viernes, 27 de mayo de 2016

La lenta agonía de la transición

Theodor Guetricault. La balsa del Medusa



En 1992, el entonces Presidente de la República, Patricio Aylwin Azócar, decretó el fin de la transición. Poco más de diez años después, en su particular estilo, el ex presidente Ricardo Lagos, firmó la reforma constitucional que acabó con los senadores designados y vitalicios, con el Consejo de Seguridad Nacional y modificó la composición y atribuciones del Tribunal Constitucional, también como si fuera el fin de la transición.

Pese a ello, la democratización del país y la superación de las desigualdades siguen siendo materias pendientes en nuestro país e incluso más urgentes que entonces. En materia de Derechos Humanos, el Informe Rettig y la Mesa de Diálogo, tampoco pusieron fin a la búsqueda de verdad, justicia y reparación de las víctimas de la represión y sus familiares.

Los acontecimientos recientes del país, desmienten efectivamente que la transición haya terminado. El fallo del Tribunal Constitucional que echó por tierra la reforma laboral aprobada por el Congreso, aparentemente sin posibilidad de volver a ser repuesta a no ser que se cambie la Constitución -es decir después de la transición- así lo demuestra.

El que recién veinticinco años después de la dictadura haya partido el proceso la desmunicipalización de la educación escolar; que el sistema de AFP’s sea apenas objeto de una pequeña regulación que es la creación de una AFP estatal -lo que está lejos de resolver el carácter mercantil del sistema de pensiones que nos rige; el que no haya sido derogada aún la Ley reservada del cobre; que esté pendiente aún el enjuiciamiento de los violadores de Derechos Humanos y el que, paradójicamente, los que se encuentran cumpliendo penas por sus atroces crímenes,  sean  objeto de peticiones de clemencia y consideraciones humanitarias, también lo confirman.

Son muchas más las tareas pendientes de la transición, dependiendo del punto de vista político y el lugar que se ocupe en la sociedad desde el que se la evalúe, por cierto. Pero lo que resulta indesmentible, es que la posibilidad de que las instituciones políticas, económico sociales, la cultura y valores sobre las que se constituye nuestra sociedad, puedan cambiar en el marco de lo acordado a fines de la dictadura militar, es imposible.

Es precisamente esa la razón para que haya sido el enorme movimiento de masas que se desarrolló durante el gobierno de Piñera, el que abriera las puertas a una transformación. Y es aparentemente, lo que está pasando en la actualidad.

Esta enorme ola de descontento social que atraviesa subterráneamente a la sociedad, está triturando silenciosamente la herencia de la transición; sus primeras víctimas propiciatorias fueron la Concertación y la Alianza por Chile, y en la actualidad los partidos que las conformaban. Bajo el mandato de la Presidenta Bachelet, el sistema binominal mayoritario, piedra angular del acuerdo que sostuvo la estabilidad política de los noventa.

Los casos de corrupción conocidos; la relación promiscua entre los negocios y la política, entre intereses empresariales y el poder, comienzan además a corroer la escasa legitimidad de la que gozaba. Financiamiento ilegal de campañas; de partidos políticos, cohecho en la aprobación de leyes que benefician a un puñado de empresas y que perjudican a millones de chilenos, comienzan a pasarle la cuenta a la transición.

Lo que presenciamos, se asemeja mucho al gobierno de Piñera; descontento social por doquier; desprestigio de las instituciones; dispersión política; todo ello en el marco de una situación de desaceleración de la economía y el retroceso de procesos de cambio en América Latina que hacían augurar un mejor futuro para nuestros pueblos; y por el contrario, el avance de la derecha en todo el continente.

Ciertamente, el escenario es delicado y uno de los riesgos más grandes, hoy por hoy, es el aventurerismo político, hijo putativo del diletantismo y las excentricidades teóricas. Los estertores de la transición son el resultado de sus propias contradicciones, contradicciones de clase que la institucionalidad política, económico social; educativa y cultural se demuestran incapaces de procesar y resolver en un sentido progresista.

