, como por una especie de determinismo biológico y sin mediar una acción política, se va a traducir en más empleos, mejores sueldos, progreso y bienestar.

La famosa reactivación entonces, se podría posponer indefinidamente y seguir actuando así, como siempre lo ha hecho el relato liberal del progreso, como una promesa que le permita seguir justificando la penuria y la necesidad de millones en función de un futuro mejor. Así ha sido desde los noventa hasta hoy. Y el acuerdo suscrito entre el gobierno y parte de la oposición estos días, parece presumir que así puede seguir siendo indefinidamente.

Quizás por esa razón, ya emprezaron todos los fósiles de la transición,, como Allamand y Longueia, a plantear la posibilidad de no realizar el plebiscito constitucional. No puede haber una solución definitiva a la dramática situación que vive el país, los trabajadores y trabajadoras, sus familias, sin plantearse el rol del Estado. Todos lo reconocen, excepto la derecha, y por eso el problema constitucional va a seguir estableciendo el límite infranqueable entre esta y la oposición.









miércoles, 10 de junio de 2020

Las paradojas de la epidemia



Oto Dix. Pragerstrasse


Con el devenir de la administración derechista, se ha ido haciendo cada vez más evidente que el neoliberalismo criollo no resiste más parches y que estamos ya en plena transición hacia un nuevo país, una nueva sociedad.

Esto, sin embargo, ha sido disimulado por la emergencia sanitaria provocada por la epidemia de coronavirus.

Paradójicamente, mientras desnuda de la manera más descarnada las grietas del modelo, sus contradicciones e incapacidad para satisfacer las necesidades de la población y del país, la emergencia es aprovechada por la administración derechista para distraer la atención de la opinión pública, de las verdaderas causas de esta situación de vulnerabilidad en que nos ha colocado el neoliberalismo, no el virus. 

Deja en evidencia la enorme desigualdad que cruza a la sociedad, y los intereses de clase que sostiene este modelo.  Para el trabajador, promesas; para el financista y el especulador, certeza, ganancias inmediatas y abundantes. Pero al mismo tiempo, la emergencia sanitaria actúa como un distractor que trata de presentar la desigualdad, la precariedad y el abuso como una tragedia circunstancial producto de la epidemia. 

Haciendo gala de su proverbial sentido de la oportunidad y su capacidad de hacer de la tragedia una excusa para aplicar planes de schok, la derecha ha aprovechado la epidemia de coronavirus como excusa para realizar las transformaciones al modelo neoliberal que adelanten desde ya sus defensas ante los efectos de esta crisis, un escenario tan dramático como el de 1982 o quizás más.

En efecto, los sectores dominantes de la sociedad,  han aprovechado sin ningún tipo de escrúpulo, la coyuntura del coronavirus para sacar adelante -contando eso si con varios votos opositores en el Parlamento- leyes de flexibilización del trabajo, para transferir ingentes recursos a la banca; ir al rescate de las empresas. 

Los suplicantes llamados de urgencia del gobierno a la oposición para alcanzar un acuerdo en materia de reactivación económica usando como pretexto los efectos de la epidemia, dan cuenta de su preocupación y la comprensión de que ésta no es una crisis más. Trabajan afanosamente para lograr un acuerdo que les permita enfrentar los efectos de la crisis del modelo y en lo posible, dar estabilidad y proyección en el largo plazo a todas estas medidas. 

Toda la última semana ha sido el tema principal de la actualidad noticiosa. De que este acuerdo nacional prospere, dependen en gran medida las condiciones en que esta crisis del modelo vaya a a seguir desarrollándose. 

Sin embargo, para la derecha no ha sido posible distraerse del debate principal, que es de la nueva Constitución pues es parte de este -probablemente la más importante además-.

Tal como lo dijo Lagos en alguna ocasión, el debate constitucional va a estar fuertemente determinado por los efectos de la epidemia de coronavirus. Es imposible sustraerse de estos pues demuestran con elocuencia el carácter del contrato social vigente. Un contrato excluyente, desigual y autoritario. Vamos a ver si lo es menos el contrato social, el "acuerdo nacional" que tiene en mente la derecha y para el que ya dieron una primera aprobación algunos sectores opositores. 

