domingo, 23 de noviembre de 2014

Acerca del anticomunismo

Francisco Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo



El anticomunismo como ideología y como actitud política


Desde la instalación del gobierno de la Presidenta Bachelet e incluso antes, se viene desarrollando un fuerte debate acerca del rol de los comunistas en la sociedad y la política, que recientemente incluso se ha manifestado en fuertes ataques verbales en contra de importantes dirigentes sindicales que militan en sus filas; intentos por implicar al PC en la crisis de la Universidad Arcis, habiendo una comisión investigadora de la Cámara de Diputados que no ha encontrado nada que respalde esas acusaciones; y hasta la golpiza a su Secretario General, Juan Andrés Lagos.

En este caso ya no estamos hablando de un debate sino abiertamente de un anticomunismo de connotaciones fascistas.  

Es un fenómeno muy antiguo, tan antiguo como la existencia de los comunistas. De hecho, el Manifiesto del Partido Comunista de Carlos Marx, de 1848, parte con la frase “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo…” Marx habla del comunismo como de un espectro frente al que la sociedad establecida de entonces, tiene una “actitud” temerosa aunque sea obra de su propia creación. Estamos en presencia entonces de un caso típico de lo que suele denominarse “ideología”.

Hay todo un capítulo del Manifiesto que se dedica a desmitificar los argumentos con que se lo pretende descreditar y por los que se le teme y se le rechaza. Probablemente la primera y más brillante crítica al anticomunismo como ideología.

También en Chile, desde la fundación del POS en 1912, la prensa burguesa habla de los comunistas y de su nefasta influencia entre los obreros. Después de su ingreso a la Internacional Comunista en 1922, de su dependencia de la Unión Soviética, el “oro de Moscú”, etc.

El Partido Comunista de Chile, en sus más de cien años de historia ha promovido alianzas amplias de los sectores progresistas, la lucha y movilización de las masas trabajadoras por la defensa y ampliación de la democracia y los derechos civiles y políticos de chilenos y chilenas, como una cuestión de principios y como parte de su estrategia política.

Son ideas, sin embargo, que algunos pretendieron haber descubierto en el gran comunista italiano Antonio Gramsci, recién en la década de los ochenta del siglo pasado, pasando por alto aparentemente que ya eran parte de las tradiciones y las tácticas que había impulsado la izquierda y el Partido Comunista de Chile en el siglo XX.

Fue parte del Frente Popular que llevó a la presidencia a Pedro Aguirre Cerda, participó del gobierno de Gabriel González Videla hasta la promulgación de la Ley Maldita; promovió la organización de los pobladores, las primeras tomas de terreno, impulsó la renovación de la música y la gráfica popular; la ley de nacionalización del cobre incluso estando en la clandestinidad.

El Partido Comunista impulsó también la independencia y unidad de la izquierda desde la primera candidatura presidencial de Salvador Allende en 1952, concluyendo en la formación de la Unidad popular. Finalmente, la PRP en la década del ochenta fue fundamental en la derrota de la dictadura de Pinochet y la recuperación de la democracia.

Generalmente, son hechos históricos reconocidos por todo el mundo, incluso por los más acérrimos críticos del PC. Pero por lo general, suele hablarse bien del PC en tiempo pasado – también como si fuera un fantasma, prueba del carácter ideológico del anticomunismo- pero nunca para referirse al aporte que está haciendo o ha hecho en tiempos recientes.

Como por ejemplo, en el caso de la reforma al sistema electoral binominal, bandera del PC desde los años noventa, cuando para algunos no era tema porque le daba gobernabilidad a la transición y para otros era sólo una excusa de los comunistas “para ingresar al sistema”.

Es difícil hacer una generalización del significado del anticomunismo basado en su aspecto más empírico que consiste en el de ser una “actitud política”, aunque en rigor no se pueda decir mucho más de él.   Lo único que se puede decir al respecto es que es un estado de conciencia política muy primario, muy elemental. No propone nada y se funda como actitud política en el rechazo y ese rechazo que es irracional puede adoptar diferentes aspectos “ideológicos”.

En ese sentido puede también dar pie para toda clase de consecuencias políticas. En efecto, le facilita las cosas al irracionalismo y la agresividad del fascismo. Lo hace porque degrada la conciencia política al teñirla de subjetividad y una pseudoestética de connotaciones liberales y republicanas que de pasada legitiman las posiciones reaccionarias.

También porque deslegitima la acción de los partidos –no sólo del Partido Comunista- y finalmente obstaculiza la unidad de las fuerzas interesadas en las reformas al sistema educacional, previsional, al código laboral, a las pensiones, el mejoramiento de la salud pública y el cambio constitucional.

