jueves, 30 de junio de 2022

¿Cómo se combate a la mentira?

                                       Georg Scholz. Arbeit schändet. 1921



De cara al plebiscito constitucional del 4 de septiembre, la gran protagonista son las noticias falsas. Sea tanto porque medios serviles a los intereses garantizados por la actual constitución les ofrecen amplia difusión -sin tomarse la molestia siquiera de verificar su contenido- o por las réplicas que éstas provocan. Por donde se mire, siempre salen ganando, generan debate, hechos políticos y abundante cobertura. 

¿Significa esto acaso que lo mejor es ignorarlas? Por cierto, eso no cambiaría mucho las cosas, solamente las dejaría tal como están. Las noticias falsas van a seguir hegemonizando titulares, debate y la reflexión de ciudadanos y ciudadanas, acarreando agua al molino del rechazo, de aquí al 4 de septiembre. Ello mientras el monopolio mediático, pieza fundamental del sistema de dominación vigente, no sea objeto de ninguna regulación pública que garantice el pluralismo y la diversidad.

Las encuestas solamente reflejan esta presencia hegemónica de las distorsiones y mentiras hechas circular por la derecha y el empresariado a través de sus medios, pero en ningún caso, como lo han tratado de hacer creer las viudas de la constitución pinochetista y la presunta centroizquierda zombi de los noventa, una expresión de conformidad con el estado de cosas actual, descrito y legitimado por ese texto constitucional pactado en los noventa sin consulta popular mediante. 

La caterva del rechazo representa al sentido común. Reitera la jerga dominante de los últimos treinta años, repetida machaconamente hasta convertirse en un repertorio de frases hechas y máximas que le sirven de consuelo a una temerosa clase  media que vive de la ilusión de llegar a ser algún día como Eliodoro Matte o incluso de creer que excepto por su fortuna es igual,  y temerosa de ser pobre o volver a serlo. 

En buenas cuentas, es pura ideología y no representa ningún hecho objetivo. En principio, entonces, no es cierto que el rechazo vaya a ganar en septiembre, sino solamente que tiene más presencia en los medios que el apruebo, por razones obvias. 

Las fuerzas democráticas, sin embargo, no pueden desestimar el riesgo que ello implica. El Frente Amplio en Uruguay, desarrolló una exitosa campaña de recolección de firmas para llevar a referéndum la Ley de Urgente Consideración del gobierno de Lacalle Pou, en plena pandemia, y sin embargo fue derrotada luego en él.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales en las que triunfó el candidato de la izquierda, el entonces diputado Gabriel Boric, el candidato ultraderechista José Kast salió primero y en las elecciones parlamentarias de ese mismo año, la derecha se llevó casi la mitad del Parlamento. Ignorar, por lo tanto, esta presencia de la derecha y su propaganda en los medios, por muy ideologizada que sea, puede resultar fatal. 

Excepto los partidos más reaccionarios del espectro político, el rechazo solamente ha logrado atraer a un exclusivo círculo de privilegiados por la transición pactada. Una porción menor del PDC, antiguos militantes del PPD y ex mapucistas; aspirantes a guerrillero devenidos en empresarios y tecnócratas de los gobiernos de la concertación.

Sin embargo, la JDC, importantes alcaldes y parlamentarios de la ex concertación, el PS; -un poco a regañadientes- el laguismo;  más toda la izquierda reunida en Apruebo Dignidad, organizaciones sociales y de masas, se han manifestado ya por el apruebo en el plebiscito de salida aun cuando incluso no compartan la totalidad del texto redactado por la Convención. Ello, pues la contradicción que se expresa en el plebiscito es simplemente la de quedarse con la actual Constitución o avanzar hacia la construcción de un nuevo pacto social. 

En segundo lugar, el triunfo del apruebo en el plebiscito de salida se basa la constatación de que la Constitución no es, como se ha repetido majaderamente hasta ahora, "la casa de todos". La Constitución es la expresión de un acuerdo -no de un consenso- de la sociedad respecto de las bases de su convivencia, de la tensión de intereses opuestos, de la diversidad y riqueza cultural de nuestra sociedad. Obviamente unos van a quedar más contentos que otros y no todos, por cierto, van a ver reflejadas en ella cada una de sus aspiraciones.

Entre los últimos ciertamente los grandes empresarios que ya han notificado al país su disconformidad con el texto aprobado por la Convención, aunque se cuidan de llamar a rechazar abiertamente. 

El resto del país, aspira a una nueva Constitución. La gran mayoría despojada y excluída por la actual Constitución que sólo ha considerado el interés de la gran empresa va a asistir a votar mayoritariamente por el apruebo, a no ser que la propaganda derechista basada en mentiras y distorsiones grotescas la convenza de la inutilidad de sus luchas y de sus votaciones en el plebiscito de entrada y en la elección de convencionales, lo que ya sería mucho decir. 

