jueves, 10 de marzo de 2016

¿Por qué no se avanza más rápido?



Max Ernst. Las tentaciones de San Antonio

La oposición, producto de los escándalos de corrupción que la sacuden, su falta de proyecto, liderazgos y legitimidad, está sumida en sus luchas intestinas. En efecto, la derecha se halla en un estado de postración e intrascendencia como no se veía desde hace unos cuarenta y cinco o cincuenta años. 

Pese a ello, sin embargo, el programa de gobierno ha logrado abrirse paso sólo en medio de una tenaz resistencia y no sin dificultad. 

Esta dificultad de la Nueva Mayoría de avanzar más rápido y más profundamente en la implementación de su programa,  debe tener pues otra explicación también. 

Como ha quedado de manifiesto en el trámite de la reforma laboral, la oposición pertinaz de una parte de los partidos de la Concertación, que se ha resistido a lo largo de estos dos años de Gobierno a impulsarlas y a sus acuerdos con la derecha, acuerdos en los que se basó la transición pactada. 

Ésta supervivencia de las políticas concertacionistas, no sería posible sino por el hecho de que sus partidos, entre otras cosas, no generaron un recambio, con ideas políticas nuevas.

En efecto, todo el país ha sido testigo de cómo la denominada G-90 fue abandonada por sus progenitores y cómo esta generación de recambio de la Concertación, una vez abandonada y culpada de todos los males que aquejan al gobierno o a lo menos de no haberse hecho cargo de ellos -cuyo chivo expiatorio fue Rodrigo Peñailillo-, es incapaz de oponer una respuesta política a este embate. 

Esta generación no presenta nuevas ideas; y es incapaz de disputar la conducción de sus partidos.

Así las cosas, son viejos cuadros de izquierda y que lucharon contra Pinochet quienes en principio protagonizan la política al interior de los partidos de la vieja Concertación y paradójicamente, enarbolan ideas y propuestas que ponen en entredicho su obra de los años noventa del siglo pasado.

Ello obviamente genera una legítima desconfianza en los jóvenes que crecieron entonces; que protagonizaron la revolución pingüina el 2006 y las masivas movilizaciones del año 2011. En muchos casos se trata de jóvenes que provienen de familias concertacionistas además. 

También trabajadores que protagonizaron las huelgas del subcontrato, deudores habitacionales, ambientalistas, empleados públicos y sectores marginados de la sociedad por motivos de género y etnia durante la transición.

Es probablemente esta fractura generacional y cultural y la falta de recambio, el origen de la dificultad del gobierno de la Nueva Mayoría de avanzar más y más rápido en la implementación de su programa.

Ello porque dicha fractura se basa en la desconfianza y el rechazo -lo que se expresa después en resistencia y críticas abstractas- no en propuestas. Expresión de ello es la incapacidad de nuevos referentes de izquierda y liderazgos políticos de abrirse paso en medio de la crisis de legitimidad del sistema político.

También en el discurso facilón de académicos e intelectuales de izquierda que tienen amplia cobertura en los medios y que presentan las contradicciones, marchas y contramarchas propias de cualquier proceso político, como una demostración de la presunta falta de voluntad política del Gobierno de la Nueva Mayoría de realizar las reformas al sistema contenidas en su programa; de su insuficiencia o en el mejor de los casos, de incompetencia o improvisación y finalmente de su imposibilidad.

A dos años de que termine la actual administración; en medio de la crisis de legitimidad de las bases del sistema neoliberal instaurado por la dictadura y sostenido por la denominada democracia de los acuerdos. Cuando el imperialismo en todo el continente está empeñado en hacer retroceder lo que se ha avanzado en los últimos diez años, mientras que en nuestro país, la derecha está en su momento de mayor debilidad,  es precisamente la unidad del pueblo la clave para avanzar en más democracia, más derechos, más libertades individuales y colectivas. 

Fortalecer la unidad en torno a un programa de reformas urgentes y necesarias por mínimas que sean en lo que resta del período presidencial actual. Quedan la reforma laboral en lo inmediato; la ley de educación pública y la de educación superior; el proceso constituyente. Suficientes tareas como para hacerlo.