La ola de descontento, no significa necesariamente que la transición vaya a tener un final feliz. Sobre toda América Latina se cierne el peligro de la reacción. Las primeras medidas tomadas por los gobiernos de Macri en Argentina y Temer en Brasil no dejan dudas de su carácter de clase y la agresividad de su ofensiva.

Chile no es, no será la excepción. Y el descontento no es sinónimo de progreso o revolución. Puede ser incluso el caldo de cultivo para el surgimiento de los populismos de la peor especie. La espontaneidad, un aliado del irracionalismo y la consigna “que sea vayan todos” la excusa perfecta para el fascismo.  






domingo, 24 de abril de 2016

El lugar del arte en la escuela

Pieter Brueghel el viejo. El baile nupcial

“El juego no es la vida corriente o la vida propiamente dicha. Más bien consiste en escaparse de ella a una esfera temporaria de actividad que posee su tendencia propia (….) El juego se aparta de la vida corriente por su lugar y su duración. Su estar ‘encerrado en sí mismo’ (…) agota su curso y su sentido dentro de sí mismo (…) Dentro del juego existe un orden propio y absoluto. He aquí otro rasgo positivo del juego: crea orden, es orden.”

Johan Huizinga

En más de una ocasión se ha señalado la similitud o el paralelismo entre el juego y la fiesta con el arte. Durante el siglo XX, poniendo el énfasis en su carácter supralógico, irracional, imaginativo, todo ello como una manera de enfatizar su carácter libre, creativo, singular.

Las investigaciones acerca del arte primitivo e infantil apuntaron precisamente en esta dirección y sirvieron de argumentación a estéticas expresionistas, como el informalismo, el action-painting, el Grupo Cobra y en los años ochenta del siglo pasado al posmodernismo representado en movimientos como la transvanguardia italiana.

En la pedagogía, estas estéticas sirvieron de fundamento a una concepción de la enseñanza que valora el carácter singular de la creación infantil y la libertad como fuente de la creatividad, liberando las didácticas de la pesada carga de academicismos y moldes prestablecidos.

En este sentido, dichas estéticas tienen el valor de haber relevado al niño y al adolescente como sujeto creador y sus derechos. Los estudios de Víctor Lowenfeld, por ejemplo, dan cuenta de este enfoque de derechos basados en dichas estéticas.

La extensión de este expresionismo pedagógico, por llamarlo de algún modo, llevaron a la enseñanza de las artes hasta un punto en el que, como todo es creación, libertad, ausencia de reglas prestablecidas y moldes estéticos y del gusto, lo social desaparece; también el curriculum y finalmente el mismo arte.

La didáctica se limita a la facilitación de ciertas condiciones físicas que reducen el tiempo y el espacio a un individualismo radical para el despliegue de una creatividad supuestamente inmanente que encuentra explicaciones en una filosofía de tipo fenomenológica, y que invisibilizan el carácter social de los procesos creativos en arte y en educación.

El parentesco entre juego y arte, sin embargo, también es importante porque en su analogía, podemos encontrar los fundamentos de una pedagogía artística entendida como el momento en que se releva un espacio y un tiempo particular para la creación y la elaboración de sus propias reglas. Por lo tanto, para la elaboración  de unas convenciones acerca de lo conocido; una toma de posición frente al mundo expresada en creaciones visuales, sonoras, literarias y kinestésicas.

Se trata de un acontecimiento que aun conteniendo en sí la totalidad de lo social y la concepción del mundo dominante en su época y espacio, se actualiza en la singularidad de un momento y un lugar determinado en la que el sujeto creador dialoga con la sociedad y consigo mismo; pone a prueba las convenciones sociales; entra en contradicción con ellas o las ajusta a su propia cultura, valores y concepción del mundo o el de su grupo social de origen.

No hay ni puede haberlos fuera de lo social, o sea fuera de la escuela así como no los hay si no existen instituciones como centros de extensión cultural; museos y galerías; un debate, una problematización como el que desarrollan las escuelas de filosofía y estética y la crítica especializada.

