Marinus van Reymerswaele. Los cambistas. 1548 |
Cuando
muere un Presidente de la República, la gente suele recordar lo que éste hizo
que pudiera haberla beneficiado personalmente de alguna manera. "Gracias a
él tengo casa propia"; "mis hijos fueron a la universidad";
"tuve un trabajo gracias al cual pude salir adelante", etc. En los
testimonios de la gente que se veía en la despedida de Sebastián Piñera, en los
alrededores del ex congreso, la sede de su partido o en las afueras de su casa,
solamente se oían lugares comunes como "gran estadista";
"capacidad de trabajo"; "eficiente y emprendedor",
"democracia de los acuerdos" repetidos por los medios durante todo el
día y luego reproducidos por transeúntes desprevenidos frente a los micrófonos
y las grabadoras de los periodistas.
¿Qué
realización deja Piñera, que sea comparable a la reforma agraria; la
nacionalización del cobre; obras de infraestructura; el sistema nacional de
educación pública o el servicio nacional de salud, obras que subsisten hasta
hoy y que fueron el legado de estadistas de diferentes corrientes políticas
pero que tenían en común la idea de que el desarrollo nacional era más que la
suma de los egoísmos individuales?
Ninguna.
Los transeúntes y ciudadanos y ciudadanas que asistieron a su despedida al
menos no las mencionaron. ¿Y los especialistas? Connotados economistas
consultados por la prensa, tampoco han logrado hacerlo. Resulta impresionante
escuchar a gente tan inteligente como José de Gregorio o Vittorio Corbo repetir
las mismas frases hechas: eficiente, emprendedor, inteligente, atributos que
podrían considerarse positivos pero que en el caso de un Presidente no dicen
mucho que lo distinga de cualquier otro ciudadano.
Su
primer gobierno se vio cruzado por importantes conflictos medioambientales como
Hidroaysén, las termoeléctricas en el norte y durante su segundo mandato por la
aprobación del proyecto Puerto Dominga por el que aparece mencionado en
los Pandora Papers por sus intereses en dicho
proyecto siendo Presidente de la República. También por miles de despidos en la
administración pública, el primer paro nacional de los trabajadores de planta
de CODELCO en democracia tras su fallido intento de privatizar el yacimiento
Gabriela Mistral, propiedad de la estatal y lo más recordado, la enorme
movilización estudiantil que produjo reformas tan importantes como la
introducción de la gratuidad, la desmunicipalización de la educación escolar,
el fin de la selección, la reforma que permitió la participación triestamental
en el gobierno universitario, todas ellas realizadas durante el gobierno de la
Nueva mayoría y contra la oposición de Piñera y su sector.
Respecto
de sus grandes logros, que son la reconstrucción después del terremoto del 27-F
y el combate a la epidemia de COVID hay harto paño que recortar. Todo su primer
mandato estuvo marcado por las protestas de los damnificados de Dichato y otros
lugares afectados por la catástrofe; la ineficiencia de su gobierno a la hora
de socorrer a los compatriotas damnificados por el tsunami en las regiones
séptima y octava; las concesiones a empresas privadas en las tareas de
reconstrucción, entre ellas de las escuelas rurales gravemente afectadas en un
extenso territorio del país, a lo menos relativizan su presunta
eficiencia.
Para
qué hablar de la pandemia de COVID que cobró la friolera de más de sesenta mil
muertes, dada la estrategia sanitaria escogida que privilegió la vacunación y
el tratamiento a través de la compra de miles de respiradores, en lugar de la
prevención, la protección de la población frente al contagio, y la
educación sanitaria, para no afectar la actividad económica, misma estrategia
de otros gobiernos derechistas como los de Trump y Bolsonaro y por la que ambos
ostentan también un triste de record de muertes durante la pandemia. Todos
ellos guiados por el mismo objetivo de llegar al fin de sus mandatos con buenas
cifras de crecimiento económico, que es de lo único que parecieran preocuparse
los gobiernos de derecha, a cualquier costo.
Su
legado político también es discutible. Su disposición a comenzar un proceso de
cambio constitucional fue resultado de la presión de la protesta callejera.
Algunas semanas antes de hecho había declarado la guerra a un "enemigo
implacable y poderoso" que era nada menos que el pueblo de Chile. Dejó una
estela de mutilados, muertos y encarcelados que fueron el trágico precio que
costó el inicio del proceso constituyente. Su disposición a dialogar no es
precisamente una virtud que se le pueda atribuir de buenas a primeras.
Esto,
probablemente como resultado de su compromiso con el modelo neoliberal y los
poderosos intereses que ostentaba por su condición de destacado hombre de
negocios en el sector financiero desde las postrimerías de la dictadura -y que
se extendieron a numerosas industrias en los noventa incluyendo las
comunicaciones, el transporte y hasta los clubes deportivos-.
Precisamente, lo que hizo de él la figura más importante de la derecha chilena
en los últimos veinte años a lo menos. Su intento de consolidar una alternativa
de gobierno, lo llevaron a canalizar sus últimos esfuerzos, como lo han
reconocido sus colaboradores tanto del primero como del segundo gobierno, a
consolidar una alianza de derecha aun a costa de distanciarse de antiguos
aliados y el "liberalismo" político de la patrulla juvenil de la que
fue parte, dar paso al fundamentalismo de mercado que le subyace.
Piñera
fue un hombre de su época. Muy representativo del pragmatismo y la
superficialidad de los valores que inspiran la sociedad de mercado que ayudó a
consolidar los últimos treinta años, tanto desde los negocios como desde la
política. La ausencia de obra en este sentido se podría interpretar
precisamente como una característica de la cultura del modelo y el que a los
chilenos y chilenas que lo fueron a despedir no les parezca necesario
destacarlo, un ejemplo que es, precisamente, el de quien sabe moverse en las
turbulentas aguas de la competencia mercantil y sacar ventaja solito; el self
made man, el winner.
Ese legado que es el de la sociedad de mercado que
tan bien representaba Piñera, caracterizado por el egoísmo, la competitividad a cualquier precio; la codicia y un individualismo desenfrenado, es frente al cual deben presentar los demócratas
y los progresistas los valores de la democracia; la solidaridad; el
compañerismo y la justicia social si de construir una nueva sociedad se trata.
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