miércoles, 30 de marzo de 2022

Un Gobierno y una Convención asediados

Honoré Daumier. El levantamiento. 1860



Este título puede sonar un poco tremebundo considerando los niveles de popularidad y respaldo que el pueblo ha expresado una y otra vez al proceso de cambios que experimenta el país desde, a lo menos, el plebiscito constitucional del 25 de octubre de 2020. Eso sin contar la ola de movilizaciones feministas, de trabajadores y trabajadoras, ambientalistas y jóvenes que desembocaron en el 18 de octubre de 2019. 

El gobierno del Presidente Boric, representa la esperanza de que los cambios reclamados desde las calles y posteriormente en las urnas, se hagan realidad. Y la Convención Constitucional, la de tener una Constitución que nos represente realmente a todos y todas y no sólo a los poderosos, como la constitución actual.

Sin embargo, como era de esperar, la derecha, los empresarios, los conservadores, y sus cipayos, han puesto en marcha una feroz campaña de desprestigio y obstrucción a aquellos cambios. 

Una mención especial en esta historia de infamia, merecen algunos personajes que resulta ineludible -aunque molesto- nombrar . El columnista de El Libero Pepe Auth; el sobrino del poeta Enrique Lihn, líder de los amarillos; Mariana Aylwin; el extravagante Fulvio Rossi. Su lugar en ella quedará escrito como uno de los más indignos y serviles de los que se tenga memoria.

La derecha, el gran empresariado, las transnacionales, sólo hacen honor a su historia y defienden las pornográficas tasas de ganancia que el modelo neoliberal les ha garantizado en los últimos cuarenta años. La radicalidad de su campaña; la intensidad de su propaganda; su encomiable persistencia en el desarrollo de esta labor de crítica y obstrucción, lamentablemente, contrasta con la pasividad con la que la izquierda actúa para defender a su gobierno, a la Convención y al proceso de cambios. 

A sus triunfos electorales; al avance de la redacción de una nueva Constitución, le corresponde una reacción de la derecha y los empresarios, multiplicado por millones a través de los medios de comunicación que controla. Sin embargo, el estado de lamentable debilidad en que se encuentra la central sindical más importante del país; la dispersión y lenta desaparición del movimiento NO+AFP;  del movimiento estudiantil, de la movilización feminista y del movimiento ambientalista, son en cambio un factor que los vuelve inermes. 

Las transformaciones, por muy favorables que sean para los intereses del pueblo, están encapsuladas en la institucionalidad y cuando la lucha de masas irrumpe, pareciera no tener propósitos claros ni relación alguna con ella.  

En lugar de identificarse con las organizaciones sociales y de masas, el contenido de sus reivindicaciones, movilizarse también para defender a su gobierno del ataque sistemático y artero de la derecha, los empresarios, y su ejército de loros, los partidos y organizaciones de izquierda, se debaten en los problemas de la administración del Estado y en su afán por demostrar capacidad de gobernar, parecieran olvidar a ratos su rol de agentes de cambio social y político. 

La autonomía de los partidos, por esa razón, es un capital que se debe cuidar. La Concertación, de hecho, terminó convirtiéndose en el "partido transversal", precisamente por no hacerlo. El gobierno debe gobernar; el pueblo luchar por sus reivindicaciones; y los partidos de izquierda y progresistas interpretarlos y darles un sentido, no separar la lucha de masas de las tareas de administración del Estado. 

La desigualdad escandalosa de nuestra sociedad, producto de la apropiación privada de todo lo real por un  puñado de empresas, es causa de las contradicciones que la cruzan en todas sus manifestaciones. En el trabajo; en la educación y la cultura; en los barrios y en su relación con el medioambiente. La izquierda chilena se define precisamente por su posición frente a estas contradicciones. Ello determina el lugar que ocupa en la política, no la adscripción a un vago ethos progresista que da lo mismo para un barrido que para un fregado. 

Partidos "instrumentales", "programáticos"; movimientos sociales "autónomos", etc. se han visto florecer y marchitarse en estos treinta años varias veces. Su aporte, asimismo, disiparse como el vapor en la misma medida que nacen y mueren con la emergencia de las contradicciones en las que el neoliberalismo se manifiesta con una naturalidad que finalmente se transforma en fascismo puro y duro. El riesgo de una involución reaccionaria está siempre presente mientras no haya sido derrotado en forma definitiva.  

La unidad de pueblo en torno a la defensa de la democracia; de los derechos sociales, políticos y culturales de todos y todas, tal como lo demostró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales recién pasadas, demuestra que es posible derrotarlo. La movilización popular y de las organizaciones sociales. Y especialmente, la de la izquierda en la defensa del proceso son más necesarias que nunca. Combatir el asedio del gobierno y la Convención es una tarea de la izquierda y del pueblo. No hacerlo, un regalo para la derecha y los nostálgicos de los viejos buenos tiempos de la democracia de los acuerdos y todos los conservadores que quieren que nada cambie. 

viernes, 18 de marzo de 2022

El centro, ¿está de vuelta?