Ni hay arte ni hay educación artística fuera de ese espacio y tiempo singular. De ahí que el arte y los procesos de creación artística ocupen un lugar cada vez más importante en el curriculum escolar durante el siglo XX y se le asigne unos contenidos y un tiempo determinados en el Plan de Estudios  .

La creatividad no es una carrera solitaria del sujeto creador en medio de la nada y que no tiene propósito alguno. Es algo que han señalado incluso muchos artistas en sus diarios, entrevistas y hasta en  escritos teóricos de gran interés. Kandinsky, Mondrian, Matisse, Tapies, entre otros. La estética y la historia del arte, por lo demás, relevan cada vez más los aspectos lingüísticos y comunicativos en los procesos creativos.

Es algo a tomar en cuenta en la reforma educacional en curso. 




martes, 29 de marzo de 2016

La situación actual ¿Qué es lo que está pasando?





Mario Sironi. Paisaje urbano con chimeneras




Todos los artículos, columnas de opinión, declaraciones de dirigentes políticos de derecha y liberales, líderes empresariales e intelectuales conservadores, tratan la desconfianza y el deterioro de las expectativas y legitimidad como el problema principal de nuestra sociedad hoy por hoy. En estos días, a través de un documento suscrito por cincuenta personalidades entre las que se cuentan ex ministros del gobierno de Piñera y también de la Concertación.

Ello en medio de los escándalos por los casos de colusión de las empresas que entre otros han tenido como efecto, la salida de Eliodoro Matte del CEP, del directorio de la CMPC y la CPC y de Hernán Büchi, del de SQM. Hay que agregar a esto, el escándalo que protagoniza el otrora prohombre de la UDI Pablo Longueira quien habría actuado en el trámite de la ley del royalty como recadero de dicha empresa en la redacción de la ley.

Los líderes en cuestión, precisamente los responsables del diseño y construcción de nuestra sui generis democracia y el sistema económico y social que nos rige desde inicios de los años noventa, señalan a grandes rasgos, la desconfianza en las instituciones; en la empresa privada; las críticas al lucro -ergo, de la competencia- como factor del crecimiento y la creación de empresas y por tanto de fuentes de trabajo; del mercado como asignador de bienes y servicios.

Lo que estos diagnósticos señalan entonces, es un desajuste entre el sentido común dominante o lo que es lo mismo, la ideología dominante y la subjetividad del chileno promedio: entre lo que dice el discurso público y lo que siente el ciudadano de a pie. Prueba de ello es la masiva movilización convocada por la CUT el 22 de marzo. Cien mil personas marchando por las calles de Santiago, según cifras entregadas por la central, unas quinientas mil a nivel nacional. El silencio de la prensa al respecto, incluidos medios supuestamente “alternativos”, fue escalofriante.

Escalofriante es además que no se diga nada acerca de los motivos de esta movilización: por el contrario, en los medios abundan las campañas de educación previsional a cargo de las mismas empresas -las AFP’s- cuestionadas por toda la ciudadanía y contras las cuales marcha. O que la derecha, representada por Chile Vamos, referente en el que e halla lo más granado de los políticos coimeados por PENTA y SQM -aunque no los únicos- tenga la impudicia de acusar politización del proceso constituyente y muy sueltos de cuerpo, declarar que no participarán de dicho proceso. Cuando las encuestas y la calle el día 22, señalan que el país entero quiere otra constitución y que ese es precisamente un tema político.

Ciertamente ni la derecha ni los liberales, realizan alguna reflexión acerca de las causas de este descrédito de sus ideas y su obra de los noventa, lo que sería negarse como clase e ideología, aunque sí señalan tibiamente la necesidad de castigar los comportamientos impropios, reñidos con la moral y la fe pública -¿cuál moral? ¿cuál fe pública?, obviamente la misma que los llevó a hacer la vista gorda con los crímenes de Pinochet pero no tener escrúpulos para señalarlo con el dedo por sus latrocinios-.

