sábado, 28 de julio de 2018

¿Cuál es el problema de una política cultural de izquierda hoy?


Jean Ver Meer. La lección de música


El sistema ha penetrado en las conciencias de los seres humanos hasta naturalizar los valores en que se funda.  Sólo luego de eso adquieren aquel aspecto de universalidad que les otorga esa naturalización. 

Es un fenómeno ampliamente estudiado y descrito por las ciencias sociales.

Lo importante es la posición política que se adopte frente a este fenómeno que las ciencias universitarias se limitan a constatar y describir.

Dichos valores, entre otros, son el individualismo y la competitividad; el afán de lucro y uno de los más importantes, una concepción de la libertad no ya como autonomía sino como posibilidad de escoger. 

Estos valores se expresan en hábitos y formas de relación social como el consumismo, el arribismo, la atomización y mercantilización de la vida social, la motivación a partir de incentivos exteriores, la discriminación de lo considerado "extraño" o "inferior" o "anormal" entendido como aquello que no se adecua a ellos.  

En ese sentido, la naturalización de los valores del sistema indican que la batalla cultural la está ganando el neoliberalismo hace rato o incluso puede que ya la haya ganado definitivamente. 

Sin embargo, esto no significa que la lucha de clases haya dejado de existir y que por tanto, la lucha en el plano de los valores y de la cultura no se siga librando todos los días. 

El punto es que al hacerse los valores del sistema, "sentido común" o naturalizado como la manera "apropiada" de comportarse, todos los otros sistemas de valores y costumbres de grupos y clases subordinadas y dominadas se convierten en inapropiadas o anormales o incultas aunque no por ello hayan dejado de existir.

Lo que sucede es que no se expresan en el plano de la cultura admitida como "válida" y que circula en el medio que la sociedad ha creado precisamente con ese fin: el sistema educacional, las editoriales, museos y galerías, los medios de comunicación masivos, etc. 

Con este propósito, debe separar necesariamente al pueblo de quienes profesionalmente se dedican a la "producción" de objetos culturales. 

Esto tiene, además,  un segundo efecto que es mercantilizar la producción cultural y convertir a quienes se dedican profesionalmente a ella en pequeños empresarios, que viven de la compra y venta de sus productos. 

Ambos sufren la enajenación. Unos -lo que suele denominarse las "audiencias"-pues lo que aprecian, consumen y "disfrutan", no los identifica ni a ellos ni a sus vidas. Es decir, no dialogan con otros por medio de la cultura establecida y se limitan a apreciarla en forma pasiva aun cuando sea una cultura extraña o una imagen distorsionada de su actividad, su entorno y sus valores.

Los otros, porque lo que producen y la manera en la que deben hacerlo, es también una forma de sometimiento a cánones estéticos, y del gusto exteriores o que provienen de grupos culturalmente hegemónicos y no necesariamente de sus propios intereses como creadores. 

Ello plantea el núcleo del problema para un política cultural de izquierda,  lo que está íntimamente ligado a la demanda por participación y democratización. No a lo que corrientemente se denomina "formación de audiencias".

Democratización y participación en lo que dice relación con la producción de bienes culturales. El libro, la información, la música, representaciones escénicas, artes visuales, entretenimiento, etc. 

También en lo que refiere a la posibilidad de acceder, conocer, comprender; de disfrutar, cuestionar y relexionar acerca de los objetos y productos culturales; los contenidos que los animan, sus formas de presentación, etc. 

Finalmente en lo que dice relación con la relación entre los creadores y trabajadores de la cultura con el pueblo; no como "audiencias con artistas talentosos" sino como seres humanos que proviniendo de diversas culturas dialogan y debaten para enriquecer el universo simbólico, material y espiritual de la sociedad. 

La experiencia chilena del siglo XX, incluso del siglo XIX, es que ello está íntimamente ligado a la creación, desarrollo y expansión Sistema Nacional de Educación Pública. 

Primero porque, pese a todo, éste sigue siendo el medio más poderoso del país para hacer política cultural. Pues escuelas y liceos son lugares de encuentro, debate y socialización de grupos, etnias, culturas y hoy en día, nacionalidades diversas.

En segundo lugar las universidades estatales como centros de creación, investigación, experimentación y producción cultural en los más diversos ámbitos. También por las labores de extensión cultural que realizan.

La forma de hacer retroceder al mercado en cultura y rescatarla como un derecho social es fortalecer la educación pública, que es el brazo más poderoso con que cuenta el Estado para democratizarla y hacer de ella una herramienta de progreso social y no una forma de sometimiento y expresión de la dominación de clase. 














viernes, 6 de julio de 2018

Allende y la izquierda en la actualidad




El 26 de junio se celebró el natalicio número ciento diez de Salvador Allende. Si no fuera por su obra, el Chile actual no sería el que es y eso no lo podrían negar ni sus más enconados adversarios.

