martes, 26 de mayo de 2015

Enseñanza del arte y reforma educacional

Giorgio de Chirico. Héctor y Andrómaca




En el marco de la reforma educacional actual, se escucha cada vez con más frecuencia la pregunta ¿Es necesaria la enseñanza del arte? Para unos no, porque es algo subjetivo, irracional, fuera de los límites de toda lógica y el resultado de una actividad puramente individual. En el mejor de los casos, la enseñanza del arte, se limita a la facilitación de espacios y condiciones, para el despliegue de esta individualidad autosuficiente.

Es lo que expresan estéticas expresionistas e informalistas que predominan especialmente en el ámbito de las artes plásticas y que se manifiestan en una concepción de la enseñanza y la evaluación extraordinariamente laxas, con un curriculum débil, de extensas unidades temáticas, objetivos de una gran generalidad y flexibilidad, y un énfasis muy moderado en los contenidos. Para esta concepción de la educación artística, su presencia en el Plan de Estudios no necesariamente implica una estructuración rigurosa y en sus versiones más extremas, la considera casi como una actividad extracurricular.

De todas maneras, como medio de expresión personal, autoconocimiento, y socialización, no deja por ello de considerarse su importancia en el curriculum educacional, incluso para esta concepción expresionista.

De otra parte, hay también quienes argumentan su incorporación a la educación desde el punto de vista del aporte que hacen en el desarrollo cultural de los y las estudiantes. Esto es, por su aporte en la formación en valores éticos, estéticos y del gusto, el conocimiento de la historia de las ideas y finalmente, en la formación de nuestras sociedades.

Desde el punto de vista conservador, hasta el que propugna el multiculturalismo y la posmodernidad se podrían encontrar las influencias de este punto de vista que se apoya mucho en las investigaciones históricas, el análisis semiológico de las obras de arte del patrimonio clásico y universal; hasta la publicidad, la televisión y el cine, y el uso de diversos lenguajes –no sólo de los clásicos medios como el dibujo, la pintura, la canción o la interpretación instrumental-.

Por último, también se podría defender la presencia del arte en la educación formal, por el aporte que hacen en el desarrollo de técnicas y habilidades que forman destrezas psicomotoras y de ubicación espacial y temporal, concepción de la forma, y el aporte que hacen en la adquisición de conocimientos en las áreas más duras del curriculum como las matemáticas, las ciencias y el lenguaje.

Pese a que por sí solas, todas estas maneras de argumentar la inclusión del arte en la educación y el curriculum escolar son suficientes para hacerlo -pese a la tendencia dominante en, a lo menos, los últimos veinte años- se debe considerar lo específico del arte y el lugar que ocupa en la actividad humana.

En efecto, el arte en sus diferentes expresiones es una forma de representación de la “verdad humana”, esto es del resultado de su actividad. No es la realidad sino su representación, la que es realizada por el hombre y tiene por tanto esta doble condición de ser realidad y representación al mismo tiempo.

Por consiguiente, en la actividad artística –por llamarla de alguna manera- se realiza una forma de conocimiento práctico en que el hombre conoce sus propias circunstancias históricas, sociales, éticas, y las escoge, las manipula, las modifica y con ello, también, modifica su actitud frente al mundo, que pasa de ser una reacción instintiva ante los estímulos, pura contemplación o manipulación instrumental, para transformarse en una vida auténtica pese a todas las limitaciones que enfrenta para poder realizarla en el sentido de ser una vida acorde a sus propias elecciones.

En este proceso que se realiza mediante la actividad artística, para lo cual no es necesario ser artista –ahí está Joseph Beuys para mostrarlo-, el hombre se decide por una existencia auténtica y cuestiona la rutina y la enajenación, distinguiéndose de ella, ejerciendo una labor crítica y hasta destructora de esa cotidianidad enajenada. Gran parte de los movimientos de vanguardia del arte del siglo pasado –en música, cine, poesía y artes plásticas-, se plantearon precisamente este propósito hasta la década del ochenta a lo menos.

El arte, por consiguiente, es una actividad profundamente liberadora y su realización una actividad compleja y específica que no se limita a la sola expresión individual o la adquisición de habilidades. Es una oportunidad de autoconocimiento, expresión personal, adquisición de conceptos y nociones espacio-temporales, historia social, etc. Pero además es una actividad en que se opera una modificación existencial de quien la realiza, desde sus formas más simples como el dibujo lineal y la canción, hasta el uso de la informática y tecnologías de las comunicaciones.

Su presencia en la educación sistemática, por consiguiente, no es enciclopedismo pedante ni mera entretención. La forma en que se debiese restituir la educación artística en el curriculum escolar en el marco de la actual reforma educacional, debe considerarlo.




martes, 21 de abril de 2015

Los intelectuales y la política en el Nuevo Ciclo

John Bratby. El inodoro









En Chile las noticias sobre corrupción, sobornos, campañas financiadas en forma fraudulenta, tráfico de influencias y uso de información privilegiada, indignan a la opinión pública y sacuden, y lo seguirán haciendo, al sistema político. Ha sido objeto de debates, comisiones, editoriales y encuestas.

