miércoles, 7 de septiembre de 2022

Lecciones y tareas

Jean-Michel Basquiat. Ironía del policía negro, 1981



El resultado del plebiscito constitucional del 4 de septiembre recién pasado, dejó un amargo sabor a derrota. Por cierto, no a todos. Los dueños de las AFP´s, el gran empresariado, el conservadurismo moral y cultural, respiraron aliviados, por ahora. En efecto, lograron posponer momentáneamente el reemplazo de una constitución que les ha permitido controlar el Estado y ponerlo al servicio de sus intereses de clase, sus concepciones excluyentes del hombre y la sociedad y de mezquinas prebendas de burócratas, operadores políticos y mediadores que pululan en la tenebrosa zona que hay entre el Estado y el sector privado.

La derecha ganó; el campo popular fue derrotado y no es el momento de ponerse a buscar culpables. Lo que queda claro es que la derecha desde la instalación de la Convención Constitucional se preparó para este momento, se movilizó y movilizó también todos sus recursos para posponer el proceso de cambio constitucional y ganar tiempo para generar una componenda que lograra escamotear el triunfo popular del 25 de octubre de 2020. Lo único que consiguieron fue tirar la pelota al corner, como se dice.  

Difícil de creer considerando su situación de minoría política y social hasta hace algunos meses. En todas las últimas elecciones, con la excepción de las últimas parlamentarias -por motivos que sería interesante contrastar con todos sus restantes fracasos- había quedado en una situación en que no representaba más de un 20% del electorado. Sin embargo, en el plebiscito de salida, con una participación histórica gracias a la reposición del voto obligatorio y la relevancia de lo que se consultaba en la ocasión, la derecha se llevó un holgado triunfo. 

Hay una lección evidente que sacar de la performance de la derecha en el último período -no sólo la del plebiscito- y es su perseverancia, su consecuencia y la disciplina con la que actuó desde el comienzo del proceso constituyente. Aún en su condición de minoría y el aislamiento en que se encontraba, mantuvo su unidad -incluso incorporando al partido de Kast y tragando todos los sapos que ello implicaba-. Dicha unidad, se fundamentó en su claridad de propósito y la definición de objetivos que le dieron coherencia a su actuación, motivación a sus huestes, consignas claras y comprensibles -por muy ideologizadas que fueran- y que lograron interpretar el sentido común dominante. 

No es gran cosa, considerando que poseen prácticamente la totalidad de los medios, controlan una porción importante del sistema educativo -escolar y de educación superior- y que se trata simplemente de  repetir lo que por décadas se ha inoculado en la mentalidad de trabajadores y trabajadoras, jóvenes, mujeres, pobladores, endeudados y sobreexplotados de todo el país. 

Lo que resulta chocante e incomprensible tiene una explicación objetiva y es bastante razonable, pese a la irracionalidad de la realidad que expresa. 

El campo social y popular, ganó en amplitud y en unidad durante el proceso constituyente lo que en los treinta años anteriores no había logrado. Ahora que la Convención Constitucional culminó su trabajo y el plebiscito de salida no acabó con una nueva Constitución, esa amplitud que le permitió obtener logros históricos, tendrá que adoptar otra forma y la propuesta constitucional de la Convención, la de una plataforma política y un programa de gobierno. No es suficiente la suma algebraica de demandas y propuestas de diferentes sectores sociales para hacerlo. Será el resultado de la síntesis definitiva de movimientos sociales y organizaciones políticas; de definición de prioridades, de una centralidad que sin desconocer la riqueza de ideas, reivindicaciones, identidades diversas y tradiciones políticas, adopte la forma de una idea de país, de un anhelo que sea más que la suma de las partes. 

Además, no se trata de inventar la rueda. Dicha idea de país, está inscrita en la historia del movimiento popular; en la memoria de las luchas populares que explotan una y otra vez como manifestación de las diferencias y las infinitas fracturas de las que está hecha lo real. 

El crisol de contradicciones que hacen crujir al modelo neoliberal todos los días tampoco van a ser resueltas, entonces, por un invunche como el que la derecha imagina va a ser la propuesta constitucional que tendrá que volverse a escribir. Para ello cuentan con la esperanza de recomponer su antiguo entendimiento con parte del centro político, revitalizado momentáneamente por el resultado del domingo. Para algunos de sus representantes más conspicuos, un interregno que hay que aprovechar aun cuando eso signifique caer en la indignidad más  miserable. 