Seguramente por esa razón, El Mercurio, la DC y los antiguos izquierdistas convertidos al liberalismo más vergonzante, citan el Gobierno de Allende y la Unidad Popular como el punto de inflexión en la historia chilena del siglo XX.

En su caso, para legitimar su pretensión de que nunca más en la historia se vuelva a repetir un gobierno de izquierda, de base popular y obrera que se plantee la construcción del socialismo y que el poder lo ejerzan los trabajadores para beneficio de las mayorías.

Es precisamente por esa razón que la derecha, el gobierno norteamericano –lo que está sobradamente documentado en sendas investigaciones del senado de ese país-, conspicuos empresarios criollos y los sectores más conservadores de la DC provocaran a las FF.AA para dar un golpe de Estado.

La cantinela que han repetido como un mantra por más de cuarenta años, permeando las conciencias de varias generaciones de chilenos, es que precisamente haberse planteado construir el socialismo en Chile y entregar el poder a las clases históricamente sometidas y explotadas –materialmente- excluidas y discriminadas –cultural, social y moralmente- es el problema y el gran “error” o incluso el “pecado” de la UP.

Curioso argumento para justificar las violaciones más atroces a los DDHH de que tenga memoria nuestra historia republicana.

El razonamiento que está a la base de esta paparruchada es que vivimos en una sociedad perfecta o a lo menos, la mejor posible y que proponerse cambios  “radicales” o “estructurales” es algo espurio y por lo tanto, razón suficiente para derrocar un gobierno legítimamente constituido, asesinar al Presidente de la República, encarcelar a sus ministros o expulsarlos de Chile.

Disolver el Parlamento; proscribir a los partidos políticos, a los sindicatos. Realizar detenciones arbitarias, someter a atroces tormentos a opositores, ejecutarlos y en miles de casos, hacerlos desaparecer.

Lo que ocultan o niegan estas teorías del “quiebre institucional”, de la “guerra fraticida” -cuyas expresiones más torpes y exageradas son el Plan Z y otras por el estilo, y que en otras más sofisticadas citan un fallido intento de acusación constitucional- es que los objetivos de entregar el poder a los trabajadores y construir el socialismo en Chile, estaban indisolublemente unidos a la realización plena de la democracia.

No se trata solamente que la vía chilena o “vía pacífica” al socialismo se realizara por los medios de la democracia y el respeto por el Estado de Derecho, como de hecho fueron todas las actuaciones de su gobierno, incluidas la reforma agraria, las nacionalizaciones del cobre, la banca y las grandes industrias.

Se trata de que el planteamiento de la UP, producto de un proceso de elaboración política y doctrinaria que tomó varias décadas de debate de los partidos populares, el movimiento sindical, la intelectualidad progresista -desde la efímera República Socialista de 1931 hasta culminar con la elección de Allende- tenía como fin último la realización de la democracia.

Para esta concepción, el socialismo y la democracia no solamente no son contradictorios sino que son precisamente expresiones de un mismo movimiento de progreso social que, en su versión chilena -versión muy ortodoxa pero profundamente creativa- proceden por sucesivos momentos de superación, contradicción y síntesis permanentes, como manifestaciones de movimientos de masas que expresan las contradicciones de clase de la sociedad y que se realizan en la producción, tanto como a nivel institucional, estético, cultural y social.

Las versiones del asalto al poder; aquellas que postulaban con una candidez extraordinaria la vía insurreccional –en sus versiones guerrilleras fundamentalmente- son las que niegan primero todo el acerbo teórico y cultural de la izquierda y dan paso después, a elaboraciones políticas y doctrinarias que lo ignoran .

Son las que dan paso, por lo tanto, al liberalismo socialdemócrata, ese salto al vacío de la izquierda en las postrimerías del siglo XX y que explican en gran parte el estado actual del sector y su indigencia de propuestas y su dificultad para converger, para dialogar con la sociedad y proponerle objetivos que la movilicen a horizontes de superación de la sociedad actual.

Sociedad sumida en la peor crisis de su historia –estancamiento económico, proliferación del narcotráfico, desigualdad, destrucción del medioambiente, apatía y desafección de la política y la democracia, agotamiento de las materias primas pese a su dependencia de ellas, discriminación y violencia-.

La figura, el ejemplo de Allende, es inspiración y modelo para las actuales generaciones de chilenos de izquierda y progresistas, tal como él dijo en su último discurso: “otros hombres superarán este momento gris y amargo en que la traición y la felonía pretenden imponerse”.

Allende el demócrata republicano y el Allende resistiendo metralleta en mano en la Moneda, el 11 de Septiembre de 1973, no son contradictorios sino expresión de lo mismo. El ideario de la izquierda chilena, socialismo y democracia, defensa y promoción de los derechos humanos desde la infancia.