Es precisamente en este tipo de ataques anticomunistas en los que se asoma el resultado del neoliberalismo en los últimos treinta años. Hoy son los comunistas, mañana quizás el resto de las fuerzas de la izquierda y todos quienes se manifiesten por los cambios y la democratización del país.

Son veinticinco años que nos separan del término de la dictadura. Ojalá nuestra somnífera transición no haya sido suficiente para olvidar lo que entonces ocurría. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Actualidad y malentendidos respecto a Walter Benjamin

Paul Gauguin. ¿Quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos?


Walter Benjamin fue un crítico literario, filósofo, escritor, que pensó en las condiciones de surgimiento del fascismo en la Europa del período que va de la Primera a la Segunda Guerra Mundial. Lo hizo a través de las señas que deja la alta cultura y la tradición en la vida cotidiana y la cultura popular -en lo que se podría denominar “expresiones de la cultura dominante”-.

Es probablemente uno de los autores más citados y parafraseados para argumentar toda clase de desvaríos políticos y teóricos en el campo de la izquierda; o en lo que se podría denominar, el área cultural de la izquierda. Abuelo del posmodernismo, teórico revisionista y heterodoxo, antecedente de la renovación, marxista de la derrota, son algunos de los adjetivos que se pueden encontrar al leer notas sobre su pensamiento y escritos.

Pero Benjamin  fue un hombre que pensó en la sociedad y la cultura de su época y aun cuando sus ideas pudieran ayudarnos a entender nuestro mundo actual e incluso trascender esa condición circunstancial, no hay que olvidar que fue un pensador judío de la Alemania de entreguerras  tratando de entender lo que entonces sucedía, que era muy grave.

Es de esa actitud teórica, que es una actitud política, que surge su pensamiento. Un pensamiento radical y comprometido, no la crítica de salón, no el supuesto esteticismo que muchos adoptan cómodamente, como su único legado teórico.

Es a partir de sus circunstancias que se hace más necesario entenderlo en la actualidad. En efecto, leerlo y estudiarlo en su circunstancia no es limitarlo o como podría suponer algún amante de la retórica profunda, convertirlo en un simple cronista de su época ni a su obra en un documento de archivo.

Es precisamente en la operación teórica que consistió en depurar todo lo contingente del pensamiento de Benjamin, en lo que reside su vulgarización. No se trata de que no sea una perspectiva teórica posible. Efectivamente, la obra crítica de Benjamin está llena de reflexiones acerca del lenguaje, la imagen y las formas, que en sí mismas tienen un valor teórico y conceptual que trasciende su época.

Pero hacerlo, sería una manera de adoptar una posición frente a la actualidad como si ésta fuera un tiempo vacío, usando a Benjamin como excusa y como si él mismo hubiese sido un fisgón. En efecto, no es posible entenderlo ni interpretarlo sin acudir necesariamente a su propia concepción de lo histórico como un tiempo pleno en que conviven simultáneamente el pasado y el futuro.

Olvidarlo en su caso, es eso: vulgarizarlo y usarlo como pretexto para sostener posiciones teóricas que son precisamente lo contrario de lo que él mismo hizo como hombre y como pensador.

Semejante depuración es lo que le convierte en un mero exégeta de la cultura, como si ésta fuese para él ya sólo eso; una especie de substancia en que lo histórico, lo político, lo contingente, fueran un mero accidente y el lenguaje una esencia que los trasciende. Ello es lo que hace posible que los estudios culturales y de género, la crítica literaria y la filosofía posmodernista, lo reivindiquen como una suerte de ancestro.

No. Benjamin es hombre de su época y es precisamente por eso que trasciende, pues a partir de esa condición histórica asume la crítica como el ejercicio de señalar los intersticios, las fracturas, las frases incompletas, los actos fallidos de la sociedad y la historia como el lugar en el que asoman la locura política, los sofisticados mecanismos de manipulación cultural y la dominación de clase.

Ello porque no entiende la época, “su época”, como una contingencia casual, un mero accidente, tal como la nuestra tampoco lo es de la pura facticidad.

Por el contrario, su concepción de la cultura es la de una construcción de clase, en la que permanecen como vestigio todos los horrores de la dominación a lo largo de toda la historia  pasada y en la que se proyectan en la actualidad y lo seguirán haciendo eventualmente en el futuro, de no mediar una decidida acción teórica y crítica –que es en última instancia una decisión política, precisamente la que adopta Benjamin frente al fascismo.

Ello pues, en su concepción la vida humana tiene sentido en la medida que asume la experiencia críticamente y no como un mero acontecer. La locura del fascismo consiste precisamente en la negación de la experiencia y su limitación a lo más abstracto o lo que es lo mismo, a su empobrecimiento.

