jueves, 23 de julio de 2020

Algo no cuadra

Vincent Van Gogh. Los comedores de papas



En el debate por el retiro del 10% de los ahorros de los trabajadores administrados por las AFP's, se ha escuchado toda clase de delirantes argumentos. El más reciente, el de la senadora de la UDI, Ena Von Baer, citando al presidente Allende para argumentar su voto en contra.

¡Increíble pero cierto! Una fanática de ultraderecha, citando a Allende. En el paroxismo de sus delirios, también se han oído discursos de quienes abominan de la igualdad, argumentando en contra del retiro del 10% por la regresividad de la medida. Sí, exactamente los mismos que siempre se han opuesto a subir impuestos a los ricos, aumentar los salarios más allá de la inflación proyectada o a cualquier medida que tienda a la redistribución del ingreso acusando, "regresividad". ¡Impresionante!

En el colmo de su desesperación, producto de la incapacidad de sus doctrinas y propuestas políticas de hacerse cargo de la vergonzante desigualdad que han provocado, el ministro Briones, su colega Blumel, las editoriales de El Mercurio y todos los "cultos" de la derecha, citan como autoridad a técnicos y economistas "de izquierda". Ello pues, según estos sutiles pensadores, habrían argumentado en el mismo sentido, lo cual sería una demostración de la pureza técnica de sus razonamientos.

A otro perro con ese hueso. Lo que la derecha oculta en medio de los vericuetos de sus alambicados argumentos, es que estos economistas dizque de "izquierda" lo han hecho, apoyándose en ese vago ethos progresista que los llevó a creer posible superar la pobreza, resolver la desigualdad  y generar mayores niveles de inclusión en los marcos del sistema neoliberal y por lo cual, seguramente, no cambiaron en forma sustantiva el sistema privado de pensiones mientras tuvieron responsabilidades en los gobiernos de la Concertación. Flaco favor se hacen y le hacen a la oposición, por cierto, insistiendo en ello.

En el lado de los partidarios del retiro, muchos han argumentado amparándose en el derecho de los trabajadores de disponer de lo que es el producto de su trabajo, que son sus ahorros administrados por las AFP's. A más de alguno se le ha ocurrido decir que es una defensa del principio de propiedad y de la libertad individual por encima de la regulación del Estado sobre ella. Así -dicen- la derecha aparece defendiendo la regulación, en este caso la que establece que los fondos administrados por las  AFP's son sólo para los fines de pagar pensiones y la izquierda defendería "el derecho de propiedad".

Curioso razonamiento que hace impensable, inconcebible y que pone de cabeza la realidad: la derecha defendiendo no ya sólo a los trabajadores, citando a Allende y a economistas de izquierda, sino que defendiendo la regulación y la acción del Estado.

Lo único que realmente no cuadra, lo único que hace impresionante, inconcebible, inimaginable e incomprensible este aparente galimatías, es la doctrina neoliberal, y todas las políticas que derivan de ella. En esta trampa ideológica han caído también como proclama la derecha desesperada buscando aliados, algunos despistados economistas de oposición.

La presunta pureza técnica de la economía política neoliberal es precisamente otro de los conceptos que no cuadra. Ya los empresarios en su amenazante proclama, cuando comenzaba este debate en la Cámara de Diputados, rasgaban vestiduras por este divorcio entre la política y la técnica. Es exactamente por esta razón que no es posible seguir ya argumentando técnicamente en este debate, pues de lo que se trata es de los fundamentos que lo sostienen: propiedad, sociedad, trabajo, no de la técnica para administrarlo.

Por ello, la derecha es incapaz de comprenderlo; de hacerse cargo del fenómeno de la pobreza y la exclusión y cómo operarían las relaciones del Estado con la sociedad y explicarlo racionalmente. Su única ocurrencia para hacerse cargo de ellas es la caridad. Una concepción decimonónica que detrás de todos los absurdos y charrlatanismo escuchados en estas semanas, oculta los verdaderos intereses de clase a los que sirve.