Sólo la  recuperación de la memoria; la unidad de los pueblos de Chile; la movilización popular en sus más diversas manifestaciones; la perseverancia y la claridad de propósitos, detendrán la conjura de los que anhelan volver atrás, a antes del 18 de octubre. 





martes, 30 de agosto de 2022

La reacción en el siglo XXI

Juan Domingo Dávila. La perla del mercader, 1996



A una semana del plebiscito de salida en que la Constitución de Pinochet va a pasar al olvido, no solamente las noticias falsas se han tomado la agenda. También la agresividad y la chapucería de la derecha. El mote "reaccionario" se aplica, pues, con toda propiedad a la campaña del rechazo, por más que traten de aparentar y prometer que van a cambiarla. Se opusieron a hacerlo durante treinta años luego de imponerla mediante la violencia, difícilmente lo harán ahora. 

El video grabado en un teléfono móvil de partidarios del rechazo arriba de caballos y carretas, con traje de huaso y blandiendo fustas, como en la antigua práctica de los latifundistas conocida como "palomear rotos", es suficientemente elocuente y representativa de lo que está en juego. Por un lado una anacrónica visión de la sociedad -una especie de "veltanchaun" decimonónica y freak- y una apertura al futuro y los desafíos de la democracia, el medioambiente, la igualdad y el desarrollo. 

No es primera vez en la historia que el país vive una disyuntiva como ésta. Lamentablemente, experiencias de desarrollo frustrado por la mediocridad de las clases dominantes criollas en circunstancias similares, sobran. Y cuando el pueblo tuvo la iniciativa y la dirección del gobierno, para implementar un programa nacional de desarrollo democrático, al servicio de las grandes mayorías, este fue detenido por medio de un golpe de estado, instigado por la burguesía, el imperialismo y la misma derecha que hoy promete realizar cambios. 

La derecha chilena es esencialmente reaccionaria.  Añora un pasado supuestamente mejor y originario del campo -que para la derecha es lo mismo que el latifundio-; inspirado en valores católicos que no dan cuenta ya de la sociedad real si es que alguna vez lo hicieron; que considera a la desigualdad como una realidad inmutable y necesaria y que se hizo por esa razón de una justificación pseudocientífica que la considera consustancial a la realidad y fundamento de su concepción de la economía, la política y el Estado.

La violencia es un componente esencial del repertorio de la derecha. Históricamente lo ha sido. Violencia simbólica que durante siglos negó la existencia de pueblos y naciones indígenas a las que trató de asimilar, excluyéndolas al mismo tiempo, con la cruz y la espada primero,  la estafa y el paternalismo después. Que consideró a la diversidad de género y las disidencias sexuales,  "enfermedades" y "desviaciones" que era necesario corregir; y al pueblo trabajador y la clase obrera como mera mano de obra, un insumo más de la producción. 

También violencia verbal y ordinariez para tratar al pueblo, a las mujeres, los trabajadores, los y las jóvenes, un sentido del humor chabacano y con poca imaginación que demuestra solamente su incapacidad de entender y evolucionar hacia nuevas realidades y que se funda en su asimilación al morbo. El efecto que produce ese sentido del humor, sin embargo, no es la risa sino una imagen grotesca y desagradable. La reacción simplemente se niega a aceptar que sus concepciones no dan cuenta de la realidad y que son pura ideología. 

No es de extrañar entonces que el lado más reaccionario y violento de la derecha aparezca a pocos días del plebiscito de salida considerando que lo que se define en él es el futuro o la vuelta atrás; la apertura a la igualdad o la mantención de los privilegios; al desarrollo armónico con el medio ambiente o el extractivismo más facilón; la inclusión de la diferencia o una abstracta noción de Chile, chilenos y chilenas, sostenida en valores decimonónicos, ni siquiera del siglo XX.

Por esa razón la derecha va a perder. Y los sectores de centro -vestigios del liberalismo y el conservadurismo católico que eran componentes de la Concertación- se inclinarán en el futuro hacia ese sector. 

Algo completamente nuevo está naciendo en Chile y después del 4 de septiembre el proceso se va a acelerar vertiginosamente. Por esa razón, la reacción adquiere una fisonomía tan evidente y actúa como una fuerza centrífuga de todo lo que está a punto de fenecer pero que se resiste a hacerlo. No hay que confundir este fenómeno superficial con las tendencias profundas que provienen desde el interior mismo de la sociedad, de los anhelos de cambio de los pueblos de Chile y las necesidades de desarrollo, justicia, igualdad y auténtica autonomía que pujan por construir un nuevo Chile.  