Jacques Louis David. El juramento de los Horacios. 1784



El "centro político" está de vuelta por sus fueros o a lo menos, eso pretende. ¿Qué importancia real puede tener esta compulsión centrista? 

Alguna vez, el "centro" representó una idea política que consistía en realizar reformas graduales y consensuadas con la derecha, sin cambiar la Constitución.  

A la vuelta de treinta años, sin embargo, el resultado de esta política se expresó en mercantilización de la vida social, burocracia y autoritarismo; contaminación y destrucción del medioambiente; en endeudamiento, bajos salarios y especialmente, en un aumento de la desigualdad a niveles repugnantes.  

Pese a lo anterior, antiguas glorias del centro, insisten en reivindicar contra toda la evidencia disponible, la misma receta.  

¿Tozudez?, ¿voluntarismo?, ¿dogmatismo?, ¿autocomplacencia? o simplemente ¿ceguera política?

Ni siquiera todos quienes protagonizaron ese período se atreverían a sostenerlo sin ruborizarse. Menos el pueblo, sometido a la más despiadada sobreexplotación; conminado a pagar por todo con tal de tener acceso a bienes y servicios mínimos -no hablemos de calidad-.  Excluido y discriminado si no calza con la idea dominante del "emprendedor"; el "exitoso"; con el ideal "meritocrático" de la cultura dominante, coartada de los liberales para justificar el retiro del Estado, la profundización de su carácter subsidiario y fuente de frustración e infelicidad de millones.  

Esa es la razón, seguramente, para que todos los protagonistas de la "democracia de los acuerdos" se estén yendo a España o no tengan ninguna relevancia ni incidencia. 

La única finalidad medianamente razonable que podría tener su tozudez, es sumarse al coro de críticos de la Convención Constitucional encabezado por Piñera, que en su última alocución al país tiene la desfachatez de pontificar acerca de sus debates y augurar temibles catástrofes en caso de seguir elaborando una Constitución distinta a la actual. 

Los representantes intelectuales, académicos y políticos del centro, insisten por ello -aunque suene pasado de moda- en sus recetas fracasadas e imposibles. No para reinstalarlas en el debate político sino para poner un muro que contenga, en lo posible, las transformaciones que haría posible una nueva Constitución. 

De modo similar al coro de economistas críticos del programa de gobierno del Presidente Boric -quienes, para no quedar en evidencia, argumentan toda clase de limitaciones técnicas-, este nuevo "centro" oculta su conservadurismo y su nula voluntad de realizar cambios efectivos, tras un refrito ideológico que mezcla dogmas de la economía política neoliberal, consideraciones de un republicanismo conservador y especialmente máximas del sentido común dominante.  

En efecto, toda la postura de este nuevo "centro político", se basa en su adscripción "ingenua" al estado de cosas actual, como una suerte de realidad natural y no como el resultado de la acción práctica de sujetos políticos y sociales.

Según esta ideología pequeñoburguesa, en sus homéricos afanes refundacionales, la Convención Constitucional está pasando por alto precisamente los datos de realidad que este sentido común neoliberal ha transformado en verdades apodícticas. Este presunto nuevo centro no lo dice abiertamente pero en el fondo coincide con los gremios empresariales, los centros de estudio de la derecha, el Consejo Fiscal Autónomo y todo el batallón de ideólogos y políticos conservadores en su afán de preservar lo que se pueda de la Constitución de Pinochet. 

Ni una sola idea nueva. 

Esa ausencia de ideas, acarrea agua al molino derechista. Ciertamente, no a la derecha fanática de Kast y sus republicanos, demasiado tosca como para no parecer un retrógrado acercándose a ella. Existe, sí, un auditorio en la derecha tradicional dispuesto a escuchar y entonar la vieja canción de la democracia de los acuerdos, la medida de lo posible, etcétera, etcétera, etcétera. El centro, en este caso, queda definido más por la radicalidad de la ultraderecha que por sus propias ideas. 

Su torpeza sumada a su mojigatería, en todo caso, terminan por facilitarle el camino. Atontan a las audiencias con su letanía de recetas dizque "realistas" y su simplificación grotesca de los debates de la Convención, repetidas majaderamente a través de los medios de comunicación de masas. Por medio de la presentación distorsionada del discurso, las propuestas y las acciones del Gobierno, del Presidente, sus ministros y ministras.

En buenas cuentas, este nuevo centro, representa la comodidad del que presume su conservadurismo, con aires de gran sabiduría, como si se tratara de realismo político. Que puede seguir esperando otros treinta años viviendo de las migajas que caen de la mesa de las transnacionales y los grupos económicos, mientras el pueblo sufre privaciones, enfermedad, inseguridad y abuso.