Lo que quedó en evidencia, primero por el denominado caso Penta, luego por SQM, y también por el caso CAVAL, son las promiscuas relaciones entre la empresa privada y la política. Se trata de una trama en que los negocios no solamente aparecen como un acompañante indeseado sino como un complemento necesario y hasta como una suerte de padrino. 

No se trata, sin embargo, de un problema moral; es un problema político y las actitudes y las maneras de enfrentarla, que al respecto asuman todos los interesados –partidos, organizaciones sociales, instituciones, medios de comunicación y ciudadanos de a pie- serán también políticas, aun cuando se engalanen de argumentos morales y seudofilosóficos y pretendan neutralidad o intenten mantenerla, bajo el hipócrita supuesto de que en eso consiste la objetividad y que en esa supuesta objetividad radica la tolerancia y el principio de la diversidad política y cultural.

El Mercurio, por ejemplo, rasga vestiduras por la probidad y plantea que esto afecta transversalmente al sistema político, de derecha a izquierda. Si son todos responsables, nadie lo es. Una bonita manera de exculpar no solamente a los directamente involucrados -en este caso, candidatos parlamentarios que financiaron sus campañas mediante recursos obtenidos a través de fraudes tributarios- sino a los que financiaron en forma fraudulenta esas campañas y los intereses que tenían para hacerlo.

Obviamente, al respecto ni El Mercurio ni la UDI se pronuncian porque para ellos no es ese el problema en tanto defienden las mismas posiciones e intereses. La derecha y los medios controlados por los grandes consorcios informativos y transnacionales de las comunicaciones, solamente defienden la supuesta “objetividad” que ha prevalecido en los últimos treinta años y que ha permitido a un pequeño número de empresas y grupos de interés conservador hegemonizar la sociedad. No la honestidad, la probidad y la rectitud en el ejercicio de la política con la que hacen gárgaras.

Pero la siutiquería y el arribismo cultural lo asume como si esa objetividad fuera del interés de toda la sociedad y como si los valores sobre los que descansa y que se hallan puestos en cuestión lo fueran también. Por lo tanto, reclaman liderazgo y consensos para salir de esta crisis que, supuestamente, nos afecta a todos como país.

Lo único que nos afecta como país, es que un grupo de empresas nacionales y transnacionales controle nuestras vidas y que para ello cuenten con partidos políticos y parlamentarios financiados para defender sus intereses haciéndolos pasar como los de toda la Nación y como si sus prácticas corruptas fueran un problema de todos. Ello avalado, facilitado y protegido por una institucionalidad política hecha precisamente con el propósito de que esto sea posible. 

Los que tienen el problema son los que han incurrido en prácticas fraudulentas e ilegales aunque las consecuencias las pagamos todos. En ese caso, sólo en ese caso, se podría afirmar que estamos ante un "problema país”. 

Son los valores de una clase, las prácticas mediante las cuales obtienen el favor político -“la vista gorda” y “la manga ancha”- los que han sido elevados a la categoría de objetividad, de valores de toda la sociedad y su bancarrota, los que se presentan como un "problema país". 

Entonces, con una ingenuidad que raya en el conservadurismo, hay quienes se afanan en la denuncia de estas prácticas reñidas con la moral como un problema “del sistema” o de "la clase política". Pero ¿quiénes son los responsables? ¿Cuáles sus motivaciones? ¿Cuáles las consecuencias políticas de estas prácticas? Tampoco hay respuestas o en el mejor de los casos, son tan genéricas que no afectan a nadie. Una posición que, probablemente con muy buenas intenciones, termina por pavimentar el camino a la impunidad más grosera, para que nada cambie y esto se repita en el futuro mientras vivamos en una sociedad de clase como la actual. 

Por los mismos días que se conocían nuevos antecedentes en esta trama, morían Günter Grass y Eduardo Galeano. Dos intelectuales que no se dedicaron a pontificar acerca de la moral y las buenas intenciones, sino que se comprometieron políticamente con su tiempo. 

No fueron conciencias críticas de la Nación ni creadores de la "forma bella" porque no estaban por sobre la sociedad. Eran hombres de carne y hueso, hombres reales que en tanto tales, adoptaron posiciones políticas frente a la coyuntura y actuaron conforme a ellas y a su compromiso político, no motivados por la supuesta pureza ética del intelectual, o la neutralidad del “tolerante”. 

Fue, precisamente, lo que les valió persecución, censura y exilio o en el caso de Grass distorsión, soledad y reprensiones, por parte de los mismos que rasgan vestiduras sin comprometerse con su tiempo o haciendo la vista gorda frente a las violaciones a los DDHH en medio oriente o a las minorías étnicas en Europa.