 

 


miércoles, 17 de agosto de 2022

¿Por qué habría que creerles?

Guillermo Núñez.¿Qué hay en el fondo de tus ojos?  2000



A tres semanas del plebiscito  más determinante de la historia de Chile, la proliferación de encuestas, pronósticos y proyección de escenarios futuros, abunda y cansa a una población que hace años perdió la fe. La prédica liberal, en su versión radicalizada tanto como en la adocenada, acabó por matar  la confianza de las masas no solamente en el sistema político sino en la política misma. 

Treinta y tantos años de prédica machacona glorificando el emprendimiento, el esfuerzo individual, la competitividad y el sálvese quien pueda, tuvieron como resultado un escepticismo y una desconfianza en la razón que le ha abierto las puertas de par en par a la charlatanería más burda. Es así que, como reza el conocido tango del gran José Santos Discépolo, "todo es igual, nada es peor". 

Las noticias falsas, en este sentido, no son una anomalía del sistema democrático sino un síntoma de su alarmante fatiga. Más aún considerando la impunidad con la que estas circulan y de la que gozan sus creadores y entusiastas divulgadores, quienes amparándose en una rabanera concepción de la libertad de expresión la han convertido en la coartada perfecta para la ultraderecha, que cuenta con la complicidad hipócrita de una derecha dizque "democrática" y una todavía más cantinflera "centroizquierda" zombi que presenta su renuncia definitiva a los valores democráticos como demostración de su progresismo y tolerancia.

Autoritarismo y liberalismo coinciden, precisamente, en esta desvalorización de la razón, la verdad y el auténtico consenso que surge de la deliberación de la sociedad. En este caso, el que realizó la Convención Constitucional y que nuevamente será sometido a la ratificación popular en el mencionado plebiscito de salida. Han reemplazado a la verdad por el resultado de una encuesta que no es más que el resultado de modernas técnicas de manipulación de masas y que presentan fenómenos de superficie como el valor de verdad de los mismos. 

Consultoras y especialistas en estudios de opinión pública; medios de comunicación de masas; las redes sociales; el sistema escolar y de educación superior, conforman un sistema que durante treinta años modeló una sociedad extraordinariamente estable que se adaptó de buen grado a esos valores, experimentados con una naturalidad que el 18 de octubre de 2019 se fracturó dejando al descubierto sus fundamentos históricos y materiales: la desigualdad, la sobreexplotación, la exclusión, la inseguridad y la discriminación. 

El punto es ¿Qué es verdadero? ¿Qué es falso? Debate, que ni la academia -con todas sus ínfulas de sabiduría y sublimidad- se ha atrevido a enfrentar. Ello porque se trata de un problema político en el que no pretende involucrarse pues supone encontrarse en un plano de "objetividad" y trascendencia que ha terminado por reconocer a la mentira como lo mismo que la verdad -simplemente una "opinión"- o en el mejor de los casos, tolerarla como uno más de los hechos de los que conformarían  supuestamente la realidad. Es más, se ha convertido en comparsa de los puros hechos, limitándose simplemente a constatarlos, comentarlos cuando no a glorificarlos como una confirmación de la modernización de la sociedad. 

La verdad en todo caso, se va a abrir paso finalmente. No porque sea una consecuencia lógica que así sea. Lo hará porque la realidad se ha hecho cada vez menos sustentable humana y racionalmente. Los niveles de sobreexplotación, endeudamiento, destrucción del medioambiente, violencia, exclusiones de diverso signo y como contrapartida, enriquecimiento, autoritarismo, concentración de la propiedad y del poder político son intolerables y no se pueden seguir ocultando mediante encuestas, explicaciones pseudocientíficas o discursos morales. 

Es imposible seguir creyéndoles. El costo para los pueblos de Chile sin embargo ha sido alto y eventualmente lo seguirá siendo de no mediar una acción política decidida que más temprano que tarde tendrá que poner las cosas en su lugar y devolverle el poder para  decidir por sí mismos, sin la tutela de los expertos la dirección de sus destinos. 


martes, 9 de agosto de 2022

Por qué una sola coalición

Fernand Leger. Estudio para Los constructores. 1950


En los últimos días, se ha abierto un debate en la izquierda acerca de la necesidad de tener una sola coalición, a propósito del llamado del Presidente Boric.