Solución: buscar una salida de tipo bonapartista, un líder que esté por sobre el bien y el mal; por sobre las rencillas de clase, carismático y con autoridad (o sea, autoritario), que no es otro que Ricardo Lagos por el momento. Quizás no el único aunque sí el mejor posicionado. El senador Ossandón tal vez. El piñerismo está golpeado y sus vínculos con los negocios lo hacen un rival muy débil en cualquier escenario electoral.

El punto para la izquierda es cómo hacer de este desajuste entre el sentido común y las aspiraciones de cambio de nuestra sociedad una fuerza política y de masas con capacidad de disputar el poder, de producir reformas y ponerse a la cabeza de un proceso que reponga los cambios en América Latina mientras el imperialismo y la derecha hacen lo posible por retrotraer la situación a los oscuros años noventa del siglo pasado.

Y si el problema que señalan correctamente los liberales y los conservadores a través de sus dirigentes intelectuales, empresariales y políticos es una crisis cultural, es porque sus medios, pese a la capacidad que todavía ostentan de invisibilizar cualquier cuestionamiento político por tibio que sea a su sistema, cualquier atisbo de protesta social, son incapaces de seguir modelando la opinión pública y determinando el comportamiento social, a lo menos no en el largo plazo.

La solución bonapartista depende pues sólo de la capacidad o incapacidad que tenga la izquierda de movilizar grandes masas. Y si para ello no cuenta con medios de comunicación que le permitan llegar a los millones que llega la televisión, la radio, internet, la prensa escrita que inunda con sus titulares todas las esquinas, es la conversación cara a cara; el volanteo; el mitin relámpago que intentan dar forma y dirección al descontento y la rabia contenida que en otras circunstancias puede terminar en fascismo puro y duro.

Pero para ello se requieren partidos; grandes contingentes de militantes de izquierda que realicen esos volanteos, esas asambleas en barrios y oficinas, las pocas fábricas que quedan. Salir del enclaustramiento.



jueves, 10 de marzo de 2016

¿Por qué no se avanza más rápido?



Max Ernst. Las tentaciones de San Antonio

La oposición, producto de los escándalos de corrupción que la sacuden, su falta de proyecto, liderazgos y legitimidad, está sumida en sus luchas intestinas. En efecto, la derecha se halla en un estado de postración e intrascendencia como no se veía desde hace unos cuarenta y cinco o cincuenta años. 

Pese a ello, sin embargo, el programa de gobierno ha logrado abrirse paso sólo en medio de una tenaz resistencia y no sin dificultad. 

Esta dificultad de la Nueva Mayoría de avanzar más rápido y más profundamente en la implementación de su programa,  debe tener pues otra explicación también. 

Como ha quedado de manifiesto en el trámite de la reforma laboral, la oposición pertinaz de una parte de los partidos de la Concertación, que se ha resistido a lo largo de estos dos años de Gobierno a impulsarlas y a sus acuerdos con la derecha, acuerdos en los que se basó la transición pactada. 

Ésta supervivencia de las políticas concertacionistas, no sería posible sino por el hecho de que sus partidos, entre otras cosas, no generaron un recambio, con ideas políticas nuevas.

En efecto, todo el país ha sido testigo de cómo la denominada G-90 fue abandonada por sus progenitores y cómo esta generación de recambio de la Concertación, una vez abandonada y culpada de todos los males que aquejan al gobierno o a lo menos de no haberse hecho cargo de ellos -cuyo chivo expiatorio fue Rodrigo Peñailillo-, es incapaz de oponer una respuesta política a este embate. 

Esta generación no presenta nuevas ideas; y es incapaz de disputar la conducción de sus partidos.

Así las cosas, son viejos cuadros de izquierda y que lucharon contra Pinochet quienes en principio protagonizan la política al interior de los partidos de la vieja Concertación y paradójicamente, enarbolan ideas y propuestas que ponen en entredicho su obra de los años noventa del siglo pasado.

Ello obviamente genera una legítima desconfianza en los jóvenes que crecieron entonces; que protagonizaron la revolución pingüina el 2006 y las masivas movilizaciones del año 2011. En muchos casos se trata de jóvenes que provienen de familias concertacionistas además. 