El golpe no era inevitable. Esa es la explicación que Altamirano ha difundido con la colaboración de Salazar para justificar no sus actuaciones durante el Gobierno de la UP sino su conversión posterior y su entreguismo a las posiciones que conciliaron con los golpistas, los violadores de los DDHH y sus exégetas. Para la versión de la inevitabilidad del golpe, no había más opción que renunciar al programa. 

Es lo que él hizo con posterioridad aunque en su extensa conversación con Salazar no lo dijera ni lo recordara en una sola de sus respuestas.

Allende se hace cada día más grande, en América Latina. Fue inspiración y ejemplo para una generación entera de combatientes de la resistencia antidictatorial y que luchaban por la democracia. Jóvenes del MIR, del PC, del FPMR, de la JS y la IC precisamente por esta característica de su pensamiento y su práctica. Unir democracia y socialismo. Es precisamente la tarea actual en Chile y América Latina. 





jueves, 17 de mayo de 2018

¿Qué aporta la izquierda hoy en día?



 
Juan Dávila. El libertador Simón Bolívar. 1994


Actualmente, en la oposición al Gobierno de Piñera, conviven partidos que quedan de lo que fue la NM y los que conforman el FA. No hay un propósito compartido –ni siquiera coordinación, entre ellos-, excepto ocasionalmente, a nivel parlamentario y para ciertas acciones específicas.

Hay liberales y socialdemócratas; marxistas –más o menos ortodoxos- tanto en el FA como entre los partidos de la NM; autonomistas, cristianos, representantes de movimientos sociales y “ciudadanos”, partidos y movimientos políticos.

Lo único que tienen en común es haber perdido la elección presidencial frente a la derecha y algunas vagas consignas y reivindicaciones como el cambio de la Constitución y del sistema previsional.

Lo que las diferencia, en principio, es la radicalidad de las medidas con las que enfrentar y resolver esas reivindicaciones; métodos de trabajo y formas de organización; una diversa concepción de las alianzas para alcanzarlas; etc. aunque no diferencias -al menos no explícitas- respecto de los fines.

¿Cómo hacerlo? En realidad, no hay un plan, como –por ejemplo- sí lo hubo para derrotar a la dictadura. Por eso no hay oposición. Lo que hay es mucha dispersión. En ella, conviven posturas que suelen denominarse de centro; algunas que se autodefinen, como de centroizquierda y otras de izquierda.

Lo que caracteriza a la oposición es, pues, su opacidad e indeterminación, a no ser por símbolos, historia, tradiciones y formas de expresar su pensamiento cada organización.

En este contexto, ¿qué diferencia a la izquierda en el concierto de la oposición? ¿quién es la izquierda? Difícil determinarlo. Algunas ideas:

La lucha por la democracia en  esta nueva etapa que se abrió después del gobierno de la NM, no es ya la lucha contra los enclaves autoritarios, como se decía en los noventa o completar la transición, como se hizo del ’99 en adelante.

Es urgente llenar de contenido ese concepto de “democracia”.y oponerlo al sistema e institucionalidad vigente hoy en día. Pues la derecha, el militarismo, los violadores de DDHH, y los neoliberales de diversas denominaciones sostienen que la contenida en la Constitiución del 80 lo es, aunque sea -como ellos sostienen- “perfectible”.

La lucha por la recuperación y ampliación de los derechos económicos, sociales y culturales del pueblo, es parte de la lucha por la democracia, Se trata de un asunto que encuentra una última barrera en la Constitución y su concepción de dichos derechos y en el carácter subsidiario del Estado consagrado en ella.

La defensa de la Paz mundial, el principio de autodeterminación de los pueblos y de no injerencia de las potencias imperialistas, debiera ser uno de los elementos centrales de una política de izquierda, especialmente en un contexto en el que las invasiones, los bombardeos y las amenazas golpistas propiciadas por el imperialismo están a la orden del día nuevamente. 

Por el respeto y reivindicación de la diversidad cultural de nuestras sociedades. Lo que se encuentra amenazado por el resurgimiento de la xenofobia, el racismo, la homo y transfobia y otras formas de discriminación de tipo fascista, asociadas a los estereotipos culturales promovidos por el capitalismo y la globalización neoliberal, que entre otros motivos, justifican precisamente este tipo de prejuicios y actitudes políticas. 

Mientras existió el campo socialista, la izquierda -incluida aquella que era crítica de los estados socialistas de Europa del este- tuvo una referencia material a la cual apelar como alternativa de sociedad posible. 

Hoy en día, eso ya no es así y por esa razón, la lucha por el socialismo también adquiere un nuevo significado, en el que la profundización de la democracia es, como lo fue en el siglo XX, parte de la estrategia de construcción de una nueva sociedad. Será el pueblo el que dote de contenido esta idea de una nueva sociedad, en base a su propia experiencia de lucha por la conquista de sus derechos y los de futuras generaciones.