Fortalecer también la Nueva Mayoría; ampliándola hacia sectores emergentes de la izquierda y el movimiento juvenil. 

Enriqueciendo su programa con las tareas que no se abordaron en este período, como el cambio al sistema de AFP´s; y una política de comunicaciones y cultura.




martes, 12 de enero de 2016

¿Tiene política cultural la derecha?


Francis Bacon. Figura con carne, 1954


Es habitual que la UDI sorprenda diariamente con alguna paparruchada. La última, protagonizada por el diputado Gustavo Hasbún, al presentar un proyecto de ley que castiga con presidio a quienes realicen homenajes al Presidente Salvador Allende y el Gobierno de la Unidad Popular.

Ello ha provocado una reacción hilarante en las redes sociales; también las críticas de diversos sectores y dirigentes políticos. Pero, el asunto en cuestión, aun siendo ciertamente estulto, ¿es solamente un chiste o el exabrupto tonto de un grupo de parlamentarios de ultraderecha?

Se dan de hecho en medio de sus desesperados intentos de oponer una resistencia medianamente eficiente a las reformas contenidas en el programa de la Nueva Mayoría.

A este respecto, la derecha ha recurrido a dos estrategias.

La primera, propugnada desde las páginas editoriales de El Mercurio, la búsqueda de acuerdos con los sectores más vacilantes de la Nueva Mayoría en lo que tiene que ver con la implementación de su programa, para torcerles el sentido y limitar todo lo posible sus efectos, como una manera de atenuar los perjuicios que provocarían en el empresariado y sectores conservadores.

La segunda, recurrir al Tribunal Constitucional cuando no ha logrado los votos en el Parlamento y/o cuando la búsqueda de acuerdos no ha dado resultados o no los esperados por sus propugnadores.

Sin embargo, el último recurso proviene de la incapacidad de nuestra sociedad de cuestionar los principios del sistema de dominación implantado a comienzos de los años noventa, conocido como democracia de los acuerdos y la empresa privada y el libre mercado, como el origen de las escandalosas inequidades, exclusión y abusos que el programa de gobierno se ha propuesto enfrentar.

Son veinticinco años en que estos principios se erigieron prácticamente en leyes naturales de nuestra convivencia social.

Las críticas, incluidas las de cierto radicalismo verbal muy extendido en el movimiento social y en la academia, apuntan a manifestaciones objetivas del sistema, pero no ponen en cuestión sus fundamentos.

Es el espejismo que obnubila a nuestra sociedad, la de ver las manifestaciones, como los fundamentos, con la diferencia de que, en este caso, estos fundamentos son concebidos como una suerte de “cosa en sí” inalcanzable respecto de la cual algún día se deberá hacer algo.

La derecha en cambio, tiene en los chistes de Hasbún, Urrutia y compañía, como antes en Carlos Larraín y hoy en día en el senador Ossandón, guardianes de última instancia y una resistencia muy eficiente que protege los fundamentos del sistema precisamente como una “cosa en sí” respecto de la cual no se debe pensar y sólo se pueden manifestar exhabruptos, chistes, manifestaciones de fanatismo iracundo.

Sus exabruptos son expresiones de la apelación a esta incapacidad de reflexionar y debatir de nuestra sociedad y de disparar contra las manifestaciones y no contra los fundamentos.

Es el recurso a la irracionalidad, al espontaneísmo, a los comportamientos más pedestres como son la ira y el temor, recurso que, en momentos de crisis política y social como la que se está incubando hace tiempo en nuestra sociedad, le facilitan las cosas a las soluciones populistas y reaccionarias.

Esa es la política cultural de la derecha. Aparentemente nada muy sofisticado pero muy eficiente y que cuenta además con una poderosa maquinaria comunicacional.