También trabajadores que protagonizaron las huelgas del subcontrato, deudores habitacionales, ambientalistas, empleados públicos y sectores marginados de la sociedad por motivos de género y etnia durante la transición.

Es probablemente esta fractura generacional y cultural y la falta de recambio, el origen de la dificultad del gobierno de la Nueva Mayoría de avanzar más y más rápido en la implementación de su programa.

Ello porque dicha fractura se basa en la desconfianza y el rechazo -lo que se expresa después en resistencia y críticas abstractas- no en propuestas. Expresión de ello es la incapacidad de nuevos referentes de izquierda y liderazgos políticos de abrirse paso en medio de la crisis de legitimidad del sistema político.

También en el discurso facilón de académicos e intelectuales de izquierda que tienen amplia cobertura en los medios y que presentan las contradicciones, marchas y contramarchas propias de cualquier proceso político, como una demostración de la presunta falta de voluntad política del Gobierno de la Nueva Mayoría de realizar las reformas al sistema contenidas en su programa; de su insuficiencia o en el mejor de los casos, de incompetencia o improvisación y finalmente de su imposibilidad.

A dos años de que termine la actual administración; en medio de la crisis de legitimidad de las bases del sistema neoliberal instaurado por la dictadura y sostenido por la denominada democracia de los acuerdos. Cuando el imperialismo en todo el continente está empeñado en hacer retroceder lo que se ha avanzado en los últimos diez años, mientras que en nuestro país, la derecha está en su momento de mayor debilidad,  es precisamente la unidad del pueblo la clave para avanzar en más democracia, más derechos, más libertades individuales y colectivas. 

Fortalecer la unidad en torno a un programa de reformas urgentes y necesarias por mínimas que sean en lo que resta del período presidencial actual. Quedan la reforma laboral en lo inmediato; la ley de educación pública y la de educación superior; el proceso constituyente. Suficientes tareas como para hacerlo.

Fortalecer también la Nueva Mayoría; ampliándola hacia sectores emergentes de la izquierda y el movimiento juvenil. 

Enriqueciendo su programa con las tareas que no se abordaron en este período, como el cambio al sistema de AFP´s; y una política de comunicaciones y cultura.




martes, 12 de enero de 2016

¿Tiene política cultural la derecha?


Francis Bacon. Figura con carne, 1954


Es habitual que la UDI sorprenda diariamente con alguna paparruchada. La última, protagonizada por el diputado Gustavo Hasbún, al presentar un proyecto de ley que castiga con presidio a quienes realicen homenajes al Presidente Salvador Allende y el Gobierno de la Unidad Popular.

Ello ha provocado una reacción hilarante en las redes sociales; también las críticas de diversos sectores y dirigentes políticos. Pero, el asunto en cuestión, aun siendo ciertamente estulto, ¿es solamente un chiste o el exabrupto tonto de un grupo de parlamentarios de ultraderecha?

Se dan de hecho en medio de sus desesperados intentos de oponer una resistencia medianamente eficiente a las reformas contenidas en el programa de la Nueva Mayoría.

A este respecto, la derecha ha recurrido a dos estrategias.

La primera, propugnada desde las páginas editoriales de El Mercurio, la búsqueda de acuerdos con los sectores más vacilantes de la Nueva Mayoría en lo que tiene que ver con la implementación de su programa, para torcerles el sentido y limitar todo lo posible sus efectos, como una manera de atenuar los perjuicios que provocarían en el empresariado y sectores conservadores.

La segunda, recurrir al Tribunal Constitucional cuando no ha logrado los votos en el Parlamento y/o cuando la búsqueda de acuerdos no ha dado resultados o no los esperados por sus propugnadores.

Sin embargo, el último recurso proviene de la incapacidad de nuestra sociedad de cuestionar los principios del sistema de dominación implantado a comienzos de los años noventa, conocido como democracia de los acuerdos y la empresa privada y el libre mercado, como el origen de las escandalosas inequidades, exclusión y abusos que el programa de gobierno se ha propuesto enfrentar.