Esta situación de transición a una nueva sociedad, reclama de la izquierda una actitud audaz. La construcción de una alternativa independiente expresiva de toda la amplitud del pueblo, que se proyecte más allá de la epidemia y de sus consecuencias más inmediatas. Que perfile ese nuevo Chile que está por nacer, sin sectarismo pero con convicción y firmeza de propósitos. 











jueves, 28 de mayo de 2020

El Chile que bosteza



José Venturelli. Recuerdo de un recuerdo


Otra vez el gobierno, graciosamente, le propone a la oposición un acuerdo nacional. Esta vez, para enfrentar la epidemia de coronavirus y sus horribles consecuencias, -ya reconocidas por liberales derechistas y liberales socialdemócratas-, aunque sería más correcto decir, el desastre social y humanitario provocado por su política. 

Ya de partida, la idea de un acuerdo nacional parece una comedia de equívocos, cuando no una grotesca farsa. 

Que nadie las viera venir; o como cínicamente dijo el ministro de salud,  sobrepasaran cualquier proyección epidemiológica e hipótesis sanitaria porque no sabía que la gente en algunos barrios es tan pobre y vive tan hacinada, es demasiado inventado como para comentarlo o siquiera discurrir acerca de ello. 

Lo impresionante es que algunos partidos y coaliciones de oposición hayan considerado seriamente este llamado, pese a los estropicios de las políticas de un gobierno que se jacta de haber creado una red de protección social y de salud, lo que con su proverbial puerilidad dice Piñera después de promover leyes para recortar salarios y despedir trabajadores. 

En efecto, su presunta red de protección social no es más que la suma de algunos miserables bonos y un salario de emergencia que está por debajo de la línea de pobreza y en el colmo de la desfachatez, para aquellos que han tenido la suerte de tener un contrato de trabajo en el último tiempo, uno financiado por su propio seguro de cesantía mientras dura la emergencia sanitaria o después de haber sido despedidos. 

Doblemente aporreados, los trabajadores y trabajadoras, deberían estar agradecidos de Piñera y sus amigos y de los partidos y dirigentes opositores que con tan solícito republicanismo lo asisten. 

Algunos en el FA incluso se quejan de no haber sido convocados y otros, como el presidente del PR, hasta reconocen públicamente sus dudas respecto de su decisión de asistir al dichoso acuerdo. Semanas antes, la presidenta del Colegio Médico había convocado a un panel de connotados economistas liberales para hacer propuestas para enfrentar la situación crítica que con encomiable firmeza ya había denunciado en varias ocasiones anteriormente. 

Las conclusiones del famoso panel fueron, por supuesto, oportunamente recibidas -y con beneplácito- en palacio y por el Ministro de Hacienda, Ignacio Briones. La suerte de una población víctima de estas políticas que se basan en las archiconocidas recetas de excepción y entrega de ayudas transitorias y milimétricamente focalizadas para guardar la plata para más adelante, estaba echada. 

Pese a toda la evidencia que demuestra que éstas son el origen del drama, los presidentes y parlamentarios de los mismos partidos de oposición que asistieron a firmar el acuerdo de la noche del 15 de noviembre concurren con más o menos dudas a negociar alguna cosa y con la sincera convicción de estar haciéndolo por el bien de nuestro sufrido pueblo. 

Puede ser. Difícil pero probable. El punto es que una vez más, se separan aguas en el campo opositor y ello lamentablemente, con excelentes resultados para Piñera y sus compinches. No se puede negar que para la derecha tampoco fue fácil tragar el sapo y que Desbordes jugó un papel clave aunque contara con la oportuna ayuda del "panzer". 

No se trata, en el caso de la oposición, de diferencias respecto de su postura frente al gobierno ni de la sinceridad o demagogia de sus abluciones de progresismo. Con el devenir de la administración derechista, se ha ido haciendo más evidente que el neoliberalismo criollo no resiste más parches y que estamos ya en plena transición hacia un nuevo país, una nueva sociedad y que tanto el desorden opositor como en menor medida, el derechista representan el trabajo de parto de un orden político completamente nuevo. Es en este punto donde se separan las aguas.