La mentira no se va a derrotar por consiguiente con más propaganda que la que la derecha y los empresarios despliegan en sus medios, contando con la servil colaboración de parte de la DC, ex poetas y escritores venidos a menos; académicos y empresarios del lobby y de la industria de la educación  

En la medida que se conozca el texto constitucional elaborado por la Convención, debiera disminuir el pavor infundido por la prédica derechista. Asimismo, en la medida que se acerque el plebiscito de salida, acrecentar la movilización por las demandas populares. Tal como lo ha dicho el ministro Jackson, la actual Constitución, es un cerrojo para la implementación de cualquier programa de transformaciones. Lo fue durante los gobiernos de la Concertación; lo fue durante el gobierno de la Nueva Mayoría y lo seguirá siendo mientras no haya sido derogada.

La unidad de las fuerzas del apruebo en lo posible, debe expresarse en una campaña unitaria. El rechazo es una majamama que solamente expresa una unidad circunstancial basada en la defensa de privilegios, conservadurismo moral y cultural; temores atávicos y una promesa imposible de elaborar una nueva constitución que no podría ser sino una reedición del mismo mamarracho pinochetista en nuevos términos.

Por eso, los pueblos de Chile van a triunfar en septiembre y la mentira va a ser derrotada. 

     




miércoles, 22 de junio de 2022

Ventanas, la nueva Constitución y los desafíos de la clase trabajadora en la actualidad

 


Edward Munch. Obreros volviendo a casa. 1913-1915


El cierre de la refinería de Ventanas, ha sido el festín de los medios del sistema. Acusar de incumplimientos e inconsecuencias por parte del gobierno; ruptura con su base de apoyo y contradicciones en su interior con el claro objetivo de debilitar las posiciones de izquierda en una coyuntura caracterizada por el fin del ciclo de gobiernos neoliberales y la recuperación de las posiciones de izquierda en todo el continente, es un libreto conocido.

La manifestación del crisol de contradicciones del sistema neoliberal que son las zonas de sacrificio no es algo nuevo. Que una administración comprometida con el pueblo y los trabajadores; con el medioambiente y el desarrollo del país, se haga cargo de ellas para dar una solución definitiva que armonice los intereses nacionales para proyectarlos en el largo plazo, sí.

Ese es el problema de Ventanas y el cierre de la fundición. 

En este sentido, las causas que inspiraban a la izquierda y el movimiento obrero en el siglo XX, si bien siguen siendo las mismas, son hoy por hoy muy diferentes. Se trata de contradicciones de clase determinadas por las transformaciones del capitalismo, un capitalismo que emerge cada vez más claramente como una forma de relación del hombre, la tecnología y consecuentemente, de las clases y movimientos sociales con la naturaleza, que extiende las relaciones basadas en la apropiación privada de todo lo real a todos los ámbitos de la vida. Ello como nunca antes en la historia y producto de su propio desarrollo y contradicciones.

Para un punto de vista histórico y revolucionario, es precisamente en la apreciación de este carácter complejo, determinado y cambiante en donde radica la forma auténtica de lo real y la explicación de su constante transformación. No es la identidad sino la diferencia la que lo define.

Lo contrario, el doctrinarismo pedante que reemplaza, como decía Lenin, “el análisis concreto de la situación concreta” por unas cuantas fórmulas sociológicas y filosóficas o la acumulación de ejemplos históricos, es un punto de vista conservador, que se expresa en un maximalismo inspirado en un "deber ser" que alude a una incierta noción de la identidad, más que en las contradicciones de la realidad o en una integración chapucera de temas corrientemente denominados “emergentes” sin ninguna coherencia política.

Pero no es solamente el maximalismo una de sus expresiones. Borrar la riqueza y diversidad de contradicciones que genera el capitalismo consiste también en la asimilación de la pura reivindicación económica y específicamente la sindical, a la totalidad de lo real. Efectivamente en la producción es donde en forma primaria se expresa la contradicción interior entre el carácter social de la vida del hombre y la apropiación privada de la misma para transformarla en mercancía. Sin embargo, ésta se refiere a la totalidad de lo social.

Entonces, como sucedáneo del auténtico clasismo, e ignorando  el carácter de totalidad de la vida social, esta  posición política adopta un lenguaje, unas formas de organización y lucha que le sirven para diferenciarse de posiciones políticas progresistas o que incluso se definen "de izquierda" aun cuando no se reconozcan clasistas pues no apuntan a la transformación de dicha totalidad sino a sus manifestaciones.

Este punto de vista, tan pequeñoburgués como el maximalismo es el obrerismo. Es igual que el maximalismo, un punto de vista conservador porque armado de una más “realista” apreciación de las circunstancias, no se hace cargo de la totalidad, de la riqueza de lo real. La lucha sindical, ni siquiera la lucha obrera, para este punto de vista lo es todo.

Es un punto de vista conservador además porque no construye movimiento social y simplifica de manera grosera, la complejidad y riqueza de las contradicciones reales, en primer lugar, las contradicciones de clase.