Son veinticinco años en que estos principios se erigieron prácticamente en leyes naturales de nuestra convivencia social.

Las críticas, incluidas las de cierto radicalismo verbal muy extendido en el movimiento social y en la academia, apuntan a manifestaciones objetivas del sistema, pero no ponen en cuestión sus fundamentos.

Es el espejismo que obnubila a nuestra sociedad, la de ver las manifestaciones, como los fundamentos, con la diferencia de que, en este caso, estos fundamentos son concebidos como una suerte de “cosa en sí” inalcanzable respecto de la cual algún día se deberá hacer algo.

La derecha en cambio, tiene en los chistes de Hasbún, Urrutia y compañía, como antes en Carlos Larraín y hoy en día en el senador Ossandón, guardianes de última instancia y una resistencia muy eficiente que protege los fundamentos del sistema precisamente como una “cosa en sí” respecto de la cual no se debe pensar y sólo se pueden manifestar exhabruptos, chistes, manifestaciones de fanatismo iracundo.

Sus exabruptos son expresiones de la apelación a esta incapacidad de reflexionar y debatir de nuestra sociedad y de disparar contra las manifestaciones y no contra los fundamentos.

Es el recurso a la irracionalidad, al espontaneísmo, a los comportamientos más pedestres como son la ira y el temor, recurso que, en momentos de crisis política y social como la que se está incubando hace tiempo en nuestra sociedad, le facilitan las cosas a las soluciones populistas y reaccionarias.

Esa es la política cultural de la derecha. Aparentemente nada muy sofisticado pero muy eficiente y que cuenta además con una poderosa maquinaria comunicacional.

Esta política cultural, este embate del irracionalismo, mezcla de neoliberalismo decadente, conservadurismo campechano, retórica pseudocientífica y añoranzas del tiempo de las vacas gordas de la globalización, debe ser enfrentado con decisión por las fuerzas de izquierda y progresistas, so pena de abrirle el paso a la reacción.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Neoliberalismo, ética y cambio social


Sandro Boticcelli. Alegoría de la calumnia
 
 
 
Desde la caída del socialismo a fines de los años ochenta del siglo XX, el capitalismo y la globalización se erigieron como fin el de la historia humana; y el libre mercado y la competencia, prácticamente como si fueran fenómenos naturales.

En tanto el capitalismo fue decretado el límite del progreso, cualquier punto de vista que postulara otros modelos de sociedad, fue marginado y considerado casi una extravagancia o un ideologismo.  

Así, en tanto no es pertinente concebir otros mundos posibles, la ética se convirtió en un asunto estrictamente contingente. Las éticas de la responsabilidad reemplazaron a aquellas basadas en una concepción del porvenir y el deber ser.

Al mismo tiempo, sin embargo, se hacen más visibles viejos problemas de la humanidad y que motivaron el surgimiento de las izquierdas en los siglos XIX y XX: sistemas de salud triturados por los recortes presupuestarios; la crisis de la vivienda y de la educación pública producto de la privatización y el lucro; la pauperización de extensas legiones de trabajadores por la caída de los salarios y el desempleo producto de las políticas de ajuste.

Este resurgimiento de lo que antiguamente se conocía como “la cuestión social”, se vio facilitada por la conciencia desarrollada por un siglo de luchas obreras y populares, la resistencia a perder las conquistas obtenidas gracias a ellas y el avance de las ideas progresistas y de izquierda que las inspiraron.

A raíz de la colusión en el caso del papel tissue, recientemente en nuestro país, quedó en evidencia que el abuso de las empresas con los consumidores, no es una anomalía del sistema. El caso de los pollos, las farmacias, las pérdidas de ahorros previsionales de millones de trabajadores producto de la irresponsable codicia y especulación de las AFP´s, dan cuenta de la impunidad de la que han gozado y con la que han actuado en los últimos treinta años.

Por consiguiente, el carácter clasista de la sociedad que se ha ido constituyendo desde entonces en nuestro país, es lo que se hace cada vez más patente como el origen de una crisis ética que la cruza subterráneamente, incluyendo por cierto su sistema político.