No se trata de una cuestión de corto plazo o no debiera serlo. Se funda en razones profundas que están en las tareas que el cambio de ciclo político que está experimentando el país, plantea a la sociedad. Algo similar a lo ocurrido a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, cuando el país se vio frente a enormes desafíos, que dejaron atrás a importantes referentes políticos; instituciones y valores culturales y morales que hasta entonces la habían caracterizado.

En esa época, se logra el voto femenino, la cédula única y el registro electoral. Surge la CUT. Se desarrollan las tomas de terreno en las grandes ciudades que le darían sus primeras expresiones al movimiento de pobladores, manifestación de una sociedad que dejaba atrás su pasado rural pero sin modificar el clasismo y la desigualdad que estaba en la base del latifundio. El senador Salvador Allende Gossens presenta el primer proyecto de nacionalización del cobre. El gobierno derechista de Jorge Alessandri impulsa una reforma agraria, que pasó a la historia como “la reforma agraria de macetero”.

Las tareas de modernización y democratización de la sociedad chilena estaban a la orden del día, generando grandes movimientos de masas, que luchaban por sus derechos y una resistencia directamente proporcional de parte de la derecha y las clases dominantes de la sociedad, y que a la larga iba a expresarse en un programa de transformaciones contrarrevolucionarias conocidas como “neoliberalismo”. También son hijos de esta convulsionada época la “Vía Chilena al Socialismo” y “La Revolución en Libertad”.

La izquierda que se fue conformando entonces, fue expresión de esas luchas. También de los movimientos sociales y de masas que las protagonizaban.

No es diferente en la actualidad ni podría serlo. El país cambió en los últimos cincuenta años. La izquierda, primero perseguida casi hasta el exterminio; luego reconstruida al calor de la resistencia y lucha contra la dictadura militar y después, dispersa y atomizada tras la caída del socialismo y el inicio de un proceso de tránsito de la dictadura militar a gobiernos civiles en el marco de una democracia fuertemente restringida y sometida al tutelaje de las FFAA y los denominados “poderes fácticos”, vuelve a emerger en torno al proceso de cambio constitucional.

Como ha sido siempre, la movilización popular y la lucha de masas, catalizaron un descontento desarrollado por décadas de maltrato, exclusión y sobreexplotación que, con contradicciones y matices, se iba desarrollando al mismo ritmo de las modernizaciones del capitalismo neoliberal que masificaba el crédito y por esa vía el acceso al consumo de bienes y servicios. Se trata de una exclusión y una sobreexplotación distintas a las del Chile del siglo XX. Produce capas gigantescas de trabajadores precarios –porque no tienen contrato, porque boletean o tienen trabajos temporales- pero que pueden viajar al extranjero endeudándose o sometiéndose voluntariamente a la más despiadada sobreexplotación con tal de hacerlo.

También profesionales y técnicos que producto de la masificación del acceso a la educación superior, lograron un status mejor que el de sus padres, pero que engrosan las filas de cesantes ilustrados y endeudados de por vida. Muchos y muchas de hecho, deben desarrollar “emprendimientos”, para sobrevivir y de esa manera, sostener ese frágil ascenso social expresado en una cultura y unos valores en que se mezclan el consumismo, el arribismo, con el esfuerzo, las aspiraciones de cambio político y social y estilos de socialización contradictorios.

En el que la mujer pasa a ocupar un lugar preponderante en el mercado laboral, en el sector servicios e incluso ocupando trabajos de los que hasta entonces estaba excluida, haciendo más evidente la discriminación de la que históricamente fue objeto. Las tareas de cuidado; el trabajo doméstico, consuetudinariamente asignados a la mujer, quedan en evidencia como parte esencial en la producción de plusvalía y fuente, por lo tanto, de explotación y enajenación del trabajo, expresados en la “doble jornada” a la que debe someterse. Igual que con el ascenso social de los hijos de la clase trabajadora tradicional, con el acceso de la mujer al mundo del trabajo y la educación, queda en evidencia la desigualdad del sistema y el carácter ideológico de sus conceptos de “inclusión” y “equidad”.