En la hora actual no hay mucho espacio para medias tintas. El plebiscito en que se someterá a la consideración del pueblo la Nueva Constitución tiene sólo dos opciones con consecuencias bastante precisas.

Mientras los nostálgicos de la democracia de los acuerdos trabajan afanosamente para reformar el artículo de la Constitución que les permitiría resolver en el Parlamento una fórmula que los dejara a todos contentos, el pueblo, Apruebo Dignidad, el Gobierno y los partidos que lo apoyan, deben fortalecer su unidad tras la única consigna que tiene sentido en la actualidad: defender la Convención para derrotar definitivamente al Pinochetismo y aprobar una nueva Constitución.


jueves, 3 de marzo de 2022

Acerca de la responsabilidad de los intelectuales

Jean Antoine Watteau. Los comediantes italianos




Como se puede apreciar sin ser muy sagaz, la derecha ya está urdiendo el complot para hacer fracasar la Convención. 

Acusar sin fundamentos ni pruebas que le están pasando la máquina -manera deshonesta de victimizarse por su incapacidad política y ausencia de ideas como no sea defender las contenidas en la Constitución actual-; tergiversar el contenido de lo propuesto y luego aprobado por la Convención, y presentar tales paparruchas como algo plausible y que a algún sector de la opinión pública pueda atemorizar, no le ha costado tanto. 

En efecto, la mentira es el arma más poderosa que el fascismo ha usado en todos los tiempos, lo que en la actualidad ha sido elevado a la milésima potencia gracias a la velocidad y alcance con que circula la información a través de los medios. Trump es uno de sus cultores más eximios. 

Este método se basa en la destrucción sistemática de la razón por parte del neoliberalismo. La presentación de sus dogmas como verdades objetivas, puros "hechos" sobre los que no es necesario reflexionar, salvo para adaptarlos, acomodarlos a los prosaicos mecanismos de su pobre lógica como si se tratara del aparato de tortura medieval conocido como "el potro".

La verdad ha sido reemplazada por el criterio de la mayoría y la opinión pública por el resultado de una encuesta. Todo el contenido humano, racional, sensible de la democracia ha sido vaciado en los últimos treinta años y reemplazado por un vago ethos de la responsabilidad y la eficiencia. 

Es extraño, en ese sentido, que connotadas figuras académicas e intelectuales se hayan prestado para semejante operación, consistente en limitar la Convención Constitucional a la adaptación de sus resoluciones a los límites de lo existente. Ciertamente, un ejercicio de una mediocridad supina, presentada como "responsabilidad" fundada precisamente en esa ética de "lo bien hecho", "lo realista" o "la medida de lo posible".  cuando no es más que conservadurismo.  

Lo hacen sin darse cuenta, aparentemente, del lugar de comparsa que están jugando. Los niveles escalofríantes de manipulación mediática, en este sentido, no aprobarían ni el más mínimo test de seriedad en una sociedad auténticamente democrática y aún así los intelectuales les prestan oídos y declaran entristecidos, decepcionados, conmovidos -cuando no con tono pontificador- que la Convención ha traicionado sus nobles expectativas. 

Estos académicos se instalan en un lugar de superioridad intelectual que nadie les asignó  excepto ellos mismos y su capacidad para arrimarse al poder político dominante en los últimos treinta años, sin darse cuenta de la ingenuidad pueril de su pretensión y la irrelevancia de sus opiniones, de no ser por la tribuna de la que gozan en los medios del sistema. 

Al pueblo poco le interesan las alambicadas disquisiciones de ex poetas, sociólogos de lo inexistente, mercaderes de la política educativa o ingenieros. El país sufre una grave crisis que es expresión, por lo demás, de una coyuntura histórica en que la humanidad enfrenta desafíos desconocidos y de los que son expresión la crisis climática, el fenómeno mundial de las migraciones, la carrera armamentista, el agotamiento de los recursos naturales, el aumento de la pobreza y la exclusión, la bancarrota del eurocentrismo, etc. 

Por esa razón, se va a abrir paso, y de hecho ha sido así, un movimiento popular que se expresa en la Convención. Es la razón para que la derecha, el desfalleciente gobierno de Piñera y la jauría mediática, la ataquen sistemáticamente y con vergonzante hipocresía, se deshagan en gestos de amistad cívica con el gobierno entrante -por cierto, no sin dejar caer algunos manotazos de ahogado contra algunos ministros, ministras y otras autoridades del Ejecutivo-. 