Qué mejor ejemplo de ello que la bancarrota de la UDI; el espectáculo que han dado sus fundadores, parlamentarios y dirigentes, coludidos con las empresas, financiados en forma ilegal; procesados y hasta condenados por la justicia. O la reciente renuncia de Eliodoro Matte a la presidencia del otrora todopoderoso Centro de Estudios Públicos.

Las éticas de la responsabilidad, sin embargo, aparecen perplejas ante esta situación. Ni la renovación socialista ni el liberalismo social o la tercera vía, tienen algo que decir.

Pues la izquierda surge como alternativa a la sociedad existente. Por tanto, como portadora de otra moral. de otros mundos posibles, otras maneras de relacionarse los seres humanos y estos con el medioambiente.

Partiendo por una revalorización de lo política y de la acción de los partidos y organizaciones sociales y sindicales. El apoliticismo, incluido el que se parapeta tras discursos radicales y furiosas diatribas en contra de los partidos y “la clase política”, es uno de los peores vástagos del triunfo del neoliberalismo a fines del siglo pasado.

Son discursos que desmovilizan las conciencias; facilitan las cosas a los partidarios del sistema y se quedan en la superficie de los problemas pues los colocan en el plano de las puras formas o un moralismo ramplón.

Una nueva moral en la política, sin embargo, no es tampoco un conjunto de valores trascendentes que existan con independencia de lo social o que lo inspiran desde un más allá que actúa como justificación ideológica de su acción y que sirve de excusa para las críticas abstractas a los comportamientos individuales de dirigentes políticos y sociales.

El comportamiento de los dirigentes políticos y sindicales de izquierda es expresión de una nueva manera de concebir las relaciones sociales, la relación entre los seres humanos  y por tanto, tienen una existencia y unas repercusiones muy prácticas que debieran fortalecer y legitimar las posiciones políticas que postulan el cambio social.  

Legitiman una manera de concebirlas opuestas a la de los partidarios del sistema, a las clases y grupos hegemónicos de la sociedad y que se han beneficiado del neoliberalismo en los últimos treinta años  y de lo que hemos sido testigos en estos días. El indiviualismo; el oportunismo; el arribismo; la deshonestidad, el tráfico de influencias, la colusión para beneficio privado a costa del perjuicio de la sociedad.

La rectitud, la honestidad, el compañerismo, la consecuencia entre el discurso y la práctica, la austeridad y la decencia, no son, pues, puro moralismo. En efecto, lo son cuando no son actitudes que se viven en función del cambio político y social.

Declararse partidario del cambio, antisistémico y progresista sin asumir una posición política frente a los acontecimientos actuales es permanecer en la beatería, ser un conservador más cercano al fundamentalismo religioso que a una posición revolucionaria.

Hacerlo, en cambio, sin tener un comportamiento ético, una práctica inspirada y consecuente con los principios políticos y de cambio social, acordes con unas concepciones opuestas a los valores y costumbres propios del neoliberalismo, es no sólo una hipocresía sino además una posición que no convence, que no moviliza y que deja a la izquierda en el mismo plano de los que han incurrido en prácticas ilegales e ilegítimas.

 

 

jueves, 12 de noviembre de 2015

El obrerismo y la actualidad


Otto Dix, Tropa pasando debajo de la tormenta de gas. 1924

Las causas que inspiraban a la izquierda y el movimiento obrero en el siglo XX, si bien siguen siendo las mismas, son hoy por hoy muy diferentes. Se trata de contradicciones de clase determinadas por las transformaciones del capitalismo y consecuentemente, de las clases y movimientos sociales de los últimos treinta años.

Para un punto de vista histórico y revolucionario, es precisamente en la apreciación de este carácter complejo, determinado y cambiante en donde radica la forma auténtica de lo real y la posibilidad de su transformación.