Esta política cultural, este embate del irracionalismo, mezcla de neoliberalismo decadente, conservadurismo campechano, retórica pseudocientífica y añoranzas del tiempo de las vacas gordas de la globalización, debe ser enfrentado con decisión por las fuerzas de izquierda y progresistas, so pena de abrirle el paso a la reacción.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Neoliberalismo, ética y cambio social


Sandro Boticcelli. Alegoría de la calumnia
 
 
 
Desde la caída del socialismo a fines de los años ochenta del siglo XX, el capitalismo y la globalización se erigieron como fin el de la historia humana; y el libre mercado y la competencia, prácticamente como si fueran fenómenos naturales.

En tanto el capitalismo fue decretado el límite del progreso, cualquier punto de vista que postulara otros modelos de sociedad, fue marginado y considerado casi una extravagancia o un ideologismo.  

Así, en tanto no es pertinente concebir otros mundos posibles, la ética se convirtió en un asunto estrictamente contingente. Las éticas de la responsabilidad reemplazaron a aquellas basadas en una concepción del porvenir y el deber ser.

Al mismo tiempo, sin embargo, se hacen más visibles viejos problemas de la humanidad y que motivaron el surgimiento de las izquierdas en los siglos XIX y XX: sistemas de salud triturados por los recortes presupuestarios; la crisis de la vivienda y de la educación pública producto de la privatización y el lucro; la pauperización de extensas legiones de trabajadores por la caída de los salarios y el desempleo producto de las políticas de ajuste.

Este resurgimiento de lo que antiguamente se conocía como “la cuestión social”, se vio facilitada por la conciencia desarrollada por un siglo de luchas obreras y populares, la resistencia a perder las conquistas obtenidas gracias a ellas y el avance de las ideas progresistas y de izquierda que las inspiraron.

A raíz de la colusión en el caso del papel tissue, recientemente en nuestro país, quedó en evidencia que el abuso de las empresas con los consumidores, no es una anomalía del sistema. El caso de los pollos, las farmacias, las pérdidas de ahorros previsionales de millones de trabajadores producto de la irresponsable codicia y especulación de las AFP´s, dan cuenta de la impunidad de la que han gozado y con la que han actuado en los últimos treinta años.

Por consiguiente, el carácter clasista de la sociedad que se ha ido constituyendo desde entonces en nuestro país, es lo que se hace cada vez más patente como el origen de una crisis ética que la cruza subterráneamente, incluyendo por cierto su sistema político.

Qué mejor ejemplo de ello que la bancarrota de la UDI; el espectáculo que han dado sus fundadores, parlamentarios y dirigentes, coludidos con las empresas, financiados en forma ilegal; procesados y hasta condenados por la justicia. O la reciente renuncia de Eliodoro Matte a la presidencia del otrora todopoderoso Centro de Estudios Públicos.

Las éticas de la responsabilidad, sin embargo, aparecen perplejas ante esta situación. Ni la renovación socialista ni el liberalismo social o la tercera vía, tienen algo que decir.

Pues la izquierda surge como alternativa a la sociedad existente. Por tanto, como portadora de otra moral. de otros mundos posibles, otras maneras de relacionarse los seres humanos y estos con el medioambiente.

Partiendo por una revalorización de lo política y de la acción de los partidos y organizaciones sociales y sindicales. El apoliticismo, incluido el que se parapeta tras discursos radicales y furiosas diatribas en contra de los partidos y “la clase política”, es uno de los peores vástagos del triunfo del neoliberalismo a fines del siglo pasado.

Son discursos que desmovilizan las conciencias; facilitan las cosas a los partidarios del sistema y se quedan en la superficie de los problemas pues los colocan en el plano de las puras formas o un moralismo ramplón.

Una nueva moral en la política, sin embargo, no es tampoco un conjunto de valores trascendentes que existan con independencia de lo social o que lo inspiran desde un más allá que actúa como justificación ideológica de su acción y que sirve de excusa para las críticas abstractas a los comportamientos individuales de dirigentes políticos y sociales.

El comportamiento de los dirigentes políticos y sindicales de izquierda es expresión de una nueva manera de concebir las relaciones sociales, la relación entre los seres humanos  y por tanto, tienen una existencia y unas repercusiones muy prácticas que debieran fortalecer y legitimar las posiciones políticas que postulan el cambio social.  