Esa riqueza y complejidad es la que explica que históricamente sectores de la clase media -pequeñoburgueses- hayan sido parte del movimiento popular y levantaran las banderas del socialismo y la democracia. Entre otros, los estudiantes y el movimiento juvenil en general; los profesionales, los trabajadores del arte y la cultura.

Se trata de grupos sociales que producto de las modernizaciones neoliberales de los últimos treinta años, se han privatizado y encontrado un nicho para reproducirse como clase y como cultura, en centros de estudio y ONG’s, fundaciones y productoras que le venden servicios al Estado, realizan asesorías a organizaciones sociales y se vinculan con los temas corrientemente llamados “ciudadanos” y que en realidad son las viejas contradicciones de clase determinadas de diversas maneras y por diversas circunstancias también.

Hay problemáticas que expresan el carácter de la contradicción principal del período, como la recuperación de la educación pública; el acceso a la cultura y la entretención; las luchas contra el armamentismo y la defensa del medioambiente; los derechos políticos y civiles, sociales y culturales de todos los ciudadanos y que no son consideradas por el “obrerismo” o lo son sólo de manera parcial y secundaria.

Finamente, el obrerismo es una desviación pequeñoburguesa porque debilita las posiciones de la clase trabajadora, porque desprecia la realidad, las fracturas que la constituyen y donde se libran  las luchas de miles y millones todos los días en contra del sistema neoliberal y por la democracia y que en el fondo aportan a la construcción de la gran corriente popular y democrática que va a conducir a la construcción de un nuevo Chile. En resumidas cuentas, es lo menos leninista que hay.

Por el contrario, el sindicalismo de clase, pues está en una privilegiada posición para comprender la totalidad de lo real, asumir, comprender y dar sentido histórico y de largo plazo a las luchas de todos los sectores interesados en el cambio social, integró históricamente en su táctica y discurso las más diversas problemáticas, no solamente laborales.

No es sin embargo una responsabilidad de las organizaciones sindicales sino de los partidos de izquierda que así sea. El obrerismo no es un vicio de la organización sindical sino una deformación doctrinaria y una desviación política.

Nunca el obrerismo ha sido una tradición de la izquierda chilena. Muy por el contrario, la izquierda chilena integró siempre en su concepción del movimiento popular a los sectores medios, a los intelectuales y los artistas, técnicos y profesionales y no como fuerza secundaria o auxiliar sino en la especificidad de sus reivindicaciones y luchas, como contradicciones con el carácter clasista de la sociedad capitalista.

 

 

Durante la lucha contra la dictadura de Pinochet, la Asamblea de la Civilidad en otras circunstancias y con otros objetivos ciertamente, señala que es precisamente la amplitud, la integración de los más diversos intereses y reivindicaciones la clave para construir una fuerza mayoritaria capaz de producir las transformaciones que Chile necesita.

Hoy por hoy, la articulación del conjunto de las luchas y demandas populares que se expresan en el objetivo de enterrar definitivamente la Constitución de Pinochet y que la derecha intenta salvar con su promesa de elaborar una nueva Constitución llamando a rechazar en el plebiscito de salida. Ventanas es sólo una más de las expresiones del tamaño de las tareas del movimiento popular y el carácter que tienen las transformaciones que Chile necesita.

sábado, 11 de junio de 2022

Dios los cria y el diablo los junta

Georg Grosz. Día gris. 1921


La derecha chilena no le ofrece nada nuevo al país. Por la sencilla razón de que no tiene nada nuevo que ofrecer. De lo único que puede balbucear algo que le pueda parecer coherente a alguien, o al menos intentarlo, es de la seguridad y la lucha contra la delincuencia. En sus reacciones frente al discurso del Presidente Gabriel Boric en su cuenta anual al Congreso, no hace alusión ni en media línea a la reforma tributaria, la creación de la Empresa Estatal del Litio, la creación de un Sistema Único de Salud, la reducción de la jornada laboral, el proyecto que pone fin al sistema de AFP's. Sólo repite como un mantra "....no habló de seguridad....no se refirió al combate al terrorismo....". 

Respecto de la Convención y el plebiscito de Septiembre, sus opiniones no son más que expresión de temores atávicos y  defensa de privilegios de clase, raciales y naturalización de exclusiones de diversa índole. 

Nunca antes fue tan evidente, quizás desde los años sesenta del siglo XX, que  representa el pasado. Una vez enterrado el pinochetismo más fundamentalista-junto con la Constitución del 80- , la "derecha democrática" se quedó como el Rey Desnudo del cuento de Andersen. Ya no tiene una caricatura con la cual compararse para presumir de "liberalismo" y se ve igual de reaccionaria y grotesca que sus compañeros republicanos. 

La antigua "patrulla juvenil", ya entrada en años, se retira sin pena ni gloria; sin relevo y sin legado y vuelven a aparecer los viejos discursos de fundamentalismo católico, conservadurismo moral -ahora llamado "pro vida"- rancio clasismo y exclusivismo social, típicos de la oligarquía terrateniente, revestido ahora de argumentaciones técnicas basadas en la economía política neoliberal pero que ya no suenan tan evidentes como hace veinticinco años atrás. 