Lo contrario, el doctrinarismo pedante que reemplaza, como decía Lenin, “el análisis concreto de la situación concreta” por unas cuantas fórmulas sociológicas y filosóficas o la acumulación de ejemplos históricos, es un punto de vista conservador, que se expresa en un maximalismo inspirado en el "deber ser" más que en las contradicciones de la realidad o en una integración chapucera de temas corrientemente denominados “emergentes” sin ninguna coherencia política.

Pero no es solamente el maximalismo una de sus expresiones. Borrar la riqueza y diversidad de contradicciones que genera el capitalismo consiste también en la asimilación de la pura reivindicación económica y específicamente la sindical, a la totalidad de lo real. 

Entonces, como sucedáneo del auténtico clasismo, esta posición política adopta un lenguaje, unas formas de organización y lucha que le sirven para diferenciarse de posiciones políticas progresistas o que incluso se definen "de izquierda" aún cuando no se reconozcan clasistas.

Este punto de vista, tan pequeñoburgués como el maximalismo es el obrerismo. Es igual que el maximalismo, un punto de vista conservador porque armado de una más “realista” apreciación de las circunstancias, no se hace cargo de la totalidad, de la riqueza de lo real. La lucha sindical, ni siquiera la lucha obrera, para este punto de vista lo es todo.

Es un punto de vista conservador además porque no construye movimiento social y simplifica de manera grosera, la complejidad y riqueza de las contradicciones reales, en primer lugar las contradicciones de clase.

Esa riqueza y complejidad es la que explica que históricamente sectores de la clase media -pequeñoburgueses- hayan sido parte del movimiento popular y levantaran las banderas del socialismo y la democracia. Entre otros, los estudiantes y el movimiento juvenil en general; los profesionales, los trabajadores del arte y la cultura.

Se trata de grupos sociales que producto de las modernizaciones neoliberales de los últimos treinta años, se han privatizado y encontrado un nicho para reproducirse como clase y como cultura, en centros de estudio y ONG’s, fundaciones y productoras que le venden servicios al Estado, realizan asesorías a organizaciones sociales y se vinculan con los temas corrientemente llamados “ciudadanos” y que en realidad son las viejas contradicciones de clase determinadas de diversas maneras y por diversas circunstancias también.

Hay problemáticas que expresan el carácter de la contradicción principal del período, como la recuperación de la educación pública; el acceso a la cultura y la entretención; las luchas contra el armamentismo y la defensa del medioambiente; los derechos políticos y civiles, sociales y culturales de todos los ciudadanos y que no son consideradas por el “obrerismo” o lo son sólo de manera parcial y secundaria.

Finamente, el obrerismo es una desviación pequeñoburguesa porque debilita las posiciones de la clase trabajadora, porque desprecia la realidad, las luchas que miles y millones libran todos los días en contra del sistema neoliberal y por la democracia y que en el fondo aportan a la construcción de la gran corriente popular y democrática que va a conducir a la construcción de un nuevo Chile. En resumidas cuentas, es lo menos leninista que hay.

Por el contrario, el sindicalismo de clase, pues está en una privilegiada posición para comprender la totalidad de lo real, asumir, comprender y dar sentido histórico y de largo plazo a las luchas de todos los sectores interesados en el cambio social, integró históricamente en su táctica y discurso las más diversas problemáticas, no solamente laborales.

No es sin embargo una responsabilidad de las organizaciones sindicales sino de los partidos de izquierda que así sea. El obrerismo no es un vicio de la organización sindical sino una deformación doctrinaria y una desviación política.

Nunca el obrerismo ha sido una tradición de la izquierda chilena. Muy por el contrario, la izquierda chilena integró siempre en su concepción del movimiento popular a los sectores medios, a los intelectuales y los artistas, técnicos y profesionales y no como fuerza secundaria o auxiliar sino en la especificidad de sus reivindicaciones y luchas, como contradicciones con el carácter clasista de la sociedad capitalista.


Durante la lucha contra la dictadura de Pinochet, la Asamblea de la Civilidad en otras circunstancias y con otros objetivos ciertamente, señala que es precisamente la amplitud, la integración de los más diversos intereses y reivindicaciones la clave para construir una fuerza mayoritaria capaz de producir las transformaciones que Chile necesita.