Lo único que no cuadra, entonces, es el sistema de AFP's con las necesidades de los trabajadores, especialmente en un momento dramático como el actual; con la justicia social y el derecho de emplados, funcionarios, profesionales y  trabajadores de disponer del producto de su trabajo, esquilmado mensualmente por el sistema financiero; con los princpios de la seguridad social y finalmente con una sociedad democrática.








jueves, 16 de julio de 2020

¡La clase media de nuevo!

Marinus Van Reymerwaele. El mercader y su mujer



El debate por el retiro de parte de los fondos administrados en cuentas de ahorro individual por las AFP's, ha desatado pasiones. De ello dan cuenta la reacción furibunda de parte de la intelectualidad y de la tecnocracia liberal y las declaraciones de los gremios empresariales que con muy pocos deseos y tiempo para juicios diplomáticos, arremeten amenazando con las penas del infierno a todos los poderes del Estado.

Las maniobras y conspiraciones palaciegas tratando de asegurar los votos del oficialismo en el Parlamento, en lugar de ordenar a su coalición, han desatado una crisis de proyecciones inciertas en la derecha. 

Por lo demás, ni sus parlamentarios más fieles han esbozado una frase siquiera para justificar la posición del gobierno o tratar de explicarla. Piñera aparece aislado como nunca antes se había visto a un Presidente de la República y los partidos de su coalición -excepto quizás EVOPOLI, esperpento liberal de un recambio imposible- han tomado una prudente distancia y están concentrados más bien en sus querellas internas que en la defensa de lo que hoy por hoy es indefendible.

Las calles, la noche antes de la votación en particular del proyecto en la Cámara de Diputados, eran el escenario de una multitudinaria manifestación, con barricadas, caceroleos y gente en la calle, desafiando el confinamiento que impone la cuarentena en tiempos de epidemia y el toque de queda.  La oposición, aparece actuando con una unidad que nunca antes había demostrado en lo que va del gobierno de Piñera, haciendo valer su condición de mayoría en el Parlamento y expresando en él, por primera vez, un vasto sentimiento opositor, de malestar social y de protesta contra el abuso y la indignante desigualdad que en cada evento catastrófico que enfrenta el país, aflora como el hedor de las chancherías, sin que haya manera de disimularlo. 

El triunfo opositor es indesmentible y la noticia más importante de estas jornadas. La mayoría social y política se manifestó en ellas de manera irrefutable.

La prédica majadera de los liberales acerca del sacrosanto principio de propiedad ha quedado al descubierto como lo que es, pura ideología. Excepto los furiosos santones de Libertad y Desarrollo, ninguno de sus paladines, ha tenido la osadía de defenderlo o tratar al menos, con argumentos más o menos racionales. Ciertamente, es imposible mientras se le dice a los cotizantes que no pueden disponer de ella cuando durante décadas se les ha dicho lo contrario, precisamente como el principal argumento en contra de una reforma que introduzca principios de solidaridad a un sistema basado en egoísmo, elevado a la categoría de axioma moral.

De esta manera, la presunta clase media formada en treinta años se ha visto a sí misma como lo que es: una masa de trabajadores despojados, trabajadores esquilmados por partida doble, a lo que la derecha pretende responder raspando la olla -usando la famosa metáfora de un conocido lumpenparlamentario. Es precisamente el intento desesperado de los defensores del modelo para detener la protesta social.  Ello pues el carácter de clase de la propiedad es lo que ha quedado en evidencia como el fundamento mismo del sistema y lo que pretenden seguir ocultando, una vez más y como si fuera posible aún, con créditos y bonos.

En efecto, la apariencia de objetividad de uno de los principios esenciales del dogma neoliberal, en menos de veinticuatro horas, después de décadas de propaganda y manipulación, fue a dar al tacho de la basura. Es precisamente la derrota más profunda que haya sufrido el sistema en treinta años y el motivo de alarma de empresarios, intelectualidad neoliberal y dirigentes derechistas.