Es en el contexto de la campaña difamatoria, que intenta limitar por la vía de los hechos  a la Convención, acusándola de afán refundacional -como si se tratara de un despropósito cuando es precisamente para lo que fue electa-  que se explica el terror de los intelectuales y de la academia. ¿Miedo a perder prestigio, influencia, status? Tal vez, pero especialmente, miedo a perder la seguridad de la que han gozado en sus pequeñísimos cubículos literarios y pseudocientificos, aún a costa de detener transformaciones necesarias y posibles.

La derecha y las clases dominantes, como siempre, han sabido sacar provecho de este miedo que además, es el mismo que explota y ha explotado siempre el fascismo entre sectores de clase media que viven de la ilusión de ser parte del sistema y beneficiaria de sus resultados, hasta que empieza a apretar el zapato. 

Cuando eso pasa, sin embargo, suele ser demasiado tarde. Es de esperar que no sea ésta la ocasión. Los intelectuales, a lo largo de la historia, desde Giordano Bruno a Paulo Freire, han jugado un papel mucho más relevante que el de advertir catástrofes inexistentes. La única sería en este caso, desperdiciar la oportunidad de construir a través -aunque no exclusivamente- de una nueva Constitución una sociedad más justa, más humana, más inclusiva, más soberana, más respetuosa del medioambiente. 
 
  


viernes, 18 de febrero de 2022

¿Hacia donde va la derecha?

Hannah Höch. Corte con el cuchillo de cocina dada. 1919



¿Hacia dónde va la derecha? Se están empezando a votar, en el Pleno de la Convención, los artículos que definitivamente van a ser parte de la nueva Constitución y la derecha no ha logrado incluir ni una sola de sus ideas entre ellos. Es la razón por la que ha acusado toda clase de errores o derechamente malas intenciones y actitudes antidemocráticas por parte de la izquierda -o sea todo el resto de la Convención prácticamente-. 

Pasando por alto que es precisamente lo que hizo durante treinta años de "democracia de los acuerdos", decir que la izquierda quiere imponer una Constitución que contenga sólo su concepción del Estado y de la sociedad, es desconocer olímpicamente que el pueblo eligió a los convencionales precisamente por las ideas que hoy en día se aprueban y que si Vamos por Chile no escogió más que su ridículo veinte por ciento, es porque la sociedad ya está hasta el gaznate con las suyas. 

El resultado que obtuvo en la elección presidencial, fue señal suficientemente clara de que discursos de odio y beatería moral y religiosa, no la van a llevar a recuperar las posiciones de dominio que gracias a una Constitución ad hoc, ocupó en el pasado reciente. De esa manera, no acierta a hilvanar un par de frases con sentido sin luego contradecirse, arrepentirse, parafrasearse, explicarse y perderse. Un ejemplo claro de ello, fue la efímera amenaza de la UDI declarándose en estado de reflexión.

Ciertamente la reflexión no es su fuerte y le duró muy poco. Del lado de los dizque "liberales", las cosas tampoco son tan claras, pues de todos modos es un hecho que si el plebiscito fuera hoy sólo en base a lo que ya se ha aprobado, rechazaría. Sin embargo, haciendo gala de su republicanismo decimonónico, dice que no lo haría sino hasta conocer el texto final, aún sabiendo que por una cuestión de clase es lo que va a hacer. Su inveterado positivismo gnoseológico es apenas un pretexto.  

 Y ¿después del rechazo? Tampoco han explicado claramente su propuesta en el hipotético caso de que éste triunfara. ¿Volver a antes del 25 de octubre de 2020? ¿Convocar a una nueva Convención, como propone Longueira?, ¿otorgar facultades constituyentes al Congreso actual?

Lo que sea que la derecha piense que hay entre lo que actualmente se vota en la Convención y lo que se someta a referéndum en julio, es incomprensible....mejor dicho, inconcebible. Desconoce la historia reciente partiendo del 18 de octubre de 2019 y el resultado de todas las elecciones realizadas desde el plebiscito de entrada.

El gobierno que asume en marzo, presumiblemente, le va a poner el acelerador al proceso constituyente y ello, por cierto, la preocupa. Su principal queja hasta el momento es por la soledad en la que se siente. Ni pirquineando votitos, logra juntar el tercio y salvo en materias puntuales y muy esporádicamente, ha votado igual que otros sectores. Es de hecho en esas contadas ocasiones donde más evidente es su soledad e intrascendencia. 

Pero no hay que confundirse. La labor de zapa que está realizando para provocar el fracaso de la Convención es evidente y tenebrosa. La Tere Marinovic, como le dicen los siúticos, se ha dedicado permanentemente a provocar, lo mismo el convencional Zúñiga de la UDI. Marcela Cubillos, ha actuado como vocera de lo más reaccionario del sector a través del pasquín El Libero, luego reproducida por toda la prensa  del sistema. Y si bien hay personajes que las pintan de más razonables e incluso tienen la osadía de decir que esperan el éxito de la Convención, no han parado de cuestionar desde una posición de supuesta superioridad intelectual o técnica, las resoluciones de las comisiones o lo que ha votado el Pleno hasta ahora, contando eso sí con un coro de "académicos" aterrados al ver que la sociedad que han ayudado a construir en estos treinta años se cae a pedazos. 