La profundidad de las modernizaciones neoliberales en el país es tanta; la dependencia del neoliberalismo criollo al capitalismo y a las empresas transnacionales; la concentración de la riqueza en unos pocos tan radical, que las contradicciones entre una ínfima minoría privilegiada y la inmensa mayoría de excluídos, explotados y discriminados se ha hecho cada vez más evidente y violenta, generando enormes movimientos de protesta social.

Pero precisamente por esa razón, la heterogeneidad, la riqueza de determinaciones y diferencias de este sujeto, que es el Movimiento Popular en la actualidad, es enorme y un desafío para la izquierda. Su composición,  el contenido de sus propuestas, su estrategia será tan amplia y diversa como éste y la envergadura de sus objetivos, tan grande como las injusticias del modelo.

jueves, 3 de mayo de 2018

¿Qué es ser de oposición al gobierno de Piñera?



Max Beckmann. El infierno de los pájaros. 1937-38





El gobierno de Piñera no tiene oposición, salvo un conjunto de partidos de izquierda y de centro que quedan de lo que fue la NM y los que conforman el FA. No hay una idea política, una estrategia ni un programa compartido por el que se pueda justificar su existencia como tal, excepto de cada uno por separado.

Hay también un conjunto de organizaciones y movimientos sociales que levantan reivindicaciones y demandas que los colocan en una posición contrapuesta a la de la derecha y el gobierno de Chile Vamos, tal como podría haberlo sido, hipotéticamente, en un gobierno de la NM o del FA.

En la historia reciente de nuestro país probablemente -dejando a un lado las experiencias de la UP y la Revolución en Libertad de la DC- sólo la lucha antidictatorial representa la conformación de un sujeto histórico portador de una idea de país.

La lucha por la Democracia fue el elemento aglutinador de ese vasto movimiento social y político.

La transición o lo que se denominó “transición a la democracia”, sin embargo, fue desdibujándolo desde su origen, lenta aunque sostenidamente.

Primero, porque se basó en la exclusión de la izquierda –o siendo más precisos, una parte de la izquierda histórica representada fundamentalmente por el PC y otras agrupaciones menores como el MIR y la IC.

En segundo lugar, por la marginación de las organizaciones sociales –las que habían sido fundamentales en la derrota de la dictadura militar- del círculo de la toma de decisiones o a lo menos de consulta en la elaboración de políticas de Estado y su reemplazo por comisiones técnicas.

También por la caída del socialismo, pues aun cuando no fuera la ideología inspiradora de todo el movimiento democrático y progresista del siglo XX en Chile y Latinoamérica -ni siquiera de toda la izquierda- le abrió el camino a la imposición de la ideología neoliberal como pensamiento único, explicación objetiva y racional del mundo y del progreso humanos.

El resultado está a la vista. El fin de la transición pactada no fue la democracia plena. 

Lo que hay, más bien, es una suerte de Estado de Derecho expresado en la Constitución del 80, que ha actuado permanentemente como obstáculo a cualquier reforma o intento democratizador y lo sigue haciendo -ahí están los recientes fallos del TC para demostrarlo-. 

El reemplazo de la sociedad civil por el mercado o una sociedad de consumidores que no tienen derecho a ninguna cosa sino solamente la posibilidad de "adquirirlos" a través de éste.

Las reformas realizadas por la anterior administración como la reforma al sistema electoral, la ley de inclusión, de educación superior y Nueva Educación Pública; las reformas laboral y tributaria, la ley de aborto en tres causales y de identidad de género, así como la reforma previsional -las que, además, aún duermen en el Parlamento- dadas todas las limitaciones impuestas por dicha institucionalidad, no se podrían considerar, como lo ha declarado la propia presidenta Bachelet, una tarea concluida por completo.

La situación en el mundo no es mucho mejor. El neoliberalismo puede dar paso a una regresión de tipo autoritaria que ponga fin a las libertades públicas e individuales; restrinja aún más los derechos sociales, económicos,  políticos y culturales; y agudice el deterioro del medioambiente, afectando la vida de la mayoría en beneficio de unos pocos privilegiados.

La democracia, en síntesis, está amenazada. La situación en medio oriente; en América Latina; el avance las fuerzas de ultraderecha en Europa y la violencia racial en contra de la población afrodescendiente y la discriminación de los latinos en los Estados Unidos, son algunas de las demostraciones del grave riesgo que se cierne sobre nuestros pueblos.

Nada muy diferente a lo que ocurre en Chile.

La  aplicación de las recetas neoliberales, como remedio a los mismos males que provoca –pobreza, exclusión, discriminación y narcotráfico; proliferación del negocio de las armas, corrupción y autoritarismo-  profundizan la crisis, transformándola en una nueva fuente de negocios –a través de las privatizaciones, transferencia de subsidios estatales a empresas privadas, fundaciones y ONG’s.