El pueblo por supuesto se manifiesta contra el abuso; contra la incapacidad e indolencia de un gobierno que se saca la careta y defiende sin escrúpulos, sin pudor, a una industria que condena a la miseria a millones mientras celebra sus estratosféricas ganancias. Pero especialmente reclama este engaño y exige lo que por décadas le han dicho que le pertenece cuando en realidad se ha convertido en una de las fuentes de sometimiento de los trabajadores  y trabajadoras más siniestras del sistema.

Es un primer paso. El siguiente, demostrar que un sistema de pensiones basado en el ahorro individual de los trabajadores administrado por empresas privadas no solamente es contrario a los principios de la seguridad social sino inviable social y políticamente y una patraña que oculta aunque  cada vez con menos pudor, el que los pichintunes ahorrados por millones .a los que se les ha hecho creer que son propietarios de algo-, hace a la riqueza de unos pocos. El principal obstáculo es el individualismo pequeñoburgués que por décadas ha instalado la creencia de que el esfuerzo personal es el fundamento de la propiedad, creencia que en estos días sufrió, efectivamente, una derrota de proporciones. 

Ciertamente, la devolución de una parte de los fondos no va a resolver los enormes forados del modelo por los que aflora la desigualdad, los bolsones de pobreza, la precariedad y la incertidumbre en que viven millones. La capacidad del sistema neoliberal de parcharlos con más políticas focalizadas y asistencialismo son, hoy por hoy, solamente una manera de posponer el desenlace y retardarlo, el objetivo de la derecha en el que intentará ciertamente embarcar a la oposición. Un acuerdo similar al del 15 de noviembre pasado es prácticamente imposible aunque no faltaran quienes lo intenten. 

El punto de inflexión que marcó el 18 de octubre y la demanda por una Nueva Constitución tiene su continuidad histórica en las luchas por el cambio del sistema AFP´s y está recién empezando.








martes, 23 de junio de 2020

No hay peor sordo ni peor ciego

Pieter Brueghel. El Triunfo de la muerte



Otra vez un grupo de científicos escribe una carta a Piñera para advertirle de las devastadoras consecuencias que puede tener la epidemia de coronavirus en el país. Proyectan, en sus cálculos más conservadores, que las muertes podrían elevarse a setenta mil.

El gobierno, hay que reconocerlo, ha sido estrictamente consecuente en hacer caso omiso de las recomendaciones de científicos, salubristas, gremios profesionales y de trabajadores de la salud, en lo que se refiere a su política para enfrrentarla. Resulta asombrosa, por decir lo menos, su tozudez para no hacerlo considerando la indesmentible evidencia de su fracaso para hacerle frente en todos estos meses.

Es como hablar con un muro. Lo único nuevo en su estrategia para enfrentar la peor crisis sanitaria de los últimos setenta años, es haber incrementado el IFE, sus montos, cobertura y extensión, aún con una serie de condiciones y cláusulas que lo mantienen en los límites de una estricta focalización -como recomiendan sus economistas- luego de haberle entregado un machete a los empresarios con su ley de "protección del empleo" por la que ya lo han perdido miles de trabajadores.

Su discurso y también sus esfuerzos se orientan, más bien, a la recuperación del dinamismo de la actividad económica cuando la gente está muriendo o en el mejor de los casos, se ve conminada, literalmente, a escoger entre la bolsa o la vida. 

¿Ceguera? ¿Estulticia? ¿Ignorancia? ¿Arrogancia? De todo un poco quizás, aunque ciertamente, lo más importante en la determinación de sus decisiones sanitarias y en su sordera para escuchar las advertencias de la comunidad científica, las organizaciones sindicales de la salud y partidos de oposición, sea su adhesión dogmática a una radicalizada ideología de clase.

El único sentido posible que ésta le puede dar a la epidemia de coronavirus y las devastadoras consecuencias advertidas por la comunidad científica, es el de una circunstancia desafortunada que no tiene ninguna relación con la totalidad. Como para cualquier ideología, es una especie de maldición inexplicable. 