Todos estos nuevos trabajadores y trabajadoras, son una masa de consumidores siempre dispuestos a comprar y endeudarse por lo que el sistema les ofrezca, reunidos bajo el fantasmagórico rótulo de “clase media”. La otra vertiente de la que se alimenta esta nueva clase media, es la de la pequeña burguesía empobrecida por las modernizaciones neoliberales de los últimos cuarenta años. Ya no se trata de la pequeñaburguesía ilustrada y culta de los años sesenta y setenta que tenía orígenes –como plantea Salazar- en la mesocratización de la oligarquía. Se trata de una clase media emprobrecida, producto de las privatizaciones y la reducción del sistema público, conformado por empresas del Estado en la que laboran miles de empleados y empleadas y el sistema educativo donde profesores, profesoras, intelectuales y académicos universitarios desarrollan sus conocimientos.

La que vivía en Ñuñoa y se tuvo que ir a La Florida o Puente Alto.  La que ha educado a sus hijos en colegios particulares subvencionados junto a los de los trabajadores calificados y los “emprendedores” egresados de las universidades privadas.  La izquierda que se había constituido junto al desarrollo de clases sociales que eran parte del capitalismo del siglo XX, es ahora muy distinta, material y culturalmente.  

Pero ha sobrevivido a la represión y las transformaciones del capitalismo. Las épicas jornadas del 2006, del 2011 y del 2019, tuvieron entre sus protagonistas a jóvenes, a trabajadores y trabajadoras; e empleados, docentes e intelectuales, hombres y mujeres de izquierda. La que mantuvo viva la organización social en sindicatos, federaciones y asociaciones de empleados que resistían la flexibilidad laboral, la privatización del aparato público y los recortes de salarios; la que defendía la educación y la salud púbicas de la privatización y los recortes presupuestarios; la ciudad de la voracidad del negocio inmobiliario, el medioambiente de proyectos contaminantes y se hacía cargo de la exclusión de las diversidades y disidencias sexuales y de género.  

Esa amalgama social, es a la que el llamado del Presidente a la unidad debe dar forma. Nuevas tareas; otras clases y movimientos sociales; otros hombres y mujeres, pero un mismo anhelo de justicia social; de igualdad, de democracia que ha encarnado históricamente la izquierda y lo seguirá haciendo mientras subsista la explotación, la exclusión y el autoritarismo. 



jueves, 28 de julio de 2022

Y después del plebiscito?

Fernand Leger. El gran desfile, 1954




Estas últimas semanas, la tendencia dominante en la política nacional es la de la convergencia de las fuerzas políticas que están por aprobar en el plebiscito de salida.  Las fuerzas del rechazo no logran sumar nada. La supuesta campaña "ciudadana" no pasa de ser un titular de diario y por esa vía, se ha instalado precisamente como lo que no es, penetrando en amplias capas despolitizadas de la población que van desde pobres con baja escolarización hasta sectores medios temerosos de perder el aparente y frágil status que el modelo neoliberal les habría otorgado. 

Están en una posición de trinchera, lo que los ha hecho recurrir, como era de esperar, considerando su inveterada mendacidad, a las estrategias más ruines que no vale la pena enumerar en estas líneas. 

El arco político de las fuerzas del apruebo por cierto, es muy amplio yendo desde partidos de la ex  concertación y la izquierda, hasta organizaciones y movimientos sociales y territoriales. Es natural que considerando esa amplitud no todos respalden la opción con el mismo entusiasmo ni tengan las mismas pretensiones una vez resuelta la disyuntiva entre la actual constitución pinochetista y la constitución que fue el resultado del proceso de deliberación más democrático de los últimos cien o doscientos años. 

El contenido del plebiscito, en efecto, es solamente ese. Quedarse con la Constitución de Guzmán y Pinochet o aprobar una nueva. La gracia de la nueva Constitución además es que, en lugar del hierático monumento al neoliberalismo que es la Constitución del 80, contiene normas y mecanismos de reforma que motivan el debate y la deliberación permanente de la sociedad respecto de su sistema político y de la normas de convivencia que la definen. 

En ese sentido, decir "aprobar para reformar" no pasa de ser una perogrullada, pero al menos es más lógico que el llamado a "rechazar para reformar", una contradicción en esencia que explica solamente el estado de confusión mental de la derecha para enfrentar los desafíos ante los que se encuentra el país -y la humanidad- producto de la debacle del neoliberalismo global, y de antiguos dirigentes de la concertación que se han puesto de vagón de cola de la reacción. 