Legitiman una manera de concebirlas opuestas a la de los partidarios del sistema, a las clases y grupos hegemónicos de la sociedad y que se han beneficiado del neoliberalismo en los últimos treinta años  y de lo que hemos sido testigos en estos días. El indiviualismo; el oportunismo; el arribismo; la deshonestidad, el tráfico de influencias, la colusión para beneficio privado a costa del perjuicio de la sociedad.

La rectitud, la honestidad, el compañerismo, la consecuencia entre el discurso y la práctica, la austeridad y la decencia, no son, pues, puro moralismo. En efecto, lo son cuando no son actitudes que se viven en función del cambio político y social.

Declararse partidario del cambio, antisistémico y progresista sin asumir una posición política frente a los acontecimientos actuales es permanecer en la beatería, ser un conservador más cercano al fundamentalismo religioso que a una posición revolucionaria.

Hacerlo, en cambio, sin tener un comportamiento ético, una práctica inspirada y consecuente con los principios políticos y de cambio social, acordes con unas concepciones opuestas a los valores y costumbres propios del neoliberalismo, es no sólo una hipocresía sino además una posición que no convence, que no moviliza y que deja a la izquierda en el mismo plano de los que han incurrido en prácticas ilegales e ilegítimas.

 

 

jueves, 12 de noviembre de 2015

El obrerismo y la actualidad


Otto Dix, Tropa pasando debajo de la tormenta de gas. 1924

Las causas que inspiraban a la izquierda y el movimiento obrero en el siglo XX, si bien siguen siendo las mismas, son hoy por hoy muy diferentes. Se trata de contradicciones de clase determinadas por las transformaciones del capitalismo y consecuentemente, de las clases y movimientos sociales de los últimos treinta años.

Para un punto de vista histórico y revolucionario, es precisamente en la apreciación de este carácter complejo, determinado y cambiante en donde radica la forma auténtica de lo real y la posibilidad de su transformación.

Lo contrario, el doctrinarismo pedante que reemplaza, como decía Lenin, “el análisis concreto de la situación concreta” por unas cuantas fórmulas sociológicas y filosóficas o la acumulación de ejemplos históricos, es un punto de vista conservador, que se expresa en un maximalismo inspirado en el "deber ser" más que en las contradicciones de la realidad o en una integración chapucera de temas corrientemente denominados “emergentes” sin ninguna coherencia política.

Pero no es solamente el maximalismo una de sus expresiones. Borrar la riqueza y diversidad de contradicciones que genera el capitalismo consiste también en la asimilación de la pura reivindicación económica y específicamente la sindical, a la totalidad de lo real. 

Entonces, como sucedáneo del auténtico clasismo, esta posición política adopta un lenguaje, unas formas de organización y lucha que le sirven para diferenciarse de posiciones políticas progresistas o que incluso se definen "de izquierda" aún cuando no se reconozcan clasistas.

Este punto de vista, tan pequeñoburgués como el maximalismo es el obrerismo. Es igual que el maximalismo, un punto de vista conservador porque armado de una más “realista” apreciación de las circunstancias, no se hace cargo de la totalidad, de la riqueza de lo real. La lucha sindical, ni siquiera la lucha obrera, para este punto de vista lo es todo.

Es un punto de vista conservador además porque no construye movimiento social y simplifica de manera grosera, la complejidad y riqueza de las contradicciones reales, en primer lugar las contradicciones de clase.

Esa riqueza y complejidad es la que explica que históricamente sectores de la clase media -pequeñoburgueses- hayan sido parte del movimiento popular y levantaran las banderas del socialismo y la democracia. Entre otros, los estudiantes y el movimiento juvenil en general; los profesionales, los trabajadores del arte y la cultura.

Se trata de grupos sociales que producto de las modernizaciones neoliberales de los últimos treinta años, se han privatizado y encontrado un nicho para reproducirse como clase y como cultura, en centros de estudio y ONG’s, fundaciones y productoras que le venden servicios al Estado, realizan asesorías a organizaciones sociales y se vinculan con los temas corrientemente llamados “ciudadanos” y que en realidad son las viejas contradicciones de clase determinadas de diversas maneras y por diversas circunstancias también.