Los intelectuales obviamente que van a ser inmunes a la crítica mientras estén parapetados tras la bella forma, tras la pseudoobjetividad del neutral, del “esto o aquello”. No son esos los artistas, los comunicadores, los escritores, ni los intelectuales que necesitamos. 


Los tiempos están cambiando; el país está cambiando y acontecimientos como los casos CAVAL, PENTA, SQM y los que todavía pueden venir en el futuro, son sólo una demostración de la decadencia de la sociedad neoliberal de los últimos treinta años, sus últimos estertores . Frente a ello es que los artistas y los intelectuales están llamados a tomar posición so pena de permanecer en la intrascendencia y la inutilidad. 

jueves, 9 de abril de 2015

La política en el Nuevo Ciclo


Ben Shan. Desempleados


El problema principal para una política de izquierda en lo que ha dado en llamarse “el nuevo ciclo” es cómo involucrar a las masas en ella. Si algo la caracterizó en el período anterior, fue precisamente lo contrario. Ello no sólo se expresaba en altos niveles de abstencionismo y baja inscripción juvenil en los registros electorales, sino también en la baja tasa de sindicalización; el alejamiento de los partidos políticos del movimiento social; el carácter esporádico y desarticulado de las movilizaciones de masas. En fin por un desinterés generalizado y permanente por los asuntos públicos.

Todo el entramado institucional, partiendo por el sistema electoral binominal y la ley de partidos políticos, actuó y lo sigue haciendo, en este sentido de alejar a las masas de la actividad política.

Pero también las normas de la dictadura que no han sido derogadas y que se refieren a la regulación de las relaciones sociales, principalmente el Código del Trabajo. En el caso del movimiento estudiantil, la norma que prohibía la participación de los estudiantes en la elección de autoridades unipersonales y en los organismos colegiados de gobierno universitario o la que regula el funcionamiento de las organizaciones vecinales y territoriales y los gobiernos comunales.

Este alejamiento de la ciudadanía de la actividad política, redunda en una falta de control social sobre los actos de autoridades y representantes en el sistema político y el que, consecuentemente, ésta quede a merced de quienes tienen poderosos intereses para hacerlo y los recursos necesarios como para ello.

El resultado  está a la vista hoy por hoy: comportamientos arbitrarios, tráfico de influencias y uso de información privilegiada en la realización de lucrativos negocios; pago de coimas por parte de las grandes empresas a parlamentarios y autoridades de gobierno. En resumidas cuentas, el control del dinero y los poderes económicos sobre la actividad política, esto es la captura por parte del gran empresariado de la actividad pública por autonomasia, esto es la política y los asuntos del Estado.

Es esta probablemente la situación a la que se refería León Trotsky en su monumental Historia de la Revolución Rusa, cuando parte afirmando que salvo en una situación revolucionaria, esto es, en una situación en que el orden jurídico, político, social y económico de un Estado se hace insoportable para las masas, éstas no participan en política.

Sólo entonces, según Trotsky, dichas masas la toman en sus manos. En los períodos de desarrollo normal, en cambio, la política -dice- la hacen “sus representantes profesionales”: monarcas, parlamentarios, ministros, periodistas. “Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales –dice Trotsky- , independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección”. Frase épica, cargada de optimismo revolucionario pero que plantea un problema.

Evidentemente, es una crítica de Trotsky a la forma en que se desarrolla la política en Estados autoritarios y burocráticos y a ciertas formas de la democracia representativa. Se trata de una concepción de la política en que ésta consiste en una actividad que está sobre la sociedad.

Es una descripción, sin embargo, que deja en la nebulosa los mecanismos mediante los cuales el pueblo pasaría a tomar los asuntos políticos en sus manos. Entre la transformación estructural de la sociedad y los períodos de desarrollo normal, aparentemente, no habría nada, excepto la actividad política, de la cual las masas, el pueblo, la ciudadanía o como se le llame, seguirá siendo un mero espectador.

Para que la izquierda sea una real alternativa de masas, sin embargo, lo que se necesita es hacer una política de masas, en el sentido de que sea una política realizada por miles, por millones de personas, de trabajadores y trabajadoras, de jóvenes, de pobladores, etc. Esto es, que se pongan en movimiento, en función de ciertos objetivos democratizadores y con un sentido de cambio social, que es precisamente lo que intenta explicar el factor subjetivo y la apelación a la voluntad, la preocupación primordial de Lenin y más tarde de Gramsci.

Si como decíamos líneas antes, la característica principal de la política en el período de la “transición a la democracia”, fue el divorcio entre la sociedad civil y el Estado, la política entonces fue un asunto de especialistas. Primó una “política de cuadros” –de una alta especialización técnica además-, que las masas sólo debían refrendar en las urnas cada tanto, por lo demás bajo una institucionalidad política que consagraba este divorcio como una situación normal y hasta deseable.