Las eventuales reformas a la futura Constitución, fueron consideradas por la Convención Constitucional al elaborar su propuesta. Es probablemente una de las innovaciones más importantes que tiene en relación al mamarracho que nos rige actualmente. Introduce la iniciativa popular de ley; el plebiscito en materia de reformas al carácter del Estado; simplifica su trámite en el futuro Congreso; elimina las leyes de quorum calificado y los rebaja para la realización de reformas importantes que tienen que ver con la propiedad de los recursos naturales, la creación de empresas públicas, impuestos, etc. 

La aprobación de la propuesta de la Convención va a ser un gran cambio por esta razón y no únicamente por su contenido, el cual ciertamente define un avance notable en relación con el neoliberalismo ínsito en la actual Constitución. Va a motivar la politización de la sociedad -la pesadilla de los neoliberales y de los conservadores de todas las layas, para quienes idealmente Chile debiera parecerse a Springfield- y el debate de la sociedad. Va a posibilitar la profundización de cambios y transformaciones todavía mayores. Ese es el verdadero temor de la derecha y ante lo que se resignaron sectores de centro que se han visto obligados a llamar a aprobar un poco a regañadientes -el laguismo sin Lagos, por ejemplo-. 

Va a ser la motivación para el más amplio despliegue de la deliberación y movilización popular desde la época de la Unidad Popular. No va ser un resultado espontáneo del triunfo de la opción Apruebo el 4 de septiembre, por cierto, sino de una genuina voluntad de lucha de la izquierda, de capacidad política, de vocación unitaria y de realismo. Es la hora de los pueblos de Chile; el primer gran triunfo del que podamos sentirnos orgullosos y felices en muchos años, pero que nos pone ante el enorme desafío de comenzar a construir una sociedad mejor. 

miércoles, 13 de julio de 2022

Legitimidad


Eugene Delacroix. La libertad guiando al pueblo. 1830



El Presidente Boric ha declarado en más de una ocasión que las dos posiciones que se enfrentarán el 4 de septiembre para dirimir acerca de la propuesta de Nueva Constitución elaborada por la Convención Constitucional, son legítimas.

Legítimamente también, se duda acerca de esta afirmación al comprobar los argumentos mendaces con los que la derecha y los partidarios del rechazo, critican el trabajo hecho por ésta. Más aún considerando que, desde Lagos hasta Evelyn Matthei, prometen hacer lo que no hicieron durante treinta años, esto es elaborar una nueva Constitución en caso de triunfar. En esta promesa, está contenida la contradicción imposible de resolver por parte de los protagonistas de la transición pactada, y la razón de su derrota en Septiembre. 

No se trata sólo de una contradicción lógica, sino de la expresión del conflicto histórico que tensiona a la sociedad. Para enfrentarlo, hasta ahora, las fuerzas que fueron sostén de la transición pactada -los mentados treinta años- han sacado toda clase de conejos de la chistera. El primero, fue el intento de contener en todo lo que fuera posible, las atribuciones reformistas de la Convención Constitucional, arrancada por el pueblo a las clases dominantes a punta de movilización. El acuerdo del 15 de noviembre de 2019 -no hay que olvidarlo- no fue el fruto de una espontánea reunión de caballeros altruistas sino de una "clase política" servil a los intereses del empresariado que aceptó a regañadientes la Convención y el Plebiscito como mecanismos de solución de la crisis política -agravada además por la torpeza del gobierno de Piñera y la mediocridad de su coalición-  aterradas por la sublevación de la "chusma". 

Luego, han ocupado varios intentos de articular una "tercera posición", cual más enjuta que la anterior, como "Una que nos una", "Amarillos por Chile", etc. Para ello, no les ha quedado más alternativa que recurrir al museo de la transición, en el que ocupan una sala especial de exhibiciones los ex presidentes -con la honrosa excepción de la Presidenta Bachelet, quien desde un primer día se ha manifestado partidaria del Apruebo- y finalmente, como recurso desesperado de último minuto, la rebaja del quórum que con tanto celo defendieron como la piedra filosofal de su período y base de la política de los  consensos. 

Evidentemente, una maniobra politiquera y demagógica que solamente muestra tal cual es su consecuencia. La guía el puro cálculo; todo para ella es probabilismo y adaptación inescrupulosa a las circunstancias. Finalmente, es una especie de acrobacia que intenta desafiar la única ley que de manera inapelable define el desarrollo social, esto es la lucha de las masas por la expansión de la democracia y sus derechos políticos, sociales y culturales, contra el interés privado que los ha convertido en meras posibilidades adquiribles en el mercado de las oportunidades, como machaconamente han repetido durante treinta años hasta convertir sus conjuros en sentido común. 