¿Qué es lo que pretende? A las perdidas, negociar alguna cosa tratando de sacar provecho de las diferencias circunstanciales que pudiera haber en la izquierda. Introducir, por ejemplo, alguna enmienda en los artículos que no alcanzaron los dos tercios en el pleno y que vuelven a las comisiones. Permutar sus votos en ciertas materias de su interés y que pudieran cambiar los resultados en las próximas votaciones; varias alternativas tiene todavía y por ella se las están jugando. 

Sin embargo, es casi seguro que al final del día va a a tirar el mantel. El rechazo en el plebiscito de salida es precisamente eso. El fracaso de la Convención aun cuando sea por una exigua diferencia en él, es su única alternativa. Es la imposición de los puros hechos mediante un acto de fuerza  que empezó a planificar desde el 15 de noviembre de 2019. En pocas palabras, el fascismo. No hay otra posibilidad para la derecha. 

Las caras del fascismo en todo caso son muchas. Kast solamente abrió el camino y tal como está sucendiendo en otras partes del mundo, aunque no se pueda afirmar que es una tendencia definitiva, en la confianza está el peligro. Ni un milímetro se le puede ceder.

El gobierno del Presidente Boric debe prepararse para una tenaz resistencia por parte de los empresarios, los grupos conservadores, el lobby de las transnacionales que han gozado en estos últimos treinta años de granjerías comparables sólo a las de la oligarquía de comienzos del siglo XX. El pueblo movilizarse; los partidos y organizaciones sociales que fueron sostén del triunfo de diciembre, fortalecer su unidad. La derecha no ha olvidado las lecciones de la Unidad Popular. es de esperar que el pueblo tampoco. 


jueves, 10 de febrero de 2022

La batalla de salida

Renato Guttuso. Mitin de barrio. 1975



La campaña por el plebiscito en que se someterá a referéndum la nueva Constitución ya comenzó. La derecha, desesperada ante su imposibilidad de detener las transformaciones que la Nueva Constitución consagrará en materia de rol del Estado y concepción de derechos y libertades individuales y colectivas, ya optó por adelantar la campaña del rechazo.

Si bien algunos de sus representantes habían insinuado tibiamente su disposición a redactar y posteriormente, aprobar una nueva Constitución, en los últimos días lo que predomina en sus declaraciones son las descalificaciones, las caricaturas, y hasta la distorsión de los debates, las propuestas y resoluciones que se van abriendo paso en las comisiones de la Convención. 

A las perdidas, algún timorato de los que hay entre sus miembros, se compadecerá de su soledad minoritaria y la acompañe en ella.

Lamentablemente para el sanedrín de los herederos de Jaime Guzmán, incluso esa labor de  compañero contenedor que le gusta jugar por ejemplo al convencional Patricio Fernández, no es suficiente ni necesario, pues lo que quiere es salvar lo que se pueda de la estantería, ya casi desmantelada. No consuelos. 

En las comisiones de Sistema Político y Gobierno, Forma del Estado, Medio Ambiente y Modelo Económico, se han cumplido al menos en las votaciones particulares de norma, las peores pesadillas de la derecha y ya da por perdidas también, las votaciones en el Pleno de la Convención por esa causa. El presidencialismo napoleónico de Pinochet; el bicameralismo; el laissez faire en materia económica y social, el exclusivismo racial y el nacionalismo, todo lo que sostuvo el modelo neoliberal están crujiendo.

Los discursos amistosos, los intentos de tender puentes con alguien en la Convención no han dado resultados. A ratos, la derecha parece no darse por enterada de que "la democracia de los acuerdos" felizmente es sólo un recuerdo. Y cuando súbitamente lo admite como quien despierta de un largo sueño, se retuerce de indignación y acusa a la Convención de traicionar el mandato para el que fue electa; la descalifica con ordinariez y prepotencia y en su versión más sofisticada pero igualmente reaccionaria, inventa retorcidos sofismas para tratar de explicar -como lo han hecho los conservadores toda la historia- mediante una lógica abstracta y transhistórica, que cualquier intento de transformación contraviene las leyes naturales del desarrollo social y la democracia. 

Un escenario terrible para el sector. Todo esto no es más que la expresión de la decadencia inevitable e incontenible del neoliberalismo. El que en marzo asuma un gobierno de izquierda, el primero desde el fin de la dictadura, sin la Democracia Cristiana y con presencia de la socialdemocracia hasta los comunistas en carteras importantes y que plantea en su programa reformas estructurales, solamente viene a confirmar la necesidad de adelantar la campaña.