En ciertas circunstancias, se pudieron generar hechos políticos e incluso, haber disputado el poder o un pedazo al menos. Pero eso no significa por sí mismo un cambio social. Tal vez un cambio político, que es lo que pasó después del plebiscito de 1988. Pero no hay un cambio social efectivo porque la política no la hacen las masas o como se dice actualmente, el movimiento social, sino cuadros técnicos y políticos, que además no necesariamente son militantes de los vilipendiados partidos sino que podrían ser también activistas de las ONG’s por ejemplo, de fundaciones y centros de estudio que hicieron de las asesorías a organizaciones sindicales, ambientalistas, de género, salud social, educación popular, etc. una manera de hacer política “de masas”.

En el extremo opuesto, está lo local. En este concepto de lo local, no solamente se encuentra incluido lo territorial, sino también lo sectorial, lo gremial y lo corporativo y en sus versiones posmodernas los temas emergentes como se les denominó en el período anterior, el de los años de la globalización neoliberal, como las identidades culturales y de género, el medioambiente, etc.  Eso tampoco logró ni lo va a hacer ahora -salvo ocasionalmente- involucrar a las masas en la política, y ha servido sólo para terminar por no tener nada que ver con  lo real, siendo como decían los filósofos idealistas "un alma pura".

La izquierda todavía se mueve entre esos extremos. Las elecciones municipales van a ser un momento trascendental respecto de estas definiciones. Tras la aprobación de la reforma del sistema electoral binominal la elección de concejales, la única con sistema proporcional, va ser un buen predictor del peso real de cada partido y por lo tanto, de cuántos escaños en el Parlamento debiera ocupar. En ella se van a conjugar entonces las cuestiones “locales” con  las visiones globales de sociedad que representan.

Los proyectos de sociedad son las que a partir de entonces debieran empezar a ponerse a la orden del día. El punto es que pensar que ese es un asunto de los especialistas, de los cuadros políticos en este caso, nos va a dejar en el mismo punto o podría hacerlo, que una vez terminados los períodos de la Concertación. Dejar, en cambio, que las luchas sociales evolucionen solas desde lo local porque los cuadros políticos, los funcionarios de partido, los burócratas del Estado y el aparato público y las ONG’s  lo que hacen es "ahogar la iniciativa de las masas", es como para quedarse esperando mientras el gran empresariado sigue hegemonizando la sociedad, buscando un relevo de tipo populista o autoritario, manipulando conciencias a través de las cadenas informativas y los medios de comunicación de masas.

Mientras tanto, la implementación del programa de gobierno debiera ser el elemento movilizador no sólo de los partidos políticos de la Nueva Mayoría, sino de todos los  sectores interesados en el cambio social, sean militantes o no de partidos políticos, funcionarios del Estado o dirigentes sociales. El poder del dinero y su hegemonía en el sistema político no se combate rasgando vestiduras por la  probidad y señalando a los corruptos o como la derecha ha querido hacernos creer, pensando que es el defecto de una presunta clase política -constructo ideológico mediante el cual todos son responsables y por lo tanto nadie lo es. Se hace comprometiéndose políticamente a favor de las transformaciones y construyendo una fuerza política y social suficientemente amplia como para hacerlas triunfar.









domingo, 28 de diciembre de 2014

Programa de gobierno, cultura y cambio político

Marc Chagall. Don Quijote



El programa de gobierno de la Nueva Mayoría es un programa de reformas políticas y sociales. No es un programa de cambios estructurales ni pretende remover las bases del modelo neoliberal desde sus cimientos, como sostuvo muy imprecisamente el senador Jaime Quintana en sus inicios. 

Ello, a menos que para el presidente del PPD, limitar los efectos inequitativos y marginadores del mercado en la distribución de bienes y servicios; establecer contrapesos que hagan más simétrica la relación entre consumidores y empresas; que éstas tributen efectivamente por sus utilidades y aporten proporcionalmente a su tamaño y ganancias al desarrollo del país y la sociedad, sea “remover los cimientos del modelo neoliberal".

Ello en realidad no es más que asegurar derechos reconocidos y garantizados en cualquier democracia occidental, excepto por cierto en la chilena, resultado de la transición pactada de los años noventa del siglo pasado, la que se realizó bajo sus cuatro gobiernos  y que algunos dieron por concluida cuando la derecha ganó las elecciones presidenciales en enero del 2010, hablando de "alternancia en el poder".

Probablemente, para quienes militan en partidos de la coalición de gobierno, que fueron parte de la Concertación y respaldaron u omitieron, sea desde el movimiento sindical y social, los partidos o el Parlamento, el que esos gobiernos no impulsaran con decisión medidas como éstas, hace que el que la actual administración lo haga, parezca tan audaz.