La frase del Presidente Boric en este sentido no se puede interpretar sino como el reconocimiento del acuerdo político que él mismo suscribió pese a todas las limitaciones que se fueron corrigiendo además a lo largo del trámite de la Reforma Constitucional que le dió forma y el desarrollo de la misma Convención, proceso en el que por lo demás, se ha ido tejiendo la unidad de la izquierda, tanto la de quienes firmaron como la de quienes no lo hicieron, esa noche. 

Pero no se puede considerar legítima una opción que implica, la mantención de una Constitución que ya fue tirada al tacho de la basura de la historia en el plebiscito de entrada. Exactamente en eso consiste el fascismo, en la negación de la historia y la imposición de los puros hechos sin que medie ninguna reflexión de la sociedad respecto de ellos. Eso fue la Constitución del 80 y lo seguirá siendo por siempre en cuanto que su origen es un golpe de Estado, la represión más brutal desatada contra los pueblos de Chile desde el mismo 11 de Septiembre de 1973, una comisión de once personajes nombrados por Pinochet y un plebiscito fraudulento. 

Pues bien, es lo que está puesto en cuestión hoy por hoy y finalmente, lo que está en disputa en el plebiscito. El sentido de la Historia, así con mayúsculas. Y a medida que se acerca el día, van quedando como anécdotas los intentos de los partidarios de la Constitución del 80, incluídos sus más de doscientos remiendos, y sus triquiñuelas para defenderla, tal como lo ha interpretado tempranamente el Senador DC Francisco Huenchumilla. 

Que sea el sentido de la historia lo que se discute en el plebiscito de Septiembre, lo manifiesta precisamente la experiencia política y social de las masas que, tal como lo reconoce hasta la misma derecha, se rebelaron el 18 de octubre en contra de los bajos salarios, las malas pensiones, los servicios de mala calidad, los abusos de las empresas, las discriminaciones de diversa índole y que fueron posibles durante treinta años gracias a un pacto social excluyente y autoritario contenido en la Constitución de Guzmán, lo que estas mismas ratifican en el plebiscito de entrada del 25 de octubre de 2020.

Se corrobora día a día en los abusos y desigualdades que ningún gobierno ha podido enfrentar y resolver eficientemente pues la Constitución actual lo impide. Ese es el problema, esa la gran disyuntiva del 4 de Septiembre próximo. El reloj corre en contra de la derecha y los nostálgicos de la democracia de los acuerdos. Los pueblos de Chile, en cambio, vencerán. 





jueves, 30 de junio de 2022

¿Cómo se combate a la mentira?

                                       Georg Scholz. Arbeit schändet. 1921



De cara al plebiscito constitucional del 4 de septiembre, la gran protagonista son las noticias falsas. Sea tanto porque medios serviles a los intereses garantizados por la actual constitución les ofrecen amplia difusión -sin tomarse la molestia siquiera de verificar su contenido- o por las réplicas que éstas provocan. Por donde se mire, siempre salen ganando, generan debate, hechos políticos y abundante cobertura. 

¿Significa esto acaso que lo mejor es ignorarlas? Por cierto, eso no cambiaría mucho las cosas, solamente las dejaría tal como están. Las noticias falsas van a seguir hegemonizando titulares, debate y la reflexión de ciudadanos y ciudadanas, acarreando agua al molino del rechazo, de aquí al 4 de septiembre. Ello mientras el monopolio mediático, pieza fundamental del sistema de dominación vigente, no sea objeto de ninguna regulación pública que garantice el pluralismo y la diversidad.

Las encuestas solamente reflejan esta presencia hegemónica de las distorsiones y mentiras hechas circular por la derecha y el empresariado a través de sus medios, pero en ningún caso, como lo han tratado de hacer creer las viudas de la constitución pinochetista y la presunta centroizquierda zombi de los noventa, una expresión de conformidad con el estado de cosas actual, descrito y legitimado por ese texto constitucional pactado en los noventa sin consulta popular mediante. 

La caterva del rechazo representa al sentido común. Reitera la jerga dominante de los últimos treinta años, repetida machaconamente hasta convertirse en un repertorio de frases hechas y máximas que le sirven de consuelo a una temerosa clase  media que vive de la ilusión de llegar a ser algún día como Eliodoro Matte o incluso de creer que excepto por su fortuna es igual,  y temerosa de ser pobre o volver a serlo. 