El riesgo de que en el plebiscito de salida gane el rechazo, sin embargo, no se puede despachar de buenas a primeras. El susto de la primera vuelta de la elección presidencial es muy reciente como para no considerarlo. La derecha y el empresariado están usando su potente red de medios de comunicación y no hay horario en el que no estén criticando majaderamente las "locuras" que se están aprobando. Los "gustitos personales" -que es como llaman a todas las normas que no se avienen a sus concepciones del Estado y la Sociedad- que aprueban las comisiones. 

Esta propaganda va dirigida fundamentalmente a sectores de clase media que de alguna forma se han visto beneficiadas o a las que se hecho creer que lo han sido, con la exclusividad de un status ideológico que los hace creer que no son o que dejaron de ser trabajadores o trabajadoras; que han "superado la pobreza" -promesa quimérica del modelo- o podrían hacerlo gracias a su esfuerzo individual, todo gracias a la privatización y la mercantilización de la vida social. 

Es un libreto bastante conocido y archi manido por el fascismo en todo el mundo. Los vestigios de la Concertación de alguna manera representan este temor clasemediero. Algunos de sus adláteres en la Convención; algunas antiguas glorias del liberalismo social y de la Democracia Cristiana, todavía no se animan a llamar abiertamente al rechazo, pero se han sumado entusiastas al coro de los augures que advierten la posibilidad de que la Convención fracase, para lo que urdieron muy sibilinamente la trampa del mega quórum de aprobación. 

Como toda obra humana, la nueva Constitución se va a abrir paso pese a cualquier limitación formal porque proviene de una necesidad social e histórica y como el búho de Minerva va a emprender el vuelo sólo al atardecer. Eso no significa, en todo caso, que la razón vaya a imponerse sólo por una necesidad lógica. En el plebiscito de salida va a abrirse paso la necesidad histórica en la forma de un movimiento popular, semejante al que le dio el triunfo a Boric y Apruebo Dignidad en las últimas elecciones presidenciales. 

La experiencia de entonces indica que no va a ser la suma algebraica de siglas, partidos políticos u organizaciones la que lo constituye. Es la expresión material de unos valores, de una moral del trabajo frente al despojo; de la solidaridad frente al individualismo; de la igualdad frente al abuso; de la armonía con el medioambiente contra el afán de lucro; de la diferencia, de la democracia y de la libertad y que provienen de una larga historia y tradición de lucha del pueblo chileno.

El adversario ya no es una caricatura del conservadurismo y la intolerancia como en la pasada elección. 

Es una batalla ideológica y cultural que requiere de la más amplia lucha de masas; en el que se deben movilizar también todas las capacidades políticas, técnicas y de las organizaciones sociales. El carácter de clase del modelo es lo que la derecha está defendiendo con uñas y dientes y por lo que ha desatado una feroz campaña contra la Convención. La crisis del modelo neoliberal, ha desatado la resistencia más tenaz de los patrones frente a cualquier reforma que pueda poner en riesgo sus groseras tasas de ganancia y limita cada vez más la posibilidad de extender los plazos para su implementación. 

Por esa razón los sindicatos y las organizaciones sociales desde ya debieran prepararse para el plebiscito de julio. Informar, debatir, coordinar, denunciar las mentiras de la derecha; emplazar a sus convencionales y pedirle cuentas de su participación en la Convención. Los partidos de Apruebo Dignidad e incluso los que entraron al gabinete luego del llamado del Presidente, fortalecer su unidad en las comunas, en los sindicatos, las organizaciones estudiantiles, de género y también las de las artes y la cultura. 

En julio vamos a ganar, como lo hicimos en diciembre. 






martes, 18 de enero de 2022

Los desafíos del movimiento popular en el siglo XXI

Pieter Bruegel El viejo. La caída de los ángeles rebeldes



Se acabó la transición por fin.

El país es testigo del resurgimiento de un movimiento popular que va a protagonizar los acontecimientos políticos de las próximas décadas.  

Por cierto, no se trata del mismo movimiento popular del siglo XX. El que realizó las grandes transformaciones que, aún con todas sus contradicciones y tareas inconclusas, modernizaron nuestra sociedad, como la reforma agraria, la expansión de la educación pública, la nacionalización del cobre y que son precisamente donde se ensañó la obra contrarrevolucionaria de la dictadura de Pinochet. 

Este movimiento popular, aún cuando se deba hacer cargo de las tareas que el golpe de Estado de 1973 y la instauración de un neoliberalismo de manual en los años 80 primero y uno adocenado en los 90 después dejó inconclusas, se define también por las transformaciones que sufrió nuestra sociedad producto de su implantación en los últimos cuarenta años.