La derecha y los empresarios, también han aportado lo suyo a la construcción de este espectro, supuestamente, “estatista” y que pretende retrotraer al país a épocas anteriores a  la bonanza y desarrollo que representaron los años de la euforia liberal y de la globalización que auguraba Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín, hace ya veinticinco años y a la que se sumaron muy rápidamente algunos sectores de izquierda y progresistas.

A partir de entonces, el desarrollo fue asociado al desarrollo de la empresa privada, que mediante esos misteriosos y desconocidos mecanismos del mercado, se convierte en fuente de prosperidad para las naciones, incluido Chile por cierto. Más empresas, más empleos, más consumo, más crecimiento, más ganancia, más inversión, más empresas y así sucesivamente en una era interminable de prosperidad y felicidad que sería el fin de la historia.

El que este modelo positivista de sociedad y desarrollo -que es un modelo de clase- haya sido puesto en duda por los porfiados hechos -esto es, por las contradicciones sociales y de clase que hacen evidentes las fluctuaciones cíclicas de la economía capitalista y la ola de protesta social que provocan-, es a lo que realmente le teme el empresariado, la derecha y la reacción católica, no que el programa pretenda removerlas desde sus cimientos.

El programa de gobierno de la presidenta Bachelet no hace más que señalarlas y hacerse cargo de ellas en un período acotado de tiempo.

Lo que antes era normal, ya no lo es. Eso es todo. Hasta marzo de este año, la privatización, el principio de subsidiariedad del Estado y la libre competencia como factores exclusivos del desarrollo económico y social. 

Y si bien no se podría decir que el programa de gobierno se plantee  su revocación inmediata, sí propone reformas que generan un debate acerca de la historicidad de estos principios, esto es pone en duda su naturalidad, su objetividad y por consiguiente, su actualidad.

Enfrentarse a ello es lo que provoca ansiedad y reacciones destempladas por parte del gran empresariado y también, hay que admitirlo, de quienes no siendo gran empresa, se han visto beneficiados por el traspaso de fondos públicos al sector privado por medio de subsidios y fondos concursables, gracias a una intrincada red de relaciones entre éste y el Estado que se construyó en los años noventa del siglo pasado.

La naturalización de la supuesta normalidad liberal de ese período, de la política de los consensos y el binominalismo, es lo que produce ese espejismo de reforma estructural que en algunos provoca euforia y en otros temor . 

Esta misma naturalización de los principios de la economía política neoliberal, es la que explica la primacía de lo técnico, la despolitización de la sociedad y finalmente su desmovilización, la que se produce en beneficio de sus supuestos representantes profesionales –ministros, parlamentarios, periodistas, que incluso muchas veces asumen la denuncia de la corrupción y vacilaciones de la “clase política” de la que ellos mismos son parte, como marca registrada.

Lo nuevo del programa de la Nueva Mayoría  es que reconoce y comienza a hacerse cargo de los derechos civiles y políticos; económicos, sociales y culturales  de hombres y mujeres; jóvenes y niños, de chilenos, chilenas, mapuches y pueblos originarios.

El debate sobre la reforma laboral y la reforma educacional, han sido una manifestación de aquello y ha puesto al desnudo lo retrógrado y egoísta del gran empresariado y la derecha chilenos. Los retorcidos argumentos con los que pretenden defender la codicia, el abuso y hasta el latrocinio, muy pocos los consideran todavía seriamente.

Por lo tanto el cambio político que conlleva el programa de la Nueva Mayoría es que pone en movimiento o debiera hacerlo, la transformación de las relaciones entre lo público y lo privado; y entre el Estado y la Sociedad Civil. El que desnaturaliza la primacía de la empresa privada y por consiguiente, la exclusividad de que gozaron en el pasado los intereses de la clase empresarial en la definición de las políticas públicas. 

No es al conjunto de medidas contenidas en el programa de Gobierno a lo que le temen los empresarios y los sectores conservadores de la sociedad, medidas por lo demás que solamente se hacen cargo de los mínimos que incluso son compartidos por los países miembros de la OCDE. 

Decir, sin embargo, que por el solo hecho de plantearse un cambio cultural como el que suponen las medidas contenidas en él, se esté removiendo los cimientos del modelo neoliberal, es una exageración que podría terminar por desmovilizar a la sociedad y detener nuevamente cambios postergados por mas de veinte años. 



martes, 9 de diciembre de 2014

La crisis de la derecha

La crisis de la derecha y las perspectivas del nuevo cuadro político

Jacques Louis David. la muerte de Marat


Uno de los rasgos más llamativos del nuevo cuadro político, es la bancarrota de la derecha. En poco menos de un año de gobierno de la Nueva Mayoría, la Alianza ha sido incapaz de ejercer una oposición efectiva. No presenta nuevas propuestas y está atrincherada en la defensa del sistema y los privilegios de clase que garantiza; sus partidos están descomponiéndose sostenidamente, dando lugar a deserciones de militantes, formación de nuevos referentes; no tiene líderes y en general, cada reunión para recomponer su unidad, termina en una nueva pelea, antecedida por la de quienes no han sido invitados o se autoexcluyen.