En buenas cuentas, es pura ideología y no representa ningún hecho objetivo. En principio, entonces, no es cierto que el rechazo vaya a ganar en septiembre, sino solamente que tiene más presencia en los medios que el apruebo, por razones obvias. 

Las fuerzas democráticas, sin embargo, no pueden desestimar el riesgo que ello implica. El Frente Amplio en Uruguay, desarrolló una exitosa campaña de recolección de firmas para llevar a referéndum la Ley de Urgente Consideración del gobierno de Lacalle Pou, en plena pandemia, y sin embargo fue derrotada luego en él.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales en las que triunfó el candidato de la izquierda, el entonces diputado Gabriel Boric, el candidato ultraderechista José Kast salió primero y en las elecciones parlamentarias de ese mismo año, la derecha se llevó casi la mitad del Parlamento. Ignorar, por lo tanto, esta presencia de la derecha y su propaganda en los medios, por muy ideologizada que sea, puede resultar fatal. 

Excepto los partidos más reaccionarios del espectro político, el rechazo solamente ha logrado atraer a un exclusivo círculo de privilegiados por la transición pactada. Una porción menor del PDC, antiguos militantes del PPD y ex mapucistas; aspirantes a guerrillero devenidos en empresarios y tecnócratas de los gobiernos de la concertación.

Sin embargo, la JDC, importantes alcaldes y parlamentarios de la ex concertación, el PS; -un poco a regañadientes- el laguismo;  más toda la izquierda reunida en Apruebo Dignidad, organizaciones sociales y de masas, se han manifestado ya por el apruebo en el plebiscito de salida aun cuando incluso no compartan la totalidad del texto redactado por la Convención. Ello, pues la contradicción que se expresa en el plebiscito es simplemente la de quedarse con la actual Constitución o avanzar hacia la construcción de un nuevo pacto social. 

En segundo lugar, el triunfo del apruebo en el plebiscito de salida se basa la constatación de que la Constitución no es, como se ha repetido majaderamente hasta ahora, "la casa de todos". La Constitución es la expresión de un acuerdo -no de un consenso- de la sociedad respecto de las bases de su convivencia, de la tensión de intereses opuestos, de la diversidad y riqueza cultural de nuestra sociedad. Obviamente unos van a quedar más contentos que otros y no todos, por cierto, van a ver reflejadas en ella cada una de sus aspiraciones.

Entre los últimos ciertamente los grandes empresarios que ya han notificado al país su disconformidad con el texto aprobado por la Convención, aunque se cuidan de llamar a rechazar abiertamente. 

El resto del país, aspira a una nueva Constitución. La gran mayoría despojada y excluída por la actual Constitución que sólo ha considerado el interés de la gran empresa va a asistir a votar mayoritariamente por el apruebo, a no ser que la propaganda derechista basada en mentiras y distorsiones grotescas la convenza de la inutilidad de sus luchas y de sus votaciones en el plebiscito de entrada y en la elección de convencionales, lo que ya sería mucho decir. 

La mentira no se va a derrotar por consiguiente con más propaganda que la que la derecha y los empresarios despliegan en sus medios, contando con la servil colaboración de parte de la DC, ex poetas y escritores venidos a menos; académicos y empresarios del lobby y de la industria de la educación  

En la medida que se conozca el texto constitucional elaborado por la Convención, debiera disminuir el pavor infundido por la prédica derechista. Asimismo, en la medida que se acerque el plebiscito de salida, acrecentar la movilización por las demandas populares. Tal como lo ha dicho el ministro Jackson, la actual Constitución, es un cerrojo para la implementación de cualquier programa de transformaciones. Lo fue durante los gobiernos de la Concertación; lo fue durante el gobierno de la Nueva Mayoría y lo seguirá siendo mientras no haya sido derogada.

La unidad de las fuerzas del apruebo en lo posible, debe expresarse en una campaña unitaria. El rechazo es una majamama que solamente expresa una unidad circunstancial basada en la defensa de privilegios, conservadurismo moral y cultural; temores atávicos y una promesa imposible de elaborar una nueva constitución que no podría ser sino una reedición del mismo mamarracho pinochetista en nuevos términos.

Por eso, los pueblos de Chile van a triunfar en septiembre y la mentira va a ser derrotada.