Por ello  Benjamin tampoco es una especie de compañero de camino para quienes creen estar en el plano menos sublime de la política. Su obra no es crítica académica, no es “crítica cultural” como si los estudios culturales, a los que se endosa su paternidad, fueran un disciplina autónoma o un género literario.

En momentos como el actual, en que el modelo neoliberal ha conducido al planeta a su mayor catástrofe ambiental; a la hambruna de millones de seres humanos; las guerras, las pandemias; en que es incapaz incluso de  satisfacer las necesidades de reproducción del capital, asumir la experiencia críticamente; la crítica como actitud política y no como ocupación académica; y la política como crítica cultural es más necesario que nunca.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

Tensiones del nuevo ciclo

Dante y Virgilio. Eugene Delacroix


Cultura y cambio social en el Chile actual

“Si  mi cultura existe es porque es la formación humana de un programa sobrepujado por un sistema arterial de ideas, que se hicieron en las entrañas de quien escribe no porque tenga poco o mucho que decir, sino porque el expresar es la ley de su estilo y él es su imagen ensangrentada (…) somos todo tiempo-espacio y toda la historia, conquistándose (…) el hombre es hombre únicamente porque la sociedad existe y existe como representación que representa, como contradicción que contradice y engendra superaciones heroicas (…) Y además, su imagen, su estilo, su imagen, es decir, la pelea del hombre con el hombre adentro del hombre, porque el estilo, que es la imagen del hombre, es el peligro, el objeto, el abismo del destino del hombre, ‘la negación de la negación’ y con él, la batalla del hombre, por el destino del hombre (…)”
Pablo de Rokha

La inquietud que agita a nuestra sociedad actualmente, es la de un modelo neoliberal agónico, incapaz ya de dar respuestas a las contradicciones que genera en todas las esferas de la vida nacional y niega las necesidades de desarrollo del país y los derechos de sus ciudadanos. Esta contradicción se manifiesta de múltiples maneras, en diversos ámbitos e intensidades: productivo, laboral, social, ambiental, territorial, educacional, jurídico e institucional.

La resolución de esta contradicción no va a ser fácil ni va a consistir fatalmente en la democratización del país ni ha significado hasta ahora, como supuso Alberto Mayol el 2011, el derrumbe del modelo. Presentar, sin embargo, los obstáculos que enfrentan las fuerzas democratizadoras de la sociedad como una evidencia de su imposibilidad, es la expresión de un velado y profundo conservadurismo.

Las fuerzas políticas y culturales que lo sostienen -el empresariado, los partidos de derecha, la intelectualidad conservadora, la reacción católica, burócratas del intricado sistema de traspaso de fondos públicos a la empresa privada - han actuado, en cambio, con coherencia y sin ambages por la defensa de los intereses que resguarda y sobre los que se sostiene.

Efectivamente, han usado todos los recursos posibles y con los cuales cuentan para oponerle resistencia: redes de influencia, poder político, dinero, estudios de opinión, medios de comunicación y hasta la incipiente articulación de movimientos de masas anclados  en la llamada “clase media aspiracional” conformada al calor de las modernizaciones neoliberales de los años noventa.

El problema es que a la consistencia de su acción, no se le ha opuesto hasta ahora una fuerza equivalente, excepto por episodios y respecto de contradicciones específicas.

Los empresarios y los grupos conservadores tienen mucho que perder en esta coyuntura histórica y su reacción frente a las reformas emprendidas por el actual gobierno, ha sido como si se estuvieran enfrentando a cambios estructurales, cuestión evidentemente falsa o a lo menos inexacta.

Lo que sucede es que el programa de reformas de la Nueva Mayoría, de realizarse, generaría mejores, mucho mejores, condiciones para comenzar a ejecutarlos efectivamente. La reacción pareciera haberlo entendido a la perfección y por ello mismo, no estar dispuesta a ceder un milímetro.

Es un programa reformista, que concitó el respaldo del 62% de los electores en la última elección presidencial y parlamentaria. Sin embargo, esa misma fuerza electoral, en principio, no se ha expresado como un movimiento de masas llegada la hora de implementarlo y defenderlo.

Es la tensión latente del nuevo ciclo entre las necesidades de reforma política y social,  -tareas contenidas en el programa de la Nueva Mayoría- y el sentido común formado en veinte o treinta años de liberalismo, desde la dictadura militar pasando por los primeros gobiernos democráticos que le siguieron conformados por la extinta Concertación de Partidos por la Democracia.

Esto es, la contradicción entre el cambio cultural que implica la limitación del mercado y la recuperación de lo público en el modo de vida, los hábitos y las costumbres de hombres y mujeres, jóvenes y especialmente de los niños, con los valores, las formas de relación social y de entender al otro que se basan en la privatización de los servicios, el individualismo desenfrenado y la competencia a todo evento.