El espectáculo es patético, aunque no es más que la confirmación de las tendencias que ya el 2012 se manifestaban. Un escenario inmejorable para las fuerzas que están por las reformas estructurales y la democratización del país. Sin embargo, hay factores que las frenan o que, a lo menos, las obstaculizan y hacen que su avance sea más lento y dificultoso que lo deseable.

En primer lugar, la pertinaz oposición de las organizaciones gremiales del gran empresariado. Probablemente, no hay nada inesperado o novedoso en este rasgo de la situación política. Resulta llamativo, sin embargo, que los empresarios actúen sin necesidad de intermediarios en el sistema político. Es efectivamente uno de los resultados de la crisis de la derecha. Pero también del lugar que ganaron en los veinte años anteriores, en que se convirtieron en “el factor principal del desarrollo económico” y consecuentemente, sus intereses en los intereses de toda la sociedad.

La percepción que el gran empresariado tiene del momento histórico y político, en este sentido, es la de estar en riesgo. La última ENADE es una demostración de ello y por esa razón, ponen toda su autonomía, decisión y el poder que todavía ostentan, en función de resistir cualquier intento de reforma.

El gran empresariado opina respecto de la reforma tributaria en el transcurso de su tramitación o lo hace hoy en día, respecto de las reformas laborales, o la asociación de ISAPRES o el gremio de las AFP’s respecto de la seguridad social, con aires de gran sabiduría y autoridad intelectual y moral.
Cuando la CUT lo hizo para manifestarse a favor de la reforma tributaria el 1° de mayo u hoy en día, respecto de las reformas laborales, no hace más que manifestar el anhelo de los trabajadores y trabajadoras de relaciones entre capital y trabajo más simétricas y repartición más equitativa de los frutos del crecimiento económico.

Ello es interpretado, sin embargo, como una actitud servil o una renuncia a su autonomía como representante de los trabajadores, con independencia de que se trate de demandas sostenidas por la Central desde hace décadas. Que el contenido de las reformas enviadas al Parlamento no las satisfagan por completo,  no obsta a que sean del interés de los trabajadores y que sean entre otras cosas, la expresión de su propia capacidad para incidir mayormente en ellas.

Los medios de comunicación de masas, actúan precisamente en ese sentido y azuzan el malestar social para oponerlo al gobierno que está empeñado en realizar reformas que le devuelvan a los chilenos y chilenas derechos conculcados por el neoliberalismo en sus treinta años de predominio en nuestro país, para que este mismo malestar no se oriente hacia el modelo sino hacia quienes propugnan las reformas. Se podría decir que el rol de los medios en este sentido es el que clásicamente han cumplido los provocadores en el movimiento social.

El fenómeno de la CONFEPA, padres y madres que en lugar de marchar por la gratuidad de la educación, lo hacen para seguir pagando y que se manifiestan con una intolerancia que raya en el fascismo, a favor de la discriminación en el sistema escolar -lo que en los últimos veinticinco años, se ha naturalizado como una práctica no solamente normal sino hasta deseable- es expresión de esto mismo.

La crisis de la derecha, pese a los esfuerzos de la UDI en este sentido, ha creado un espacio para que los partidarios y beneficiarios del modelo, busquen nuevas formas de representación e intenten sacar provecho de esta situación de naturalización del individualismo, el lucro y la discriminación.

No va a ser el espacio natural de la derecha tradicional que se cae a pedazos. Podría presumirse que tampoco va a ser el de formación de un populismo de tipo autoritario, como el que propugna Ossandón. Es un fenómeno completamente nuevo, en el que tienden a converger sectores sociales y políticos formados en los años noventa y que se erigen a sí mismos como herederos legítimos de la transición.

La crisis de los partidos que la derecha ha formado en los últimos treinta años plantea el desafío para los partidarios del modelo, de constituir una nueva representación, que se oponga con eficacia a las reformas que la sociedad reclama y que con marchas y contramarchas, se disputan  en el sistema político.

Que esta convergencia sea más rápida o más lenta depende de varios factores y que sea además, una opción de poder efectiva en unas próximas elecciones presidenciales también.




domingo, 23 de noviembre de 2014

Acerca del anticomunismo

Francisco Goya. Los fusilamientos del 3 de mayo



El anticomunismo como ideología y como actitud política


Desde la instalación del gobierno de la Presidenta Bachelet e incluso antes, se viene desarrollando un fuerte debate acerca del rol de los comunistas en la sociedad y la política, que recientemente incluso se ha manifestado en fuertes ataques verbales en contra de importantes dirigentes sindicales que militan en sus filas; intentos por implicar al PC en la crisis de la Universidad Arcis, habiendo una comisión investigadora de la Cámara de Diputados que no ha encontrado nada que respalde esas acusaciones; y hasta la golpiza a su Secretario General, Juan Andrés Lagos.