Quizás lo único nuevo de lo que pueda ufanarse es de nuevos compañeros, provenientes de una autodenominada "centroizquierda" que si alguna vez tuvo algo de progresista, ya lo olvidó o de lo que  sencillamente renegó sin ningún escrúpulo ni pudor. Las maniobras desesperadas de última hora de este sector para salvar lo que se pueda del acuerdo que con tanto esmero y dedicación cultivó con la derecha durante treinta años, no merece comentarios. 

La defensa de ese acuerdo -que ahora incluso se manifiesta mediante una propuesta para deshacer lo que Patricio Aylwin pactó con un ministro de Pinochet el '89-  es precisamente lo nuevo de una derecha que emerge entre las ruinas de la constitución pinochetista parchada por Lagos el 2005. Los nuevos ricos de la transición, los que desde puestos clave en el Estado se hicieron luego un lugar en los directorios de empresas, lobbiystas, directores de fundaciones -entre las que destacan  las que florecieron en el mercado de la educación , la industria de las comunicaciones y las asesorías. 

Una derecha circunstancial, si se quiere, llena de grietas, débil en lo doctrinario; sin propuestas y que lamentable aunque forzosamente, le abre el camino al fascismo más duro. Esta mezcla de nostálgicos de la política de los acuerdos; católicos fundamentalistas; conservadores, neoliberales de diversas denominaciones, pentecostales y nuevos ricos, es por el momento la nueva derecha, de la que resulta difícil pronosticar su alcance y proyecciones. En una sociedad despolitizada por treinta años de prédica "cosista", sin embargo, tampoco se puede desechar fácilmente que tenga todavía alguna posibilidad. 

De hecho, según las encuestas, en el segmento etario de entre los 35 y los 54 años, tanto en hombres como mujeres, es donde se registra mayor propensión a rechazar en el plebiscito de salida. Precisamente los que crecieron y se formaron culturalmente en nuestra larga y somnífera transición a ninguna parte. No es sólo pedagogía política -lo que ya de por sí suena ñoño y presuntuoso- sino acción política y movilización de masas lo que se requiere. Las alzas golpean fuertemente; los bajos salarios y la precariedad de saber que aparte de la familia, uno en el oasis de los neoliberales está solo y la única perspectiva es estar aún peor son caldo de cultivo para el populismo de ultraderecha. 

Ha sido notable, en este sentido, la confianza del pueblo en el programa de gobierno; en las perspectivas que abre para el cumplimiento de las demandas populares la Nueva Constitución; en el recambio generacional que se produjo en las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias pero que lamentablemente no se expresa en las organizaciones sociales y de masas. La paciencia del pueblo, sin embargo, no es un cheque en blanco sino una esperanza, una confianza que requiere de confirmación y que no surge de una promesa sino de una tarea política, de una necesidad concreta. 

Es eso precisamente lo que diferencia el programa de la izquierda -no su radicalidad- de los programas de la derecha y los del autodenominado centro político. La expresión de un anhelo de masas; la realización histórica de una tarea colectiva y popular -hoy en día mucho  más densa y compleja de lo que fue hace cincuenta años atrás- y no un favor. 

El fascismo, camuflado por ahora entre la majamama del rechazo, espera pacientemente su oportunidad. La nueva derecha, la del rechazo no representará nada nuevo pero precisamente por eso prepara el camino para el retroceso cultural, político y moral que representa el fascismo, lo único que puede emerger de entre sus ruinas. 

lunes, 6 de junio de 2022

Significado del rechazo y Nueva Constitución

Honoré Daumier. El vientre legislativo. 1834

  

 

El llamado de toda la derecha, incluida la “derecha democrática”, a votar rechazo en el plebiscito de salida, solamente viene a sincerar lo que ya se sabía.

 

La derecha, nostálgica de la dictadura de Pinochet; defensora de la gran propiedad y de privilegios -la gran mayoría de las veces- mal habidos; partidaria de la supremacía racial y de una noción abstracta de la nacionalidad que se remonta al latifundio y el catolicismo fundamentalista; notificó al país el fin de semana que prefiere una Constitución que mantenga todos estos principios a una Constitución que incluya a todos y todas.

 

A una que garantice derechos económicos, sociales, políticos y culturales; una auténtica descentralización y distribución de poder; mecanismos de participación ciudadana y popular; de reforma permanente; de ejercicio de la soberanía a través de instituciones sujetas al escrutinio del pueblo, donde la transparencia y la probidad no sean solamente una declaración sino una obligación y un motivo de sanción de las autoridades que no cumplan con ellas. 

 

Su diseño original, el que consistía en esperar a que la “sociedad civil” se pronunciara en contra de la Nueva Constitución y llamara a votar rechazo, naufragó estrepitosamente.

 

Ni siquiera los sectores de la sociedad civil a los que apelaba, como los gremios que agrupan a los grandes empresarios e instituciones religiosas, han osado anunciar su voto en contra. Su sector más ultra, el Partido Republicano, comprendió tempranamente que eso no pasaría y que la defensa de los intereses de clase que representa, estarían mejor protegidos con una actitud decidida y clara que con esas melifluas declaraciones que tratan de disimularlos inútilmente.