Es finalmente la misma contradicción que determinó, además, su disolución luego de las elecciones presidenciales del 2010.

Se trata por lo tanto de un programa de reforma política que es también una reforma cultural, precisamente porque en última instancia implica otra manera de concebir la relación social; a los ciudadanos y ciudadanas como Sujetos de Derecho y no como consumidores. Sin enfrentar esta condición, es decir, sin asumir que el programa implica un cambio subjetivo y cultural, es altamente probable que no logre avanzar lo suficiente como para comenzar la transición efectiva hacia una sociedad que supere el neoliberalismo y la constitución pinochetista.

Asumir la realización del programa sólo como una cuestión de tomar ciertas medidas en el plano político, económico o social incluso -como si fuera sólo cuestión de redactar decretos, proponer leyes o resolver acerca de la mejor manera de administrar los recursos- puede hacer que termine por no ser más que una especie de  declaración de buenas intenciones.

Por el contrario, el programa de gobierno debiera ser una estrategia política, una hoja de ruta, la línea de construcción de una fuerza política y social que trata de superar el neoliberalismo y al mismo tiempo, propone nuevos horizontes de desarrollo y progreso al país.

La batalla cultural y por la hegemonía de las conciencias, ha sido enfrentada por las fuerzas de la reacción de manera decidida.

En efecto, el rol de las grandes cadenas de medios comunicación, escritos y audiovisuales, han actuado no ya como adormecedores de las conciencias, rol que ocuparon en los años de la euforia liberal y de la globalización en los años noventa del siglo pasado, sino como verdaderos panfletos, profesiones de fe liberal que hacen aparecer todos los esfuerzos de reforma económica, política o social como intentos voluntaristas de modificar el orden natural de las cosas.

Sin embargo, todo tiene su historia; el actual ordenamiento económico, social, jurídico y político del país, no es un hecho natural. Se formó primero bajo la dictadura militar y luego, en los años noventa del siglo pasado, durante los gobiernos de la Concertación, bajo la Constitución de Pinochet, los principios de subsidiariedad del Estado y libre competencia; la impunidad de los violadores de los Derechos Humanos y como se ha hecho público últimamente, en connubio con las grandes empresas.

El Programa de gobierno de la Nueva Mayoría tiene, también, su historia. Reivindicarla, recrearla en un ejercicio permanente de reinterpretación es urgente y necesario. Que los partidos que la conforman asuman el debate y entren en contradicción cuando se trata de implementarlo, es no sólo esperable sino necesario.

Si no fuera por esa condición, probablemente el país seguiría detenido en esa somnolencia aburrida, en esa “alegría triste y falsa” de la globalización neoliberal de los años noventa.

Un programa de reforma cultural debe asumir entonces el desafío de poner en debate la historia reciente y  la no tan reciente del país. Porque el programa tiene su historia, que son las luchas del movimiento social y de los sectores interesados en la democracia y el progreso de nuestra sociedad.

Es lo que, por ejemplo, hizo el embajador Eduardo Contreras, generando una campaña desproporcionada por parte de la derecha y sus medios, propia de fariseos y plagada de caricaturas. Es lo que por muchos años hicieron Gladys Marín y Volodia Teitelboim señalando permanentemente los efectos del modelo y denunciando la exclusión generada, entre otras cosas,  por el sistema electoral binominal y la política de los consensos.


Para que una reforma política sea efectiva debe por lo tanto consistir también en una nueva forma de ver el país y la sociedad y de actuar conforme a esa manera de concebirlos. No habrá cambio social efectivo sin un cambio cultural, así como la historia reciente de nuestra interminable transición demuestra que un cambio en los estilos, la pura estética y el tono, no son un cambio cultural ni social.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Cultura de la mayoría o cultura de la democracia



Jacques Louis David. El juramento de los horacios. 1784

El resultado de la esperada encuesta CEP en su última versión, desató un vendaval de recriminaciones mutuas entre académicos, cientistas sociales y dirigentes políticos. Este hecho por sí solo habla del deterioro de las relaciones al interior de nuestra elite o como erróneamente la llaman algunos, “la clase política”. 

En efecto, la otrora incuestionable encuesta CEP, parámetro obligado de los tomadores de decisiones de políticas y planificadores en diversos ámbitos de la vida social –educacional, ambiental, laboral, etc.-, quedó a lo menos herida en su aura de cientificidad y objetividad.


Lejos quedaron los tiempos en que el elegante y culto Arturo Fontaine Talavera hizo del CEP  el lugar de reunión de la elite empresarial y de los protagonistas de la democracia de los acuerdos, donde se cocinaron consensos para mantener las bases del modelo neoliberal intactas, proveyéndolo al mismo tiempo de una mayor legitimidad a través de la ampliación del arco de posiciones políticas que lo sustentaron a fines del siglo XX. Son por lo demás, las que han hecho su reaparición y para lo cual han contado con titulares, portadas de revistas, lanzamiento de libros con biografías  y seminarios.