Prueba de ello son las insólitas declaraciones de Mañalich poco antes de ser defenestrado, diciendo que no sabía de los niveles de hacinamiento y pobreza de algunos sectores de la RM.

Ello, pues esta ideología interpreta la epidemia como una condición ajena a la vida y a lo social y de pasada, le permite a los sectores dominantes de la sociedad, a empresarios, industria de la entretención masiva y magnates tercermunidtas, tranquilizar sus pequeñas buenas conciencias con acciones de caridad y tratando de transformarla en espectáculo televisivo, mientras sea posible. 

Cuando lo que se ha hecho evidente es la desigualdad, la pobreza, la exclusión o en el mejor de los casos, la fragilidad de la vida bajo el sistema neoliberal, lo único que le queda para no alejarse definitivamente de ella es la caridad o apelar a pleonasmos como los que frecuentemente recita el ministro de hacienda para "descubrir" lo evidente y explicarlo sin comprenderlo en realidad. 

La Imposibilidad de convivir en esta sociedad desigual y excluyente que ya se había manifestado en octubre del año pasado como protesta social, hoy en día lo hace como bancarrota total de los valores que organizaron la vida social hasta entonces. Individualismo, competitividad, emprendimiento privado, se han tornado incompatibles no ya sólo con una convivencia democrática sino con la sobrevivencia misma.

Y una vez más, quienes han sostenido el peso de esta crisis, mantenido cierta  consistencia de lo social con los famélicos recursos con que el Estado subsidiario los dota, son los servicios públicos. El sistema sanitario de atención primaria y las escuelas públicas en barrios azotados por la pobreza, el hacinamiento, las necesidades materiales y la violencia, prácticamente abandonados a su suerte. 

Toda la perorata de los ideólogos liberales y conservadores que por estos días abunda en medios escritos y opinología televisiva, es indigente para explicarlo. Es además un ridículo en el que han caído incluso algunos connotados dirigentes de la extinta Concertación de Partidos por la Democracia que hace meses vienen pregonando el "progreso" como si la gente pudiera seguir esperando el prometido chorreo en casuchas, sin ingresos, sin atención oportuna de salud ni alimentación garantizada por varios meses, que es lo que se va a extender la emergencia, de no mediar más chambonadas.  

Este progresismo noventero, no puede pensar ni proponer una solución racional a esta situación pues sus notables razonamientos lógicos no se refieren a la realidad; no dan cuenta de la catástrofe social y humanitaria que azota al país y pospone, como toda ideología, la solución para un porvenir del que muchos tal vez ni siquiera van a ser testigos pues van a estar muertos. 

Así de radical es la situación. La cacareada crisis de confianza de la que habla el periodismo librepensador, es en realidad la crisis de los valores y las promesas liberales que después de treinta años nos colocaron exactamente adonde estamos, no el coronavirus. 

La tozudez, el dogmatismo y la arrogancia del gobierno; su resistencia a escuchar evidencia científica, recomendaciones en materia sanitaria y manejo de la crisis, son en realidad expresión de la defensa de su última línea, de los valores y la cultura que sostienen su concepción de la realidad y fundamentan su política, y que en última instancia, defiende unos intereses de clase evidentes para cualquiera hoy por hoy.

El pueblo va a recuperar la confianza cuando precisamente en esta última línea, la oposición se atreva a dar la batalla definitiva. 




lunes, 15 de junio de 2020

Un acuerdo intrascendente



Pedro Lira, El niño enfermo


Después de dos semanas de tratativas por la prensa, finalmente el gobierno logró un acuerdo con parte de la oposición. Específicamente con los partidos de la extinta Concertación de Partidos por la Democracia. Como todos los acuerdos que entre estos dos bloques presenció nuestra sociedad en los largos y aburridos años noventa, son como el parto de los montes. Mucho escándalo para tan poco y tan tardío.