En este caso ya no estamos hablando de un debate sino abiertamente de un anticomunismo de connotaciones fascistas.  

Es un fenómeno muy antiguo, tan antiguo como la existencia de los comunistas. De hecho, el Manifiesto del Partido Comunista de Carlos Marx, de 1848, parte con la frase “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo…” Marx habla del comunismo como de un espectro frente al que la sociedad establecida de entonces, tiene una “actitud” temerosa aunque sea obra de su propia creación. Estamos en presencia entonces de un caso típico de lo que suele denominarse “ideología”.

Hay todo un capítulo del Manifiesto que se dedica a desmitificar los argumentos con que se lo pretende descreditar y por los que se le teme y se le rechaza. Probablemente la primera y más brillante crítica al anticomunismo como ideología.

También en Chile, desde la fundación del POS en 1912, la prensa burguesa habla de los comunistas y de su nefasta influencia entre los obreros. Después de su ingreso a la Internacional Comunista en 1922, de su dependencia de la Unión Soviética, el “oro de Moscú”, etc.

El Partido Comunista de Chile, en sus más de cien años de historia ha promovido alianzas amplias de los sectores progresistas, la lucha y movilización de las masas trabajadoras por la defensa y ampliación de la democracia y los derechos civiles y políticos de chilenos y chilenas, como una cuestión de principios y como parte de su estrategia política.

Son ideas, sin embargo, que algunos pretendieron haber descubierto en el gran comunista italiano Antonio Gramsci, recién en la década de los ochenta del siglo pasado, pasando por alto aparentemente que ya eran parte de las tradiciones y las tácticas que había impulsado la izquierda y el Partido Comunista de Chile en el siglo XX.

Fue parte del Frente Popular que llevó a la presidencia a Pedro Aguirre Cerda, participó del gobierno de Gabriel González Videla hasta la promulgación de la Ley Maldita; promovió la organización de los pobladores, las primeras tomas de terreno, impulsó la renovación de la música y la gráfica popular; la ley de nacionalización del cobre incluso estando en la clandestinidad.

El Partido Comunista impulsó también la independencia y unidad de la izquierda desde la primera candidatura presidencial de Salvador Allende en 1952, concluyendo en la formación de la Unidad popular. Finalmente, la PRP en la década del ochenta fue fundamental en la derrota de la dictadura de Pinochet y la recuperación de la democracia.

Generalmente, son hechos históricos reconocidos por todo el mundo, incluso por los más acérrimos críticos del PC. Pero por lo general, suele hablarse bien del PC en tiempo pasado – también como si fuera un fantasma, prueba del carácter ideológico del anticomunismo- pero nunca para referirse al aporte que está haciendo o ha hecho en tiempos recientes.

Como por ejemplo, en el caso de la reforma al sistema electoral binominal, bandera del PC desde los años noventa, cuando para algunos no era tema porque le daba gobernabilidad a la transición y para otros era sólo una excusa de los comunistas “para ingresar al sistema”.

Es difícil hacer una generalización del significado del anticomunismo basado en su aspecto más empírico que consiste en el de ser una “actitud política”, aunque en rigor no se pueda decir mucho más de él.   Lo único que se puede decir al respecto es que es un estado de conciencia política muy primario, muy elemental. No propone nada y se funda como actitud política en el rechazo y ese rechazo que es irracional puede adoptar diferentes aspectos “ideológicos”.

En ese sentido puede también dar pie para toda clase de consecuencias políticas. En efecto, le facilita las cosas al irracionalismo y la agresividad del fascismo. Lo hace porque degrada la conciencia política al teñirla de subjetividad y una pseudoestética de connotaciones liberales y republicanas que de pasada legitiman las posiciones reaccionarias.

También porque deslegitima la acción de los partidos –no sólo del Partido Comunista- y finalmente obstaculiza la unidad de las fuerzas interesadas en las reformas al sistema educacional, previsional, al código laboral, a las pensiones, el mejoramiento de la salud pública y el cambio constitucional.

Es precisamente en este tipo de ataques anticomunistas en los que se asoma el resultado del neoliberalismo en los últimos treinta años. Hoy son los comunistas, mañana quizás el resto de las fuerzas de la izquierda y todos quienes se manifiesten por los cambios y la democratización del país.

Son veinticinco años que nos separan del término de la dictadura. Ojalá nuestra somnífera transición no haya sido suficiente para olvidar lo que entonces ocurría. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Actualidad y malentendidos respecto a Walter Benjamin

Paul Gauguin. ¿Quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos?