Hay problemáticas que expresan el carácter de la contradicción principal del período, como la recuperación de la educación pública; el acceso a la cultura y la entretención; las luchas contra el armamentismo y la defensa del medioambiente; los derechos políticos y civiles, sociales y culturales de todos los ciudadanos y que no son consideradas por el “obrerismo” o lo son sólo de manera parcial y secundaria.

Finamente, el obrerismo es una desviación pequeñoburguesa porque debilita las posiciones de la clase trabajadora, porque desprecia la realidad, las luchas que miles y millones libran todos los días en contra del sistema neoliberal y por la democracia y que en el fondo aportan a la construcción de la gran corriente popular y democrática que va a conducir a la construcción de un nuevo Chile. En resumidas cuentas, es lo menos leninista que hay.

Por el contrario, el sindicalismo de clase, pues está en una privilegiada posición para comprender la totalidad de lo real, asumir, comprender y dar sentido histórico y de largo plazo a las luchas de todos los sectores interesados en el cambio social, integró históricamente en su táctica y discurso las más diversas problemáticas, no solamente laborales.

No es sin embargo una responsabilidad de las organizaciones sindicales sino de los partidos de izquierda que así sea. El obrerismo no es un vicio de la organización sindical sino una deformación doctrinaria y una desviación política.

Nunca el obrerismo ha sido una tradición de la izquierda chilena. Muy por el contrario, la izquierda chilena integró siempre en su concepción del movimiento popular a los sectores medios, a los intelectuales y los artistas, técnicos y profesionales y no como fuerza secundaria o auxiliar sino en la especificidad de sus reivindicaciones y luchas, como contradicciones con el carácter clasista de la sociedad capitalista.


Durante la lucha contra la dictadura de Pinochet, la Asamblea de la Civilidad en otras circunstancias y con otros objetivos ciertamente, señala que es precisamente la amplitud, la integración de los más diversos intereses y reivindicaciones la clave para construir una fuerza mayoritaria capaz de producir las transformaciones que Chile necesita.


lunes, 19 de octubre de 2015

La quinta reforma

Pieter Brueghel. El combate entre don carnal y doña cuaresma



La contradicción principal que agita al país en la actualidad, es la que existe entre un conjunto de reformas contenidos en el programa de la Nueva Mayoría y la resistencia de quienes se vieron beneficiados por la política neoliberal imperante en los últimos treinta años, no sólo en Chile sino en toda América Latina.
 
Se trata de hacer el tránsito a una sociedad diferente.

Otra cultura, una moral opuesta a la de la privatización, la competencia desenfrenada y el consumismo: esa es la demanda que nos hace la situación histórica y política del país.
 
Es precisamente en la lucha por la transformación, en la crítica a lo existente donde se empieza a manifestar esta cultura o debiera hacerlo.

Ese fue probablemente el aporte del Festival Víctor Jara y el Chile Crea, instancias que movilizaron a miles en todo el país en los años ochenta del siglo pasado -no sólo artistas y trabajadores de la cultura-, tras la demanda de fin a la dictadura militar, recuperación de la democracia, verdad y justicia respecto de las violaciones a los Derechos Humanos.

Es ese justamente el problema. La cultura y la subjetividad no consisten en un conjunto de ideas, de valores, emociones y símbolos que existan con autonomía de lo real. Por lo tanto, la política cultural no consiste en organizar festivales, tirar papel picado y movilizar a miles sin propósito alguno, haciendo abstracción del contexto, sin considerar sus necesidades, aspiraciones y demandas.
 
Ello porque la movilización que implica cualquier política cultural, tiene su fundamento en la realidad, en la necesidad de transformación, en los anhelos populares de democracia y justicia social que expresan las demandas de reforma del código del trabajo, de gratuidad de la educación y desmunicipalización del sistema escolar, fin al sistema de AFP´s y nueva Constitución.

El individualismo liberal dominante, en cambio, concibió al hombre como una entidad abstracta y que se basta a sí misma, y a la cultura como el resultado de una encuesta. Esta concepción probablemente no la sostenga nadie hoy por hoy, excepto el catolicismo preconciliar o la UDI y ese es precisamente el punto de unión de liberales y conservadores y que, en su versión criolla, el neoliberalismo sintetizó en el concepto de subsidiariedad.
 