Si hasta los representantes de RD, quienes habían participado de las negociaciones, comprobaron el escuálido margen que desde un principio tuvo, considerando el monto fijado para financiarlo y que todos los concurrentes y sus auspiciadores habían saludado como demostración de racionalidad y responsabilidad fiscal. Su salida del acuerdo, antes de que se conociera, ya lo demostraba.

Una clásica receta liberal que consiste en la repartición de ayudas extraordinarias. En este caso además llegan con tres meses de retraso, cuando el país ya ostenta el triste record mundial de contagiados y muertos por millón de habitantes. Ciertamente, la foto del acuerdo y el anuncio de incremento de los miserables bonos entregados por el gobierno, lavan sólo un poquito y momentáneamente además, la imagen a su desastrosa gestión.

Los montos destinados a los municipios, quienes han tenido que poner la cara por un Estado fantasmagórico, a todas luces son insuficientes considerando su sideral déficit, el que se ha visto agravado por los gastos en que han debido incurrir para hacer frente a la epidemia, lo mismo que el sistema de salud, situación por lo demás que como hasta el propio Piñera en una de sus típicas alocuciones redundantes e insulsas, reconoce no saber por cuánto tiempo más se extenderá.

Es evidente entonces, aunque muy poco sustentable, que el dichoso acuerdo solamente se hace cargo de paliar en algo el hambre, pero no de garantizar el derecho al trabajo, a la salud ni a una vida digna durante la pandemia. Cuando el hambre golpea tan duro como lo está haciendo ahora, es fácil reivindicar la caridad como si fuera un sucedáneo suficiente de la justicia. Ello, para tranquilizar conciencias y de pasada, salvar momentáneamente cadáveres políticos, como son muchos sin haberse dado por enterados todavía.

El acuerdo, además, agrava las ya de por sí rocambolescas contradicciones y deformidades del pantagruélico sistema neoliberal. Con esa fe de carbonero típica de sus economistas, todavía sostiene como si fuera una idea genial, que a través de las rebajas de impuestos y la ininterrumpida entrega de subsidios estatales, la empresa privada va a ser el motor de una reactivación que, como por una especie de determinismo biológico y sin mediar una acción política, se va a traducir en más empleos, mejores sueldos, progreso y bienestar.

La famosa reactivación entonces, se podría posponer indefinidamente y seguir actuando así, como siempre lo ha hecho el relato liberal del progreso, como una promesa que le permita seguir justificando la penuria y la necesidad de millones en función de un futuro mejor. Así ha sido desde los noventa hasta hoy. Y el acuerdo suscrito entre el gobierno y parte de la oposición estos días, parece presumir que así puede seguir siendo indefinidamente.

Quizás por esa razón, ya emprezaron todos los fósiles de la transición,, como Allamand y Longueia, a plantear la posibilidad de no realizar el plebiscito constitucional. No puede haber una solución definitiva a la dramática situación que vive el país, los trabajadores y trabajadoras, sus familias, sin plantearse el rol del Estado. Todos lo reconocen, excepto la derecha, y por eso el problema constitucional va a seguir estableciendo el límite infranqueable entre esta y la oposición.









miércoles, 10 de junio de 2020

Las paradojas de la epidemia



Oto Dix. Pragerstrasse


Con el devenir de la administración derechista, se ha ido haciendo cada vez más evidente que el neoliberalismo criollo no resiste más parches y que estamos ya en plena transición hacia un nuevo país, una nueva sociedad.

Esto, sin embargo, ha sido disimulado por la emergencia sanitaria provocada por la epidemia de coronavirus.

Paradójicamente, mientras desnuda de la manera más descarnada las grietas del modelo, sus contradicciones e incapacidad para satisfacer las necesidades de la población y del país, la emergencia es aprovechada por la administración derechista para distraer la atención de la opinión pública, de las verdaderas causas de esta situación de vulnerabilidad en que nos ha colocado el neoliberalismo, no el virus. 