 

Incluso en las encuestas de sus centros de estudio, se ve reflejado que, en la relación inversamente proporcional al sinceramiento de la derecha, crece la intención de votar apruebo. Lo que ya es mucho decir considerando lo ideologizado de sus metodologías, las preguntas que realizan y sus rebuscadas interpretaciones.

 

Su promesa de elaborar una nueva constitución después de un presunto triunfo del rechazo, no es más que la confesión prematura de su fracaso. En efecto, se trata del reconocimiento, a regañadientes, de que una Constitución inspirada en sus ideas no da cuenta de la sociedad real; por consiguiente, de su imposibilidad política y social –no meramente jurídica- y finalmente, de su derrota en septiembre.

 

A la derecha, en todo caso -a los Chahuán, los Ossandón, los Macaya, los Kast y el resto de la patota- no les importa tanto eso como salvar lo que se pueda de la estantería. El problema lo tienen los ex concertacionistas, como Mariana Aylwin, Fidel Espinoza, Ignacio Walker, José Miguel Insulza, Eduardo Aninat y el resto de la vieja guardia. O se unen a la mayoría nacional y popular que se manifiesta cada vez más fuerte por el apruebo en el plebiscito de salida o se suman a la cantinela incomprensible del rechazo para reformar, uno de los ideologismos más extravagantes que se hayan escuchado en los últimos treinta años.

 

El asunto, sin embargo, no es solamente lógico. Históricamente, cuando las clases dominantes se estrellan con los límites políticos de sus alambicados silogismos, suelen ajustarlos por la fuerza. Eso es precisamente el fascismo y la razón del atolondrado llamado de la derecha a rechazar en septiembre. A esa posición de fuerza imposible de ocultar, no se le puede oponer una tesis académica. Debe oponerse una repuesta política y de masas que es el despliegue de la movilización popular más amplia y diversa para asegurar un triunfo aplastante en el plebiscito de salida.

 

Ya se están preparando los que, con mano ajena, quieren escamotear el triunfo popular de septiembre a través de conspiraciones y componendas que van a tener como escenario el Parlamento, una de las instituciones más desprestigiadas y menos confiables de nuestro país. La Convención Constitucional, representativa de toda la amplitud de los pueblos de Chile, de su diversidad y riqueza cultural, ha hecho todo lo que podía haber hecho.

 

Sólo la movilización popular es garantía suficiente de que el proceso constituyente llegue hasta el final y conjure las últimas maniobras que le quedan a la derecha y el empresariado, si no para evitarlo al menos para hacerlo lo más inocuo posible.  Llegar hasta el final no es solamente la promulgación de una nueva Constitución que reemplace la de Pinochet sino la construcción de un Estado Democrático, Solidario y de Derechos que haga posible el desmantelamiento definitivo del neoliberalismo y la construcción de una auténtica democracia, que es lo que la derecha quiere evitar y a lo que le temen quienes desconfían de la participación popular y que prefieren la estabilidad con tal de mantener sus pequeños privilegios. 

 

domingo, 22 de mayo de 2022

4 de Septiembre. Ruptura Constitucional o continuismo

Manuel Antonio Caro. La zamacueca

 

Este 4 de septiembre, por fin, se llevará a cabo el plebiscito para dirimir acerca de la Nueva Constitución. Es un hecho que la de Pinochet ya está en el tacho de la basura de la historia y no hay ni un solo sector político, social o cultural que la defienda o pretenda evitarlo. Ni siquiera la secta de fanáticos de Kast.

Lamentablemente, sectores que en el pasado levantaron banderas de democratización y que lucharon en contra de la Constitución del 80, dudan acerca de su postura frente al Plebiscito de septiembre. Algunos incluso ya se declaran abiertamente partidarios del rechazo. Antiguos dirigentes de la DC, senadores y dirigentes socialistas, etc.

Ignoran de manera vergonzosa que la coyuntura histórica por la que atraviesa el país, es de una ruptura inevitable y necesaria con el pasado representado por la Constitución del 80, pospuesta por más de treinta años y que aun con los más de doscientos parches que se le han hecho desde entonces, sigue siendo el mismo engendro de hiperpresidencialismo, que puso un muro entre la sociedad y el Estado, mediante el principio de subsidiariedad presente en cada uno de sus artículos.

La filosofía ínsita en la Constitución que circunstancialmente lleva la firma de Lagos, es la de un pacto social en el que los ciudadanos son considerados individualidades egoístas que compiten entre sí para obtener mejores oportunidades y el Estado, una especie de entelequia inalcanzable que no tiene ninguna responsabilidad con ellos, excepto la administración de justicia y la seguridad pública. 