Respecto del arte y la subjetividad del artista en el capitalismo, escribía Pablo de Rokha, que “abocado cuotidiamente, enfrentado a tal abismo experimental y al abismo del estilo, el artista es el gran maldito del siglo porque es el gran desventurado y el gran endemoniado de las épocas, al expresar toda la congoja de las épocas con la batalla social adentro del alma”.

La subjetividad –no sólo en el caso del artista-, por consiguiente, es tan real como la lucha por el pan; y a su vez, la lucha por el pan, no es un ámbito distinto al de la subjetividad, los símbolos, los valores y las emociones.

El lenguaje cotidiano no es solipsismo, tampoco el poético ni menos el político. Es una creación humana y por tanto, un fenómeno eminentemente social y en tanto tal, una lucha permanente por transformar lo real. La cultura no es tampoco, en consecuencia, la expresión de ideas, de valores autónomos, objetivos o superiores, circunstancialmente alojados en lo social.

Es el resultado de las aspiraciones y las luchas de miles, de millones, de seres humanos que no son subjetividades individuales, sino muy concretas: jóvenes, viejos, hombres y mujeres, militantes y no militantes, organizaciones sociales, partidos políticos, movimientos, individuos o personalidades que se encuentran, que construyen dialogando entre sí y en una relación permanente con lo real.

Entonces, el problema principal que plantea el momento actual es la superación del estado de enajenación y anomia en que ha sumido a la subjetividad el neoliberalismo, expulsándola del ámbito de las relaciones sociales al de la vida privada; o los microespacios de la sobrevivencia y la fragmentación, generalmente resumidos en el concepto de “lo local”.

El desafío es la restitución de la unidad de lo subjetivo, tanto de lo subjetivo individual como colectivo para construir colectivos sociales, movimientos, sujetos para la transformación y la construcción de una nueva sociedad.

El objetivo de una política cultural para el momento actual del país, es por consiguiente, dar forma a estas aspiraciones, constituir movimientos sociales, construir identidades políticas y sociales por la transformación; movilizar a miles, a millones de personas con el propósito de avanzar en la implementación del programa de gobierno, consolidar lo avanzado y proyectar las reformas.


 

sábado, 10 de octubre de 2015

El leninismo y la actualidad





Pieter Brueghel. La parábola de los ciegos
 

La distancia entre las transformaciones de fondo que el país necesita para ser efectivamente un país democrático y las reformas actuales es, ciertamente, considerable.

Oponerse a ellas porque no se plantean cambios estructurales, soluciones definitivas al carácter clasista y antidemocrático del modelo neoliberal, es casi lo mismo que dejar las cosas exactamente donde están, a la espera de que alguien las realice o en el mejor de los casos, de que las circunstancias cambien, para hacerlo.

Es la posición de quienes ven la realidad desde la doctrina, o una moral que no se compromete con los acontecimientos actuales y se dedica a pontificar sobre lo que los demás hacen o dejaron de hacer.

Otro argumento que se viene escuchando desde que fuera electa la presidenta Bachelet e incluso desde que surgió la Nueva Mayoría en las postrimerías del gobierno de Piñera, son las diferencias que existen entre los partidos que la conforman.

En efecto, en la Nueva Mayoría confluyen partidos que estuvieron en posiciones antagónicas bajo las administraciones de la Concertación e incluso es expresión de las diferencias que en su interior se manifestaban. En ella confluyen liberales, cristianos, racionalistas laicos y comunistas.

La hegemonía de la Concertación estaba en manos del liberalismo y sectores conservadores de raíz católica que desde que ganó Piñera el 17 de enero del 2010, postulaban el consenso con la nueva administración, tal como lo habían hecho mientras fueron gobierno; pero ello se enfrentó inevitablemente con la protesta social frente a los intentos del gobierno de la derecha de consolidar el modelo que le había heredado y profundizarlo, en ciertos aspectos.