Deja en evidencia la enorme desigualdad que cruza a la sociedad, y los intereses de clase que sostiene este modelo.  Para el trabajador, promesas; para el financista y el especulador, certeza, ganancias inmediatas y abundantes. Pero al mismo tiempo, la emergencia sanitaria actúa como un distractor que trata de presentar la desigualdad, la precariedad y el abuso como una tragedia circunstancial producto de la epidemia. 

Haciendo gala de su proverbial sentido de la oportunidad y su capacidad de hacer de la tragedia una excusa para aplicar planes de schok, la derecha ha aprovechado la epidemia de coronavirus como excusa para realizar las transformaciones al modelo neoliberal que adelanten desde ya sus defensas ante los efectos de esta crisis, un escenario tan dramático como el de 1982 o quizás más.

En efecto, los sectores dominantes de la sociedad,  han aprovechado sin ningún tipo de escrúpulo, la coyuntura del coronavirus para sacar adelante -contando eso si con varios votos opositores en el Parlamento- leyes de flexibilización del trabajo, para transferir ingentes recursos a la banca; ir al rescate de las empresas. 

Los suplicantes llamados de urgencia del gobierno a la oposición para alcanzar un acuerdo en materia de reactivación económica usando como pretexto los efectos de la epidemia, dan cuenta de su preocupación y la comprensión de que ésta no es una crisis más. Trabajan afanosamente para lograr un acuerdo que les permita enfrentar los efectos de la crisis del modelo y en lo posible, dar estabilidad y proyección en el largo plazo a todas estas medidas. 

Toda la última semana ha sido el tema principal de la actualidad noticiosa. De que este acuerdo nacional prospere, dependen en gran medida las condiciones en que esta crisis del modelo vaya a a seguir desarrollándose. 

Sin embargo, para la derecha no ha sido posible distraerse del debate principal, que es de la nueva Constitución pues es parte de este -probablemente la más importante además-.

Tal como lo dijo Lagos en alguna ocasión, el debate constitucional va a estar fuertemente determinado por los efectos de la epidemia de coronavirus. Es imposible sustraerse de estos pues demuestran con elocuencia el carácter del contrato social vigente. Un contrato excluyente, desigual y autoritario. Vamos a ver si lo es menos el contrato social, el "acuerdo nacional" que tiene en mente la derecha y para el que ya dieron una primera aprobación algunos sectores opositores. 

Esta situación de transición a una nueva sociedad, reclama de la izquierda una actitud audaz. La construcción de una alternativa independiente expresiva de toda la amplitud del pueblo, que se proyecte más allá de la epidemia y de sus consecuencias más inmediatas. Que perfile ese nuevo Chile que está por nacer, sin sectarismo pero con convicción y firmeza de propósitos. 











jueves, 28 de mayo de 2020

El Chile que bosteza



José Venturelli. Recuerdo de un recuerdo


Otra vez el gobierno, graciosamente, le propone a la oposición un acuerdo nacional. Esta vez, para enfrentar la epidemia de coronavirus y sus horribles consecuencias, -ya reconocidas por liberales derechistas y liberales socialdemócratas-, aunque sería más correcto decir, el desastre social y humanitario provocado por su política. 

Ya de partida, la idea de un acuerdo nacional parece una comedia de equívocos, cuando no una grotesca farsa. 

Que nadie las viera venir; o como cínicamente dijo el ministro de salud,  sobrepasaran cualquier proyección epidemiológica e hipótesis sanitaria porque no sabía que la gente en algunos barrios es tan pobre y vive tan hacinada, es demasiado inventado como para comentarlo o siquiera discurrir acerca de ello. 

Lo impresionante es que algunos partidos y coaliciones de oposición hayan considerado seriamente este llamado, pese a los estropicios de las políticas de un gobierno que se jacta de haber creado una red de protección social y de salud, lo que con su proverbial puerilidad dice Piñera después de promover leyes para recortar salarios y despedir trabajadores. 