Como la propia Constitución no incluía mecanismos de reforma –parecía pensada para ser eterna, como el fin mismo del Estado- fue el estallido de indignación popular el que lo hizo posible. Y no podría haber sido de otro modo. La derecha, dirigentes de la Concertación, empresariales; representantes del pensamiento conservador, se refocilaban hasta no hace mucho en las bondades del milagro chileno mientras el pueblo soportaba en silencio maltrato, sobreexplotación, discriminación y exclusiones de diverso tipo.

Ahora, los mismos proponen una nueva convención; conceder facultades constituyentes al Parlamento –una de las instituciones más desprestigiadas de nuestra desfalleciente República- o en el colmo de la hipocresía y el oportunismo, resucitar el proyecto constitucional que resultó del proceso constitucional impulsado en su momento por la Presidenta Bachelet, resistido entonces por ellos mismos.

Ya nadie se atrevería a negar que el país debe prepararse para algo completamente nuevo y que se va a prolongar por varias décadas. No hay intermedios, pues es sólo el inicio de un proceso que históricamente es la construcción de una nueva sociedad. Eso es la ruptura constituyente expresada en el plebiscito de septiembre.

El neoliberalismo que cruza cada uno de los artículos de la Constitución actual, han puesto al país no solamente en una situación de crisis social y política sino que además, está actuando como un freno para enfrentar la crisis económica y la reactivación de la productividad y el consumo, dejados a su suerte y a la mítica mano invisible del mercado justificada por el principio de subsidiariedad.

Los desafíos ambientales y por la sobrevivencia biológica de vastos ecosistemas e incluso, por la calidad de vida de compatriotas que ni siquiera pueden acceder al agua o que deben sobrevivir respirando aires tóxicos y pestilentes, afectarán poderosos intereses. Justamente, por esa razón, se habla de un nuevo pacto social; uno que de cuenta de las necesidades y anhelos de todos y todas y no sólo de los empresarios. La existencia de las llamadas “zonas de sacrificio” no es sino la expresión del carácter injusto e irracional del pacto social actual.

Por eso la idea de un nuevo modelo de desarrollo adquiere sentido. En los marcos del actual modelo de desarrollo, basado en una noción pigmea de la propiedad, garantizada para unos pocos a costa del despojo de la mayoría, genera un desarrollo anárquico, contaminante, desigual, excluyente, dependiente del capital extranjero y que pone en riesgo la sustentabilidad y proyecciones a futuro de la República.

La ruptura constituyente es la culminación de un ciclo que empieza el ‘52, con la primera candidatura del doctor Salvador Allende Gossens, interrumpido por el golpe militar de 1973 y pospuesto por la “transición pactada” que dejó en suspenso todas las promesas hechas tras la dictadura militar

Esa primera tentativa popular de construir una nueva sociedad en democracia y con la participación popular como protagonista, fue posible por la audacia y convicciones de dirigentes como el propio Allende y Luis Corvalán, Raúl Ampuero y Elías Lafferte entre otros, lo que daría paso a la construcción de la unidad socialista comunista recién en 1958. 

La bandera de la nacionalización del cobre le dio un sustento y proyecciones que resuenan hasta el día de hoy, en que el cobre -el sueldo de Chile- es lo nos ha mantenido a flote en medio de las últimas crisis económicas y durante la pandemia. Hoy por hoy, es la creación de la Empresa Nacional del Litio, resistida por oscuros personajes como Ponce Lerou, lacayo del lobby de las transnacionales, el objetivo nacional que proyectará a la patria y que, junto al cobre, en el futuro, garantizará la satisfacción de las necesidades de los pueblos de Chile.

Los trabajadores son el sujeto principal pues en sus diferentes territorios y formas son los más interesados en ello. Trabajadores del campo y la ciudad; mujeres y hombres son los más interesados en la construcción de una sociedad que supere los antagonismos de clase, la explotación del trabajo humano y del medioambiente, como sostén de un orden social injusto y excluyente.  Trabajadores de la industria, los servicios, subcontratados y subcontratadas; pequeños empresarios y empresarias esquilmados por los holdings y las transnacionales que convierten en letra muerta el verso liberal de la libre competencia.

Trabadores sindicalizados y no sindicalizados, en su condición de habitantes de la ciudad, pobladores, deudores y consumidores abusados por las grandes empresas de servicios que aumentan la plusvalía del trabajo a través de la usura y el sistema de AFP’s.

El plebiscito del 4 de septiembre será una jornada histórica. Debe ser una de las manifestaciones de movilización popular y lucha de masas más grandes de la historia nacional. Sin la participación protagónica de los pueblos de Chile, la Ruptura Constitucional comenzada durante las épicas jornadas del 18 de octubre del 2019, pueden terminar en una componenda que garantizaría la continuidad del actual modelo neoliberal con nuevos ropajes jurídicos o en el mejor de los casos, posponer el inicio de una nueva sociedad por un tiempo indeterminado, pero con un costo altísimo para el pueblo.

jueves, 21 de abril de 2022

¡Què hacer con los ahorros?