Walter Benjamin fue un crítico literario, filósofo, escritor, que pensó en las condiciones de surgimiento del fascismo en la Europa del período que va de la Primera a la Segunda Guerra Mundial. Lo hizo a través de las señas que deja la alta cultura y la tradición en la vida cotidiana y la cultura popular -en lo que se podría denominar “expresiones de la cultura dominante”-.

Es probablemente uno de los autores más citados y parafraseados para argumentar toda clase de desvaríos políticos y teóricos en el campo de la izquierda; o en lo que se podría denominar, el área cultural de la izquierda. Abuelo del posmodernismo, teórico revisionista y heterodoxo, antecedente de la renovación, marxista de la derrota, son algunos de los adjetivos que se pueden encontrar al leer notas sobre su pensamiento y escritos.

Pero Benjamin  fue un hombre que pensó en la sociedad y la cultura de su época y aun cuando sus ideas pudieran ayudarnos a entender nuestro mundo actual e incluso trascender esa condición circunstancial, no hay que olvidar que fue un pensador judío de la Alemania de entreguerras  tratando de entender lo que entonces sucedía, que era muy grave.

Es de esa actitud teórica, que es una actitud política, que surge su pensamiento. Un pensamiento radical y comprometido, no la crítica de salón, no el supuesto esteticismo que muchos adoptan cómodamente, como su único legado teórico.

Es a partir de sus circunstancias que se hace más necesario entenderlo en la actualidad. En efecto, leerlo y estudiarlo en su circunstancia no es limitarlo o como podría suponer algún amante de la retórica profunda, convertirlo en un simple cronista de su época ni a su obra en un documento de archivo.

Es precisamente en la operación teórica que consistió en depurar todo lo contingente del pensamiento de Benjamin, en lo que reside su vulgarización. No se trata de que no sea una perspectiva teórica posible. Efectivamente, la obra crítica de Benjamin está llena de reflexiones acerca del lenguaje, la imagen y las formas, que en sí mismas tienen un valor teórico y conceptual que trasciende su época.

Pero hacerlo, sería una manera de adoptar una posición frente a la actualidad como si ésta fuera un tiempo vacío, usando a Benjamin como excusa y como si él mismo hubiese sido un fisgón. En efecto, no es posible entenderlo ni interpretarlo sin acudir necesariamente a su propia concepción de lo histórico como un tiempo pleno en que conviven simultáneamente el pasado y el futuro.

Olvidarlo en su caso, es eso: vulgarizarlo y usarlo como pretexto para sostener posiciones teóricas que son precisamente lo contrario de lo que él mismo hizo como hombre y como pensador.

Semejante depuración es lo que le convierte en un mero exégeta de la cultura, como si ésta fuese para él ya sólo eso; una especie de substancia en que lo histórico, lo político, lo contingente, fueran un mero accidente y el lenguaje una esencia que los trasciende. Ello es lo que hace posible que los estudios culturales y de género, la crítica literaria y la filosofía posmodernista, lo reivindiquen como una suerte de ancestro.

No. Benjamin es hombre de su época y es precisamente por eso que trasciende, pues a partir de esa condición histórica asume la crítica como el ejercicio de señalar los intersticios, las fracturas, las frases incompletas, los actos fallidos de la sociedad y la historia como el lugar en el que asoman la locura política, los sofisticados mecanismos de manipulación cultural y la dominación de clase.

Ello porque no entiende la época, “su época”, como una contingencia casual, un mero accidente, tal como la nuestra tampoco lo es de la pura facticidad.

Por el contrario, su concepción de la cultura es la de una construcción de clase, en la que permanecen como vestigio todos los horrores de la dominación a lo largo de toda la historia  pasada y en la que se proyectan en la actualidad y lo seguirán haciendo eventualmente en el futuro, de no mediar una decidida acción teórica y crítica –que es en última instancia una decisión política, precisamente la que adopta Benjamin frente al fascismo.

Ello pues, en su concepción la vida humana tiene sentido en la medida que asume la experiencia críticamente y no como un mero acontecer. La locura del fascismo consiste precisamente en la negación de la experiencia y su limitación a lo más abstracto o lo que es lo mismo, a su empobrecimiento.

Por ello  Benjamin tampoco es una especie de compañero de camino para quienes creen estar en el plano menos sublime de la política. Su obra no es crítica académica, no es “crítica cultural” como si los estudios culturales, a los que se endosa su paternidad, fueran un disciplina autónoma o un género literario.

En momentos como el actual, en que el modelo neoliberal ha conducido al planeta a su mayor catástrofe ambiental; a la hambruna de millones de seres humanos; las guerras, las pandemias; en que es incapaz incluso de  satisfacer las necesidades de reproducción del capital, asumir la experiencia críticamente; la crítica como actitud política y no como ocupación académica; y la política como crítica cultural es más necesario que nunca.