No es solamente que la encuesta del poderoso e influyente centro de estudios del liberalismo criollo haya sido puesta en cuestión o como algunos han supuesto, la dirección que de él ha hecho Harald Beyer, comparándolo con el abierto y tolerante Fontaine. Lo realmente cuestionado es el principio cultural por el que en los últimos veinticinco años, en lo que se denominó de modo bastante inexacto “transición a la democracia”, se erigió a la mayoría como sustituto de la soberanía popular.


En lugar de encarnar ideas de emancipación o cambio, ampliación de los derechos económicos, sociales y culturales de la ciudadanía, como incluso lo hiciera el liberalismo en la época de su pasado revolucionario, el principio de la mayoría que encarnan las encuestas y defienden los mercaderes de la opinión pública, manifiesta conformidad y su objetivo final, consciente o inconscientemente, es oponer una resistencia eficiente y tolerable a todo aquello que no lo haga. 


Es uno de los cambios culturales más importantes que se operaran durante los primeros gobiernos democráticos que sucedieron a la dictadura militar, ante el cual sucumbieron la socialdemocracia y el socialcristianismo en los noventa del siglo pasado con profundas consecuencias para estos sectores políticos.


Es en razón de ese cambio por el que, además, se consolida una empresa de la opinión pública, que con la presunta misión de medirla, en realidad lo que hizo y pretende seguir haciendo, es reemplazarla o decirle lo que tiene que opinar. Como la soberanía, para nuestros liberales, es en realidad la mayoría, la verdad es un promedio que se puede obtener mediante técnicas estadísticas que se transforman en un juez de la vida cultural de la sociedad. Obviamente, uno que se manifiesta frente a todas las esferas de la vida social. En efecto, hay encuestas para todo y de todos los tipos, hasta en los programas de radio y televisión.


Este nuevo poder habilitante de lo bueno y lo malo, de lo bello y lo justo de nuestra sociedad que son las encuestas de opinión, siempre se inclina a favor de las fuerzas de la conservación y no del cambio.


De esa manera, lo que en principio, debiera ser el resultado de una deliberación racional de la sociedad, termina siendo el tartamudeo de las encuestadoras y los estudios de opinión. Los fundamentos racionales de los anhelos y aspiraciones de la sociedad cobran un sentido completamente irracional que ya nadie entiende. El cuestionario de cualquier encuesta es un buen ejemplo; preguntas completamente inducidas, de una extensión incomprensible para cualquier ciudadano común, de las que se deducen finalmente unas conclusiones enteramente arbitarias, que son presentadas luego, como una “verdad”. 


Esta conversión de las fuerzas sociales y sus aspiraciones en potencias irracionales manipuladas mediante métodos científicos de medición de la opinión pública, puede derivar, como de hecho ha sucedido en el pasado, en una vuelta atrás hacia el autoritarismo y la represión. Afortunadamente, lo acontecido con la encuesta CEP indica que no es tan fácil.


De todos modos una condición necesaria para hacer posible una auténtica reforma cultural y la profudización de la democracia -además de las dificultades de la elite que ha hegemonizado el sistema político en los últimos veinte años para legitimar un instrumento tan importante como lo fue en el pasado la encuesta CEP, un acuerdo entre las fuerzas que están por la reforma  cultural, por una cultura de la democracia que se sustente en la soberanía popular y no en la mayoría, las estadísticas y las encuestas. 


De no ser así, el aparente triunfo de la democracia que es la consideración de la opinión pública a la hora de tomar decisiones políticas en todos los ámbitos de la sociedad, va a terminar por corroer los fundamentos racionales de la democracia e inclinándola a favor de las fuerzas reaccionarias.


miércoles, 6 de agosto de 2014

La nueva situación política

Tiempo de definiciones para la sociedad



Marinus Van Reimerswaele. El comerciante y su mujer


Una vez concluido lo que dio en llamarse el primer tiempo de la administración de la presidenta Bachelet, hubo un cambio notorio en la situación política del país. En efecto, han reaparecido en todos los medios, los protagonistas de la denominada “democracia de los acuerdos”.

Obviamente los acuerdos no son, para ellos, los que se alcanzan al interior de la coalición con la que se ganó las elecciones presidenciales; la que hizo posible elegir diputados y senadores, nombramientos en la administración pública y el aparato del Estado. Ni tampoco con las organizaciones y el movimiento social.