Marinus van Reymerswaele. El mercader y su mujer. 1490

El reciente rechazo a los dos proyectos de retiro de 10% de los ahorros, administrados por las AFP´s, dejó algunas lecciones que solamente no ven quienes no quieren hacerlo. El primero de ellos, que los ahorros, pese a toda la prédica derechista y liberal que pregona lo contrario, no son propiedad de sus "titulares". Se trata de riqueza producida por trabajadores y trabajadoras secuestrada mensualmente por un par de empresas para su propio lucro. 

En este sentido, es evidente que un proyecto para declarar inexpropiables esos fondos, sea a través de una ley simple o una norma constitucional, es pura charlatanería. Eso pues esos fondos hace rato dejaron de ser de quienes los produjeron y acumulado en cuentas individuales administradas por terceros. Cada vez que los primeros han tratado de retirarlos, se han debido aprobar sendas leyes o reformas constitucionales para hacerlo posible. Esto es, se ha debido desarmar todo un aparato jurídico que expresa precisamente esta paradoja. Dicho de manera vulgar, no es llegar y llevar. 

Y en segundo lugar, cada vez que se ha hecho efectivo, los administradores advierten la merma del fondo y por tanto de las futuras pensiones; no así cuando ellas los dilapidan en la bolsa, como si fueran propios. 

Por si fuera poco, según los economistas del sistema, cuando los cotizantes retiran sus ahorros, se pierde riqueza pues estos se transforman en inflación, afectando finalmente a sus mismos propietarios pues los ven reducirse entre sus manos. En este sentido, lo mejor es que se queden guardados. Es la avaricia elevada a la categoría de principio de la economía política gracias a la naturalización de las concepciones neoliberales que asimilan el dinero a la riqueza. 

Cuando las administradoras privadas la malgastan, en cambio, se transforma. En efecto, se transforma en otros negocios. Unos pierden, otros ganan, no precisamente quienes "ahorran" mensualmente parte de su salario en las AFP. Así funciona el mercado. Y los inocentes "propietarios" de las cuentas, se transforman en meros espectadores. Condición completamente opuesta a la del propietario, sujeto activo y protagonista de su destino según los liberales. Los presuntos propietarios de los fondos son como unas almas puras -para usar la terminología del idealismo objetivo- que no tienen ninguna relación con lo real, en este caso sus ahorros previsionales. 

Un ejemplo típico de la manera en que opera la ideología. El hombre al servicio de las cosas. Y la teoría como encubridora de esta inversión e incluso legitimando esta doble enajenación, primero en la producción y después en el mercado financiero. Dicha operación ideológica, oculta además el carácter de clase de la propiedad bajo el sistema neoliberal y la legitima. Una suerte de astrología de lo social. Un discurso muy lógico y bien entrabado aunque no tenga nada que ver con la realidad e incluso la oculte. En primer lugar, la existencia de clases sociales como fenómeno social ineludible y del que debe hacerse cargo la "política pública". 

Esto, por cierto, deja en evidencia al mismo tiempo el carácter de clase de toda la cháchara liberal que defiende el sacrosanto principio de propiedad abstracto en que se funda. Si se trata de la de las administradoras privadas de fondos de pensión, evidentemente no se puede tocar. Si se trata de los ahorros de los cotizantes, logrados después de horas, días, semanas, meses y años de trabajo inmisericorde y mal remunerado, debe ser arrancado, mediante complicadas reformas legales y tras intensas jornadas de movilización popular, de la codicia de esas empresas y sus dueños que usufructúan de ellos sin ninguna contemplación. 

En tercer lugar, toda esta trama de enredos, salpimentada de leguleyadas y argumentaciones técnicas, solamente ha dejado en evidencia, además, que cualquier solución  al problema de la propiedad de los fondos es irresoluble en los marcos del sistema neoliberal. Éste ha trastocado de tal manera los valores de una sociedad democrática que no se debate sobre seguridad social, sino del funcionamiento de un mercado de capitales y de su equilibrio como corazón del modelo. Es momento, tal como dijo el Presidente Boric, de discutir acerca de la transformación estructural del sistema previsional para convertirlo en lo que dejó de ser en 1981, esto es, un sistema de seguridad social. 

La Convención Constitucional avanza a paso firme en esa dirección y la derecha, los  dueños de  las AFP´s y el batallón de ideólogos que tiene a su disposición -empezando por el señor Bernardo Fontaine- han desatado una agresiva ofensiva propagandística para desacreditarla a ella y a la nueva Constitución, recurriendo a las caricaturas más grotescas y a otras presuntas verdades científicas de la economía neoliberal que no son más que ideología. La batalla se libra en la Convención, donde van perdiendo por goleada, pero también en el Parlamento, donde además cuentan con la oportuna asistencia de algunos senadores socialistas, democratacristianos y de lo que queda de la Concertación. 

Es momento, pues, de que el Parlamento enfrente de una vez por todas un debate de principios acerca de la seguridad social en el país. Por cierto, algo muy distinto a lo que ha hecho desde 1990 en adelante, en que se ha limitado a discutir pequeños ajustes a una política inventada producto de los delirantes razonamientos de los economistas de Chicago, parapetados en las oficinas de la ODEPLAN. El Parlamento debe de una vez por todas, enfrentar ese debate de principios para eliminar la brecha ideológica -aparentemente irremontable- que hay entre la realidad social y la política pública concebida en los marcos del sistema neoliberal.