En efecto, su presunta red de protección social no es más que la suma de algunos miserables bonos y un salario de emergencia que está por debajo de la línea de pobreza y en el colmo de la desfachatez, para aquellos que han tenido la suerte de tener un contrato de trabajo en el último tiempo, uno financiado por su propio seguro de cesantía mientras dura la emergencia sanitaria o después de haber sido despedidos. 

Doblemente aporreados, los trabajadores y trabajadoras, deberían estar agradecidos de Piñera y sus amigos y de los partidos y dirigentes opositores que con tan solícito republicanismo lo asisten. 

Algunos en el FA incluso se quejan de no haber sido convocados y otros, como el presidente del PR, hasta reconocen públicamente sus dudas respecto de su decisión de asistir al dichoso acuerdo. Semanas antes, la presidenta del Colegio Médico había convocado a un panel de connotados economistas liberales para hacer propuestas para enfrentar la situación crítica que con encomiable firmeza ya había denunciado en varias ocasiones anteriormente. 

Las conclusiones del famoso panel fueron, por supuesto, oportunamente recibidas -y con beneplácito- en palacio y por el Ministro de Hacienda, Ignacio Briones. La suerte de una población víctima de estas políticas que se basan en las archiconocidas recetas de excepción y entrega de ayudas transitorias y milimétricamente focalizadas para guardar la plata para más adelante, estaba echada. 

Pese a toda la evidencia que demuestra que éstas son el origen del drama, los presidentes y parlamentarios de los mismos partidos de oposición que asistieron a firmar el acuerdo de la noche del 15 de noviembre concurren con más o menos dudas a negociar alguna cosa y con la sincera convicción de estar haciéndolo por el bien de nuestro sufrido pueblo. 

Puede ser. Difícil pero probable. El punto es que una vez más, se separan aguas en el campo opositor y ello lamentablemente, con excelentes resultados para Piñera y sus compinches. No se puede negar que para la derecha tampoco fue fácil tragar el sapo y que Desbordes jugó un papel clave aunque contara con la oportuna ayuda del "panzer". 

No se trata, en el caso de la oposición, de diferencias respecto de su postura frente al gobierno ni de la sinceridad o demagogia de sus abluciones de progresismo. Con el devenir de la administración derechista, se ha ido haciendo más evidente que el neoliberalismo criollo no resiste más parches y que estamos ya en plena transición hacia un nuevo país, una nueva sociedad y que tanto el desorden opositor como en menor medida, el derechista representan el trabajo de parto de un orden político completamente nuevo. Es en este punto donde se separan las aguas.

La apariencia de estar frente a un torbellino "que nadie vio venir" o que ha sobrepasado a partidos, organizaciones sociales y sindicales, estudiantiles; a referentes morales: que ha originado el prematuro quiebre del FA y su definición más centrista, dan cuenta de esto. Era algo que durante la primera administración de Piñera ya empezaba a aflorar, pero que a partir del 18 de octubre pasado adquiere mayor velocidad.  

Por cierto, no la suficiente y los acuerdos nacionales promovidos por la derecha, tanto como la presión de la lucha de masas que se libra en las calles, le ponen el acelerador, aunque sea en diferentes direcciones. ¿Significa esto que la unidad opositora es imposible o que la derecha va a sufrir un cisma? No necesariamente.  Significa simplemente que hay que saber distinguir lo inmediato, lo urgente, lo necesario, de lo que se va a proyectar por décadas, del nuevo Chile que bosteza, sin olvidar ni uno ni otro. 

Entre un neoliberalismo moribundo y este nuevo Chile que empieza a despertar, hay en todo caso un punto de inflexión que es la nueva Constitución. En este punto la unidad de la oposición es posible y necesaria y los esfuerzos del gobierno, encabezados desde las sombras por Chadwick y compañía, son precisamente para enredar, dificultar y posponer lo más posible. 