O también como fuente de nuevos sometimientos y limitaciones a la soberanía y los derechos del pueblo a través de los planes de ajuste impuestos por el FMI, el Banco Mundial, la Comisión Europea o lisa y llanamente a través de intervenciones militares o golpes de estado, abriendo paso al surgimiento de populismos de ultraderecha.

Ello impone nuevas y más complejas tareas a la izquierda y al pueblo. Tareas similares a las que se planteó en el siglo XX y que explican su necesidad histórica y política. 

Ellas consisten en la ampliación de los límites de la democracia y la participación. De los derechos, económicos, sociales y culturales de los trabajadores y sus familias. Por el acceso garantizado por el Estado a la salud, educación, cultura y entretenimiento. 

También de las libertades individuales seriamente coartadas por el poder de las empresas monopólicas y las cadenas integradas para subir precios, y liquidar al pequeño productor y comerciante, así como por instituciones conservadoras y el control de los medios de comunicación y la manipulación masiva de las conciencias en una escala nunca antes conocida.

Es urgente además, la limitación del poder de las grandes empresas frente a los habitantes de nuestras ciudades y regiones que deterioran la calidad de vida en barrios y ecosistemas por su afán de lucro voraz y descontrolado construyendo ambientes armónicos en que convivan el hombre y la naturaleza, equilibrando su necesidad a acceder a servicios oportunos y de calidad con la preservación del ecosistema.

Para ello, las reformas comenzadas en el período anterior deben ser concluidas aunque las condiciones hoy por hoy sean más complejas, hasta conseguir una democracia plena.

La lucha por la democracia es una lucha por la conquista de las condiciones de progreso moral y cultural de un pueblo; de desarrollo progresivo de la consciencia de sí y de sus derechos hasta el ejercicio pleno y soberano del poder en beneficio de las mayorías y no de unos pocos privilegiados. 

domingo, 4 de febrero de 2018

A modo de conclusión

Max Beckmann. La partida 1932-1935



Falta poco más de un mes para que termine el mandato de la Presidenta Michelle Bachelet, el primero y único de la Nueva Mayoría. Le va a suceder Piñera y Chile Vamos en el próximo período.

No es un epílogo muy alentador. Las condiciones para continuar la lucha por la democratización del país y contra el neoliberalismo son más complejas y difíciles ahora que hace un mes.

Las consecuencias, además, no las paga "el progresismo" sino el pueblo, trabajadores, estudiantes, jóvenes, mujeres y minorías sexuales, el medioambiente y las comunidades afectadas por su deterioro; consumidores y usuarios.

En efecto, durante este período presidencial, se avanzó en muchas de las materias pendientes de la transición, como no se había hecho en los veinticinco años anteriores. Sin embargo, la Presidenta Bachelet le traspasa la banda presidencial a Piñera por segunda vez.

¿Qué se puede decir al respecto? Que fue un período complejo, no la continuidad del proceso denominado de "transición a la democracia" y que este hecho, contrariamente a lo que algunos representantes del "liberalismo social" y la tercera vía sostuvieron el 2010, no es la pura y simple "alternancia en el poder" propia del juego democrático. 

Las mismas elecciones de diciembre dan cuenta de la complejidad de este escenario. La derecha gana en segunda vuelta por más de quinientos mil votos, diferencia que ni en sus mas delirantes fantasías, imaginaba.


Todos estos acontecimientos dan cuenta de una enorme polarización. 

Desde el año 2011 a lo menos, aunque es la conclusión más o menos esperable del diseño de la "transición a la democracia", la sociedad comienza a manifestarse en contra de la mercantiliación de la vida social; la elitización del sistema político; el endeudamiento y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios -compensado por la vía del crédito justamente-; la inseguridad frente a la vejez o la enfermedad; las discrminaciones de diverso tipo. 

Como un movimiento subterráneo gigantesco, aunque no fuera visible al sentido común, este malestar va desatando enormes movimientos de masas en diversos frentes: ambiental, laboral, educacional, movimientos regionalistas, etc.

Estos movimientos de masas no son como los de hace treinta o cuarenta años atrás. Se trata de movimientos despolitizados; efímeros y que se manifiestan con una enorme fuerza y luego se repliegan -o siendo más precisos, sus protagonistas individuales lo hacen- hacia la vida privada.

Todo lo contrario de los movimientos autónomos reivindicados por cierta izquierda académica. Se trata de la irrupción de la famosa "clase media" que no es otra cosa que la masa de consumidores en que el neoliberalismo ha transformado nuestra sociedad, aspiración enarbolada por el Banco Mundial como meta de todos los países subdesarrollados.

