miércoles, 29 de julio de 2026

Trabajo contra especulación


Carlos Hermosilla. Construcción. Linóleo, 1959


En marzo de 1898, Luis Emilio Rcabarren escribe una carta al diario La tarde de Santiago en la que sostiene "Yo, señor Director, y junto conmigo hay muchos que simpatizamos con el socialismo (...) Pensamos en que pueden hacerse transformaciones sociales, en la igualdad humana, en la desaparición de la injusticias, en el alivio de las clases proletarias, en la nivelación relativa de las fortunas, en la disminución de las grandes riquezas que deben contraerse al desarrollo industrial, y en fin, de tantos otros medios que hay para igualar las condiciones sociales."

Es el primer documento escrito que lleva su firma de los que han logrado reunirse gracias al trabajo de archivo e investigación sobre su obra que se ha realizado en el país, a lo menos desde mediados del siglo pasado y al que han contribuido diversas generaciones de historiadores e investigadores comprometidos con el cambio social. 

Resulta altamente relevante que Recabarren asociara ya las ideas de construcción de una nueva sociedad, a la superación de las desigualdades. Esta a  la distribución de la riqueza y esta a su vez, al desarrollo de la industria. Un concepto político que proviene de las necesidades de la sociedad y de las contradicciones que la caracterizarían y las posibilidades que contiene, no de consideraciones técnicas elevadas a la categoría de dogma o ley inmutable de la economía política. 

Desde entonces, se podría decir, por lo tanto, que el movimiento obrero y popular ha sostenido este principio de desarrollo de la industria no sólo como una condición para el crecimiento económico. Además lo es de aseguramiento de la soberanía e independencia nacional porque aquella está también íntimamente asociada a la auténtica integración de todos y todas y a la igualdad social a través del trabajo, fuente de toda riqueza y realización humana para Racabarren. 

En este sentido fustiga en sus escritos, a todo lo largo de su vida,  el carácter especulador de las clases dominantes y cómo éste se manifestaba en un estilo de vida y cultura superfluo, frívolo y aparentador, denunciado por los escritores de su época como el reverso de la miseria y exclusión de las familias y la gente trabajadora, desde Augusto D'halmar hasta Nicomedes Guzmán. Usa la palabra orgía para referirse a éste en numerosas ocasiones. Dice "El capital exige lujo, vanidades. Vive en la orgía y pernocta en el tapete". Mientras el trabajo "pide justicia. Pide aire, alimento sano, higiene por medio de la decencia para poder vivir."

El Estado oligárquico, tal como se había constituido la República desde mediados del siglo XIX,  se le aparece como un instrumento a su servicio que garantizaba y legitimaba, precisamente, esta característica económico social y cultural de la sociedad de su época. Dice al respecto, "Hoy mismo, el llamado Estado chileno, se dice dueño de muchas de esas dilatadas e inmensas extensiones de terrenos que están sin producir y las regala a sus favoritos para proseguir la obra especuladora en beneficio único de los ricos, que mientras más grandes hacen sus fortunas, más grandes son las miserias de los pueblos que soportan aún ese despojo".  En la  actualidad no para el usufructo del latifundio y la oligarquía terrateniente que obstaculizó la modernización de la sociedad chilena a todo lo largo del siglo XX, sino de la industria inmobiliaria que especula con el suelo mientras hay miles que no tienen casa siquiera donde formar un hogar. 

Resulta llamativo que Recabarren escriba que el Estado chileno "se dice dueño de esas dilatadas extensiones de terrenos". En efecto, para Racabarren esto es el resultado del despojo del que son víctima los pueblos originarios durante la conquista y sostiene, en consecuencia, que la propiedad es producto de un robo, en un conjunto de artículos titulados "La tierra y el hombre" publicados en Tocopilla en 1904.  De manera además que en el desarrollo de sus escritos el carácter especulador de la clase dominante es recreado por la institucionalidad política y esta a su vez actúa como un instrumento a su servicio que viene a generar las condiciones materiales de su realización. 

A este respecto, Recabarren en  sus esritos de 1924, y a propósito de la posibilidad de una Asamblea Constituyente, siempre concibió la transformación del Estado y abogó por la descentralización e incluso un sistema federal,  "que entregue a los ciudadanos de las distintas regiones el derecho a trabajar por la grandeza de cada región" y pone como ejemplo "la región maderera, esclavizada al capricho de especuladores criminales que dañan a todos los habitantes". En este caso, también la democratización del sistema político aparece en sus escritos siempre asociada con el combate a la especulación, la reivindicación del trabajo y la justicia social. 

Aboga por el cooperativismo, experiencia que conoció en Europa y que especialmente los socialistas belgas habían desarrollado, como una forma de  "combatir el lucro y la usura y poner en manos de los trabajadores la mayor suma de bienestar posible"  en el período previo a la fundación del POS. Lo mismo el municipio, al que ve como un instrumento útil en las luchas de los trabajadores y trabajadoras en la lucha por su emancipación. No dejó ámbito en el que experimentar nuevas formas de asociatividad; formas de lucha por la emancipación de la clase trabajadora -en la que siempre incluyó a "todos los que viven de un salario" incluidos empleados y pequeños propietarios-. 

De no ser por las luchas obreras y populares del siglo XX continuadoras de las ideas y práctica de Recabarren, que junto a la iniciativa de gobiernos progresistas de diverso signo crearon, entre otras, la CORFO y la red de empresas estatales que construyeron infraestructura y conectividad; que lucharon y conquistaron la reforma agraria que transformó el campo además de derrotar a la oligarquía terrateniente; la reforma educacional que universalizó la cobertura de la matrícula y creó un sistema escolar y universitario que fueron orgullo del país; y la más importante de todas sus realizaciones, la nacionalización del cobre, que es la que lo ha resguardado de todas las crisis económicas internacionales de los últimos cincuenta años. De no ser por ello, la vergonzante obra de la dictadura que vino a interrumpir esta línea de progreso y democratización no sería sino un pie de página en los libros de historia. 

En efecto, su obsesión por las "ventajas comparativas" que sirvieron de argumento ideológico para destruir la industria nacional y de paso aniquilar al movimiento sindical, o debilitarlo al menos, convirtieron a Chile en el paraíso de los capitales rentistas y la especulación financiera, que siempre van de la mano y que en la actual coyuntura pretenden restaurar en su máxima pureza doctrinaria las bases de un neoliberalismo recargado que le entregue y asegure el poder. Lo mismo que ha hecho Milei en Argentina y pretenden el resto de las oligarquías latinoamericanas subordinadas a la dirección de la ultraderecha norteamericana. 

Lo que Recabarren escribe en El socialista de Antofagasta en1919, en ese sentido, podría haberlo escrito hoy de haber estado vivo: "La Asamblea de delegados de la Federación Obrera declara que la llamada crisis, es un acto de especulación destinado a reducir todavía más la ración de hambre que se le da al productor del salitre, y del cobre, para dejar más libre la ganancia de los agiotistas que se hacen llamar propietarios de las industrias, al amparo de la fuerza." 


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