 

jueves, 14 de abril de 2022

4 de Septiembre

Francis Bacon. Study of Red Pope. 1971



El 4 de septiembre es una fecha simbólica en Chile. En esa fecha se elegía a los presidentes de la República hasta 1973. Durante el régimen de Pinochet era un día de conmemoración del triunfo popular de 1970 y de protesta antidictatorial. 

Este año, ese día va a realizarse el plebiscito en el que se va a someter a la voluntad popular la Nueva Constitución. 

Los medios de comunicación de masas, controlados prácticamente todos por las AFP´s y los empresarios, la derecha o instituciones conservadoras, dan amplia cobertura a creadores y difusores de fake news, sin tomarse la molestia, siquiera, de verificar la veracidad de sus contenidos y corregirlos cuando son falsos y abiertamente malintencionados. Por el contrario, hacen una cobertura sensacionalista, plagada de titulares amarillistas y tremebundos donde abundan declaraciones de convencionales de derecha, en su gran mayoría sancionados por el comité de ética de la Convención.

A los directores y editores de esos medios, no les sale ni por curados.  

El cartel de las encuestas, vaticina un resultado estrecho si no favorable a la opción rechazo que nadie sabe de dónde sacaron, considerando el resultado de todas las elecciones realizadas en los últimos dos años ni sus constantes yerros, los que de tan repetidos las vuelven altamente sospechosas. 

La derecha hace tiempo ya empezó la campaña por el rechazo y ni corta ni perezosa, la alcaldesa de Providencia, Evelyn Matthei, ya declaró que, de ser aprobada, la nueva Constitución va a durar poco. Ni siquiera se molesta en disimular su actitud sediciosa. Ha contado, además, con un coro de espectros, cual más bizarro que el otro, que pretenden que hay una tercera alternativa a las dos que se someterán a referéndum en Septiembre.  

Como reza el antiguo y conocido refrán, "Dios los cría y el diablo los junta". No vale la pena entrar en detalles, pues el único efecto que han tenido es favorecer la posición del rechazo, dando a entender que la Nueva Constitución va a ser un engendro usando los mismos argumentos de la derecha, aunque cuidándose de no llamar a rechazar abiertamente. A estas alturas, se parapetan tras la defensa del Senado, la institución más conservadora y rancia de nuestro sistema democrático. Lagos, Insulza, la DC, la derecha en bloque. Todos los protagonistas de la democracia de los acuerdos, lo cuidan como la niña de sus ojos, sin importarles que la sociedad ya no lo necesita ni lo quiere. NO es una defensa corporativa del Senado.

Es una defensa del statu quo de lo más conservador del sistema político ante el avance de la expansión de la democracia y los derechos de los trabajadores y trabajadoras.

En todo lo demás, aparentemente, ya han dado por cerrado el capítulo de la Convención, resignados a su incapacidad de incidir en sus debates y resoluciones. Su única opción es el rechazo. De la derecha no tiene nada de extraño y lo que resuelva de aquí al 4 de septiembre, no va a modificar gran cosa el desenlace.  

A medida que se acerca la fecha, sin embargo, todos los actores políticos y sociales restantes y que aparecen hasta hoy en un estado reflexivo oscuro e incierto, deberán hacer explícita su posición en el plebiscito. Y no hay más que dos opciones. Y aunque eso no vaya a modificar tampoco de manera sustantiva el resultado, va a determinar la correlación de fuerzas en que se seguirá desarrollando la lucha por la democracia en nuestro país en el futuro.

La Convención es sólo un primer paso. Importante por cierto pues es la lápida definitiva de la Constitución de Pinochet, incluidos todos los parches que se le hicieron durante los gobiernos de la Concertación. Pero la Constitución, incluso aunque no sufriera reformas en el futuro, establece reglas nuevas; una nueva concepción de la democracia, opuesta a la de Jaime Guzmán, Pinochet y la democracia de los acuerdos, en que la estabilidad fue puesta en el lugar de principio fundamental del sistema político.

En la nueva Constitución son el cambio, la diferencia, la diversidad de nuestra sociedad, los principios que la convertirán en una sociedad moderna y en permanente cambio, como la realidad. No serán necesarias tutelas de “cámaras de hombres sabios” que domestiquen los excesos de la chusma para mantener una democracia que sólo comprenden y disfrutan ellos.

El 4 de septiembre se empieza a escribir esta nueva historia. La va a protagonizar el pueblo chileno. La derecha haciendo honor a su historia solamente se va a oponer, y lo seguirá haciendo, hasta recuperar el poder para seguir beneficiando a los de siempre. Los librepensadores, los reflexivos, los amantes de la medida de lo posible, van a desaparecer al mismo ritmo en que se van haciendo intrascendentes.