En efecto, como lo sugieren todos los protagonistas de la transición y la política de los consensos, son acuerdos con quienes están fuera de la coalición y se han manifestado brutalmente en contra de lo que la mayoría de los electores respaldó. Resulta francamente absurdo que quienes obtuvieron a duras penas un tercio de los votos en los últimos  comicios, emplacen a rediseñar los proyectos de reforma desde cero.

Más absurdo es, en todo caso, que considerando esa correlación de fuerzas, haya quienes supongan y postulen que son necesarias alianzas fuera de la Nueva Mayoría para darles legitimidad.

Lo lógico sería, en cambio, preguntarse cuál es el sentido de la coalición hoy por hoy y oponerle una propia respuesta. De acuerdo a lo declarado por los dirigentes de todos los partidos de la Nueva Mayoría, incluido Gutenberg Martínez quien incluso le puso fecha de término, sería la misma que el 11 de marzo de este año: la implementación del programa comprometido con la ciudadanía.  

Ese es el desafío actual de la Nueva Mayoría, tras lo cual debiesen cerrar fila todos quienes militan en los partidos que la conforman, los dirigentes y movimientos sociales interesados en las reformas tributaria, educacional, laboral, constitucional, al sistema de pensiones, dejando al mismo tiempo a los empresarios y la derecha en su posición de minoría política, social, moral y cultural.

Ello no obsta, por supuesto, a que apelando a su autonomía y en función de sus propias reivindicaciones, el movimiento social aspire a incorporar elementos a las reformas que las enriquezcan en contenido y respaldo , situación que los partidos políticos debiesen atender, expresar y procesar en el Estado y las instituciones en un diálogo franco y de respeto mutuo.

No para otra cosa fue la lucha contra la dictadura hace ya veinte o treinta años y por la cual todavía hoy se aspira a tener una democracia plena.

No es extraño, en este sentido, que las encuestas señalen persistentemente que, pese a los altos niveles de aprobación y respaldo al gobierno y la Presidenta de la República, estos mismos hayan caído en el caso de algunas de las medidas contenidas en su programa.

Eso pues las encuestas son apenas un sucedáneo de las aspiraciones y demandas más profundas de una sociedad. Son, más bien, la expresión de fuerzas que están disputando permanentemente  su simpatía y la subjetividad de hombres y mujeres, jóvenes, ancianos y niños. Por lo tanto, es como si a través de un promedio obtenido mediante técnicas estadísticas, se expresara la capacidad de un sector determinado para influir en la opinión pública, lo que podría denominarse “el sentido común”.

Lamentablemente, a las inconsistencias y falta de convicción con las reformas de algunos sectores que no son de derecha e incluso en algunos casos, son parte de la Nueva Mayoría, se debe sumar la de quienes compartiendo que se deben realizar, han planteado tantas dudas y reparos frente a éstas, que finalmente han sido hechas aparecer por la oposición y los empresarios, como políticas sin respaldo y por lo tanto, como una posición tan débil que basta con insistir  majaderamente en su “torpeza” y falsificar su contenido, para tumbarlas a través de un par de encuestas.

Es precisamente ese espacio de ambigüedad el que ha facilitado en el último mes solamente, la recomposición o al menos los intentos, del bloque de los consensos y que hegemonizó la transición con tan buenos dividendos para los empresarios, los violadores de los Derechos Humanos que hasta la actualidad se mantienen impunes, los comerciantes de la imagen, la publicidad y la entretención masiva.

Ambigüedad que cruza todo el espectro político y de la que algunos han hecho su trinchera: comunicadores sociales y periodistas que han hecho de ella una supuesta objetividad que los erige en jueces de la política y la sociedad; intelectuales y personalidades académicas descomprometidas que se ocultan tras la aparente pureza  de sus ciencias; dirigentes sociales que transitan entre el maximalismo y la reivindicación más trivial guarecidos tras una presunta “autonomía”; y aspirantes a líder político que la usan como táctica para mantenerse siempre vigentes en las turbulentas aguas de la situación política.

El segundo tiempo de la actual administración, por lo tanto, debiera ser un período en el que se consoliden las posiciones y se confirmen las voluntades de todos los actores, políticos y sociales.

No se trata, por cierto, de ser grandilocuentes ni de radicalizar posturas; se trata simplemente de impulsar los cambios que viene demandando la sociedad desde hace tiempo -y no precisamente a través de las encuestas sino desde la calle y las urnas- y consolidar las reformas contenidas en el programa de Gobierno.



domingo, 20 de julio de 2014

Armando Rubio Huidobro







Debería hacerse un homenaje a Armando Rubio. Probablemente sólo un grupo de amigos íntimos y todavía menos probablemente, un más pequeño grupo de admiradores de su obra poética, sus apuntes en prosa, sus cuentos y diarios escritos en hojas de cuaderno y mecanografiados en máquinas de escribir, que a estas alturas les deben parecer a muchos piezas de museo, excepto a los que alguna vez, no hace muchos años, las usaron para hacer trabajos en el liceo o la universidad.