A grandes rasgos, dichas transformaciones consistieron en la privatización de todo en beneficio de unos cuantos. Las empresas que el Estado creó en el siglo XX; los servicios públicos transformándolos en lucrativos negocios, partiendo por la seguridad social, para seguir con la educación y la salud públicas. También la cultura y el entretenimiento, terminando con  los recursos  naturales y convirtiendo incluso el medioambiente en fuente de apropiación privada y de ganancias para empresas nacionales y transnacionales. 

Todo ello, por cierto, a costa de la exclusión y la multiplicación de las contradicciones intrínsecas al sistema capitalista en todas las esferas de la vida social; del empobrecimiento de la clase trabajadora, los empleados y la clase media, que son reemplazados por una masa informe e indeterminada de consumidores precarios, sobreexplotados y sometidos al capital financiero a través de niveles de endeudamiento irracional.

Dicha irracionalidad, sin embargo, está sostenida por una racionalidad que expresa el interés particular como si se tratara de una necesidad universal. Eso es precisamente el neoliberalismo. En el fondo es la instauración de una sociedad de clase y la manifestación de las exclusiones de diverso signo como remedo de diversidad. 

Por esa razón se trata de un Movimiento Popular y unas izquierdas distintas a la del siglo XX -y no podía ser de otro modo- pero que ha avanzado en los últimos dos años, mucho más de lo que lo hiciera en los treinta anteriores. Es una  buena noticia aunque considerando el tamaño de las tareas que implica la coyuntura histórica -que no es otra cosa que la superación del neoliberalismo- sea tal vez un poco insuficiente todavía.

Hoy en día, la unidad de la izquierda está, efectivamente, en un estado muy incipiente. Su identificación con un Sujeto capaz de realizar las transformaciones que Chile necesita, y la expresión de esta unidad en todos los territorios y formas de la vida social está en pañales, aunque es la única garantía de sostenibilidad de esta alianza, que hoy por hoy es Apruebo Dignidad.

Este propósito expresado en la Convención Constitucional y el Gobierno del Presidente Gabriel Boric, la lleva a “identificarse” con los grandes movimientos sociales y de masas y a tomar partido en la historia; a identificarse con quienes sufren y luchan contra las injusticias, la discriminación y la dominación. No es una definición doctrinaria sino una circunstancia histórica la que explica su necesidad y su significado.

Es el resultado del reconocimiento de que la sociedad siempre ha sido plural, diversa, contradictoria y de que siempre ha sido en la propia vida social y en la lucha de los oprimidos, donde ha encontrado la manera de sintetizar esa identidad que es, por lo demás, su capital político principal. No se trata de inventar la rueda. Así fue en el pasado y así va a seguir siendo en el siglo XXI.

Por esa razón, no es una suma de nombres ni un corta y pega de propuestas programáticas. Es la encarnación de los valores de una nueva sociedad, de un nuevo Estado, lo que finalmente expresa la izquierda, lo que significa tener vocación de poder y es su razón de ser. Valores que se van construyendo en la vida social, en millones de intercambios que se viven intensamente en el consultorio, en el trabajo, en la feria, en el barrio y en la escuela y que son negados por la moral individualista, mezquina y el desmesurado egotismo de la cultura del sistema.

Ahí es donde se va a tejer la unidad del pueblo. No es una lista de medidas a tomar en nuestro próximo gobierno sino una idea de la nueva sociedad que está naciendo y que va a surgir de este proceso, de lo que hay que hacerse cargo.

Por cierto, aun cuando la derecha y los cultos de diversa calaña no logren comprenderlo, es de ahí de donde surge además, el mandato de la Convención Constitucional y lo que debe expresar la propuesta que someta a la consideración del pueblo en el plebiscito de salida.

La suerte de este Movimiento Popular se juega pues en su unidad en torno al proceso constituyente y en la implementación del programa del Gobierno de Apruebo Dignidad. No va a ser fácil por cierto, pero es necesario, posible y será hermoso. 

 


lunes, 20 de diciembre de 2021

No pasaron y no pasarán

Equipo Crónica El entierro del Conde de Orgaz. 



El peor gobierno de la historia, no podía terminar sin hacer un último número de mal gusto y malintencionado: retirar la locomoción colectiva el día de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales o a lo menos, no preocuparse por garantizar su servicio con la finalidad evidente de favorecer al más bizarro de los candidatos que haya osado presentar la derecha con la salvedad de Pinochet en 1988. 

Fue el epílogo del período más duro y antipopular de nuestra historia reciente. Ningún gobierno había sido tan indolente ante el dolor del pueblo; tan desembozadamente clasista a la hora de endosar los costos de una crisis sanitaria y económica como la actual sobre los hombros de trabajadores y trabajadoras; tan represivo e injusto para enfrentar la legítima protesta social. Mientras el pueblo sufre cesantía, pérdida de ingresos, enfermedad y muerte, los dueños de los bancos y las impopulares Administradoras de Fondos de Pensión, han visto incrementadas sus ganancias  en cifras estratosféricas. En fin, ningún gobierno había sido tan desastroso  para el pueblo como el de Chile Vamos.