Esta clase media, como su propio nombre lo indica, no tiene más identidad que con sus aspiraciones; no tiene pasado ni aparentemente le interesa algún porvenir del que tal vez ni siquiera sea testigo. Este grupo social, amorfo por definición, integra de todo: trabajadores calificados, pequeños empresarios, profesionales jóvenes; técnicos de nivel medio.

Pero precisamente por su condición preferente de consumidor y su permanente condición "aspiracional", también a grupos sociales de trabajadores pobres y precarizados, como los de servicios y por cuenta propia que "aspiran" ser como sus jefes.

Las elecciones legislativas recientes en la Argentina dan cuenta de un fenómeno similar. 

Una segunda gran transformación cristalizada en este período: el sistema de alianzas políticas y los partidos que las sustentaron, y que ya a fines del primer período de Piñera se manifestaba,

La reforma del sistema electoral binominal ciertamente ha sido el catalizador que se necesitaba para consolidarlo. La NM indefectiblemente se dispersa y al no presentar una lista parlamentaria única y llevar dos candidatos presidenciales, sella su suerte definitiva.

Sin embargo, no hay que verlo con tanto dramatismo. Ya desde sus inicios la fractura que la cruzaba era evidente. Lo realmente interesante, es el declive de la hegemonía DC en el sector y su separación entre una corriente derechista que reivindica el camino propio -unos con más sinceridad que otros- y un progresismo cristiano que se indentifica como parte de un movimiento político y social mucho más amplio y diverso.

Pero ocurre otro fenómeno de repercusiones todavía desconocidas: la aparición del FA. En rigor, expresión de los dos fenómenos anteriores: el surgimiento y manifestación de una clase media de nuevo tipo -no la clase media tradicional- con todo lo que ella implica en términos de falta de identidad programática y política, y la desintegración de la NM.

En efecto, en más de una ocasión se habló de los vínculos familiares que existirían entre altos dirigentes del FA y líderes de la extinta Concertación de Partidos por la Democracia. Se trata de un fenómeno más complejo que eso ciertamente. 

Es manifestación de una izquierda que estuvo durante mucho tiempo al interior de ésta en una posición subordinada; de militantes que en la mayoría de los casos, se formó políticamente después de los años noventa; que protagonizaron -si bien no exclusivamente- la revolución pingüina el 2006 y las movilizaciones del 2011.

Que formaron colectivos universitarios o que sobrevivieron a la dispersión de los años 90, se volcaron a los denominados "movimientos ciudadanos" o ya lo habían hecho anteriormente.

La reforma al sistema electoral hizo posible algo que el sistema binominal había impedido desde 1989: la manifestación en el sistema político de la diversidad de la sociedad, en este caso de jóvenes, estudiantes y profesionales, activistas de movimientos ciudadanos y sectoriales. 

En buenas cuentas, la aparición del FA, de un modo absolutamente diverso a cuanto antes se haya conocido, representa la irrupción de un sector social  representado por colectivos y partidos de izquierda y que es continuidad de una larga tradición histórica del sector interrumpida por la renovación de los años ochenta y noventa.

La derecha, por su parte, supo apreciar el cambio cultural y político que se estaba operando en la sociedad después del 2011 y lo que significó el programa de reformas de la NM. Desde el año 2014, por esa razón, emprende una oposición decidida, que va de la resistencia a cualquier cambio, por tibio que fuera, a la búsqueda de acuerdos con los sectores más derechistas de la NM. 

Actuó con una gran unidad de propósito y coherencia política. Utilizó toda su maquinaria comunicacional y cultural para defender los "logros" de la transición. Intentó articular con relativo éxito movimientos sociales, y demostró una capacidad de movilización de masas que la NM no tuvo en esta elección presidencial.

Justamente, lo que en un escenario de polarización como el actual se requiere: capacidad de dirección política, voluntad de lucha y unidad.

Pese a ello, el gobierno de Piñera no las tiene fáciles. No tiene mayoría en el Parlamento; ganó las elecciones holgadamente pero el comportamiento del movimiento de masas, y dado este escenario de polarización, es impredecible. Se moviliza y se repliega espasmódicamente y con gran radicalidad. 

Para retrotraer las cosas a los tediosos años 90 del siglo pasado, necesita reformar varias leyes aprobadas en este período, contra lo que ya se han manifestado dirigentes y parlamentarios de todo el espectro político, desde la DC hasta el FA. 

Evidentemente, va a tratar de hacer lo que tiene que hacer: privatizar, destruir aún más el medioambiente; reducir salarios y flexibilizar el trabajo, etc. Pero no es un hecho, el que porque haya ganado las elecciones vaya a ser así. 

Hay que preparar la resistencia a los intentos de la derecha y el empresariado por retroceder los logros del actual gobierno, que es lo que han hecho Macri en Argentina y Temer en Brasil; que es lo que intenta el imperialismo en toda América Latina, arrinconando a la Revolución Bolivariana. 