En lo inemdiato, las tareas para enfrentar la epidemia y sus consecuencias. Las oposición tiene propuestas, iniciativas de ley que han sido sistemáticamente invisibilizadas por la prensa oficialista  y su propia incapacidad y torpeza -entre otras, la de correr a tropezones a acordar con el gobierno, cosas que las contradicen y las dejan en letra muerta, o la de ir siempre a la zaga de un pueblo que resiste y se organiza, gracias casi  únicamente a su instinto de clase y la memoria de décadas de luchas por el pan, la salud y la vivienda- . 

Ya llegará el momento de evaluar y será el pueblo quien lo haga. Tanto por la experiencia de la epidemia, como de acuerdo a qué tan justo, tan libre, tan democrático y tan lindo sea el futuro de sus hijos e hijas. 

lunes, 18 de mayo de 2020

La encrucijada

Francisco Goya. La romería de San Isidro




Se ha gastado un mar de tinta para describir las maniobras del gobierno que han favorecido a los empresarios y los banqueros durante la emergencia provocada por la epidemia de coronavirus.

Medidas administrativas y legales que van en ayuda de las grandes compañías a través de créditos financiados con plata del Estado, créditos administrados además por los mismos bancos que controlan.

Medidas que favorecen los despidos, legitiman el escamoteo de los salarios y la informalidad en el empleo, generando efectos permanentes en el aumento de la pobreza y la exclusión así como en el crecimiento de las extraordinarias ganancias de unas cuantas empresas y la consiguiente concentración de la riqueza.

Todo esto, presentado con un aura de objetividad y gravedad académica que ya nadie considera seriamente, excepto los comentaristas de EMOL y uno que otro columnista cuya ocupación es precisamente ensalzarlos con citas bíblicas y de filósofos de la antigüedad. 

El salvataje de la banca, la reducción de los salarios y de las prestaciones de los servicios del Estado a lo más mínimo -de lo que dan cuenta las precarias condiciones del sistema hospitalario y de atención primaria de la  salud pública para enfrentarla-; la flexibilización del empleo y el fomento de la informalidad, son un paquete de respuestas conocidas pero que con una engañosa sofística,  es expuesto como una novedosa solución a la emergencia sanitaria y sus consecuencias. 

Toda la derecha, con férrea disciplina, se encarga de machacar día y noche el paquete, tratando de sacar provecho de la crisis para aplicar su clásica receta de schock, la misma con la que enfrentó la crisis del 81 y con la que antes, en los setenta, impuso el modelo neoliberal. 

Las respuestas de la  oposición  no dan cuenta de la agenda derechista. Es precisamente lo que le impide articular una respuesta unitaria y coherente. Se debate entre reacciones a la emergencia de la coyuntura, defensa de un desvencijado sentido de lo público; de los pocos derechos que el sistema no ha logrado arrebatar aún a los trabajadores y grotescos esfuerzos por demostrar seriedad y capacidad de gobernar. 

La actual crisis del modelo que el levantamiento popular del 18 de octubre dejó en evidencia, y que sus defensores pretenden resolver usando como pretexto la crisis sanitaria, desafía a la oposición precisamente a demostrar su voluntad de emprender las reformas políticas y sociales que éste planteó.

Su situación entonces, no puede ser otra que dispersión y desencuentros, toda vez que a este respecto, no son más que algunos puntos muy específicos los que la unen. Y quizás insuficientes para hacerse cargo de ésta. Ni siquiera para ser una efectiva oposición a Piñera.

El costo ciertamente lo está pagando el pueblo, que ha soportado hasta ahora, aunque no podría decirse por cuánto tiempo  más lo hará, los brutales efectos de la enfermedad, el empobrecimiento producto de los despidos, los recortes de salario; la falta de servicios públicos gratuitos, de calidad y oportunos, agravados por la política de schock derechista.  

Esta situación de crisis del modelo, velada por la emergencia sanitaria, es la encrucijada que va a determinar, probablemente por mucho tiempo, las contradicciones que van a agitar el devenir de los acontecimientos políticos; las reivindicaciones que harán emerger movimientos de masas y organizaciones y quizás superarán a los ya existentes;  alianzas políticas y programáticas que se proyectarán ciertamente más allá de la crisis sanitaria.