Por esa razón, perdieron estrepitosamente y no volverán a gobernar.  El hecho de que en la elección con la mayor participación  de la historia hayan perdido por paliza -doce puntos porcentuales equivalentes a unos ochocientos mil votos o más y en la mayoría de las regiones del país-, después de haberse mostrado tan triunfalistas anticipando un resultado estrecho, demuestra que el pueblo rechaza la política derechista tan bien representada por Kast pues no es otra cosa que un retroceso político, social, moral y cultural que contradice el sentido de la historia y la acumulación de las conquistas alcanzadas por el pueblo en los últimos años. Por eso se movilizó yendo a votar y lo volverá a hacer cada vez que sea necesario. 

El fascismo fue derrotado en todas  las líneas. Ganó, en cambio, la unidad del pueblo. 

En efecto, no sólo la capacidad del comando de Gabriel Boric de unificar las votaciones de Apruebo Dignidad, Nuevo Pacto Social y MEO explican este resultado. Su sumó cerca de un millón de nuevos electores que vienen a ensanchar social y políticamente el torrente de las fuerzas antifascistas que dignamente representó el joven diputado magallánico. Jóvenes, pobladores, la gente de las provincias del norte y del extremo sur del país. 

La derecha, en cambio, solamente repitió su votación de primera vuelta y ni siquiera logra sumar, pese a todos sus esfuerzos y la buena disposición mostrada por su fantasmagórico abanderado, la votación del Partido de la Gente, insólito intento de expresión de una clase media despolitizada, temerosa y que ha sido presa fácil de demagogos inescrupulosos como Parisi. Por cierto, después de este resultado, difícilmente se podría apostar a que su bancada vaya a sumarse de buenas a  primeras al partido del führer de plástico que es Kast y su pandilla.

Las primeras reacciones de la derecha son confusas y apenas disimulan su incomodidad con un resultado que aparentemente nunca previeron. Van desde ser una oposición dialogante y constructiva (sic) a hacer valer su peso en el Parlamento, defender la libertad, blablablabla... Esta situación ya se empezaba a expresar tibiamente antes de la segunda vuelta pero en este momento es posible augurar una disputa que se va a agudizar en la misma medida que avance el proceso constituyente y la administración a cargo del Presidente Boric. 

La clase empresarial, con el fariseismo que caracteriza a sus dirigentes, igual que la derecha, manifiesta su reconocimiento al presidente recién electo, pero inmediatamente señala los límites que está dispuesta a tolerar, por lo demás no muy flexibles. Sin embargo, se pueden vislumbrar también algunos matices respecto de la manera de recuperar la economía que probablemente tienen que ver con la sorpresa del aplastante resultado pero que indudablemente tienen que ver también con la profundidad de la crisis que se avecina.  

El nuevo gobierno tendrá que hacerse cargo de lo que ni la derecha ni la ex concertación podrían haber hecho efectivamente. Por eso ganó el diputado Boric y en el camino quedó la senadora Provoste y MEO. Las tareas son enormes ciertamente. Por eso también ganó el joven diputado magallánico. Porque representa a una generación joven que va a construir un nuevo Chile. Porque representa a un amplio y diverso movimiento popular que agrupa a socialdemócratas, como él; a la coalición de partidos de izquierda más amplia que se recuerde desde el MDP; generaciones de izquierda que lucharon contra la dictadura de Pinochet, contra la exclusión en los noventa, a jóvenes que nacieron en democracia y que  lucharon por la educación pública el 2006 y el 2011. A las mujeres, las identidades diversas, los pobladores sin casa, los trabajadores y trabajadoras que han luchado permanentemente contra el subcontrato, el abuso patronal y las AFP's. 

Probablemente el Presidente impulsará una política de DDHH que se haga cargo de las deudas de las Piñera no se ha hecho cargo ni lo hará antes de irse. De la integración latinoamericana, más necesaria hoy que nunca para defender la democracia y los derechos del pueblo. Pero lo que urge, tal como lo dijo en su discurso en la Alameda, es darle un nuevo impulso al proceso constituyente para terminar de una vez por todas con cuarenta años de una Constitución que, primero, sostuvo jurídicamente la violación sistemática de los DDHH y luego, en los noventa y hasta el día de hoy, impidió el despliegue de la participación soberana del pueblo y la verdadera democracia. 

El show de Gloria Hutt no va a pasar de ser un recuerdo desagradable, un chascarro que sólo retrata de cuerpo entero la moralidad de la derecha en el Chile que viene. No pasaron ayer y no pasarán en el futuro.