La unidad de las fuerzas de centro y de izquierda, del cristianismo progresista; del republicanismo laico; movimientos sociales y ciudadanos; es la primera condición; unidad sin exclusiones. 

El final de "la transición" se pospuso una vez más. Una metáfora para referirse a la democratización definitiva del país -si es que hay algo definitivo en la historia-, pero el triunfo de la derecha no es la temida "restauración conservadora". La transición va a terminar cuando tengamos una izquierda plena y un movimiento de masas incidiendo en los destinos del país.

Precisamente, las dos condiciones para efrentar al gobierno de derecha y recuperar la iniciativa.  






martes, 19 de diciembre de 2017

¿Por qué ganó la derecha?


David Alfaro Siquiiros. 

El resultado de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales nos obliga a todos quienes estamos interesados en el cambio social, a opinar y tomar una posición política en este nuevo escenario. 

Su resultado en gran parte desmiente muchas de las expectativas creadas tras la primera vuelta.

En efecto, todos estábamos contentos pese a que la derecha triunfó en esa ocasión. Eso, porque la votación obtenida  por Piñera, resultó  menor a lo pronosticado por las encuestas y lo que esperaba la derecha para asegurar su triunfo.

En segundo lugar, por la virtual consolidación de un sector nuevo en la izquierda que vendría a fortalecer las posiciones que propugnan reformas al sistema económico social y la institucionalidad política.

En tercer lugar, porque se vislumbraba un electorado más politizado  y que se manifestaba en esa ocasión a favor de las posiciones que propugnaban continuar y profundizar lo comenzado en la actual administración.

Sin embargo, tan sólo un mes después,  la derecha vuelve a ganar y  no -como todo hacía suponer- en un resultado estrecho sino con una ventaja  de casi diez puntos porcentuales, unos cuatrocientos mil votos y en trece de las quince regiones del país.

¿Cuál es la razón o las razones de un cambio tan inesperado de la situación política en tan poco tiempo? Cambio que por lo demás nadie previó.

La derecha ganó porque lo hizo mejor. Primero porque actuó con una gran unidad de propósito y coherencia política. 

Sus diferentes tendencias se dieron tregua en función de un objetivo táctico y pese a que semanas antes se recriminaban mutuamente, todos se cuadraron con el fin de recuperar la presidencia.

Esta coherencia no solamente es expresión de una capacidad orgánica o como dicen ahora, de "gestión política" sino estratégica y de principios: sus objetivos, retomar el crecimiento económico que no es más que las tasas de ganancia de las grandes empresas a costa de los derechos de los trabajadores y el pueblo, y como ellos dicen "corregir" las reformas llevadas a cabo por la actual administración.

Por el contrario, la centroizquierda, pese a que matemáticamente fuera más en la primera vuelta, no tuvo capacidad de remontar su dispersión y esto es expresión de una divergencia que se arrastró incluso durante todo el mandato de la Presidenta Bachelet y que fue subestimado permanentemente.

Esto es sólo el resultado de las transformaciones neoliberales operadas en las últimas décadas y la incapacidad -especialmente de la izquierda- de proponer una síntesis programática de reivindicaciones inmediatas -como la gratuidad de la educación; reforma laboral y tributaria y al sistema electoral- con las consignas generales de transformación estructural del modelo.

La derecha ganó además, porque fue capaz de movilizar a grandes contingentes de masas. 


Esta capacidad de movilización de la derecha es el resultado de un permanente martillar en la opinión pública, las consignas del emprendimiento y la competencia; del individualismo y el consumo como valores supremos de la convivencia social.


La derecha tuvo política cultural. Usó su prensa y medios audiovisuales, estudios de opinión, no solamente en la campaña sino durante todo el mandato de la Presidenta Bachelet. 

Su majadera retórica individualista, que promueve el apoliticismo; el corporativismo; la desconfianza fue el caldo de cultivo ideal para el clientelismo y el discurso y propuestas populistas y reaccionarias. Es lo que resume su apelación a la clase media, que no es ora cosa que la masa de consumidores en que el sistema ha convertido a los ciudadanos. 


El triunfo de Piñera, es una derrota de proporciones para el pueblo. Pues no se trata solamente de la posibilidad de que la derecha de marcha atrás en las reformas aprobadas bajo el actual gobierno, lo que depende de sus propios problemas y diferencias internas además de la capacidad del pueblo de defenderlas.

Se trata además y sobre todo, de que las condiciones para profundizarlas y emprender otras  son ahora mucho más difíciles. 


El nuevo ciclo del que hablamos tantas veces en estos últimos cuatro años no se va a detener ni volver atrás. El tema es qué posición política adoptaremos todos quienes reclamamos profundización de la reforma laboral y educativa; cambios al sistema de pensiones y Nueva Constitución en este nuevo contexto de gobierno derechista y siendo oposición.