La apariencia de estar frente a un torbellino "que nadie vio venir" o que ha sobrepasado a partidos, organizaciones sociales y sindicales, estudiantiles; a referentes morales: que ha originado el prematuro quiebre del FA y su definición más centrista, dan cuenta de esto. Era algo que durante la primera administración de Piñera ya empezaba a aflorar, pero que a partir del 18 de octubre pasado adquiere mayor velocidad.  

Por cierto, no la suficiente y los acuerdos nacionales promovidos por la derecha, tanto como la presión de la lucha de masas que se libra en las calles, le ponen el acelerador, aunque sea en diferentes direcciones. ¿Significa esto que la unidad opositora es imposible o que la derecha va a sufrir un cisma? No necesariamente.  Significa simplemente que hay que saber distinguir lo inmediato, lo urgente, lo necesario, de lo que se va a proyectar por décadas, del nuevo Chile que bosteza, sin olvidar ni uno ni otro. 

Entre un neoliberalismo moribundo y este nuevo Chile que empieza a despertar, hay en todo caso un punto de inflexión que es la nueva Constitución. En este punto la unidad de la oposición es posible y necesaria y los esfuerzos del gobierno, encabezados desde las sombras por Chadwick y compañía, son precisamente para enredar, dificultar y posponer lo más posible. 

En lo inemdiato, las tareas para enfrentar la epidemia y sus consecuencias. Las oposición tiene propuestas, iniciativas de ley que han sido sistemáticamente invisibilizadas por la prensa oficialista  y su propia incapacidad y torpeza -entre otras, la de correr a tropezones a acordar con el gobierno, cosas que las contradicen y las dejan en letra muerta, o la de ir siempre a la zaga de un pueblo que resiste y se organiza, gracias casi  únicamente a su instinto de clase y la memoria de décadas de luchas por el pan, la salud y la vivienda- . 

Ya llegará el momento de evaluar y será el pueblo quien lo haga. Tanto por la experiencia de la epidemia, como de acuerdo a qué tan justo, tan libre, tan democrático y tan lindo sea el futuro de sus hijos e hijas. 

lunes, 18 de mayo de 2020

La encrucijada

Francisco Goya. La romería de San Isidro




Se ha gastado un mar de tinta para describir las maniobras del gobierno que han favorecido a los empresarios y los banqueros durante la emergencia provocada por la epidemia de coronavirus.

Medidas administrativas y legales que van en ayuda de las grandes compañías a través de créditos financiados con plata del Estado, créditos administrados además por los mismos bancos que controlan.

Medidas que favorecen los despidos, legitiman el escamoteo de los salarios y la informalidad en el empleo, generando efectos permanentes en el aumento de la pobreza y la exclusión así como en el crecimiento de las extraordinarias ganancias de unas cuantas empresas y la consiguiente concentración de la riqueza.

Todo esto, presentado con un aura de objetividad y gravedad académica que ya nadie considera seriamente, excepto los comentaristas de EMOL y uno que otro columnista cuya ocupación es precisamente ensalzarlos con citas bíblicas y de filósofos de la antigüedad. 

El salvataje de la banca, la reducción de los salarios y de las prestaciones de los servicios del Estado a lo más mínimo -de lo que dan cuenta las precarias condiciones del sistema hospitalario y de atención primaria de la  salud pública para enfrentarla-; la flexibilización del empleo y el fomento de la informalidad, son un paquete de respuestas conocidas pero que con una engañosa sofística,  es expuesto como una novedosa solución a la emergencia sanitaria y sus consecuencias. 

Toda la derecha, con férrea disciplina, se encarga de machacar día y noche el paquete, tratando de sacar provecho de la crisis para aplicar su clásica receta de schock, la misma con la que enfrentó la crisis del 81 y con la que antes, en los setenta, impuso el modelo neoliberal. 

Las respuestas de la  oposición  no dan cuenta de la agenda derechista. Es precisamente lo que le impide articular una respuesta unitaria y coherente. Se debate entre reacciones a la emergencia de la coyuntura, defensa de un desvencijado sentido de lo público; de los pocos derechos que el sistema no ha logrado arrebatar aún a los trabajadores y grotescos esfuerzos por demostrar seriedad y capacidad de gobernar. 