Armando Rubio es un poeta ochentista. Muy de su época, muy contemporáneo de la dictadura militar, casi pegado al régimen, como todos los que tuvimos la desgracia de crecer en la década del setenta. Tiene un tono opaco o tratando de hacerle justicia, se podría decir más bien de una tristeza brillante de empleado público cesante o de alumno adolescente de liceo fiscal, de chaqueta azul pizarra, sin solapas, pantalón gris con raya al medio y zapatos negros. 

Un pájaro raro entre tanto antipoeta de los ochenta –como señala Jaime Quezada-, tiene a la distancia un aura de tragedia desconocida, que le da el aspecto de un poeta recién llegado de provincia, aunque él mismo fuera santiaguino de pies a cabeza y amara a la ciudad quizás más que nadie. 

Pero es que en esa época, fines de los setenta y comienzos de los ochenta, Santiago era como un pueblo de provincia, aunque lo parezca sólo a la distancia y producto del desarraigo de los últimos veinte o veinticinco años, en que se transformó casi en una sucursal de Disneyworld o Miami. Entre la ciudad pobre y la ciudad bananera, Rubio sobrevive y sobrevivirá por siempre como un cronista del Santiago que estaba por morir o que estaba muriendo bajo la suela de los militares, igual que muchos hermanos y hermanas, amigos y novias, compañeros de liceo o de la facultad recientemente clausurada.

No hay que olvidar nunca que la facultad de ciencias sociales, en la que estudió Rubio un tiempo, fue cerrada por la dictadura por esos años o que el Instituto Pedagógico, en el que estaba la facultad de periodismo en la que estudiaba al momento de su muerte, fue separado de la Universidad de Chile por la Ley General de Universidades en 1981, ley que todavía no ha sido derogada y que impide la participación de los funcionarios no académicos y los estudiantes en la elección de autoridades unipersonales y participar de los organismos colegiados de Gobierno Universitario.

En fin, Rubio trasunta esa atmósfera triste y decadente. La identidad propia como depositaria y víctima -a veces inconsciente, a  veces rebelde- de la represión y el desarraigo de los años del boom y el apagón cultural. La autoimagen del desempleado o del transeúnte en tiempos del toque de queda; la decadencia y el oscurantismo de la moral de regimiento contrastando con el falso oropel de la empresa privada.

Todo ello hace que su poesía sea hoy en día necesaria; porque no debemos olvidar de dónde venimos. El poeta, el verdadero poeta, como dice su hijo, el también poeta Rafael Rubio, siempre habla de la contingencia, pues no hay temas más universales que los de la contingencia: No olvidar que el Chile globalizado y “moderno” de hoy, se formó en esos años terribles en que Rubio vivió, escribió, conversó con amigos un café en Los Cisnes, recitó en peñas y festivales, en la SECH, en la ACU y en las facultades controladas por rectores delegados y decanos militares.

La poesía íntima, gentil, citadina y sin complicaciones retóricas ni formales de Rubio, es casi una poesía contra la estetización. Una que habla de hombre a hombre, que no tiene pretensiones de universalidad ni trascendencia transhistórica; la poesía de un ciudadano del Santiago de los años ochenta, más exactamente del pedagógico de los años ochenta, hablando de sí mismo y del tiempo en que le tocó vivir.

Los que entonces éramos muy niños y leíamos la revista La Bicicleta que compraban nuestros hermanos mayores y donde por primera vez lo leímos, le debemos un homenaje, que quizá no pase de ceremonia familiar, íntima. Pero necesaria.

martes, 15 de julio de 2014

El segundo tiempo



El segundo tiempo o el riesgo de la profecía autocumplida

Ben Shahn. La pasión de Sacco y Vanzetti



Una vez cumplido el plazo de cien días autoimpuesto para llevar a cabo las primeras cincuenta medidas de su programa, comienza la etapa de despliegue de una nueva manera de ejercer el gobierno. Los primeros cien días estuvieron marcados por el impulso inicial de su agenda. 

Se instalan, además, los temas laborales, entre ellos, el multirut, algunos puntos del código del trabajo y al sistema previsional concluyendo con el acuerdo por el salario mínimo entre la CUT y el gobierno. Del mismo modo, la discusión acerca de la reforma al sistema electoral binominal, empieza a ocupar un lugar cada vez más destacado y hasta la UDI, el cancerbero de la institucionalidad pinochetista, se ve en la obligación de entrar al ruedo. 