¿Un relevo generacional en la dirigencia de la centro izquierda? ¿Renovación de los estilos y métodos de trabajo? Por supuesto, pero para eso además es imprescindible una recuperación de sus partidos y organizaciones políticas, las que en esta segunda vuelta demostraron su extraordinaria debilidad.

Hacer política de masas. Volcarse hacia los movimientos sociales, para conocer sus demandas pero también -que es lo que la derecha sí supo hacer- para señalar objetivos políticos, razones por las cuales organizarse, movilizarse y luchar. 


Hacer de la diferencia un capital, una fortaleza y no un obstáculo. Ver al aliado no como una competencia sino como un complemento. 


Levantar por ello una oposición parlamentaria unitaria, que es algo que en el primer gobierno de Piñera no tuvimos excepto hacia el final de su mandato. También en los movimientos y organizaciones y sociales.


Con el resultado del domingo, se frustran las esperanzas de cerrar en esta coyuntura el capítulo de la "transición interminable", como la llamó Luis Maira hace años. 


Una de las lecciones que deja esta elección es que para el impulso de las grandes transformaciones que la sociedad reclama, la unidad de la izquierda es una condición imprescindible. Por el contrario, cada vez que la izquierda ha estado dividida, el que ha pagado las consecuencias es el pueblo. 


No se trata de renunciar ni a las banderas ni a la doctrina ni la historia. Se trata de hacer de todo ello una fuerza política y de masas. No es tarde todavía para enmendar el rumbo y para ello solamente se requiere voluntad política.  








martes, 21 de noviembre de 2017

Ganadores y perdedores


Manuel Antonio Caro. La zamacueca



Las elecciones del domingo tienen varios perdedores y sólo ganadores relativos. La derecha sacó más votos pero no logra hacerlo como para declarar inevitable su triunfo.

En la centroizquierda gana Guilier pero por tan pocos votos -120.000- que aunque es quien va a pasar a segunda vuelta, no es una posición lo suficientemente sólida como para conducir por sí solo al sector. Los partidos que lo apoyan bajan su representación parlamentaria o en el mejor de los casos, la mantienen.

El FA es el gran triunfador de las jornadas del domingo pero no lo suficiente como para pasar a la segunda vuelta. Y su magnífico resultado, lo pone en la difícil situación de tener que tomar decisiones políticas y no de principios, las que por definición son siempre más sencillas.

Los perdedores ya han sido señalados con bastante insistencia. Las encuestas de opinión, en primer lugar. Por una razón muy simple. Son un instrumento científicamente diseñado con la finalidad de modelar el sentido común y la opinión pública. Lo fueron durante todo el mandato de la presidenta Bachelet y durante la campaña, trabajaron para Piñera de un modo desembozado. De no ser por eso, su resultado quizás hubiese sido peor.

La DC, que arrastrada por un grupo conservador y anticomunista, emprende una aventura política que se puede interpretar como chovinismo partidario para terminar con el peor resultado electoral de su historia.

Los nostálgicos de la Concertación que durante todo el mandato de la presidenta Bachelet actuaron casi como una quinta columna. 

Pero además hay otros perdedores menos visibles. En el FA, para comenzar, todos los grupos más radicalizados de los que lo conforman. No solamente no eligen sino que además, muchos pierden la legalidad. RD se lleva casi todo y se configura una hegemonía más centrista.

En este momento solamente los mantienen unidos al conglomerado un conjunto de principios muy generales.

Perdieron también los teóricos pop del liberalismo y la autocomplacencia, representados por el columnista mercurial Carlos Peña. Pero también los radicalizados de la autonomía, como Carlos Ruiz, Gabriel Salazar y el prematuro agorero del apocalipsis del sistema Alberto Mayol.

Lo que se expresó el domingo es un anhelo de cambios y de profundización de las reformas emprendidas en este período; un castigo a las posiciones más conservadoras de la NM; una crítica a su parsimonia e inconsistencia para impulsar el programa comprometido en la elección del 2014, no un movimiento antisistémico y autónomo de la “clase política”.

El pueblo entiende y así lo expresó el domingo, que las reformas deben continuar, deben ir más rápido y ser más profundas. Que debe hacerlo hacerlo desde todos los espacios institucionales y al contrario de lo que todos pensábamos hasta el domingo, la ideología dominante no es una barrera impenetrable y estamos ante un pueblo mucho más politizado de lo que parece.

Hoy más que nunca, es necesaria su unidad. Y no solamente para derrotar a Piñera en diciembre. Eso es casi un hecho si se tratara de lógica y sentido común. La unidad es un instrumento imprescindible para consolidar las reformas en curso y terminar de desmantelar el modelo neoliberal y lograr una democracia plena.

En ese sentido, para obtener un triunfo democrático y popular en diciembre lo primero que debemos derrotar todos quienes estamos interesados en el cambio social, es el sectarismo.