La actual crisis del modelo que el levantamiento popular del 18 de octubre dejó en evidencia, y que sus defensores pretenden resolver usando como pretexto la crisis sanitaria, desafía a la oposición precisamente a demostrar su voluntad de emprender las reformas políticas y sociales que éste planteó.

Su situación entonces, no puede ser otra que dispersión y desencuentros, toda vez que a este respecto, no son más que algunos puntos muy específicos los que la unen. Y quizás insuficientes para hacerse cargo de ésta. Ni siquiera para ser una efectiva oposición a Piñera.

El costo ciertamente lo está pagando el pueblo, que ha soportado hasta ahora, aunque no podría decirse por cuánto tiempo  más lo hará, los brutales efectos de la enfermedad, el empobrecimiento producto de los despidos, los recortes de salario; la falta de servicios públicos gratuitos, de calidad y oportunos, agravados por la política de schock derechista.  

Esta situación de crisis del modelo, velada por la emergencia sanitaria, es la encrucijada que va a determinar, probablemente por mucho tiempo, las contradicciones que van a agitar el devenir de los acontecimientos políticos; las reivindicaciones que harán emerger movimientos de masas y organizaciones y quizás superarán a los ya existentes;  alianzas políticas y programáticas que se proyectarán ciertamente más allá de la crisis sanitaria. 

jueves, 23 de abril de 2020

La oposición

Jean Michelle Basquiat. Notary




El gobierno de Piñera ha sobrevivido a uno de los levantamientos populares más intensos, radicales y prolongados de los que se tenga recuerdo.

No es el primero de nuestra historia ni será el último. La espontaneidad que lo ha caracterizado no es tampoco una singularidad suya.

El mito historiográfico de la gran estabilidad de nuestra democracia; la capacidad de nuestra institucionalidad política de integrar a diversos grupos sociales –incluso durante el predominio del llamado Estado de Compromiso- oculta, en efecto, la intensa lucha que han protagonizado los trabajadores y el pueblo desde los albores de la República por conquistar sus derechos y expandir cada vez más los límites de dicha institucionalidad, muchas veces –quizás la mayoría de ellas-  sin programa ni táctica ni representación política.

La transformación y el cambio consisten, precisamente, en la construcción de ese programa, de esa táctica y representación política del pueblo. Por esa razón surgieron los partidos populares en el transcurso del siglo XX; la  Central Única de Trabajadores, y la Unidad Popular. Por esa razón también en el transcurso de la lucha antidictatorial, estos formaron destacamentos militares que fueron un componente esencial de dicha lucha.

El mito original de un pueblo “puro”, que premunido únicamente de su rabia, su necesidad y aspiraciones -igual como lo hace el de la inmutable estabillidad de nuestra democracia- oculta el carácter político del cambio y el que éste es también el resultado de una voluntad de organización y combate que se propone objetivos y/o su politización como parte esencial de su explicación.

Paradójicamente, en el transcurso de la epidemia de coronavirus -un evento inesperado por cierto- pese a haber dejado en palmaria evidencia la falta de escrúpulos de la derecha y el gobierno; su violencia y su deshonestidad; su desprecio por los sufrimientos del pueblo, hay dirigentes “opositores” que incluso plantean que en una circunstancia como la epidemia, “no se puede actuar como oposición” o que “en momentos de crisis es importante que se respete a las autoridades”.

Autoridades que, primero, mienten, encubren asesinatos, mutilaciones y tortura; falsifican información, y que en el transcurso de la epidemia la ocultan, hacen la vista gorda con los abusos de las empresas con los consumidores y de los empleadores con los trabajadores.

Es más, que con el pretexto de la emergencia sanitaria aprovechan de sacar adelante iniciativas en materia de empleo y negociación colectiva y financiamiento para la banca y la empresa privada que en otras circunstancias quizás no habrían podido.

Es evidente que todo esto solamente hace honor a su carácter de clase. Nunca antes, quizás desde la dictadura militar, había sido tan evidente los intereses que defiende un gobierno y la institucionalidad política de la que dispone para ello. Ya ni siquiera disimula.