Movilización contra los proyectos energéticos que el empresariado venía exigiendo como las termoeléctricas en el norte o el proyecto Hidroaysén; contra las privatizaciones de empresas del Estado, como ENAP, sanitarias y eléctricas –como EDELNOR- y hasta CODELCO; concesiones hospitalarias y privatización de la educación e introducción de la flexibilidad, en el ya desregulado mercado laboral.

De esa manera, dicha hegemonía liberal, promotora entusiasta de la política del consenso y que era rechazada –intuitivamente, por cierto- en las calles como responsable de esa pérdida de derechos fundamentales, fue desplazada de esa posición en el transcurso de la administración derechista, dando origen a la Nueva Mayoría.

Sin embargo, a esta amplia convergencia opositora al gobierno de la alianza, no le corresponde uno similar en el caso de la izquierda, que desde fines de la dictadura había sufrido un proceso de dispersión de sus vertientes históricas. Tendencia confirmada con el ingreso del PS a la Concertación y como efecto del sistema electoral binominal, que el partido PAIS hubiese quedado excluido del Congreso en la primera elección parlamentaria a fines de la dictadura, lo que en los hechos significaba la exclusión del Partido Comunista y otras pequeñas agrupaciones, como el MIR o la IC.

Entonces, las diferencias al interior de la Nueva Mayoría son realmente expresión de la dispersión de los sectores de izquierda y progresistas, contrarios al modelo neoliberal y que vienen reclamando una efectiva democratización del país, incluso desde los años noventa del siglo pasado, tanto entre los que eran denominados entonces “izquierda extraparlamentaria”, como de quienes estaban en una posición subordinada al interior de la Concertación.

La pregunta que, por lo tanto, corresponde sería ¿con quién o quiénes se podrían haber hecho estas reformas, considerando esta dispersión y diferencias en el campo de la izquierda?

Esperar que todos tuvieran una misma política, para enfrentar este proceso de cambios que el país está viviendo, sería haber asumido este estado de fragmentación política y social, como un orden de cosas natural e inmodificable.  Y de esa manera, haber inmovilizado a la sociedad. Precisamente lo contrario de lo que el momento actual reclama de la izquierda.

Es una actitud conservadora, reformista, que se inhibe de actuar, que no arriesga, pues no se propone incidir en la realidad sino acomodar su actuación a estas condiciones asumidas como “naturales”, no el producto de circunstancias históricas, el resultado de las luchas y la acción práctica de las clases sociales.

De esa manera, ser de izquierda comporta un posicionamiento frente a la totalidad: consiste en tener un propósito, actuar motivado por un posicionamiento frente a la contradicción de clase fundamental que cruza a toda la sociedad y tomar una posición respecto del conjunto de contradicciones que se manifiestan en ella, incluida aquella que existe entre la voluntad y lo real, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la doctrina y la experiencia práctica del movimiento social.

Ser de izquierda -es más, ser revolucionario- consiste exactamente en eso. En asumir a la sociedad en permanente oposición y movimiento y a su concepción de lo real, siempre en su carácter concreto, esto es determinado por esas mismas contradicciones. En su condición histórica, cambiante y provisional. Este punto de vista, característico del leninismo, es especialmente importante en condiciones políticas e históricas como la actual en nuestro país.

 

jueves, 1 de octubre de 2015

La política y la actualidad del leninismo



Moisés. Rembrandt Van Rijn


La política consiste en la confrontación de fuerzas de clase contrapuestas. Se trata de un fenómeno que cruza a toda la sociedad, que es complejo y permanente.

Dicha confrontación puede estar motivada por razones de distinta índole, como unas diversas concepciones del Estado y el régimen político; doctrinarias e ideológicas o morales como las que explican en parte las políticas educacionales o las de salud reproductiva; también por la repartición de los beneficios de la producción y el crecimiento económico así como su relación con el medioambiente y la tecnología, que están a la base de las reformas tributarias, laborales, las leyes de presupuesto, etc.

En este sentido, prácticamente todo es un problema político. Y la lucha de clases por esta razón no es el enfrentamiento de dos clases puras, sino una contradicción determinada que va generando contradicciones más complejas, determinaciones concretas de lo real y que explican que esté cambiando permanentemente.