Incipientes movilizaciones lo caracterizaron también. En éstas se confunden expresiones de protesta contra el modelo, motivadas por los efectos que ha tenido en cuanto a desigualdad, deterioro de los servicios, exclusión, autoritarismo, mercantilización de la vida social, con reivindicaciones específicas. Todo ello, favorecido por unas expectativas de cambios efectivos y apertura política, producto de la derrota de la derecha en las elecciones, el programa del gobierno electo y la legitimidad del movimiento social y la lucha de masas como parte del ejercicio de la democracia.  

Todo esto hace que la situación nacional sea muy diferente a los últimos diez años del siglo pasado y los primeros diez del presente. Obviamente, esta nueva situación, aún sin ser la caída definitiva del modelo –como augurara optimistamente un conocido sociólogo el 2011- impone nuevas tareas al sistema político y a la sociedad civil. 

Como era de suponer, esto motiva la reacción de la derecha y los empresarios, los que usan toda su potente red de medios de comunicación, para desacreditar las reformas impulsadas por el nuevo gobierno y la coalición que lo apoya. 

A partir de ahora, a la fuerza y empuje del gobierno en estos primeros cien días, los sectores conservadores le oponen una reacción más inteligente que es una mezcla de intransigencia en la defensa de principios del modelo y búsqueda de acuerdos en torno a cuestiones muy precisas del programa. 

Buscar los intersticios, las  coyunturas y actuar sobre ellas, machacando majaderamente hasta conseguir una inflexión. En este sentido, la reedición de la política de los consensos, como muchos han temido que suceda en el futuro, depende de varios  factores. 

En primer lugar, la unidad de la Nueva Mayoría. El eje de dicha unidad, como lo han repetido  muchos dirigentes de los partidos oficialistas, es el programa comprometido con la ciudadanía. No más que eso. Ni menos tampoco. Pero evidentemente, el programa es la expresión de las capacidades del movimiento social y de los partidos políticos que lo conforman para darles una orientación.

Es precisamente en las fracturas de la coalición y aunque de otro modo, también de esta con la sociedad civil, que la derecha y el empresariado actúan buscando llevar agua a su molino. Una fórmula antiquísima de hacer política y respecto de la cual no hay más antídoto que la unidad. 

Observar cómo se resuelva esta situación es adoptar una posición política bastante cómoda y por supuesto muy conservadora, que de pasada le da una aire de superioridad moral a quien observa para poder decir luego, “…echo de menos que la Nueva Mayoría no adopte una posición más rupturista y de cambio más radical…”Cuando no para acusarla luego de traicionar al movimiento social. 

Por esta razón, un entendimiento de todos los sectores de izquierda y que fueron opositores a Piñera, tanto dentro como fuera de la Nueva Mayoría, es urgente y necesario. No se trata solamente de reeditar, como ha sido sugerido últimamente, el arco de fuerzas políticas que derrotaron a Pinochet en el plebiscito. Han pasado ya casi treinta años desde entonces y la realidad nacional ha cambiado lo suficiente como para que el sistema de partidos y las coaliciones que le dan forma, expresen estos cambios. 

En tercer lugar, un despliegue mayor en el movimiento social y una relación de este con el gobierno, de nuevo tipo. En este sentido, llegó la hora probablemente, de que los partidos y colectivos políticos actúen sin tantos complejos trabajando por el desarrollo de las organizaciones sociales, respetando su autonomía –que por lo demás, no se resuelve en sus estatutos ni en las declaraciones de principios de las organizaciones políticas-, sin renunciar a su derecho y su responsabilidad de proponer horizontes de cambio global.

Un movimiento social que lucha por sus reivindicaciones, que exige el cumplimiento de las promesas de campaña y que también se moviliza para respaldar la acción del gobierno, es también un movimiento de nuevo tipo del que debe hacerse cargo el progresismo. 

Las reformas políticas, asimismo, se hacen cada vez más urgentes porque la institucionalidad pinochetista se encarga de ahogar y contener la democracia perjudicando de pasada a todo el espectro político. En efecto, por una parte limita la competencia, el surgimiento de nuevos partidos; amputa brutalmente su representatividad e induce artificialmente, instrumentalmente, el entendimiento entre sectores muy diferentes. 

En resumidas cuentas, la reedición de la política de los consensos no depende única y exclusivamente de las intenciones y capacidad de los sectores conservadores que en los veinte o veinticinco años anteriores, hegemonizaron el sistema político. Hay nuevas realidades que dificultan que esto suceda; cambios en la composición  de las coaliciones; un movimiento social más activo; nuevos liderazgos a nivel político que han surgido de éste; un recambio generacional; etc.

Pero eso no quiere decir que no pueda suceder. Como todo en la historia y la política, eso depende de la acción; de la práctica de todos y todas quienes están comprometidos con la democracia,  la justicia social, sea desde el movimiento social o las organizaciones políticas.