Y ello porque se prepara para lo que viene después de la epidemia, mientras la oposición se debate entre un republicanismo chusco y la defensa de unas posiciones desvencijadas por los embates de todo un sistema y de lo que dispone, así como de su propia incapacidad.

La epidemia solamente se ha encargado de hacer más notorio, lo que ya de suyo era evidente el 18 de octubre y más urgente o más rápido lo que, de todas maneras, iba a pasar.

La derecha, como siempre, ha aprovechado la coyuntura para sacar adelante su política y realizar los preparativos que le permitan enfrentar lo que se venía anunciando antes del llamado “estallido social” con el menor costo posible para quienes representa: banqueros, financistas, empresarios, compañías transnacionales, etc. Ha hecho gala de su inveterado sentido de la oportunidad y su falta de pudor.

El pueblo, mientras tanto, resiste con una sensación de desamparo que conmueve y ofusca a cualquiera que tenga un mínimo de decencia y no viva en la realidad alterna del poder o los estrechos límites de un corporativismo que lo vuelva miope. Lo más probable es que surjan iniciativas de sobrevivencia, de solidaridad de clase, de ayuda mutua, las que provienen de la experiencia de a lo menos un siglo de luchas por el trabajo, la vivienda, la salud y la educación públicas, la alimentación popular, los derechos de la infancia.

Pero ellas están en contradicción permanente e inevitable con un sistema político que las constriñe, que las limita a una sobrevivencia que reproduce la exclusión pues actúan en contra de la avaricia y afán de ganancias de la clase empresarial –lo que es denominado eufemísticamente “crecimiento”- a menos que se oriente a la transformación radical de las condiciones en que se produce y reparte el resultado del trabajo.

Ese es, hoy por hoy, el verdadero límite entre oficialismo y oposición. Ya sea por miopía, por ignorancia o derechamente por haber abdicado de su rol opositor, es lo que aparece difuso y torpe.

La transformación de la necesidad en programa político es lo que el momento histórico reclama de los demócratas. El ciclo de luchas populares que se inició el 18 de octubre del año pasado, tenía precisamente esa motivación, la de una oposición permanente y antagónica del pueblo –aún inconscientemente y con una importante dosis de espontaneidad- con el neoliberalismo global.

En apariencia, esto fue interrumpido por la epidemia de coronavirus, una ocasión ciertamente muy bien aprovechada por la derecha y el gobierno. Pero no es una interrupción. Es exactamente lo contrario, la manifestación más radical de los funestos efectos del sistema y las razones que lo motivaron, una manifestación de las razones que explican el levantamiento; la demanda por una nueva Constitución y cambios profundos al modelo de desarrollo que ha posibilitado el enriquecimiento escandaloso de unos pocos a costa de la exclusión, la pobreza, el agotamiento y la angustia de la mayoría.

Que algunos sectores opositores, seducidos por décadas de un consumismo desenfrenado y por la respetabilidad académica del dogma liberal, se debatan entre presunciones de responsabilidad política y añoranzas de la política de los acuerdos, se ha transformado ya en el principal obstáculo ´para la unidad de la oposición. 

Ello, sin embargo, no va a ser obbstáculo tampoco para que el pueblo vuelva a manifestarse y que lo haga aún con más radicalidad.

martes, 24 de marzo de 2020

Cuando la ambición rompe el saco

Hans Holbein el joven. La danza de la muerte: la muerte y el avaro

La epidemia de coronavirus que ya cuenta casi mil contagiados, decenas de hospitalizados y dos fallecidos en nuestro país, puso en evidencia la incapacidad del sistema neoliberal en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades más básicas de la población.

Ciertamente es algo que chilenos y chilenas -especialmente los pobres y los trabajadores - experimentaban todos los días desde hace mucho tiempo, acumulando rabia y descontento antes de la aparición del coronavirus hasta estallar en el levantamiento popular del 18 de octubre.

Precisamente donde el Estado debía garantizarlas, es donde se expresaba todos los días la indigencia del sistema para satisfacerlas, sometiendo a condiciones indignas al pueblo: en los consultorios y hospitales públicos; en el sistema de transporte y la educación escolar y universitaria; en la vida de los pensionados y pensionadas y hasta en los servicios básicos de vivienda, agua potable y electricidad, todo ello disimulado por una modernidad de tierra financiada por ellos mismos.