Porque toda la sociedad es una suerte de campo de “operaciones”, de movimientos de fuerzas que se oponen; que en otras oportunidades colaboran, se alían y luego se separan.

En este sentido, resulta evidente que la red de conflictos y contradicciones que cruzan a cualquier sociedad es muy diversa. Salvo en los regímenes dictatoriales, y ni siquiera eso, la política es sumamente compleja. Las visiones maniqueas de la sociedad, de la lucha de clases y la política, tienden a borrar esta complejidad y a convertirla en un asunto de principios, inspirado más bien en una suerte de máxima guiada por el “deber ser”, propia de un idealismo objetivo más que de una visión histórica, la que aísla irremediablemente a quienes las sostienen en pequeñas sectas fundamentalistas sin ninguna incidencia en el devenir de los acontecimientos.

Tal como Lenin recuerda la frase del Fausto de Goethe, “gris es el árbol de toda teoría y verde el árbol de oro de la vida”, la política es precisamente un asunto que aún  encontrando explicaciones y fundamento en ciertos principios de orden general, es siempre concreta, contingente, actual y sobre todo compleja.

No es la confirmación de normas de carácter general, sino por el contrario, la manifestación de la excepción, el momento de quiebre de la regularidad. Es lo que sostiene el Che en su artículo “Cuba, excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista”; lo que le reprocha Marcuse a Karl Popper sobre su noción del historicismo y lo que, contrariamente a lo que sostienen las versiones vulgares, afirma el leninismo.

El cambio no es el producto de la confirmación de la norma, sino al contrario de su excepción, la que además es producto de la acción consciente, intencionada de una voluntad histórica, de una “subjetividad”. Va más allá de lo inmediatamente dado y apela precisamente a una sociedad que trasciende lo actualmente existente.

Entonces, además de un concepto de lo real, es también una teoría del cambio político entendido como el resultado de la acción de una voluntad consciente, de una subjetividad que actúa y es capaz de incidir de manera determinante en las condiciones comúnmente denominadas “objetivas”, ello suponiendo que la acción política no fuera también “objetiva” ni tuviera una existencia real y fuera sólo expresión de unos valores y principios matafísicos.

No. Sólo para el evolucionismo, las concepciones positivistas, naturalistas y que hasta en algunos casos se podrían tildar de “ingenuas”, los acontecimientos son el resultado de condiciones inmodificables, “estructurales”, “ya dadas”, anteriores a la acción teórica y práctica de los seres humanos.
 
De ser así, no es concebible el cambio histórico y hasta la democracia misma sería innecesaria en tanto la sociedad se va acomodando naturalmente en función de esas leyes históricas inmodificables, objetivas y permanentes. Es lo que termina justificando visiones totalitarias y antidemocráticas y que no dan cuenta de la sociedad real.

Es el punto de vista que sostuvo Fukuyama tras la caída del Muro de Berlín en 1989, y que hasta el día de hoy postula un neoliberalismo agónico y que explica la posición que el Comandante Fidel Castro sostuviera a lo largo de todos los años noventa del siglo pasado señalando como contradicción principal del período, la existente entre neoliberalismo y democracia, contradicción que se sigue manifestando en la actualidad en todo el mundo y probablemente con más radicalidad que entonces.

De esa manera, la “utopía” en los proyectos de cambio político y social, para el leninismo ocupa un lugar primordial; ciertamente el realismo, la consideración de lo contingente, de lo complejo son uno de los rasgos fundamentales del leninismo, pero el utopismo, la apelación a una nueva sociedad, es también uno de sus rasgos esenciales y no uno que esté en contradicción con aquel sino que actúa en la  fractura, en lo complejo, dando origen a lo nuevo, lo inesperado, lo improbable, como explicación del cambio.

Principio, que fue reemplazado por las éticas de la responsabilidad, propias de la renovación socialista de los tiempos de la denominada “transición a la democracia” y que intentaban acomodar, inúltimente, los idearios de cambio radical al predominio del libremercado y la globalización como si fueran el límite de la historia humana.