Haciendo alarde de esa capacidad sofística que caracteriza a autoridades políticas e ideólogos liberales, los medios intentan hacer aparecer el levantamiento y la protesta social como la causa de lo que en realidad son las razones que lo motivan: la destrucción de empresas y fuentes de trabajo y el consecuente aumento del desempleo, así como el deterioro de  los servicios y su encarecimiento.

Pero  la crisis sanitaria ha tenido una segunda consecuencia aún más importante y es que ha hecho evidente también el carácter de clase del sistema y de la sociedad que se ha construido en los últimos treinta o más años.

El paquete de medidas económicas anunciadas por el gobierno ni siquiera disimulan al respecto.

Un paquete que no tiene por finalidad -excepto en las pomposas declaraciones con que se le presenta- ayudar a la población a sortear las dificultades que esta conlleva. Peor aún, las medidas que se adoptan tienen un evidente sentido de clase, que es salvar a los empresarios y proteger sus negocios, mientras el mensaje al pueblo y los trabajadores, es que se sacrifiquen y sostengan patrióticamente el peso de la crisis sanitaria que no es otra cosa que mantener dentro de lo posible las ganancias de sus empleadores aun a costa de su salud y la de sus familias.

Hasta la forma de comunicarlas es la de un patrón dirigiéndose a sus inquilinos, con un discurso que deambula entre la amenaza y la descalificación -lo que hace muy cínicamente el Ministro de Salud como si fuera un capataz- hasta el tono caritativo y los llamados a la unidad de los más compasivos dirigentes de la derecha.

O del Ministro de Hacienda proponiéndole a sus colegas del gabinete bajarse el sueldo en un treinta por ciento para, supuestamente, asimilar su esfuerzo al de los trabajadores que deberán cobrarse el salario de su propio seguro de cesantía o simplemente renunciar a él con tal de mantener la pega, como si su sueldo fuera comparable al de un trabajador promedio, que es menos de quinientos mil pesos.

Un cinismo intolerable y al que no se puede responder con tecnicismos pues ni siquiera admiten una argumentación racional. Se trata de pura ideología. Ideología de clase que es espetada por todos los medios y que ofende la pobreza y las necesidades que padecen millones.

Que expresa unos valores, una cultura y concepción del mundo que asume como si fuera de lo más natural la desigualdad y la sobreexplotación y el endeudamiento de trabajadores y trabajadoras para sostener esos valores y estilo de vida -incluyendo carreteras y construcciones faraónicas, malls y supermercados, AFP´s, etc.- haciéndolos aparecer como si fuera del interés de toda la sociedad hacerlo.

Es quizás uno de los rasgos más llamativos de esta crisis, el que precisamente la ideología dominante pierda esa aura de "objetividad" y por el contrario, que todas aquellas ideas que parecían "ideologizadas" o a las que se pretendía hacer aparecer de esa manera, recobren legitimidad política e incluso "académica".

Es la razón por la que el buenismo ramplón de los flamantes ministro de hacienda y ministra del trabajo, haya quedado en bancarrota tan prematuramente para hacerse evidente que entre los Larraín y los Briones no hay mucha diferencia tratándose de doctrina y posición política.

A la oposición no le queda más que insistir en ello pues el discurso del consenso y la unidad nacional para enfrentar la epidemia no tiene ninguna lógica en la realidad social cuando la primera autoridad sanitaria, económica y política del país defiende de modo tan impúdico los intereses de clase de los empresarios y los dueños del capital, lo que resulta evidente y ofensivo para cualquiera.

Llegados a este punto, es previsible además, que la codicia, la ambición y la avaricia en que se sostiene el modelo terminen por romper el saco; y la epidemia y sus más probables consecuencias de aumento de la pobreza y exclusión, así como el paternalismo y el autoritarismo con que ha sido enfrentada, acaben pasando la cuenta a los sectores que han dominado a  nuestra sociedad en las últimas décadas.

De lo que haga la oposición depende en gran parte que así sea.